Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes

y dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van

formando, como decía, un pequeño tejido de pasiones universales. Ahora

bien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de nuestra vida

social, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones. Quiero

hablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todas

aquellas personas de algún viso social y mundano que tratan de

introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin

tradición familiar, a jóvenes y señoritas, y aun a familias enteras que,

habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rápidos,

insospechables, que aquí se operan en el trasiego de los bienes, desean,

una vez opulentos, alternar con lo más dorado--pase el galicismo--de

nuestra sociedad.

El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto

laberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto método.

¿Qué es aquí lo aristocrático? Se compone, en primer término, de los

apellidos procéricos, de los que figuran en la historia de la

independencia nacional. Pero estos apellidos históricos, si no están

sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se

ven relegados al olvido, al ostracismo social. Así, pues, para brillar,

no basta el apellido histórico; hace falta el dinero. Constituyen

también aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historia

patria, tienen vieja tradición de riqueza y que se han vinculado, por

entronques, con familias históricas. Por último, existe el prestigio

intelectual y político moderno; nombres que han figurado en nuestra

última evolución republicana, en el ajetreo gobernante, político y

parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra

aristocracia.

Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran otros elementos,

aquellos que han logrado la opulencia en las dos últimas décadas, en las

cuales, mucho más que en el trascurso de la anterior centuria, se ha

desenvuelto la prosperidad del país. Así, pues, la «haut» resulta un

poco heterogénea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En

Europa la aristocracia está nítidamente definida: la componen los que

pueden ostentar un título nobiliario, otorgado, justa o injustamente,

por los reyes, ya sea en antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable

papel de barba. Pero siempre «papelitos cantan». Aquí no tenemos nada de

eso, felizmente. Nos limitamos a decir: «apellido conocido», «gente

bien», «buena familia». Estos títulos--que acaso sean los mejores, los

verdaderamente meritorios--constituyen nuestra alta clase social. Mas,

como va dicho, forman una aristocracia indeterminada, indefinible en el

sentido estricto, compuesta de apellidos históricos (verdadera

aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga

tradición de riqueza, nombres políticos del último siglo y elementos

opulentos de la última hornada. Yo no sé explicar mejor el fenómeno:

pero creo que lo dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo.

Y vengamos al tema verdadero de nuestra croniquilla. ¿Cómo se entra en

este gran mundo? Aquí empieza la función del «tramitador». No es difícil

esta entrada, pues nuestro gran mundo es fácil, abierto, asequible.

El «tramitador» es persona conocida, «mozo bien», hombre, en fin,

perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra

aristocracia. Se puede «tramitar» un joven, una niña y aun toda la

familia. Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba

por tramitar a todo el grupo familiar. Comienza la acción tramitadora

por grandes e hiperbólicos elogios de los tramitados, antes de la

presentación. El padre, el jefe de la familia a tramitar, es un hombre

lleno de méritos; tiene una estancia de diez leguas, pobladas por él

mismo, con alfalfares magníficos y animales finísimos. «Hombres así

hacen falta al país»--dice el «tramitador». Y tiene razón: estos son los

hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona muy educada,

muy discreta, muy agradable. Habla después del hijo: «es el mejor

estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo

más fino, de lo más culto y muy amigo de sus amigos». Para la niña, para

la hija del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsará

un día la gloria de Justiniano, tiene el «tramitador» palabras

justamente ponderativas: «es una monada; muy linda; toca el piano

admirablemente; habla francés como una francesa y recita versos de

Rostand; interesantísima la muchacha». El «tramitador» tiene también

unos conceptos oportunos para la señora, para la consorte del

terrateniente: «es muy sencilla, muy buena y muy caritativa». Por último

resume así las condiciones de toda la familia: «gente de lo más bien».

Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El «tramitador» está

relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fácil ir dando a

conocer en los altos círculos a sus nuevos amigos.

Al aventajado estudiante le apadrina en su presentación de socio en el

Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quizá le organice un

banquete íntimo para celebrar sus triunfos universitarios, banquete al

que asisten jóvenes muy conocidos, aunque estudian poco. No solo por

estudiar son conocidas las personas. A la niña la recomienda mucho a sus

relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio

«tramitador», señoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las

cuales toman bajo su protección a la neófita, logrando que sea invitada

a las principales fiestas de nuestro gran mundo. El «tramitador», que

todo lo prevé, tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los

diarios. De manera que la señorita desconocida empieza a ser mencionada

constantemente en las crónicas, entre lo más dorado de nuestra sociedad.

Tiene también el «tramitador» algún pariente que ocupa alta posición en

la política o en el gobierno. Y un día le presenta a su amigo, el rico

estanciero. El terrateniente habla con el personaje político de

problemas ganaderos y agrícolas, de la situación del país, de

exportaciones e importaciones, de frigoríficos, de novillos y pastos,

etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia. Nutrido de

realidad, su visión directa de las cosas suple con ventaja a los libros.

El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene

que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy

complacido de haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es

nombrado por el gobierno para que forme parte de una comisión

informadora sobre la extensión de la aftosa. Los diarios dan cuenta de

sus interesantes opiniones sobre el punto. Con tal motivo el estanciero,

oscuro hasta entonces, se torna conocido para todo el país, justamente

conocido y respetable, pues tanto su labor como sus palabras contribuyen

al progreso patrio. El «tramitador» no olvida nada. Por medio de unas

parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad pública,

hace que la señora del terrateniente sea incluída en la comisión

directiva de una tradicional institución de beneficencia. Con esto la

excelente señora alcanza también aquella figuración correspondiente a su

edad, a su posición y a sus gustos.

Detalles más o menos, he ahí el proceso que lleva al brillo social a una

familia que vivió siempre en una discreta penumbra. En breve tiempo su

nombre, repetido por los diversos conceptos ya señalados, viene a formar

parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quizá

algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la

ranciedad, no vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo,

es una de las condiciones más simpáticas de nuestra modalidad social,

pues prueba su poder asimilativo en estos rápidos procesos de remoción

que caracterizan nuestra vida colectiva. Pero este es un problema de

sociólogos y economistas que no me corresponde ni puedo yo tratar. Quizá

alguna vez cuente lo que mi marido, hombre de mucho seso, que lleva

además un apellido de largo abolengo, piensa sobre este punto.

Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes descriptivos con unas pocas

palabras más sobre el «tramitador». ¿Qué móviles le inducen a ejercer

estas tramitaciones? ¿Son ellas desinteresadas?

Muchas veces, sí. Una pura simpatía le guía. Otras veces, el espíritu

democrático, latente en nuestra sociedad, no obstante ciertos anhelos de

diferenciación de algún reducido grupo, lleva al «tramitador» a

convertirse en lazo entre la burguesía que se forma rápidamente y la ya

constituída. Pero hay también «tramitadores» interesados. Nuestro gran

mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones

difíciles en el orden económico, estrecheces doradas, angustias

domésticas por no renunciar al brillo social, mantenido con arduos

apuros y apreturas tristes, ocultas y silenciosas. De aquí que haya

algún «tramitador» interesado. Alguna vez el jefe de la familia

tramitada, hombre de gran poder económico, puede ayudar al «tramitador»

en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones bancarias y

por los mil medios que tiene a su alcance la sólida opulencia. Otras

veces, el «tramitador» se convierte en heredero de las diez leguas

alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morganático, si vale

expresarse así, en que se unen el brillo del nombre y el más opaco que

da el campo bien alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una

serie de mutuos apuntalamientos, de combinación de anhelos, de

asociación de aspiraciones diversas. Unos allegan o ponen el nombre;

otros la sustancia. El que tiene nombre y no sustancia, quiere

sustancia. El que tiene sustancia y no nombre, quiere nombre. En el

fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y también amor. El

equilibrio y la felicidad surgen de la obtención de lo complementario,

de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la

felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales,

ya que cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le

falta, coordinándose así los deseos dispares.

En estos casos, salta a la vista que el «tramitador» se está tramitando

a sí mismo...

LOS AFEITES

Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propósito de

estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de

lo general que es aquí la belleza femenina. Llámales igualmente la

atención la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en

Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur.

En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a

la apología de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur

dicen que Dios concedió la mujer rubia a los pueblos del Norte para

consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte,

ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido

es que la poesía es el arte de la simplicidad y de la exageración, o de

la exageración simplista, pues las pasiones, como todo fenómeno

individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del

cutis. Y así, hay rubias muy exaltadas y volcánicas que viven entre las

neveras y témpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los cármenes

del Mediterráneo morenas lánguidas y desmayadas, como sumidas en sueño

letárgico a compás del vaivén de las hamacas. Así como las tormentas se

producen en todos los puntos de la tierra, hay también ciclones

pasionales en todas las zonas del espíritu universal. Lo único cierto es

que la pasión es en el Sur más gritona, más aparatosa, más visajera;

pero ello no quiere decir que sea más intensa. El loro alborota más con

sus pasiones que el mudo pingüino, sin ser por esto más apasionado.

Como iba diciendo, la belleza es aquí variadísima. Difícil sería decir

si hay más rubias que morenas, o más morenas que rubias. Lo que puede

afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de

la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusión de razas

heterogéneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabéis, es

muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tópico,

teniéndome a mí por amable auditorio. Según él, lo esencial de la

hermosura es la salud, que ya por sí misma es una belleza. Y esta salud

originaria la traen consigo los montañeses de todas las latitudes

europeas que constituyen la mayor parte de la inmigración, montañeses no

contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A

juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el

arquetipo de la belleza física. La atención que presto a cuanto

dice--pues no tenéis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi

esposo--es para él un estímulo intelectual, y así sus disertaciones

sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de

la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al

sorprenderme de sus arrebatos líricos, me dice que lo atribuye al modelo

que tiene delante... ¡Si es lo más gentil!...

Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeñado en estropear

o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura

natural. Esta pésima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a

renacer ahora en forma alarmante.

¿Qué móvil puede guiar a la mujer que se pinta? ¿Engañarse a sí misma?

Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la

belleza pintada--suponiendo que esta pintura lo sea--es una belleza

pegadiza, falsa, histriónica. El anhelo de íntima perfección se funda,

por otra parte, en no ensañarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni

en obra. ¿Engañar a los demás? Tampoco, ya que a la legua se ve que está

pintada una cara. Y aunque no se viera, la intención del engaño no sería

menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la máscara no hay más

diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita

pintarse, pues nada añade la pintura a su lindeza, antes la deforma y

destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguirá con inanes y

fútiles ingredientes químicos aquella hermosura que le fué negada por la

Naturaleza.

Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene raíces

psicológicas o instintivas difíciles de descubrir. Ya en las cuevas de

los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos

a su figura. Las indias se pintaban también. Según Miranda, el

historiador del Uruguay, las mujeres charrúas se hacían unas rayas

azules perpendiculares, desde la frente a la mandíbula. No es, por lo

tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilización moderna y

refinada. Tiene un origen salvaje. Esto debía bastar para que la

tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los

hombres han progresado más que las mujeres. Entre los hombres existe

también la pintura en forma de tatuaje. Pero ningún hombre distinguido

la emplea. Sólo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se

estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantín, la imagen

náutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal

pintura es el símbolo de su oficio, el emblema de su lucha épica con los

elementos trágicos de la Naturaleza.

Pero ¿es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se

simulará, por unas horas, la frescura, el color; mas no las líneas, que

es donde reside la verdadera belleza. La contextura orgánica de un

rostro, la armazón ósea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los

dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido

o contrahecho.

Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto

fundamental estético. La mujer vana y superficial seguirá pintándose,

con arreglo a los cánones que en la moda imperen. Porque también en esto

de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clásicos de

la comedia de Calderón de la Barca titulada «Eco y Narciso».

«--Un tiempo se dieron

En usar ojos dormidos;

No había hermosura despierta,

Y todo era mirar bizco.

Usáronse ojos rasgados

Luego, y dieron en abrirlos

Tanto, que de temerosos

Se hicieron espantadizos.

Las bocas chicas, entonces

Eran de lo más valido,

Y andaban por esas calles

Todos los labios fruncidos.

Dieron en usarse grandes,

Y en aquel instante mismo

Se despegaron las bocas,

Y, dejando lo jasifo

De lo pequeño, pusieron

Su perfección en lo limpio

De lo grande, hasta enseñar

Dientes, muelas y colmillos.»

En estos versos del clásico dramaturgo castellano está encerrada la

evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida.

Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el espejo del alma. Este

dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que encierra.

Efectivamente, el rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen, digamos

así, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los

componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad

psíquica. La revelación está en la cara y en la mirada. Ahora bien: ¿qué

género de personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No

será una personalidad real, con su espíritu revelado, sino una

personalidad de farmacia o de fabricación química, esto es, lo menos

personal que puede existir. De aquí que, el pintarse la cara, espejo del

alma, equivalga a pintarse el alma misma.

Las deducciones que de estas premisas se desprenden son un poco

escabrosas. No hemos de hacerlas. Sólo diremos que ni el enmascaramiento

físico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse felicidad

alguna en tales y tan deleznables artificios.

Con todo, puede admitirse en las jóvenes este pueril error de pretender

acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de agradar implica

siempre una forma de generosidad. También supone egoísmo (los instintos

son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este

recurso falso la hermosura natural. Pero ¿qué decir de las señoras de

edad, casadas, con prole, quizá con nietos, que se pintan? Una dama,

entrada en años, luchando con el tiempo en su tocador, constituye el

espectáculo más grotesco y risible que pueda darse. Las canas y las

arrugas ennoblecen a quien sabe llevarlas. ¡Anular el tiempo con

afeites! Debajo de la pintura está visible la realidad; y el aparentar

treinta años, cuando se tiene cincuenta, sólo revela que los veinte de

diferencia no han dejado en nuestro espíritu la gravedad de pensamiento

que da el tiempo. La impresión de ridiculez que nos produce una vieja

pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la

serenidad correspondientes a los años que tiene. En las jóvenes la

pintura es, en el fondo, una coquetería, y queda muy mal el coqueteo a

cierta altura de la vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo

desengaño, y causa risa ver una mujer engañándose a sí misma de que aun

no está desengañada. Según Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi

marido, que lee filosofía alemana) las ideas y los sentimientos deben

ser concordes con la edad y la experiencia adquirida en la vida. El

afeite en las viejas viene a ser algo así como una chochera pictórica. Y

la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible cuando se

opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del tiempo,

pidiendo a la química de tocador la juventud y la belleza que huyeron.

Nada más bello que el rielar del alma en el rostro, revelando nuestro

estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegría, todos los

movimientos espontáneos de nuestro espíritu. La pintura es una ficción

teatral, histriónica, cosa, en fin, de la farándula. Todas las artistas

se pintan, a fin de dar la sensación de los distintos personajes

representados. Pero una señorita distinguida no debe representar más que

un solo papel, el suyo, el natural, el que le asignó la Providencia al

crearla. Su carrera natural es el matrimonio, y la vida íntima y

familiar no debe convertirse en una comiquería. Si yo fuera hombre no me

casaría con una señorita que cambia de color su pelo. Tendría mis

sospechas de que un día pudiera cambiar también su condición espiritual,

y aun su misma adhesión; que quien no es constante consigo misma, con su

propia naturaleza, con sus propios atributos físicos, puede extender a

cosas más graves su frívola veleidad. En la propensión a lo teatral hay

siempre algún peligro. En la Edad Media se hacía un mundo aparte del

mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo

que quieran los historiadores y sociólogos modernos.

La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en la

figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, este

humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan para

cristianarnos. Usémosla siempre cristianamente...

LAS PACES

Las paces, así, en plural, constituyen un problema no menos arduo que la

paz, en singular.

La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o más

naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil y

fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudación del amor en el

matrimonio después de la discordia.

Aunque a primera vista parezca lo contrario, es más fácil hacer la paz

que «hacer las paces». Ya oigo exclamar: ¡Qué paradoja! No hay tal

paradoja; espero demostrarlo. Lo que ocurre es que la diferencia de

magnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el internacional, hace

creer a los espíritus superficiales que este último tiene un arreglo

infinitamente más difícil que el primero. Esto es un error de juicio,

que consiste en atribuir a la extensión de la trifulca o pelotera

internacional móviles más irreductibles a concordia que aquellos que

determinan las disidencias y ciscos conyugales. Las guerras no son más

duraderas porque sean más grandes. Hay guerras chicas que no se acaban

nunca. Ninguna guerra internacional dura treinta años, mientras existen

matrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de diamante.

Basta este hecho para probar que es más fácil hacer la paz que «hacer

las paces».

Y el fenómeno se explica fácilmente. Para hacer la paz hay reyes,

diplomáticos, cancilleres, ministros, políticos, gobernantes, etc.,

todos los que han lanzado a los pueblos a la pelea. Para «hacer las

paces» no hay acción intermediaria y pacificadora, porque los

guerreros--los cónyuges--empiezan por ocultar su propia guerra. En las

guerras internacionales los combatientes sienten el orgullo y el honor

de la pelea. En las guerras conyugales, por el contrario, se siente la

vergüenza de mantenerlas. Y por eso se ocultan. Los cónyuges simulan la

paz sin estar hechas las paces, ofreciendo al exterior una dulce

concordia, mientras la guerra civil arde en casa. Esta incomunicación de

la guerra con el medio exterior es precisamente lo que dificulta «hacer

las paces». Así, pues, los contendientes, los cónyuges, han de buscar,

en medio de su contienda, los métodos y las maneras de apaciguar su

discordia. Y aquí está, precisamente, la dificultad. ¿Cómo ser

simultáneamente, guerreros y diplomáticos, actores e intermediarios?

¿Cómo suspender las hostilidades? Dicho sin metáforas, en lenguaje

directo: ¿Quién ha de ceder primero? ¿Quién de los dos se anticipará a

ofrecer el beso o el abrazo de reconciliación, forma protocolar de los

armisticios conygales?

Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que es más fácil hacer

la paz que «hacer las paces».

Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores métodos para concertar

armisticios conyugales y llegar a la armonía definitiva. Se trata de un

punto psicológico complicado, del cual depende el renacimiento de la

dicha eclipsada.

Desde luego, sólo aludiremos a desavenencias exentas de gravedad. No

queremos referirnos a esos conflictos insolubles dimanados de la

deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de Dios y

las leyes humanas. He aquí--volviendo a nuestro primer argumento--uno de

los casos en que es más difícil «hacer las paces» que hacer la paz.

Ninguna paz es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles

en absoluto.

Crónicas de Marianela · 第 3 / 12 段