y el prestigio que le dan su gestión anterior. Arreglará las
desavenencias que ocurran, los disgustillos transitorios, las pequeñas
trifulcas domésticas. Juzgará sin apelación e impondrá la paz, porque
ambos cónyuges sienten por ella un respeto afectuoso. La casamentera
casi pertenece al nuevo hogar. De esta manera, si es soltera o viuda
solitaria, viene a tener una familia, un poco postiza, es verdad, pero
con todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes de la verdadera.
¿Salen bien los matrimonios formados así? Habría mucho que hablar sobre
este punto y no nos queda ya espacio para su desarrollo. Agregaremos,
pues, muy pocas palabras. La felicidad, según un filósofo francés, no se
conjuga en presente, sino en futuro imperfecto. La felicidad, como la
desgracia, se va haciendo, se va tramando en la convivencia, en la vida
íntima y constante. Y así, tanto peligro puede correr un matrimonio
formado por un amor enardecido y apasionado, como otro tibio, suave,
cordial, sosegado. Todo depende de la hondura con que luego, en la vida
diaria, eche sus raíces el cariño, porque es éste, el santo cariño,
lleno del sentimiento del deber y de una rígida y caballeresca lealtad a
la fe jurada, el que forma los sólidos vínculos de la vida matrimonial.
Y en último término, todas las circunstancias preliminares de un enlace
quedan olvidadas ante el aleteo de las nuevas vidas y el pío pío que
resuena en nuestro corazón.
LAS «PLANCHADORAS»
Comencemos por desvanecer el error en que el título de esta croniquilla
pudiera inducir al lector. No se refiere el epígrafe a la respetable
clase social que nos aliña las prendas internas, empleando ese producto
que es el signo externo de la civilización: el almidón. No creemos
habernos excedido al aplicar a las planchadoras el calificativo de
respetable clase social. Su misión no puede ser más importante. Gracias
a ellas se produce en la vida cierta nivelación. Al contrario de los
socialistas, que buscan la igualdad haciendo que desciendan las clases
altas, las planchadoras elevan a las bajas por medio del almidonado.
Colocado al alcance de todo el mundo, el almidón es un símbolo
igualitario por ministerio de las planchadoras.
Pero, como va insinuado, no nos referimos a estas planchadoras, sino a
las otras, a las señoritas que, en sentido figurado, se aplica este
mismo sustantivo, cuando en los bailes, fiestas y saraos, se ven
relegadas o poco atendidas por los caballeros.
Quedarse «planchando»... Nada aflige tanto a una muchacha, ni le da una
impresión más completa de su poquedad, de su insignificancia en el
mundo. Es un poco difícil determinar los orígenes y causas de esta
desventura. Por regla general, se debe a que la «planchadora» no ha sido
muy favorecida por la naturaleza. No pretendemos hacer ningún
descubrimiento que merezca integrar las páginas de un texto de
sociología, diciendo que suele haber más «planchadoras» entre las feas o
poco agraciadas que entre las bonitas. El imperio de la belleza no tiene
rebeldes. La fea, que «plancha» por serlo, tiene dos causas de
aflicción: la primera es una herida de amor propio al verse relegada; la
segunda envuelve una pesadumbre más profunda y definitiva. Expliquemos
su psicología. Ninguna persona, y menos aún una señorita, naturalmente
optimista, tiene una idea exacta de su fealdad. La naturaleza nunca es
cruel del todo. A cambio de los pocos encantos físicos que nos concedió,
suele otorgarnos un juicio favorable sobre nosotras mismas. Y así, aun
a despecho de las acusaciones matemáticas del espejo, nos vemos de otra
manera muy distinta en el cristal ilusorio de nuestro espíritu. Este
encantamiento o autosugestión desaparecen cuando el juicio ajeno se
pronuncia en forma de dejarnos «planchando». Todos nuestros optimismos
sobre nuestra propia figura se desvanecen ante aquel abandono que nos
sume en el más completo desaliento y en la más profunda de las
tristezas. En tal sentido, «planchar» equivale a morir; y no es
exagerada la afirmación, pues en realidad muere aquella favorable
representación interna que de nuestra propia figura teníamos. De estas
premisas exactas, nada cuesta deducir--y esto va para los hombres--que
es un acto criminal dejar «planchar» a una señorita. Así, pues, un
verdadero caballero, un espíritu culto, un hombre distinguido de frac
adentro debe ser siempre solícito y obsequioso con las señoritas poco
agraciadas, contribuyendo a mantener en ellas esa deleznable ilusión
sobre sus dones físicos. No confío mucho en ver seguido este piadoso
consejo, pues los hombres siempre fueron y serán humildes esclavos de la
belleza.
Pero no todas las feas «planchan». No pocas de ellas se ven tan
atendidas y solicitadas en los bailes como las más lindas. Una fea se
defiende de la «plancha» con dos recursos: bailando bien y teniendo
ingenio y espiritualidad. El bailar bien, con gracia y soltura, es ya
una forma de belleza física. Un cuerpo flexible, ágil, con movimientos
rítmicos y elegantes, hace olvidar las imperfecciones del rostro. Hay,
en fin, feas que tienen diablo, como dicen los franceses, o ángel, según
el dicho español. El diablo o el ángel es ese grado de seducción que
dimana de la simpatía, ese aire o nimbo de las figuras que es como el
aleteo externo del alma. La que tenga ingenio, inteligencia despierta,
tampoco «planchará». Una conversación amena, dotada de espíritu de
observación, pronta en sus dichos, ocurrente, estará siempre atendida y
se verá solicitada. Pero es necesario tener sentido de la medida, no
pasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres verse
dominados intelectualmente por la mujer. De manera que se puede
«planchar» tanto por sobra como por ausencia de despejo.
Frecuentemente se ven también algunas muchachas bonitas que «planchan».
Son figuras de belleza inerte, como los angelones de retablo. La
hermosura sin gracia, decía Ninón, es como un anzuelo sin cebo. Su
espíritu apagado y su inteligencia opaca hacen que su compañía sea
aburrida y tediosa.
Las causas por las cuales se queda una «planchando» son muy variadas, y
es difícil señalarlas todas. Desde luego, muchas veces tiene la culpa la
dueña de casa donde se realiza el baile. La función de la dueña de casa
requiere una gran actividad diplomática, a fin de que todas las
señoritas que asisten a la fiesta sean atendidas y obsequiadas. En esto
ha de demostrar su habilidad, su fino tacto, sus recursos de dama de
mundo. El fracaso de una señorita en un baile recae siempre sobre la
dama que ofrece la fiesta. A este respecto contaré un triste episodio
ocurrido no hace muchos años a una amiga mía, perteneciente a una de
nuestras primeras familias. Mi amiga era linda, inteligente, discreta.
Invitada a un baile aristocrático, entró en el salón y se sentó.
Lanzáronse todas las parejas a bailar y ella se quedó sola. Su situación
no podía ser más violenta y desairada. Levantarse e irse, atravesando el
salón, le pareció un acto intempestivo; quedarse allí, sola y abandonada
en medio del baile, no era menos desagradable y molesto. Y en medio de
estas vacilaciones, agobiado su espíritu, rompió a llorar con la más
profunda aflicción. Acudieron a ella, vino la dueña de casa, la
preguntaron por la causa de su llanto, y respondió que se había puesto
enferma y que deseaba retirarse. Los concurrentes al baile, percatados
de la verdadera causa de aquellas amarguísimas lágrimas, hicieron
responsable del desaire a la dama que ofrecía la fiesta, la cual, a
partir de aquel momento, resultó triste, medio aguada y deslucida.
Nunca olvidaré el mal rato que sufrí ante la situación desairada e
inmerecida de mi amiga.
Una dueña de casa, discreta, inteligente, debe evitar estos percances.
Lo primero que ha de hacer es darse cuenta de la situación personal de
los concurrentes a la fiesta, de la relación entre jóvenes y señoritas,
de sus simpatías e inclinaciones, etc. Debe presentar a los que se
desconozcan, intervenir como lazo de relación, procurar, en una palabra,
crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable,
cordial y lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atención vigilante y
solícita a las que ya tienen cierta reputación de «planchadoras», para
evitar que en su casa se vean en tan triste soledad. Al efecto, la dueña
de casa debe contar con un grupo de caballeros que sean amigos de
confianza, a los cuales pueda pedir el servicio de que bailen a las
«planchadoras». Pero en esto mismo no hay que abusar; no se debe endosar
al mismo caballero una «planchadora» toda la noche. Por eso conviene que
el círculo de amigos sea extenso, para repartir equitativamente la
carga. El mayor éxito, en fin, de la dueña de casa está en poner en
circulación danzante a las «planchadoras», procurando aliviar la
desventura de las proscriptas del baile.
La «planchadora» ignora siempre las causas de su triste condición. La
Providencia la libra de este aflictivo conocimiento. Y así, cuando por
bondad algún caballero la saca a bailar, se aferra a él, añadiendo a su
condición de «planchadora» la de pelma. Le ocurre lo contrario que a la
muy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el mismo caballero,
actitud que podría inducir a la concurrencia en el error de suponer un
principio de compromiso. La «planchadora», por el contrario, prefiere la
murmuración a la «plancha».
Alguna vez se «plancha» sin ser «planchadora»; un «planchado» fortuito,
casual, injustificado; porque, usando el lenguaje corriente, hay bailes
con suerte y bailes con desgracia. He aquí un fenómeno superior a
nuestra capacidad analítica. ¿Por qué en unos bailes tenemos éxito y en
otros no lo tenemos? Misterio. Quizá se deba a que la belleza de la
mujer tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos modos,
voy a permitirme dar a las señoritas un consejo, fruto de mi
experiencia. La entrada en un baile tiene singular influencia para el
resto de la noche. Es necesario, como vulgarmente se dice, entrar con
buen pie. Al efecto, nunca se debe entrar sola en el salón. Ello es de
mal agüero. Conviene tener un amigo de confianza que nos acompañe al
hacer nuestra aparición en la tertulia o sarao, conduciéndonos desde el
«toilette», donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es de un efecto
seguro, pues sirve para demostrar que estamos solicitadas desde el
instante de nuestra llegada. Con este y otros pequeños y discretos
recursos nos iremos librando de la «plancha» en las noches de mala
fortuna.
No creo haber agotado este tema trascendental de las «planchadoras»,
cuya psicología es complejísima. Sólo he querido divagar un momento
sobre su evidente importancia e insinuar algunas advertencias útiles a
las dueñas de casa y a las mismas señoritas que no tienen la suerte de
atraer y sugestionar con el encanto de sus dones físicos y el hechizo de
sus donaires espirituales.
LA MODA Y EL DIABLO
Gracias a Dios y a la actividad inteligente de mi marido gozo la dicha
del ocio para poder cultivar un poco mi espíritu con lecturas amenas y
divagaciones estéticas. El ocio es la primera condición para poder
disfrutar de las manifestaciones artísticas. Sin abandonar mis
obligaciones sociales y mundanas--visitas, tertulias, juntas de caridad,
bailes, saraos, funerales, bodas--consagro la mayor parte del tiempo a
la lectura.
Mi mayor placer es poner mi pobre espíritu en contacto con los espíritus
excepcionales, sintiendo cómo ellos dotan de alas al mío con sus nobles
pensamientos y elevada emoción, produciéndome algo así como la gloria
del vuelo y hendiendo con su auxilio las zonas inexploradas de la
conciencia y del alma. El escribir es una actividad reciente en mí. Ya
lo habréis notado por lo endeble y desmañado de mi estilo, por su falta
de elegancia y de precisión, por su pobre ideológica y por esas fallas
de sintaxis que se observan siempre en la prosa femenina por esmerada
que haya sido nuestra educación. La sintaxis enseña a coordinar y unir
las palabras para formar oraciones y expresar conceptos. Pero como el
espíritu de la mujer es por condición ingénita un poco incoordinable y
caótico, sus maneras de expresión, tendientes al charloteo, a imitación
del grifo suelto, se rebela a la sintaxis que es la disciplina del
discurso. Hartas disciplinas de hecho y de derecho tenemos las mujeres
para someternos también a ésta de la gramática. Nuestra única libertad
en el mundo es la sintáctica. Y conste que no soy feminista. Pero de
esto hablaremos otro día.
Decía que mis mayores delectaciones están en la lectura. Mis autores
predilectos son aquellos escritores mixtos de poetas y filósofos, en
quienes existe cierta armonía y un ponderado equilibrio entre las
emociones del corazón y el vuelo de la mente. No gusto de los
exclusivamente poetas, porque en ellos todo es exageración y
fantasmagoría; ni de los exclusivamente filósofos, constructores de
sistemas, para cuya comprensión, además de carecer de cultura, no
alcanzan las débiles luces naturales de mi entendimiento.
¿Y a qué viene todo esto? Todo esto viene a cuento de que el otro día
estaba leyendo una comedia de Shakespeare. Me gusta mucho más leer al
glorioso cisne del Avon que oir sus obras en el teatro, pues las
acotaciones del texto suelen tener un interés crítico y poético
extraordinario. Gústanme también mucho más sus comedias, tan graciosas,
tan espirituales, que sus dramas, tan rudos y tan sombríos, con pasiones
tan violentas y protervas que parece no cupieran en el frágil vaso de la
naturaleza humana. Pues bien: leyendo una comedia de Shakespeare toparon
mis ojos con esta frase: «La mujer es un manjar de los dioses cuando no
lo adereza el diablo».
Quedéme suspensa y cavilosa. ¿Quién será este diablo aderezador? Ya
sabéis que el gran poeta inglés se expresa siempre en una forma cortante
y misteriosa. Su fuerza, más que en lo que dice, está en lo que sugiere.
Sus frases nos sumergen en la meditación y el ensueño; nos llevan lejos,
lejos, más allá de todos los horizontes visibles. Bueno; yo no sé
expresar bien esto, pues pertenece a honduras de la vida en cuyos bordes
mi pobre cabecita sufre vértigos y mareos. Para esclarecer los oscuros
conceptos del poeta hay en Londres diversas sociedades y cenáculos que
discuten incesantemente lo que quiso decir en tal o cual pasaje de sus
obras. Ignoro si los exégetas de Londres habrán logrado averiguar cuál
es el diablo aderezador que impide algunas veces el que sea la mujer un
manjar de los dioses.
Pensando, pensando, pensando--no sé si con acierto, pues a veces se
acierta menos cuanto más se piensa--yo creo haber llegado a descubrir el
diablo aderezador a que se refiere Shakespeare. Este diablo es la moda.
No me cabe duda: la moda surge de las inspiraciones del diablo.
Por lo instable, proteica y multiforme, por su eterna inquietud y
constante mudanza en hechura y colores, la moda es cosa del mismo
diablo, personaje igualmente voluble, tornadizo, trasformista,
desfigurado y quimérico. ¿Quién sino el diablo pudo inspirar el
miriñaque, el polisón y, últimamente, sin ir más lejos, las faldas
trabadas que nos obligaban a un pasito de paloma, menudo, corto, sutil,
deslizado? El miriñaque, con su ruedo de ballestas y flejes, con su
amplia circunferencia, era un atavío absurdo, es decir, nos parece ahora
extravagante, pues en su época era natural, lógico y aun estético,
porque el uso y la costumbre forman una segunda naturaleza. El hábito
hace que la locura sea razonable. Dentro del miriñaque el cuerpo iba
suelto, desabrigado, como dentro de una nube. Y nuestras abuelas no
sentían los estremecimientos que produce el aire al calar nuestros
huesos.
El diablo de la moda las hacía resistentes al frío, al viento colado, a
la intemperie; porque el diablo, junto con un traje para congelarnos,
nos da la calefacción del orgullo, de la satisfacción, del íntimo
contentamiento de ir peripuestas con arreglo a los últimos cánones y
pragmáticas del lujo. Vino después el polisón, ese promontorio colocado
donde la espalda cambia de nombre, aditamento fantástico, incómodo,
grotesco, ocurrencia, en fin, del mismo demonio, pero que también
pareció muy natural, muy lógico y muy estético en su época. Y, sin duda,
tanto el miriñaque como el polisón tuvieron en su tiempo algo que los
hacía atractivos y graciosos, algo seductor, insinuante, cautivador. La
prueba está en que nuestros abuelos asocian al miriñaque la evocación de
su amor; y nuestros padres, al recordar sus cuitas y congojas amatorias,
mezclan también a sus memorias el absurdo polisón. Nuestros mismos
maridos guardan la imagen de nuestras faldas trabadas y nuestro pasito
de palomas, asociando el aire de nuestras figuras a las horas que con
mayor intensidad anhelaron la mirada afectiva de nuestros ojos y los
latidos de nuestro corazón. Y es que, en el fondo, el diablo anda
siempre en el atavío femenino; unas veces en forma de falda trabada,
otras en forma de polisón y otras en el ruedo del miriñaque. Pero
siempre es el mismo diablo; no hace más que trasformarse. Con estas
trasformaciones el diablo se divierte y el mundo también. Y, en
realidad, aunque la mudanza sea visible, las modas nunca desaparecen del
todo: unas viven en la memoria de los viejos; otras en el recuerdo de
las gentes maduras: las últimas en nuestro gusto. El fin de todas es el
mismo: irán a los museos, mientras las generaciones que las usaron yacen
en la eternidad, para dejar paso a otros usos, a otras trasformaciones,
a otros gustos y a otros atavíos.
La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar el
cuerpo, que es obra de Dios. He aquí otro indicio de que la moda es
inspiración del ángel rebelde, del diablo. Y este empeño luciferino de
corregir la obra divina en sus líneas fundamentales es muy antiguo. Ya
Calderón de la Barca lo advierte en su «Eco y Narciso».
--Pues ¿hay usos en los talles?
--Sí; yo me acuerdo haber visto
Usarse un año a los pechos,
Y otro año a los tobillos;
Y esto no es mucho, que en fin,
Consistía en los vestidos.
¿Qué se propondrá la moda, es decir, el diablo, al descentrar el talle
de su sitio natural? De sacrilegio estético puede calificarse esta
trasformación de las líneas que el Divino Arquitecto en su concepción
soberana dió al cuerpo femenino. Con razón decía madame Delepinasse que
la mujer se desesperaría si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la
arregla la moda. Seguramente renunciaríamos al don de la vida si
hubiéramos de nacer con miriñaque, polisón o faldas trabadas. El
concepto estético de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo de
la mujer. ¿Por qué consentimos luego que lo vista el diablo, alterando
el orden perfecto y la armonía divina de las líneas? Lo racional y
lógico sería que los vestidos se ajustaran dócilmente a este orden y a
esta armonía, obra insustituíble del Creador. Pero el diablo, como ángel
rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de
trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad
especial del diablo es la sofistificación, el enredo, la mentira, la
paradoja, el barullo y la confusión. Pero, con todo, no se puede negar
que el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnos
a las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no sé qué que
sólo puede ser obra del diablo. Claro está que ello sucede cuando está
acertado en la moda, lo que es muy raro en él, pues casi siempre el
diablo está dejado de la mano de Dios. Pero lo curioso es que, aun
cuando desacertadísimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las
normas dictadas por su genio maléfico.
Por las modas pasadas, que sólo existen ya en los museos, advertimos que
el propósito al implantarlas no fué la perfección, ni la comodidad, ni
la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantástico y extravagante.
Sin embargo, la adopción fué general en el mundo femenino. Ello se debe
a que la moda es para la mujer como una segunda religión. Y el fanatismo
en esta segunda religión se manifiesta en llevar la moda a sus términos
más exagerados. Si se trata del miriñaque, darle más ruedo y amplitud
que nadie; si del polisón, abultarlo más que las demás; si de la falda
trabada, convertirla en manea. Así la moda va, poco a poco, por
contagio, exagerándose, hasta que muere por sus propios excesos. La
psicología de estas exageraciones reside en que no queremos pasar
inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nos
ofendemos mucho más no mirándonos nada. Por aquí también anda el diablo
en su doble forma de coquetería y soberbia.
El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crítica, fuera de la
crítica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez de
conocimientos y limitada penetración. Entre estos aspectos está el
económico. La constante variación de las modas parece que se relaciona
con la crematística o arte de negociar. El otro día, leyendo un librito
de anécdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles,
en los días de mayor esplendor mundano, encontré esta frase: «El cambio
de las modas es una contribución que la industria del pobre impone a la
vanidad del rico». Despréndese de este concepto que las mutaciones
calidoscópicas de la moda están movidas por el anhelo utilitario del
pobre. De aquí se deduce también que nuestros atavíos son obra de la
fantasía del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio
espíritu creador ni de nuestro gusto estético. Así, pues, la
responsabilidad de los adefesios en los atavíos que cubren a la
burguesía femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres de
confección y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates.
Bueno es que lo tengan en cuenta los filósofos que tratan el problema
social.
He consultado con mi marido el concepto económico de Chamfort sobre las
modas. Mi marido, especialista, como sabéis, en la ornitología noctívaga
de nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras ramas del
conocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera de
toda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente.
Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobran
méritos para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir,
que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe
otro filósofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort,
diciendo que «las modas son el medio de que se vale el rico para
alimentar al pobre». El concepto es diametralmente opuesto, y yo no sé
cuál de los dos será el exacto. Mi marido, que es algo burlón, un
ironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la sal de la
reflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, o
ninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» es
que yo esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda...
LOS «TRAMITADORES»
Ya hemos hablado de la presentación en sociedad, del amor y su
apariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo convivir,
del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de las
«planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin--tocar nada
más--temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a
los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el
orden mismo de la vida que mezcla la alegría frívola y la tristeza
profunda, el dolor y el placer, la risa y las lágrimas. Todos estos
temas, tratados en forma somera e inhábil, a la buena de Dios, en
parloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y de luces
literarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mi
poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéis
que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como
cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las
palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enreda
el discurso. ¡Ay, Dios mío! Sufro lo indecible con este encrespamiento,
con esta rebeldía de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el
escribir tiene algo del «crochet»--y yo hago muy bien
«crochet»--confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi prosa es
muy inferior al tejido de mis manteletas.