Bella es en el cielo la hora del alba. Bellísima es en el al

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CRÓNICAS

DE

MARIANELA

1917.

INDICE

Pag.

Presentación en Sociedad 5

El matrimonio 7

El amor y su apariencia 15

El nó de las niñas 18

El Gancho 23

Las «Planchadoras» 29

La moda y el diablo 33

Los «Tramitadores» 39

Los afeites 45

Las paces 51

Crotalogia 57

Rosalía en «Los Carpinchos» 63

El arte de estar enferma 70

Las inquietudes de Petrona 75

Pequeña defensa de la murmuración 81

Los secretos 84

La desventura de Luisa 89

Desavenencia trascendental 93

Las reinas en la guerra 98

Frivolidad y tilinguismo 100

Inés y los cipreses 110

La fiesta hípica 115

Las angustias de mi protegida 120

La inutilidad de San Juan Bautista 126

Sin presidenta 132

La abuela del rey de los cipreses, o el orgullo ancestral 140

¡¡Desahuciado!! 148

La viuda de Esquilón va a Mar del Plata 154

ADVERTENCIA.

El interés que han despertado las amenas crónicas de "Marianela"

publicadas en la página femenina de "LA PRENSA" me ha inducido a

solicitar del Director del gran diario, Don Ezequiel P. Paz, el permiso

para editarlas.

La benevolencia gentil del señor Paz ha otorgado el consentimiento, y

hoy aparecen los chispeantes artículos de la distinguida escritora

compilados en este elegante volumen. Notorio es el éxito creciente que

han logrado estas crónicas; aparte su mérito literario, puesto de

relieve en un estilo fácil, terso y armonioso, contienen otra cualidad

más esencial aun, consistente en su sana orientación ética, en una

crítica, suavemente irónica, de nuestros hábitos y costumbres. Trátase,

en fin, de un libro interesante, ameno instructivo, en el cual, a la

belleza artística, se unen, en consorcio admirable, útiles normas de

conducta, expuestas con delicado humorismo y singular gracejo narrativo.

Pedro L. Balza

(Editor)

PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD

Su presentación en sociedad es el primer episodio interesante en la vida

de la mujer. Ha terminado la infancia, que acaso sea lo mejor de la

existencia. La trasformación de la niñez en pubertad trae también un

cambio completo en la vida del espíritu.

La niña se ha convertido en señorita. Ya la muñeca ha quedado

abandonada. La mamá de la señorita, con dulce melancolía, la recoge y la

guarda en un mueble tradicional. La señorita no hace caso de su muñeca:

le parece un objeto antediluviano, pues aunque el tiempo pasado es poco,

la trasformación es tanta que todo lo de ayer ha adquirido carácter

remoto. Ya vendrá un día en que vuelva sus ojos, acaso tristes, acaso

llorosos, a la muñeca que alborozó sus horas infantiles. Pero ahora, no;

ahora ha quedado relegada a completo olvido. Porque la señorita se halla

trémula de emoción. Se va a presentar en sociedad; está por asomarse al

mundo. Y un tumulto de ideas, mejor dicho, de imaginaciones--porque,

propiamente ideas sobre el mundo, no tiene aun la señorita--asaltan su

mente en ligero torbellino, se agitan, bullen, vuelan y revuelan como

mariposas en torno del foco luminoso.

¿Cómo será el mundo? He ahí la preocupación de la señorita. Pero esta

preocupación está exenta de tristeza, de gravedad, de pesimismo. Porque,

en realidad, no se pregunta: «¿cómo será el mundo?», interrogación harto

filosófica para sus años y su inexperiencia. Lo que ella se pregunta es:

«¿cómo le pareceré yo al mundo?». Y a medida que se atavía y se adorna

y se embellece con los mil recursos que la moda inventa, piensa la

señorita, frente al espejo que refleja su figura de mujer en esbozo: «yo

creo que le voy a parecer bonita al mundo». Y esta idea optimista,

justificada desde luego, porque la señorita es linda, le produce una

alegría exultante, alborozada, llena de íntimo regocijo. En ese momento

del atavío, los detalles adquieren una importancia fundamental; el

gracioso lunar, el rizo juguetón, todo aquello que constituye su

personalidad, su diferenciación de las demás señoritas que también se

presentan en sociedad, adquieren un relieve preponderante y definitivo.

El lunarcillo y el ricito son invencibles; nada, nada, ¡invencibles!...

Una ligera inquietud invade el espíritu de mamá. Es necesario que la

presentación cause buen efecto. Está en ello comprometido el buen gusto

y el tino educador de mamá. La señora ha leído a Carmen Sylva, la buena

y discreta reina rumana, y repite a su hija estas palabras que pueden

servir de norma en una presentación en sociedad: «La tontería se coloca

siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca detrás

para ver». Y luego agrega por cuenta propia: «discreción, hija mía,

compostura, sosiego; mide lo que dices; más vale que peques por

cortedad».

Papá también está un poco impresionado. Cree, como Terencio, que las

mujeres, igual que los niños, se corrigen con leves sentencias. Y apunta

algunas apropiadas al caso. «La señorita silenciosa parece mejor que la

locuaz». El discreto señor hace algunas observaciones filosóficas sobre

la coquetería. A su juicio la coquetería no tiene más fin que hacer

subir las acciones de la belleza. Pero el prudente papá advierte que es

necesario tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado,

porque pueden caer de golpe una vez descubierto que se abusa del recurso

para hacerlas subir. Papá agrega otros razonamientos graves, discretos,

oportunos. «No hay que ser criticona», dice. Y volviéndose a la esposa,

agrega: «Según Schiller, la mujer tiene ojos de lince para ver los

defectos de las demás mujeres». Y luego agrega por cuenta propia: «Los

hombres nos enteramos de los defectos de una dama por otra dama; pero

adquirimos mala idea de quien nos suministra la información».

Ya la señorita está ataviada: un traje primoroso realza su figura:

primor sobre primor. «Está elegantísima», observa la señora al esposo.

«Sí, sí, dice éste, muy elegante, muy linda». Y recordando las palabras

de un pedagogo argentino agrega: «Pero hay que ser también «paqueta» por

dentro: que a la figura elegante no corresponda un espíritu deforme». La

señora confía en que la niña será siempre muy buena. «Es nuestra hija»,

termina. «Es verdad,--asiente el padre conmovido--; será buena, porque

es nuestra hija».

Entre observaciones, besos y mimos, la señorita, llena de alegría y de

ilusiones, se dispone a presentarse en sociedad.

EL MATRIMONIO

Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por eso

sin duda los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan no

casan nunca a su héroe. No han querido someter a prueba su capacidad

amorosa ni la consistencia de su sentimiento.

Y es que Don Juan no es un verdadero enamorado. Balvo, un filósofo

modesto, pero muy discreto, destruye con cuatro palabras todas las

apologías rimadas que se han hecho de Don Juan: «quien ama a muchas, no

ama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama con

variedad, no ama dignamente».

Entre los poetas y este modesto filósofo, la elección no es dudosa para

nosotras. La consistencia del amor se prueba en el matrimonio; sólo una

larga convivencia nos demostrará si el corazón está bien puesto, en

quicio permanente.

Por lo demás algo hay de cierto en eso de que el matrimonio es la tumba

del amor. No en balde la frase goza de tanta difusión en el mundo. Pero

es porque el amor, en su forma exaltada, sólo es, como dice Voltaire, un

cañamazo dado por la naturaleza y bordado por la imaginación. Ahora

bien: el cañamazo, la belleza física, no resiste la tiranía del tiempo

que imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginación

bordadora también acaba por sosegarse y quedar sustituída por una dulce

y reflexiva calma.

Entonces el amor no tiene más que una salvación: el cariño. Los poetas,

que son los mayores perturbadores del mundo, siempre han desdeñado, por

subalterno, este sentimiento, que es mucho más fundamental y más sólido

que el amor. El amor es la llama; quizá no pase de una fogata fugaz; el

cariño es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de la

mutua adhesión, del perdón mutuo, de la recíproca tolerancia, de los

comunes gozos y sufrimientos, de las alegrías conjuntas y de la fusión

de las lágrimas. El amor tiene un enemigo que le vence siempre: el

tedio. El cariño no tiene enemigo que le venza, porque está apoyado en

el sentimiento de convivencia. Vale más, mucho más, el calor del

rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte en

rescoldo, sólo quedan de ella frías cenizas. Brasa y no pavesa ha de ser

lo que quede de la juvenil exaltación espiritual y del ardor de los

sentidos. «¡Te amo!». Es una frase de novela, excesiva, afectada. «Te

quiero», es una frase más sencilla, más grave, más profunda y más

humana. «¡Te amo!», dice Don Juan, que nunca fué un hombre honrado. «Te

quiero», dice el hombre de bien, que seguramente cumple lo que dice.

Saber convivir... He ahí el secreto del buen matrimonio. Dar normas

fijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de caracteres y de

circunstancias cuantas parejas constituyen la organización monogámica

del mundo.

Desde luego la cualidad esencial de la mujer es la dulzura. La palabra

suave quebranta la ira. Una mujer colérica es el mayor tormento de un

hogar. A mí, personalmente, me produce la impresión de un canario

hidrófobo; algo, en fin, absurdo y horrible. Cuéntase que uno de los

siete sabios de Grecia (Solón, Bías, Tales, Anacarsis, Pitaco, Quilón,

Periandro, no se sabe cuál; lo mismo da, cualquiera....) tenía un

discípulo que estaba enamorado. El novio, lleno de entusiasmo, refería

al maestro las cualidades de su futura. «Es hermosa como el lucero de la

mañana»--decía el joven. El filósofo escribía: «cero».--«Es rica, como

la heredera de Creso»--añadía el doncel. El genio griego volvía a

escribir: «cero». (La dote, pensaría probablemente el filósofo, es la

gran virtud de los padres). El enamorado agregó: «Es inteligente». Y el

gran hombre puso otra vez: «cero».--«Es noble»--«Cero».--«Tiene muy

buena parentela».--«Cero».--«Buena educación».--«Cero». El enamorado

miraba atónito a su querido maestro. Por último le dijo: «tiene un

carácter dulce». Y entonces el sabio heleno, el más sabio de los siete

sabios, estampó la unidad a la izquierda de todos los ceros que había

ido poniendo, para demostrar que sólo así adquirían valor las demás

cualidades.

Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es amargo al lado de una

irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y el

donaire; pero es la dulzura la que más retiene al hombre. Y la felicidad

del matrimonio está en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptos

delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer.

Madame Neker, cuyo ingenio lució tanto en los salones de Versalles, en

los momentos precursores de la Revolución, cuando todas las pasiones

estaban a punto de estallar, solía decir a sus amigas que las palabras

ofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire más

que el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar una

cátedra de psicología conyugal. Dulzura, suavidad, amigas mías. Los

hombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio hallan

agradable la atadura si ella está formada por tenues hilos de seda. Sean

nuestras palabras como nuestros brazos en las horas de deliquio:

suaves, blandas, dóciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir hablar a

los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando

elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra

cualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando

dicen: «mi mujer es una pastaflora», dan a su expresión un tono de

íntima ternura que revela cuánto impresiona a su espíritu esta cualidad

femenina.

La popular frase transcripta encierra las principales virtudes de la

mujer: la bondad, la resignación, el avenimiento a todas las

circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad.

Defecto grave en la mujer es tener un espíritu contradictor, una

voluntad terne, un carácter terco. A la mujer no debe costarle ceder. La

testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortín.

Para la mujer, ceder es conseguir--siempre que el marido sea tierno,

delicado y comprensivo. Jamás la mujer--y esto es importantísimo--debe

herir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Téngase en

cuenta que el amor propio es más fuerte que el amor; como que muchas

veces se ama por amor propio, más aun que por amor a la persona amada.

Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido. Yo (y

perdonen mis amigas que me ponga como ejemplo; lo haré pocas veces)

estoy casada con un estanciero, hombre bonísimo, inteligente, gentil,

cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a él, lo que equivale a

buscar términos de comparación con lo infinito. Pues bien, mi marido es

aficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (y

conoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razón

definitiva) la fauna argentina y muy especialmente--aquí está su amor

propio--las aves noctívagas que vuelan por nuestros campos al morir el

día. Paseando a esa hora por la estancia, ha confundido alguna vez el

carancho con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista,

excepto cuando me eligió a mí. Bueno; pues yo nunca le contradigo,

porque, además de herir su amor propio de entendido en aves noctívagas,

le molestaría mi advertencia, significándole que tiene malos ojos, y los

tiene hermosísimos, aunque ven poco. ¿Para qué contradecirle? ¿Para qué

herir su amor propio de naturalista? ¿Para qué recordarle que no ve

bien? ¿Qué más da que aquello que voló sea lechuza o sea carancho o sea

chimango? La cuestión es que él sea feliz creyéndose un excelente

naturalista, dotado de buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento,

¿por qué negárselo? Alguna vez él mismo sale de su error, y entonces,

enternecido, paga con un beso mudo la intención de mi aquiescencia. Y

este beso de mi marido vale más, mucho más que toda la fauna, incluso la

humana, que puebla la tierra.

He contado esta nimiedad tan íntima, tan personal, a guisa de ejemplo,

para demostrar que no debe mantenerse contradicción en cosas sin

importancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctívagas carezcan de

interés; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido).

Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatriza

bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento--la

misma palabra lo dice--es el sentimiento más terne, más perenne, de más

triste duración.

La incompatibilidad de caracteres es lo más deplorables de la vida

conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudeces

insustanciales. Una mujer díscola es inaguantable. Hay que ser como la

cera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el

carácter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa

constante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de

tormento. Y nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un

filósofo--claro que un filósofo feminista--el divorcio es la disolución

de una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombre

solamente el usufructo. ¿Y adónde va una sin capital? No hay que perder

el socio, sino avenirse con él, aunque la sociedad luche con algunos

tropiezos. Allanémoslos, en vez de aumentarlos; que al quitar los

nuestros, también él--si no es una mala persona--quitará los suyos,

despejando así el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no depende

de nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de

nosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso

otorgarnos.

De las condiciones del hombre en el matrimonio no me atrevo a hablar.

Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz complejo y

difícil. Los místicos, los santos, que todos fueron solteros, aceptando

todas las cruces, menos la del matrimonio--con lo cual su santidad

desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa--decían

que al matrimonio, como a la muerte, es difícil llegar bien preparados.

No se enojarán los hombres, si apoyándonos en el testimonio de los

santos, decimos que la mujer llega al matrimonio en condiciones

espirituales superiores. Y así debe ser, porque para el hombre el

matrimonio es un accidente, mientras que para la mujer es el hecho

fundamental de su vida.

A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me atrevo a insinuar

que entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los mejor

dispuestos para el matrimonio son los políticos. El literato, el mismo

filósofo, el pintor, el músico, los artistas, en general, son

peligrosos, porque su arte y su filosofía están siempre en primer

término, antes que la mujer. Además, son un poco raros y no poco

arbitrarios. Y entre los políticos se debe preferir, no a los dogmáticos

empecinados, no a los caudillos exaltados, ni a los oradores famosos,

que son también, como los artistas, un poco peligrosos, sino a los que

tienen aptitudes gobernantes. La razón estriba en que, siendo el

gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien dispuestos al

matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones.

Termino. Me he extendido demasiado. Pero téngase en cuenta que la

cuestión es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin que se

haya resuelto satisfactoriamente. Sólo insistiré, para concluir, en que

el cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable,

más permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fué un Don Juan

efectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unos

versos de su comedia «El mayor imposible», estas palabras razonables

sobre la exaltación amorosa:

«Que muchos que se han casado

Forzados de un amor loco,

Suelen después hallar poco,

De lo mucho que han pensado.»

¡Cariño, cariño, dulcísimo y solidísimo sentimiento! En tí reside la

dicha duradera. El cariño surge de convivir. El amor nace de no haber

convivido. Reflexionad sobre esto, amigas mías...

EL AMOR Y SU APARIENCIA

¿Cuál es en la mujer la verdadera edad del amor? Puntualicemos con más

precisión, pues la pregunta formulada es un poco vaga: ¿en qué edad se

halla la mujer en mejor disposición espiritual para enamorarse y, en

consecuencia, para unirse a un hombre, segura de que su sentimiento es

firme, permanente, fijo, como la estrella polar?

Un personaje novelesco de Anatole France (creo que es el bondadoso

filósofo señor Bergeret) dice que el amor es como la devoció; llega un

poco tarde: «no se es amorosa ni devota a los 20 años».

La observación es exacta. El amor, en realidad, es un fanatismo, una de

las tantas formas de la exaltación fanática. Ahora bien: para

fanatizarse es necesario que el espíritu esté formado y que nuestras

ideas estén muy hechas, muy elaboradas. Ni el tierno doncel, como si

dijéramos el cadete, ni la señorita, la niña, que acaba de asomarse al

mundo, tienen la aptitud del fanatismo. Es un error creer que los años y

la experiencia evitan que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente todo lo

contrario. La experiencia y los años nos aferran a determinadas ideas y

dan consistencia definitiva a ciertos sentimientos.

Pero dejemos los demás fanatismos para ocuparnos del fanatismo amoroso,

de ese sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad indestructible,

que nos lleva a entregar a otro corazón el reinado sobre el nuestro.

¿Cuándo se produce de modo integral, con las potencias todas de nuestro

querer, con la embriaguez absoluta de nuestro espíritu, esta adoración,

en que, usando la pompa verbal de Víctor Hugo, «el amor es la

concentración de todo el universo en un solo ser y la dilatación de este

solo ser hasta Dios»?

Porque es menester no confundir el amor con su apariencia. Al saltar de

la niñez a la pubertad, le ocurre a la mujer lo que a la mariposa al

salir de su estado de crisálida. Sus primeros vuelos son inciertos,

aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, débiles, y no han adquirido

aún el sentido de orientación. Y lo mismo para volar que para amar es

requisito indispensable cierto grado de robustez en las alas.

El origen de nuestras desventuras en la vida está en que la sensibilidad

es más precoz que el entendimiento. Lo que más falta nos hace es

precisamente lo último en formarse. La mente es impotente para regir la

confusión tumultuaria de nuestras primeras emociones en su incierto y

atorbellinado vuelo. Y así venimos a ser juguetes, como barquichuelo sin

gobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o arribar a

buen puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brújula,

sino del hado favorable o adverso, independiente de nuestra voluntad y

de nuestra orientación reflexiva.

A los diez y ocho o veinte años la mujer se impresiona fácilmente. Pero

esta impresión suele ser fugaz, versátil, inconsciente. El error está en

tomarla por definitiva, esclavizándose a una emoción pasajera. El

acierto electivo en este caso está librado al azar, a que la casualidad

haya determinado que ésta primera emoción nos haya sido provocada por

persona que realmente lo merezca. Y la elección de marido, como la

elección de esposa, no debe ser una lotería. «Saqué novio de tal baile»

es una frase corriente entre las muchachas. No, no; no hay que sacarse

el novio de una vuelta de vals, sino de muchas vueltas del

entendimiento; que el discurrir bien no excluye el sentir profundamente.

Son los poetas los que han dicho que el órgano del amor es el corazón.

Pero los poetas han llenado el mundo de bellas mentiras, sonoras

metáforas, falsas imágenes y seductoras demencias. El origen del amor y

de todas nuestras emociones está en la mente. Ella es el divino crisol

en que se fraguan todas las formas de nuestro sentir. El corazón es como

la rueda catalina de un reloj, que no tiene, por sí, conciencia de su

propio movimiento. De la idea, de nuestra representación mental sobre

otra persona, surgen la adhesión y el amor hacia ella. Entonces es

importantísimo que esta idea, punto de arranque de la emoción, sea

acertada, no ligera ni superficial; pues sobre pobres, falsos o frágiles

cimientos, mal se sostendrán las torres y chapiteles de nuestros

ensueños.

La elección debe fundarse en múltiples y atentas observaciones del

sujeto, en el análisis de sus prendas morales, en la índole de su

carácter, en lo que es ahora (punto de relativa importancia), y en lo

que puede ser luego (asunto de capitalísima trascendencia). El

sentimiento amoroso asciende y desciende con el conocimiento. Imaginar

no es lo mismo que conocer, y el amor suele confundir estos dos valores

mentales. Con la imaginación creamos sujetos propios, modelos que nada

tienen que ver con la realidad ya creada. «Mi tipo» suele diferir del

tipo, que tiene su propia alma, su carácter propio y sus propias mañas;

alma, mañas y carácter que no corresponden al bello sujeto fraguado por

nuestra fantasía en complicidad con los errores de percepción de

nuestros sentidos. No quiere esto decir que el amor ha de estar exento

de imaginación y de fantasía. Una criatura sin imaginación es como una

tierra sin sol. Pero siempre conviene que la imaginación inicie su vuelo

desde la cúspide del conocimiento y no desde los abismos de la

ignorancia. Las alas parten más raudas y seguras a hender los espacios

cuanto más alta y sólida sea la atalaya de observación desde la cual se

lanzan a volar.

A la edad de diez y ocho o veinte años la mujer carece de aptitudes

analíticas y de observación. El mundo es para ella una maravilla

deslumbrante, en cuya presencia el optimismo toma formas de ceguera. Y

el amor tiene mayores garantías de éxito cuando emplea los cien ojos de

Argos que cuando elige cubierto con la venda de Cupido. El amigo Cupido

y su venda constituyen un símbolo que no resiste el menor análisis. Los

símbolos de los griegos, siempre graciosos, no siempre son razonables.

Bella es en el cielo la hora del alba. Bellísima es en el alma la aurora

del amor. Pero la hora de la poesía fascinadora no es la hora en que se

ve con mayor claridad. Según el adagio vulgar, de noche todos los gatos

son pardos. Entre dos luces todos los gatos son azules, que es el color

de la ilusión. Acriollando el adagio, bueno será añadir que conviene

huir de los «gatos» a toda hora, de noche, de día y entre dos luces.

La mujer, al empezar a vivir, al iniciarse en la sociedad, más que

enamorarse, lo que desea es enamorar. La mayor ambición de una señorita

consiste en inspirar amor. No se resigna a pasar inadvertida. De ahí que

trate más de ser ella interesante que de ver quién podría ser

interesante para ella. He ahí un egoísmo que, profundamente analizado,

resulta una generosidad. Pero este punto exigiría, para ser bien

explicado, un tomo de psicología femenina.

Una mujer sólo a los 25 años se halla en aptitud mental y espiritual

para elegir o aceptar esposo--porque no siempre se puede elegir. Sólo

después de diez años de frecuentar salones y alternar en el mundo se

adquiere cierta experiencia para resolver el gran problema con alguna

probabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el riesgo de

dejarnos llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 años

nuestro espíritu ha logrado ya cierto grado de serenidad y nuestros

sentidos una dulce calma que no conturba nuestros juicios. Antes, todo

es emoción indisciplinada, torbellino de sensaciones, exaltación sin

fundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El discernimiento sólo se

alcanza con los años. Y aun es problemático, pues según un ironista

francés «la mujer sólo se equivoca cuando reflexiona». La frase, aguda y

ligera, no convencerá a ninguna de mis lectoras. Podríamos devolverla al

ironista diciendo: «los hombres sólo aciertan cuando se enloquecen».

Así, pues, amigas mías, antes de casarse conviene haber bailado mucho,

haber conversado mucho y haber «flirteado» algo--no mucho,--haciendo

todo esto con espíritu observador e informativo, con intención fiscal, a

fin de descubrir en los sujetos aquellas cualidades, dones y tendencias

que más se aproximen a nuestro ideal. Al matrimonio se debe llegar con

el sujeto ya bien conocido; no con una máscara. Asimismo, nunca es

completo este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el fondo,

sino un lento y contínuo desenmascaramiento que sólo se hace total con

el último abrazo en la hora de la muerte.

Conviene también llegar al matrimonio con una ligera fatiga del mundo y

de sus pompas y vanidades. Así encontraremos el hogar propio más

agradable que los salones y las tertulias. Fidias, que además de un

escultor excelso, era un espíritu filosófico, hizo una vez la estatua de

Venus sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de su pueblo

que debían ser lentas para salir de casa. No proclamo con esto el

cenobio, el enclaustramiento; pero sí cierto recogimiento que sólo se

acepta con gusto cuando conocemos bien la sociedad y todo el tejido de

menudas pasiones que en ella bullen y se agitan.

Yo me casé a los 25 años. Antes de conocer a mi marido, aficionado, como

sabéis, a la historia natural y, particularmente, a la especialidad de

las aves noctívagas pamperas, experimenté muchas impresiones en nuestro

gran mundo. Varias veces sentí un principio de amor, un interés

repentino, una relampagueante emoción; pero luego aplicaba serenamente

mi juicio a los fundamentos de toda pasión incipiente, hasta que lograba

disiparla. Es axiomático que las mujeres desconfían de los hombres en

general y confían en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable,

pero es así. Yo procuré siempre hacer lo contrario. A cada caso

particular apliqué una saludable desconfianza. Por último me enamoré de

veras, con la reflexión y con el sentimiento. La reflexión me decía que

mi naturalista era bueno, leal, culto, tierno, muy hombre además para

luchar en la vida. Y a compás de estas ideas el sentimiento se encendía

en amor. Pero antes de decir «sí» bailamos mucho, conversamos mucho, y

yo, por mi parte, traté de verle el alma a la luz de un constante

análisis. Y cuando vi que era buena y alta y digna y hermosa le di el

más absoluto imperio sobre la mía. Sobre mi persona tenía él también su

concepto. Y ahora y por siempre mi amor me lleva a ser como él me

imagina, que es el amor perfecto. Y siendo como él quiere, soy como yo

quiero, y cuanto más le gusto más me gusto.

Y así el esquife de nuestro amor marcha por el piélago de la vida,

seguro de que nunca zozobrará...

EL NO DE LAS NIÑAS

Facilísimo es dar el «sí»--«el sí de las niñas»--como reza el título de

la ingenua y cursililla comedia de Moratín, que hizo las delicias de

nuestras abuelas. El «sí», a una proposición de matrimonio, cuando el

proponente nos agrada, brota espontáneo, casi sin palabras; lo damos con

los ojos, con el movimiento balbuciente de nuestros labios, oprimiendo

con el nuestro el brazo del cual vamos asidas en el baile. Esta última

actitud, oprimir el brazo, asirnos a él, suele ser la más corriente como

reveladora de nuestro gozoso asentimiento. La que para dar el «sí»

emplea mucha retórica, muchos requilorios, circunloquios y rodeos,

mucha charla alambicada y sutil, es que en realidad no está

verdaderamente enamorada. Acepta por causas ajenas al amor; porque es

buen partido, porque quiere emparentar bien, etc., etc. El amor, como

toda pasión vehemente--y es el amor la más vehemente de todas--es

conciso en su expresión, monosilábico, casi mudo. La palabra muere en el

nudo que la emoción forma en la garganta. Todas esas escenas de comedia,

en prosa y verso; todas las páginas amorosas de las novelas, en que

salen a relucir las flores, los arroyuelos, las estrellas, la luna, los

ángeles y los serafines, todo, absolutamente todo eso, es mentira,

completamente mentira. El amor, el verdadero amor, no halla palabras, no

encuentra léxico para expresarse. Por eso el baile es su mejor auxiliar,

pues el abrazo--el abrazo danzando, perfectamente admitido--nos ahorra

el estudio del diccionario para dar con los términos académicos

apropiados al caso. El concurso, la gente de un salón, que ve bailar, no

advierte que cierta pareja abrazada y danzante da a su abrazo, en un

momento determinado, un sentido trascendental, de unidad de vidas, de

fusión de espíritus, de enlace de corazones. Yo dí el «sí» así,

bailando; pero lo dí sin palabras. De pronto, preguntó él: «Bueno,

¿y?...» porque él también, como buen enamorado, era monosilábico, casi

mudo. Mi respuesta fué oprimirle el brazo, latir como nunca he latido y

mostrarle mis ojos húmedos. Y el hombre arrancó a valsar con tal furia

que parecía movido por todo el carbón que emplea ahora la escuadra

inglesa en el bloqueo. Nos asimos un poco más, porque el baile lo

exigía. Bueno, amigas mías, entonces supe que es posible no morirse de

felicidad. ¡ Ay, Dios mío, qué recuerdos!...

Quedamos, pues, en que dar el «sí» es facilísimo; sale solo; se revela

en la emoción que nos embarga; por muy quedo que se diga, lo expresa muy

alto el estado de nuestro ánimo. Lo difícil, lo árduo, es decir «no»,

negarse a la relación solicitada. En esta ocasión es cuando ha de

revelarse la educación de la mujer, su finura espiritual, los recursos

de su ingenio.

El «no» de las niñas requiere, no una comedia como el «sí» de las niñas,

sino todo un tratado de psicología femenina. Pero hemos de contraernos a

un ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer llega al

difícil trance de tener que decir «no» por culpa de ella misma. Porque

es ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque su

corazón no esté interesado; unas veces por demostrar a las demás que

tiene pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al que

verdaderamente ella quiere; no pocas veces también por divertirse, por

coquetería, o por curiosidad. El amor propio adopta muchas veces el

disfraz del amor por pura satisfacción de orgullo. Y esto lleva a muchas

señoritas a admitir y hasta a estimular las insinuaciones del hombre,

que toma por sentimiento real los fingimientos de que es víctima en

forma de sonrisas prometedoras, de miradas simulando aquiescencia, de

gestos y signos, en fin, que expresan lo contrario del verdadero

propósito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable. Cuando un

hombre inteligente aventura una declaración es porque le anima a ello el

presentimiento de que será aceptado, presentimiento fundado en ciertos

indicios de que es persona grata, como se dice en términos de

diplomacia. Sugerir este presentimiento a un hombre, inducirle en este

error, significa en la mujer sentimientos aviesos, una travesura de mal

gusto, pues no se debe jugar con el corazón ni con las ilusiones de

ningún hombre, cuyo porvenir espiritual, en el resto de su vida, acaso

dependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es para un hombre

que ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama. Pero aun

es mucho peor hacer escarnio de su afecto, induciéndole en el error de

ser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor y

en el amor propio. Y las heridas de amor propio son aún más difíciles de

curar que las heridas de amor. El hombre que nos insinúa su afecto, que

cifra la razón de su vida en la correspondencia de nuestro corazón al

suyo, merece por ello mismo nuestra atenta simpatía, pues siempre es

conmovedor para una mujer producir en un hombre esta exaltación

sentimental. Si no nos gusta o no nos conviene--desde luego no nos

conviene si no nos gusta--debemos hacérselo notar desde el principio con

palabras cordiales y cariñosas con cultura exquisita, sin deprimirle en

forma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos y

mezclando así la desesperanza o desengaño con el consuelo. Probablemente

esta conducta de la mujer, por lo mismo que es una conducta noble,

bondadosa, espiritual, exaltará más el amor del hombre, le hará más

profundo y entrañable, desolará más su alma; pero no tendrá derecho a

sentirse herido en su amor propio con burlas imperdonables. Jamás, en

fin, se debe alentar una pasión que no se tiene el propósito de

corresponder. De todas las coqueterías ésta es la más condenable, porque

implica la intención de hacer sufrir, empeño que delata poca reflexión y

una torcida contextura ingénita de nuestro espíritu.

Ya se ve, pues, cómo el «no» es más difícil que el «sí» de las niñas. Y

esta dificultad aumenta, según va dicho, cuando con nuestra frivolidad y

nuestras vanidades hemos inducido en error al pretendiente. En tal caso,

el trance, desagradable siempre, de decir «no» claramente ha sido

buscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que tiene algo

de engaño, ya que condujimos nuestro trato con él en forma que supusiera

una posibilidad de aceptación, con la reserva mental de una negativa al

plantearnos la petición de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, es

atajar discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de que

nunca pueda creerse engañado en sus observaciones respecto al estado

efectivo de nuestro espíritu y de nuestra voluntad.

Pero la especie masculina es muy variada. Hay hombres un poco cegatos en

materia de psicología femenina, para los cuales no basta que la mujer

rehuya con discreción sus insinuaciones. Su falta de percepción es

disculpable y justifica el empecinamiento. En este caso se impone el

«no» desde el primer instante, pues al que no entiende de razones con

los ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los oídos.

Siempre, claro está, usando palabras corteses; nada de desaires, nada de

enojos, nada de sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego no

es responsable de no ver, y hasta merece simpatía cuando observamos que

la causa de su ceguera está en que el foco del corazón le ofusca la

vista de los ojos. ¿No merece un poco de piedad un ciego tan sublime?

Hay otros que llamaremos «intrépidos», muy expeditivos en sus

procedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de carga, hombres

impacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y hasta

huracanada. El «no» a un hombre así ha de ser gradual, no repentino, no

brusco, pues nuestra negativa seca y rápida pudiera llevarlo a la

exasperación y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado.

Existe el hombre que presume de irresistible, el que tiene de sí mismo

un concepto tan optimista que no admite haya mujer que renuncie a la

gloria de unirse a él. La vanidad es un lente que aumenta las cosas más

pequeñas. Con éste conviene envolver el «no» en un ligero «titeo»

educador. Se le hace con ello un servicio, induciéndole a moderar el

concepto fantástico fraguado por su insensatez. Hay el hombre que se las

da de zahorí, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos de

la mujer. Suele, en su presunción de psicólogo, hacer análisis que no

están en la persona analizada, sino en él mismo. Ha leído algunas

novelas modernas, probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho de

psicología femenina, con sutilezas generalmente exentas de verdad y de

sencillez. Con este pretendiente, que es un vanidoso cerebral, se debe

emplear un «no» oscuro, nebuloso, para aumentar el mar de sus propias

confusiones. Detesto los noveleros, los hombres que carecen de

naturalidad. Son, además, peligrosos, porque siempre andan a caza de

complejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su éxito en el

apellido heredado y cree que su nombre procérico basta para lograr la

más apetecible conquista. Con éste el «no» tiene que ser histórico. La

mujer debe decirle, siempre de una manera muy fina, que hubiera

preferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que heredan

un apellido histórico, sino los que, llevando uno desconocido, logran

meterle en la historia.

¿Para qué seguir presentando más casos? La variedad es tan grande que no

acabaríamos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere una

negativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral y

espiritual del pretendiente. Y con esto queda demostrado que el «no» es

mucho más difícil que el «sí» de las niñas...

EL GANCHO

Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo y

combinación de las bodas. En lenguaje clásico se les llama casamenteras

y han servido muchas veces de tópico a la musa irónica de los escritores

festivos. Este entrometimiento tiene también un calificativo popular:

«hacer el gancho» o «servir de gancho» para que una pareja determinada

concierte su unión. Por regla general es más frecuente la tendencia

casamentera entre las señoras que entre los hombres. Este género de

intervenciones se aviene mejor con el espíritu de la mujer. El hombre

siente siempre cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estas

negociaciones que requieren las delicadezas y sutiles arbitrios de las

damas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas estas gestiones, y aún

cuando él mismo las necesite alguna vez, preferirá recurrir al auxilio

de una dama antes que al apoyo de otro hombre.

Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograron

por ello la cúspide de la gloria y de la proceridad. Hay «ganchos» que

han pasado a la historia. En todas las bodas reales ha intervenido el

«gancho» diplomático. Los cancilleres de las cortes europeas hicieron,

en el transcurso de los siglos, «ganchos» memorables. Metternich y

Talleyrand, por ejemplo, debieron sus mejores éxitos políticos a este

género de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unos

casos, y concertando la paz, en otros, por medio de su «gancho» para

unir princesas y reyes. Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaron

las armas gracias a la feliz gestión casamentera de un canciller, que

resolvió una vasta y pavorosa tragedia tramando una boda oportuna que

acabó con el rencor de dos monarquías y de sus leales súbditos. Estos

«ganchos» trascendentales merecieron la admiración y el aplauso de los

pueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignes

diplomáticos.

El «gancho», tiene, pues, glorioso abolengo histórico, y no debe

desdeñarse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes páginas en

los anales de la humanidad.

Pero descendiendo de la historia a la vida corriente, mortal y vulgar,

discurramos un poco, aunque sea muy someramente, sobre la intromisión

casamentera. Bien está ella cuando se pide, cuando, a fin de allanar

algunos obstáculos, se solicita el patrocinio de una dama para que venza

las resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar las

voluntades familiares, cuando ya los novios están de acuerdo, es obra

buena y simpática, pues tiende a proteger un amor concertado.

Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce este género de

gestiones pedidas, sino aquella que, sin pedírselo nadie, se pone a

concertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a los

designios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestro

espíritu. Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantánea

y fulminante, cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgor

de relámpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a la

duración, pues es difícil mantener la vida en tan fulmínea tensión

espiritual. Por esto en otra crónica hemos defendido las ventajas del

rescoldo sobre la llama, o sea del cariño sobre el amor.

La psicología de la casamentera es, en el fondo, sencilla. Su norma es

la bondad. La idea de la felicidad ajena guía su intervención. La

casamentera armoniza a su gusto cualidades, tendencias, fortunas,

representación social, etc. «A Fulano le conviene Fulana». «A Fulana le

conviene Fulano». Ella, la casamentera, concierta lo que podríamos

llamar condiciones externas Combina matrimonios en frío, como un

matemático resuelve una ecuación. No tiene en cuenta el estado

espiritual de los seres que trata de unir, si hay o no correspondencia

entre sus almas, si existe o no existe afinidad, si los corazones laten

a compás y hay entre ellos mutua resonancia. El amor, en una palabra,

nunca es tenido en cuenta por la casamentera. A su juicio, siendo

armónicas las circunstancias--armónicas a su parecer--el amor tiene que

producirse. Todo el error de la casamentera deriva de creer que el amor

surge de la conveniencia y no al contrario, la conveniencia del amor,

porque, donde no hay amor, todo es inconveniente.

Generalmente la casamentera no ha tenido grandes pasiones. Ignora las

tormentas del corazón. Las solteronas muy metidas en años, cuya juventud

no conoció el ardiente sabor de la vida, y las viudas que no quisieron

mucho a sus maridos, que se casaron por conveniencia, suelen ser las más

inclinadas a ejercer de casamenteras. Como no han usado su corazón,

desconocen en los demás la onda emocional que constituye la base de toda

relación amorosa.

Las casamenteras ponen mucho empeño y mucha tenacidad en sus empresas.

Se parecen en esto al diplomático que realiza un concierto

internacional. Aconsejan, señalan las ventajas de la unión, presentan

las dichas futuras, un porvenir venturoso; hacen grandes apologías de él

a ella y de ella a él, atribuyendo a una y otro virtudes sin cuento.

Comprometido su amor propio, la casamentera incurre en exageraciones

graciosas. Los ángeles son inferiores a la pareja que trata de unir. Y

se sorprende de que sus razonamientos no convenzan. No sabe que en

materia de amor, como ha dicho un glorioso padre de la Iglesia, el

corazón tiene sus razones que no conoce la razón.

La elección de consorte es el acto más íntimo, más importante, más

trascendental de nuestra vida. Debe ser también, por lo tanto, el más

autónomo, el más libre, el más exento de toda ajena influencia. No hay

error en una elección a gusto. Toda persona es feliz por tener lo que le

agrada, no por tener lo que los demás creen que es agradable. La

felicidad está en la libre elección, en unirnos al ser que la

Providencia pone en nuestro camino para que encienda en amor nuestro

espíritu y colme nuestras esperanzas. Lo razonable en amor es el ensueño

propio y no las lógicas combinaciones de una casamentera.

Lo primero que se debe considerar en todo consejo es la posición de

quien lo da. Un consejo no es eficaz ni sirve para nada si la persona

que lo ofrece no se coloca en las circunstancias de aquella otra que ha

de recibirlo. La casamentera nunca se percata de esta condición

indispensable en todo consejo. Y aun asimismo, aun colocándose en estas

circunstancias, es difícil el acierto, pues como dice Byron «rara vez

sucede que de un buen consejo resulte algo bueno».

En materia de amor lo principal es el amor, verdad harto inocente que

sólo desconoce la casamentera. Todo lo demás es circunstancial y

accesorio. Fortuna, belleza, equivalencia de posición social, todo es

inútil si falta lo esencial, la reciprocidad de un intenso afecto, la

afinidad de las almas, la adhesión recíproca de los corazones.

Pocas veces la casamentera opera sola, sino en combinación con otras,

aficionadas como ella a tramar enlaces y noviazgos. Para hacer el

«gancho» recurren a mil arbitrios delicados, procurando que la pareja se

hable y se trate, encontrándose de una manera «casual» en todas partes.

De estos encuentros nace a veces un principio de simpatía, que las

casamenteras fomentan con elogios hiperbólicos de la futura al futuro y

viceversa. Y justo es reconocer que algunas veces salen buenos

matrimonios de estas gestiones de las casamenteras. Pero también es

verdad que tales enlaces sólo pueden concertarse entre contrayentes que

no tengan un gusto muy personal y definido, una individualidad

espiritual muy pronunciada, un concepto propio de la vida. Las

casamenteras, en fin, sólo pueden lograr su objeto con personas de

voluntad blanda, mente vacía y espíritu sugestionable. Tales personas no

suelen ser las más desgraciadas; pues si bien la mente lúcida y el

espíritu rico en sensibilidad producen muchos goces, también acarrean

estas condiciones grandes tormentos y agobiadoras melancolías. La

mediocridad goza siempre el género de dicha que impera en el Limbo.

No es fácil hacer con discreción el «gancho». En realidad la

casamentera, como el poeta, nace, no se hace. Los procedimientos son

variadísimos, según las personas que se trate de unir, el medio social y

las circunstancias que las rodean. Empieza la casamentera por

convertirse en confidente de cada una de las personas que trata de

coyundar. A la muchacha le comunica todo lo bueno que el mozo diga de

ella, y aún aumenta algo de su propia cosecha; y al mozo todo lo mejor

que de él diga la señorita, y si no dice nada, la casamentera lo

inventa. Este intercambio de elogios, traídos y llevados incesantemente,

va haciendo paulatinamente su obra, predisponiendo los espíritus y

encauzándolos en una tibia atracción, cuya mayor temperatura sucesiva se

producirá con el trato y el trabajo continuo y vigilante del «gancho».

En el fondo la casamentera viene a ser, con sus repetidas ponderaciones

de él a ella y de ella a él, una chismosa del bien, si vale expresarse

así. Con relación a la galería, el procedimiento es más breve y

sencillo. La casamentera se limita a decir: «todo está arreglado». Se le

piden informes, detalles, y ella repite impertérrita: «le digo que está

arreglado todo». En el círculo va pasando la voz: «todo está arreglado».

Y aunque, en realidad, nada haya arreglado, acaba todo por arreglarse,

debido a esa suave presión del medio, a la atmósfera favorable, al

ambiente, digamos así, que todo el circulo de relaciones ha creado a la

boda. La casamentera ha sabido convertir a todo el círculo en

casamentero. La pareja se encuentra unida sin saber cómo, y aquella

opinión externa, tan unánime, tan complacida en su obra, tan convencida

de la feliz armonía existente en la unión fraguada, acaba por ejercer

una decisiva influencia en el espíritu de los futuros contrayentes, que

ven la intervención providencial, el destino, el hado, donde sólo hubo

el gancho mortal de la casamentera.

Crónicas de Marianela · 第 1 / 12 段