Se llevó lloviendo toda la noche, y los indios estuvieron sosegados:
talvez seria por haberles yo dicho que gritaban de miedo, porque los
hombres de valor y de espíritu, y que tenian esperanzas de vencer á
su enemigo, lo esperaban callado; y que primero se debia oir el ruido
de las armas y los clamores del contrario, que los gritos, que, sin
motivo, estaban dando al aire.
Luego que fué de dia, pasé á reconocer el campo inmediato, y héchome
cargo de él, pensé el modo de fortificarlo: y para esto mandé llamar á
_Chulilaquin_, avisándole que viniese de gala, con el baston y vestido
que se le habia dado en nombre del Rey, mi amo, á quien él debia
obedecer; y que tragese consigo los indios de mas suposicion: hízolo
así inmediatamente.
Habia yo prevenido á los patrones, oficiales de mar y marineros, se
aseasen lo mejor que pudiesen; y que dejando hachas y azadas á bordo,
prontas á fin de desmontar un pedazo de sauceria y barrancas para
igualar el terreno, bajasen conmigo á tierra la mitad de la gente, y
los mas aseados y de mejor presencia, armados; y quedándose la otra
mitad de guardia en las embarcaciones. Luego que llegó _Chulilaquin_
al puerto que le habia señalado, lo recibí con amistad, y por medio
de la lenguaraza Maria Lopez le hice un razonamiento segun me dictó
en esta ocasion mi corto alcance: diciéndole, que él y sus indios
habian venido fugitivos á ampararse de mí, tan asustados y temerosos
de que sus contrarios les quitasen sus vidas, las que apenas podian
respirar. Que yo les habia ofrecido favorecerlos: pero que las dos
noches antecedentes no habia yo tenido cuidado alguno, porque sabia que
no habian de venir á avanzarlos, como ya se lo habia dicho siempre: que
él se me presentaba afligido, pero que ya hoy en el dia era otra cosa,
porque los Aucaces habian ya tenido bastante tiempo para juntarse y
prepararse suficientemente para seguirlos y acabarlos. Que él mismo les
habia mandado á decir que estaba protegido de nosotros; y que en tal
caso, siempre que dichos indios se determinasen á venir á avanzarle,
que precisamente vendria un número crecidísimo; y que así estuviese
atento y pensase bien en lo que le iba á decir.
Que yo era uno de los mas chiquitos criados que tenia el Rey de España,
cuyo Señor tenia dominios en todas las cuatro partes del mundo: que se
hiciese cargo de que, estando este Señor tan lejos de Buenos Aires,
que se tardaba caminando de dia y de noche, seis, siete y ocho lunas,
atravesando la mar sin ver tierra hasta llegar á donde estaba. Estando
nosotros tan lejos de su presencia, todos le obedeciamos; y que primero
perderiamos las vidas que dejar de obedecerle, y de cumplir en todo su
voluntad, sin faltar en nada al mas mínimo precepto suyo.
Que ademas de las inmensas tierras que poseia este Gran Señor, tenia
tantos tesoros y riquezas, cual el no era capaz de comprender; y
mandaba tanta multitud de gentes, cual él no era capaz de imaginar.
Que reparase en que, siendo yo uno de sus menores esclavos, se venia
él á amparar de mí, y que de seguro podia yo solo con aquellos pocos
soldados que me acompañaban, defenderlo de cuantas indiadas pudieren
venir, acabando y haciendo pedazos con mis cañones á todos cuantos
intentasen ofenderle: y que valia mucho mas tenerme á mí por amigo,
que tener por amigos á todos cuantos indios y caciques abrigaba el
continente. Pues yo solo valia y podia favorecerlo mas que todos ellos
juntos; y que si así era el esclavo mas chico, que se hiciese cargo
cuan poderosísimo seria el Señor. Que el vestido que me cubria me lo
daba este Gran Señor: que él me daba de comer, me daba riquezas y
estimacion: que yo gustosísimamente le servia y obedecia: que estas
embarcaciones y cuanto venia en ellas era suyo, con gente y todo; y que
de su mandado veniamos por este rio. Que todo aquel que no quisiese
obedecerle, perderia la vida; y que era este Señor tan poderoso y de
tan buen corazon, que á todos sus criados nos tenia mandado el que
favoreciesemos á todos los indios, porque les tenia mucha lástima,
sabiendo lo pobres é infelices que eran en todo. Esto es, pobres de
hacienda y pobres de saber, pues andaban continuamente entre estos
cerros, llenos de sustos, pereciendo de hambre y frio, y viéndose
precisados á robar para poder vivir; y que á esto se seguian las
muertes, y el andar continuamente por este motivo vagantes, fugitivos,
y llenos continuamente de miedo, y que la benignidad de este Señor
tan grande nos mandaba que atendiesemos á la pobreza de los indios,
socorriéndolos y amparándolos á todos, pero particularmente á los
amigos y fugitivos que viniesen á ampararse, como á él le sucedia. Que
reparase en que de su mandado lo favorecia yo, y lo habia favorecido
el Super-Intendente, y todos los cristianos del Rio Negro: que aquel
vestido y baston que traia se lo habia dado este Gran Señor, y que se
hiciese cargo los favores que le debia, y le habia hecho y hacia á
todos los indios sin conocerlos.
Que yo ahora iba á tomar su defensa por mi cuenta, como este Señor mi
amo me lo mandaba; pero que para esto era preciso que él y todos sus
indios hiciesen en un todo cuanto les mandase sin faltar un punto en
nada, y que no tuviese cuidado ninguno de sus enemigos, estando yo en
su defensa: que los hariamos pedazos, aunque se juntasen mas indios
que yerba tenia el campo, (toda esta relacion hacia yo en alta voz,
y lo mismo hacia la lenguaraza Maria Lopez, estando toda la indiada
en círculo y ella, _Chulilaquin_ y yo en medio): pero que para esto
era indispensable que él y todos los indios me obedeciesen, y fuesen
leales vasallos del poderosísimo Rey de España, como yo la era, que en
cualesquiera partes del mundo, donde se arbolase su bandera, debian
todos estar obedientes á él.--A todo se convino, haciendo de cuando en
cuando relacion á sus indios de los favores que recibia; y acabado esto
le dije que dijese conmigo, él y todos: _¡Viva el Rey!_ A cuyo tiempo
se largó la bandera y un cañonazo, con mucha aclamacion y griteria de
todos los indios y cristianos.
Hizo despues _Chulilaquin_ un razonamiento á sus indios, en que les
ponderaba lo mucho que le debian, pues por la amistad que él tenia con
los cristianos se veian libres de la muerte, y de perder sus haciendas,
mugeres é hijos; y que diesen gracias á Dios de haber hallado en esta
ocasion un tan buen amigo: que debian todos mirarme y respetarme como á
un padre, pues tomaba á su cuenta su defensa. Se repitió por los indios
la griteria y algazara.
A este tiempo hice señas á las tripulaciones que ya estaban prevenidas,
para que con la mayor viveza desmontasen los sauces, y allanasen el
terreno para que los indios se admirasen. Esto se hizo tan á lo vivo
y con tanta presteza, que se quedaron los indios admirados. Mandé á
todos los indios y chinas conducir todos los sauces cortados á todos
los parages que eran necesarios para la fortificacion: de modo que en
breve hice una especie de trinchera por medio de una zanja y sauces,
poniendo estacas y atravesando palos en unas partes, y en otras
cortando el terreno, la cual no pueden romper los caballos en ningun
avance, dejando solo un boquete para entrar y salir á una sola parte
de la orilla del rio. Esta entrada tiene solo 18 varas de ancho, y en
ella prolongué las chalupas, montando la artilleria en los costados
que decian hácia aquella parte. Les mandé deshacer todos los toldos y
conducirlos adentro: se los mandé hacer allí juntos, y no separados
como suelen. Todo lo egecutaron puntualmente, de modo que á las 2½
de la tarde estaba todo hecho.
Despues llamé á _Chulilaquin_ con todos los indios y á la lenguaraza,
y les ponderé el favor que me debian. Les dije que ellos ignoraban el
arte de pelear, que para que viesen mi buen corazon, que reparasen
como los guardaba, metiéndolos á ellos en casa, y poniéndome yo á la
puerta á recibir los golpes, porque á ellos no los lastimasen: que
ya veian el modo, la disposicion y ligereza de mi gente, y el modo
como los guardaba. Todo lo cual entendido por _Chulilaquin_, (que es
uno de los hombres mas capaces y reflexivos que he tratado) me dió
la gracias, abrazándome muchas veces, que _Pepechel_ le habia traido
su mejor hermano. Hizo relacion, y le hizo entender á los indios los
motivos porque yo habia hecho todo aquel aparato, y como me quedaba
á la entrada por guardarlos á ellos. Se repitió la griteria, y al
instante mataron una yegua la mas gorda que tenian, para regalar á las
tripulaciones, y una oveja y dos cabritos para mí, (excesivo regalo
para estos indios). A los marineros les regalaron piñones y manzanas, y
no sabian que hacerse todos, y cada uno de por sí, con nuestra gente.
Al anochecer mandé que todos los indios ensillasen sus caballos, y
estuviesen sosegados hasta que yo les avisase para seguir á los que
se escapasen de la artilleria, y que se pusiesen cuatro indios en los
mejores caballos á trechos de media á media legua, por el camino de
los Aucaces, para traer la noticia. Les dí la seña, que era, _¡Viva el
Rey!_ Quedaron tan satisfechos y tan llenos de valor, que ya parecian
otros hombres.
Hecho esto, llegó un indio huido de los Aucaces, y dijo, que estos ya
estaban cerca, que venian á avanzarlos; pero que hallado en el camino á
la _Cacica Vieja_, les dijo que juntasen mas gente, ó que no viniesen,
porque estaban los cristianos con _Chulilaquin_, y que venian á morir;
y así, que fuesen á buscar más gente, y que por esto se volvieron. Esta
noche dicen que llegó otro con la noticia de que decian los Aucaces,
que los cristianos eran buenos esclavos.