DIA 18.

Toda la noche se llevaron los teruteros en continuo alboroto, por la

orilla del rio á la parte del N. Amaneció con el viento al O fuerte con

algunos aguaceros, por lo que no fué posible el continuar rio arriba,

ni aun examinar un paso que está inmediato, á ver si tenia paso para

las embarcaciones.

A las 3 de la tarde ví venir una nube de indios á toda prisa, á

distancia de una legua: llegaron á bordo primeramente 4, que fueron los

dos hijos del _Cacique Viejo_, Manuel y Julian, la _Cacica Vieja_, y

Teresa. Esta trajo una oveja de regalo, y la cacica otra: fué llegando

la indiada, y á las 4½ de la tarde llegó _Chulilaquin_ con el

vestido de galones y su baston. Me hizo, por medio de la lenguaraza, un

razonamiento digno de oirse.--Primeramente, ponderó su voluntad hácia

nosotros: despues ponderó la siniestra intencion y alevosos hechos de

los Aucaces con los cristianos, como andaban solícitos, buscando ayuda

para matarnos, á cuyo fin habia venido el cacique _Guchumpilqui_,

solicitando su ayuda y la de su gente; y que para empeñarlo en el

asunto, le decia que yo venia de mala fé á matar los indios con capa

de amistad. Pero que no pudiendo sufrir esto, lo mató inmediatamente

en desagravio nuestro; y que por este motivo se habian juntado todos

los Aucaces contra él, y que sin duda alguna venian á darle esta noche

el avance. Y así, que habian salido huyendo á refugiarse á la sombra

de sus leales amigos, porque sabia que perderian la vida sus amigos

los cristianos, antes que permitir su ruina: y así, que aquí tenian un

fugitivo que buscaba mi amparo y patrocinio, y que fiaba de mi amistad

saldria con mis soldados en defensa suya cuando llegase el lance.--Lo

obsequié bastante, y le ofrecí firme amistad; y que estando él y su

gente junto á nosotros, nadie le ofenderia. Toda la indiada estaba á

caballo á la orilla, y yo con todas las armas prevenidas, las chalupas

á son de combate y las mechas encendidas. Procuré animarlo mucho, y

hacerle ver la poca gente que eran todos los Aucaces para nosotros.

Disparé un cañonazo á su solicitud, para que los indios lo viesen y

oyesen el estruendo; todo lo cual hacia el entender á los indios,

ponderando la fuerza de nuestras armas. Y yo se la encarecia bastante,

y que diesen gracias á _Pepichel_ por haberle en este aprieto socorrido

con tan buenos amigos. Me dijo que tenia noticia que el _Cacique Negro_

habia dicho en el establecimiento del Rio Negro, que el baston que le

habian regalado lo habia cortado para rebenque, pero que allí estaba el

baston para que se viese la mentira, y que era prenda que él estimaba

mas que otra alguna. Con una hora de noche se retiró á sus toldos, que

distan como tiro y medio de fusil de nosotros, dejándome encargado por

repetidas veces el socorro de nuestras armas.

Se quedó la lenguaraza, porque dijo que tenia que hablarme en secreto,

por lo cual supe el lance de _Chulilaquin_ con _Guchumpilqui_, y fué,

que, habiendo este venido con yeguas, ponchos y otras cosas, á rescatar

una hija que tenia _Chulilaquin_ que no ha mucho le habia cautivado,

ya el ajuste hecho y entregado el rescate al cacique _Chulilaquin_, un

hijo de este, porque _Guchumpilqui_ no le habia dado nada, sacó la daga

y le dió dos puñaladas, estando sentado, y luego mataron á un indio que

habia traido consigo. Asimismo me dijo, que el cacique Francisco no

habia querido entregar á Miguel Benites, y que habia sublevado á todos

los Aucaces contra nosotros; y que no tenia que advertirme, respecto

á que ya conocia bien á Francisco, que el mayor sentimiento suyo y de

los Aucaces era el que se poblase el Choelechel, y hubiese cristianos

en este rio. Que tampoco tenia que fiarme del _Cacique Viejo_, porque

este y Francisco eran una misma cosa: que ella ya estaba cansada de

andar entre los indios, y que con tal que no la entregase á ellos, se

quedaria con una muchachita pequeña: que por ella, á fin de matarla,

entregaria Francisco los tres desertores nuestros, pero que podiamos

tomar los tres desertores, y ella quedarse. Que de Francisco ya no

habia que esperar otra cosa que robos de ganado y de cristianos, y de

buscar confederados que le ayudasen contra nosotros. Dicho esto se fué,

y yo alargué de tierra las embarcaciones cuanto me permite la seguridad

posible, lo incómodo del sitio, para que nadie pueda salir ni entrar á

bordo; habiendo recogido toda la gente y las chalupas con los toldos

puertos, porque la noche se puso cerrada en agua.

Diario del piloto de la Real Armada, D. Basilio Villarino, del reconocimiento, que hizo del Río Negro, en la costa oriental de Patagonia, el año de 1782 · 第 203 / 260 题