Salí al ser de dia, y continué por un imponderado despeñadero de
corriente; y como ya en estos parages no gasto otra sirga que un
calabrote, por no poder otros cabos resistir al impulso de la
corriente, meten á veces las chalupas los castillos debajo del
agua. A mediodia llegó Maria Lopez con su marido, y otro indio con
una embajada de _Chulilaquin_, diciendo que la noche pasada habian
muerto de una puñalada en su toldo al cacique _Guchumpilqui_, porque
este con otro indio, que tambien mataron, habian venido á solicitar
de _Chulilaquin_ el que con su gente se juntasen para avanzarnos y
destruirnos: y que por esto _Chulilaquin_ le habia muerto, y así que
temian el que los Aucaces viniesen á tomar venganza de la muerte de su
cacique, y que lo esperaban esta noche: por lo cual _Chulilaquin_ me
rogaba lo favoreciese con 10 soldados para que le ayudasen, y que para
conducirlos mandaria caballos. A esto le respondí, que bien veia que
me eran necesarios todos los soldados para tirar las embarcaciones,
y que por esto no podia mandárselos; pero que yo haria diligencia de
llegar con los barcos á los toldos, y que entonces estaria defendido de
los Aucaces. Volvió repetidas veces á importunar por los 10 soldados,
y yo escusándome suavemente, la regalé y se fué; pero antes de irse se
arrimó cuidadosamente al patron de la chalupa San Juan, y le preguntó,
si sabia si al capitan Chiquito le habian muerto los cristianos, ó
estaba en Buenos Aires. Yo que enteramente desconfio de estos bárbaros,
me hizo esta pregunta mayor la desconfianza, aunque así ella como los
dos indios venian con el aspecto asustado.
A las 4 de la tarde llegó un indio ladino, y un esclavo de
_Chulilaquin_ con dos caballos de diestro, ponderándome la fineza de
_Chulilaquin_ por haber muerto á _Guchumpilqui_ en defensa nuestra,
y que aquellos dos caballos los traian para que fuesen en ellos dos
soldados, para que esta noche los ayudasen contra los Aucaces. Estos
venian como asustados, y con mucho empeño á llevar los dos hombres
que pedia su cacique. A este le dije le dijese, que mi gusto era
defenderlo, y que no solamente 2, sino 20 le mandaria: pero que estos
soldados no entendian la lengua de los indios, ni tampoco sabian
pelear, sino al lado de su capitan; y que si yo llegase á tiempo le
socorreria, y sino que trajese su gente y toldos para donde yo estoy,
y entonces que no tuviese miedo, aunque viniesen mas indios que yerba
tiene el campo. Se fueron los indios, y yo me acampé á la banda del S,
parage de los mas proporcionados que hay para en caso de haber algun
encuentro.
Mandé toldar las embarcaciones, alistar las armas, cargándolas de
nuevo; montar los pedreros y esmeriles, y dormir toda la gente á
bordo: porque, aunque en los semblantes y expresiones se vé el miedo
que tienen estos indios, y á no ser cierto lo que dicen, parece mucha
política para estos bárbaros, no obstante son muy diestros en el arte
de engañar; y por esto me pusieron esta noche en mayor cuidado, pero lo
cierto es, que con los Aucaces, ó con nosotros hay alguna revuelta ó
intento, que si no llega á tener efecto, será porque no hallan hueco;
si bien, que no dejo de pensar que los Aucaces pueden venir á vengarse
de los que mató, robó y cautivó _Chulilaquin_, y que tambien ahora
habrán muerto alguno. Pero la muerte de _Huechumpilqui_ no la tengo por
cierta, por lo que pude comprender y deducir de las respuestas de Maria
Lopez á las preguntas que le hice: pero el querernos hacer creer esta
muerte, es solo por obligarnos y vendernos la fineza.
Aquí se halló en una pequeñita isla un manzano chico, á quien quitaron
los marineros hasta 200 manzanas. Navegué este dia al NO 5° N un cuarto
de legua de distancia.