Vinieron de mañana los caciques, y Guchumpilqui me dijo, que en el
término de 3 ó 4 dias tenia determinado mandar aviso á su tierra
de como iba llegando, y que le trajesen algunos caballos gordos,
por llevar toda la caballada flaca de la larga distancia que habia
caminado. Le pregunté qué tiempo tardarian en llegar á Huechun-lauquen
los chasques, y dijo que seis dias, y de allí á Valdivia que habia
tres dias de camino, y que ahora era el tiempo en que los Valdivianos
solian todos los años venir á su tierra á comprar ponchos. En esta
inteligencia determiné escribirle al Sr. Gobernador de aquella plaza,
así para que el Exmo. Sr. Virey de Buenos Aires tenga esta noticia,
como para saber yo si de aquella plaza podré ser socorrido con víveres,
para si así fuese poder hacer un completo reconocimiento, y sino para
tomar mis medidas y contar solo con los víveres que tengo:[7] pues
puede ser que, entregando los indios que van de chasque á los de
Valdivia las cartas, lleguen á manos de dicho Sr. Gobernador, y pueda
por el mismo conducto tener yo la respuesta. Me regaló una vaca este
cacique, y otra el cacique Curuanca.
Me han dicho que mas arriba del Rio Chico del N que entra en este, se
aparta el Rio Grande mucho para el S, haciendo una gran vuelta; por
cuyo motivo no seguian ellos su orilla y caminaban tierra adentro:
pero por buen campo, de mucho pasto y muy regado de diversisimos
arroyuelos que bajan de las montañas, entre las cuales dicen haber
amenísimos valles. Me quedé admirado al haber oido hablar á estos
indios de nuestras guerras con los Ingleses, pues me preguntaron si aun
duraban. Y preguntándoles yo, por donde habian sabido de esta guerra,
respondieron que en Valdivia lo habian sabido, y que por este motivo
valian en aquella plaza todas las cosas caras, pues no podian pasar las
embarcaciones de España para las Indias.
A las 12 del dia se fueron, y me digeron que poco mas arriba nos
veriamos, que ellos no se mudaban hasta mañana.
Estos indios llegarán al número de 300, entre los cuales no van mas
que 6 chinas, y hay entre ellos bastantes que sirven solo para arrear
y cazar. Sus ganados ascenderán al número de 8,000 cabezas, entre
caballos, yeguas y vacas, y de aquí se puede inferir le que destruyen
los indios á Buenos Aires, pues todo el ganado es marcado, y señalado
de los vecinos de esta ciudad.
Al instante que se fueron los indios, eché de menos al marinero José
Navarro, y me han dicho que habia montado á caballo. Mandé á recoger
los caballos nuestros, y faltaba uno, y salió á buscarlo José Mariano,
marinero. A la hora de comer no vinieron estos marineros, pero me hice
cargo andarian buscando el caballo que faltaba, aunque ya con bastante
desconfianza de si me los habian llevado los indios; pues en ellos es
la mayor proeza, la mayor maldad, y sin embargo de haberlos regalado
y acariciado todo lo posible, conociendo su infame trato, me llenó de
desconfianza la breve falta de estos dos marineros: y mas, habiéndose
desembarcado el cacique Roman, y el muchacho lenguaraz. Por presto
que subí á una lomita á ver si los veia, ya divisé una nube de polvo,
distante como legua y media de donde tenian los toldos, sin haber
animal alguno adonde estaban acampados. Esto me llenó de tristeza, por
conocer la falta que me hacen estos dos individuos si los hubiesen
llevado: pero no estaba del todo desesperado de que volviesen, por
lo bien que habia tratado á estos indios. Esta polvadera se alejaba
con suma presteza, y se perdió de vista á las 5 de la tarde; y á esta
hora pasó un marinero por casualidad por debajo de unos sauces, y
halló 8 pares de bolas, de las que los indios suelen traer perdidas, y
vestigios de haber estado mucha gente allí la noche antecedente, y esto
distaria 100 varas de nosotros, y sus toldos ó campamento, distaba tres
cuartos de legua.
Cuando se embarcó conmigo el cacique Roman, pretestando estar enfermo,
bien comprendi que no lo hacia por otra cosa que por observar nuestros
movimientos, y yo me alegré; porque como el asunto, á mi parecer mas
importante, es el no quebrar con ellos, y aunque den ellos motivo por
el cual me viese precisado á ello, no seria lo mas favorable.
Esperé toda la tarde la venida de los dos marineros, que no han
vuelto. A las 7 supe que Navarro habia tenido no sé que ajuste con una
china, y que la habia ido siguiendo, porque ella le habia hurtado unos
cascabeles. Los que oyeron y supieron esto, se callaron hasta dicha
hora; y esta fué la causa de que se perdiese no solo Navarro, sino
tambien José Mariano: porque si me lo hubieran dicho, le estorbaria,
porque cuando fuese imposible evitar la pérdida del primero, á lo menos
no tendriamos la del segundo.