--Es menester otra prenda que la palabra.

La Niña Chole arrancóse los anillos, que parecían dar un aspecto sagrado

á sus manos de princesa, y llena de altivez se los arrojó:

--Repartid eso y dejadnos.

Entre aquellos hombres hubo un murmullo de indecisión, y lentamente se

alejaron por la nave de la iglesia. En el presbiterio detuviéronse á

deliberar. La Niña Chole apoyó sus manos sobre mis hombros y me miró en

el fondo de los ojos:

--¡Oh!... ¡Qué español tan loco! ¡Un león en pie!...

Respondí con una vaga sonrisa. Yo experimentaba la más violenta angustia

en presencia de aquellos dos hombres caídos en medio de la iglesia,

el uno sobre el otro. Lentamente se iba formando en torno de ellos

un gran charco de sangre que corría por las junturas de las losas.

Sentíase el borboteo de las heridas, y el estertor del que estaba caído

debajo. De tiempo en tiempo se agitaba y movía una mano lívida, con

estremecimientos nerviosos.

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FRAY LOPE CASTELLAR nos esperaba en la sacristía leyendo

el breviario. Sobre labrado arcón estaban las vestiduras plegadas con

piadoso esmero. La sacristía era triste, con una ventana alta y enrejada

oscurecida por las ramas de un cedro. Fray Lope, al vernos llegar,

alzóse del escaño:

--¡Muertos les he creído! ¡Ha sido un milagro!... Siéntense: Es menester

que esta dama cobre ánimos. Van á probar el vino con que celebra la

misa Su Ilustrísima, cuando se digna visitarnos. Un vino de España.

¡Famoso, famoso!... Ya lo dice el adagio indiano: Vino, mujer y bretaña,

de España.

Hablando de esta suerte, acercóse á una grande y lustrosa alacena, y la

abrió de par en par. Sacó de lo más hondo un pegajoso cangilón, y le

olió con regalo:

--Ahora verán qué néctar. Este humilde fraile celebra su misa con un

licor menos delicado. Sin embargo, todo es sangre de Nuestro Señor

Jesucristo.

Llenó con mano temblona un vaso de plata, y presentóselo á la Niña

Chole, que lo recibió en silencio, y, en silencio también, me lo pasó á

mí. Fray Lope, en aquel momento, colmaba otro vaso igual:

--¡Qué hace mi señora! Si el noble Marqués tiene aquí...

La Niña Chole sonrió con languidez:

--¡Le acompaña usted, Fray Lope!

Fray Lope rió sonoramente: Sentóse sobre el arcón, y dejó el vaso á su

lado:

--El noble Marqués me permitirá una pregunta: ¿De qué conoce á Juan de

Guzmán?

--¡No le conozco!...

--¿Y cómo le defendió tan bravamente?

--Una fantasía que me vino en aquel momento.

Fray Lope movió la tonsurada cabeza, y apuró un sorbo del vaso que tenía

á su diestra:

--¡Una fantasía! ¡Una fantasía!... Juan de Guzmán es mi amigo, y, sin

embargo, yo jamás hubiera osado tanto.

La Niña Chole murmuró con altivo desdén:

--No todos los hombres son iguales...

Yo, agradecido al buen vino que Fray Lope me escanciaba, intervine

cortesano:

--¡Más valor hace falta para cantar misa!

Fray Lope me miró con ojos burlones:

--Eso no se llama valor: Es la Gracia...

Hablando así, alzamos los vasos y á un tiempo les dimos fin. Fray Lope

tornó á llenarlos:

--¿Y el noble Marqués hasta ignorará quién es Juan de Guzmán?

--Ayer, cuando juntaba mi escolta en Veracruz, oí por primera vez su

nombre... Creo que es un famoso capitán de bandidos.

--¡Famoso! Tiene la cabeza pregonada.

--¿Conseguirá ponerse en salvo?

Fray Lope juntó las manos y entornó los párpados gravemente:

--¡Y quién sabe, mi señor!...

--¿Cómo se arriesgó á entrar en la iglesia?

--Es muy piadoso... Además tiene por madrina á la Madre Abadesa.

En aquel momento alzóse la tapa del arcón, y un hombre que allí estaba

oculto asomó la cabeza. Era Juan de Guzmán. Fray Lope corrió á la puerta

y echó los cerrojos. Juan de Guzmán saltó en medio de la sacristía, y

con los ojos húmedos y brillantes quiso besarme las manos. Yo le tendí

los brazos. Fray Lope volvió á nuestro lado, y con la voz temblorosa y

colérica murmuró:

--¡Quien ama el peligro perece en él!

Juan de Guzmán sonrió desdeñosamente:

--¡Todos hemos de morir, Fray Lope!...

--Bajen siquiera la voz.

Avizorado miraba alternativamente á la puerta y á la gran reja de

la sacristía. Seguimos su prudente consejo, y mientras nosotros

platicábamos retirados en un extremo de la sacristía, en el otro rezaba

medrosamente la Niña Chole.

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JUAN DE GUZMÁN tenía la cabeza pregonada, aquella

magnífica cabeza de aventurero español. En el siglo XVI hubiera

conquistado su Real Ejecutoria de Hidalguía peleando bajo las banderas

de Hernán Cortés, y acaso entonces nos dejase una hermosa memoria aquel

capitán de bandoleros con aliento caballeresco, porque había nacido para

ilustrar su nombre en las Indias saqueando ciudades, violando princesas

y esclavizando emperadores. Viejo y cansado, cubierto de cicatrices

y de gloria, tornaríase á su tierra llevando en buenas doblas de oro

el botín conquistado acaso en Otumba, acaso en Mangoré. ¡Las batallas

gloriosas de alto y sonoro nombre! Levantaría una torre, fundaría

un mayorazgo con licencia del Señor Rey, y al morir tendría noble

enterramiento en la iglesia de algún monasterio. La piedra de armas

y un largo epitafio, recordarían las hazañas del caballero, y muchos

años después, su estatua de piedra, dormida bajo el arco sepulcral, aún

serviría á las madres para asustar á sus hijos pequeños.

Yo confieso mi admiración por aquella noble abadesa que había sabido

ser su madrina sin dejar de ser una santa. Á mí seguramente hubiérame

tentado el diablo, porque el capitán de los plateados tenía el gesto

dominador y galán, con que aparecen en los retratos antiguos los

capitanes del Renacimiento: Era hermoso como un bastardo de César

Borgia. Cuentan, que al igual de aquel príncipe, mató siempre sin saña,

con frialdad, como matan los hombres que desprecian la vida, y que, sin

duda por eso, no miran como un crimen dar la muerte. Sus sangrientas

hazañas son las hazañas que en otro tiempo hicieron florecer las

epopeyas. Hoy sólo de tarde en tarde alcanzan tan alta soberanía, porque

las almas son cada vez menos ardientes, menos impetuosas, menos fuertes.

¡Es triste ver cómo los hermanos espirituales de aquellos aventureros

de Indias no hallan ya otro destino en la vida que el bandolerismo

caballeresco!

Aquel capitán de los plateados también tenía una leyenda de amores.

Era tan famoso por su fiera bravura como por su galán arreo. Señoreaba

en los caminos y en las ventas: Con valeroso alarde se mostraba solo,

caracoleando el caballo y levantada sobre la frente el ala del chambergo

entoquillado de oro. El zarape blanco envolvíale flotante como alquicel

morisco. Era hermoso, con hermosura varonil y fiera. Tenía las niñas

de los ojos pequeñas, tenaces y brillantes, el corvar de la nariz

soberbio, las mejillas nobles y atezadas, los mostachos enhiestos, la

barba de negra seda. En la llama de su mirar vibraba el alma de los

grandes capitanes, gallarda y de través como los gavilanes de la espada.

Desgraciadamente, ya quedan pocas almas así.

¡Qué hermoso destino el de ese Juan de Guzmán, si al final de sus días

se hubiese arrepentido y retirado en la paz de un monasterio para hacer

penitencia, como San Francisco de Sena!

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SIN OTRA ESCOLTA que algunos fieles caballerangos,

nos tornamos á Veracruz. «La Dalila» continuaba anclada bajo el

Castillo de Ulua, y la divisamos desde larga distancia, cuando nuestros

caballos fatigados, sedientos, subían la falda arenosa de una colina.

Sin hacer alto atravesamos la ciudad y nos dirigimos á la playa para

embarcar inmediatamente. Poco después la fragata hacíase á la vela por

aprovechar el viento que corría á lo lejos, rizando un mar verde como

mar de ensueño. Apenas flameó la lona, cuando la Niña Chole despeinada y

pálida con la angustia del mareo, fué á reclinarse sobre la borda.

El capitán, con sombrero de palma y traje blanco, se paseaba en la

toldilla: Algunos marineros dormitaban echados á la banda de estribor,

que el aparejo dejaba en sombra, y dos jarochos que habían embarcado

en San Juan de Tuxtlan jugaban al parar sentados bajo un toldo de lona

levantado á popa. Eran padre é hijo. Los dos flacos y cetrinos: El viejo

con grandes barbas de chivo, y el mozo todavía imberbe. Se querellaban á

cada jugada, y el que perdía amenazaba de muerte al ganancioso. Contaba

cada cual su dinero, y musitando airada y torvamente lo embolsaba. Por

un instante los naipes quedaban esparcidos sobre el zarape puesto entre

los jugadores. Después el viejo recogíalos lentamente y comenzaba á

barajar de nuevo. El mozo, siempre de mal talante, sacaba de la cintura

su bolsa de cuero recamada de oro, y la volcaba sobre el zarape. El

juego proseguía como antes.

Lleguéme á ellos y estuve viéndoles. El viejo, que en aquel momento

tenía la baraja, me invitó cortésmente y mandó levantar al mozo para que

yo tuviese sitio á la sombra. No me hice rogar. Tomé asiento entre los

dos jarochos, conté diez doblones fernandinos y los puse á la primera

carta que salió. Gané, y aquello me hizo proseguir jugando, aunque desde

el primer momento tuve al viejo por un redomado tahur. Su mano atezada

y enjuta, que hacía recordar la garra del milano, tiraba los naipes

lentamente. El mozo permanecía silencioso y sombrío, miraba al viejo de

soslayo, y jugaba siempre las cartas que jugaba yo. Como el viejo perdía

sin impacientarse, sospeché que abrigaba el propósito de robarme, y me

previne. Sin embargo, continué ganando.

Ya puesto el sol asomaron sobre cubierta algunos pasajeros. El viejo

jarocho comenzó á tener corro, y creció su ganancia. Entre los jugadores

estaba aquel adolescente taciturno y bello que en otra ocasión me había

disputado una sonrisa de la Niña Chole. Apenas nuestras miradas se

cruzaron comencé á perder. Tal vez haya sido superstición, pero es lo

cierto que yo tuve el presentimiento. El adolescente tampoco ganaba:

Visto con espacio, parecióme misterioso y extraño: Era gigantesco, de

ojos azules y rubio ceño, de mejillas bermejas y frente muy blanca:

Peinábase como los antiguos nazarenos, y al mirar entornaba los párpados

con arrobo casi místico. De pronto le vi alargar ambos brazos y detener

al jarocho, que había vuelto la baraja y comenzaba á tirar. Meditó un

instante, y luego, lento y tardío, murmuró:

--Me arriesgo con todo. ¡Copo!

El mozo, sin apartar los ojos del viejo, exclamó:

--¡Padre, copa!

--Lo he oído, pendejo. Ve contando ese dinero.

Volvió la baraja y comenzó á tirar. Todas las miradas quedaron inmóviles

sobre la mano del jarocho. Tiraba lentamente. Era una mano sádica

que hacía doloroso el placer y lo prolongaba. De pronto se levantó un

murmullo:

--¡La sota! ¡La sota!

Aquella era la carta del bello adolescente. El jarocho se incorporó,

soltando la baraja con despecho:

--Hijo, ve pagando...

Y echándose el zarape sobre los hombros, se alejó. El corro se deshizo

entre murmullos y comentos:

--¡Ha ganado setecientos doblones!

--¡Más de mil!

Instintivamente volví la cabeza, y mis ojos descubrieron á la Niña

Chole. Allí estaba, reclinada en la borda: Apartábase lánguidamente los

rizos que, deshechos por el viento marino, se le metían en los ojos, y

sonreía al bello y blondo adolescente. Experimenté tan vivo impulso

de celos y de cólera, que me sentí palidecer. Si hubiera tenido en las

pupilas el poder del basilisco, allí se quedan hechos polvo. ¡No lo

tenía, y la Niña Chole pudo seguir profanando aquella sonrisa de reina

antigua!...

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CUANDO se encendieron las luces de á bordo, yo

continuaba en el puente, y la Niña Chole vino á colgarse de mi brazo,

rozándose como una gata zalamera y traidora. Sin mostrarme celoso, supe

mostrarme altivo, y ella se detuvo, clavándome los ojos con tímido

reproche. Después miró en torno, y alzándose en la punta de los pies me

besó celerosa:

--¿Estás triste?

--No.

--Entonces, ¿estás enojado conmigo?

--No.

--Sí tal.

Nos hallábamos solos en el puente, y la Niña Chole se colgó de mis

hombros suspirante y quejumbrosa:

--¡Ya no me quieres! ¡Ahora qué será de mí!... ¡Me moriré!... ¡Me

mataré!...

Y sus hermosos ojos, llenos de lágrimas, se volvieron hacia el mar,

donde rielaba la luna. Yo permanecí silencioso, aun cuando estaba

profundamente conmovido. Ya cedía al deseo de consolarla, cuando

apareció sobre cubierta el blondo y taciturno adolescente. La Niña

Chole, un poco turbada, se enjugó las lágrimas. Creo que la expresión

de mis ojos le dió espanto, porque sus manos temblaban. Al cabo de un

momento, con voz apasionada y contrita, murmuró á mi oído:

--¡Perdóname!

Yo repuse vagamente:

--¿Que te perdone dices?

--Sí.

--No tengo nada que perdonarte.

Ella se sonrió, todavía con los ojos húmedos:

--¿Para qué me lo niegas? Estás enojado conmigo porque antes he mirado á

ése... Como no le conoces, me explico tus celos.

Calló, y en su boca muda y sangrienta vi aparecer la sonrisa de un

enigma perverso. El blondo adolescente conversaba en voz baja con un

grumete mulato. Se apartaron lentamente y fueron á reclinarse en la

borda. Yo pregunté, dominado por una cólera violenta:

--¿Quién es?

--Un príncipe ruso.

--¿Está enamorado de ti?

--No.

--Dos veces le sonreíste...

La Niña Chole exclamó con picaresca alegría:

--Y tres también, y cuatro... Pero seguramente tus sonrisas le conmueven

más que las mías... ¡Mírale!

El hermoso, el blondo, el gigantesco adolescente, seguía hablando con

el mulato, y reclinado en la borda estrechábale por la cintura. El otro

reía alegremente: Era uno de esos grumetes que parecen aculatados en

largas navegaciones trasatlánticas por regiones de sol. Estaba casi

desnudo, y con aquella coloración caliente de terracota también era

hermoso. La Niña Chole apartó los ojos con altivo desdén:

--¿Te convences de que no podía inspirarte celos?

Yo, libre de tan cruel incertidumbre, sonreí:

--Tú debías tenerlos...

La Niña Chole se miró en mis ojos, orgullosa y feliz:

--Yo tampoco. Tú eres un hombre.

--Niña, tú olvidas que puede sacrificarse á Hebe y á Ganimedes.

--No entiendo lo que quieres decirme.

--¡Mejor es así!...

Y repentinamente entristecido, incliné la cabeza sobre el pecho. No

quise ver más, y medité, porque tengo amado á los clásicos casi tanto

como á las mujeres. Es la educación recibida en el Seminario de Nobles.

Leyendo á ese amable Petronio, he suspirado más de una vez lamentando

que los siglos hayan hecho un pecado desconocido de las divinas fiestas

voluptuosas. Hoy, solamente en el sagrado misterio vagan las sombras

de algunos escogidos que hacen renacer el tiempo antiguo de griegos y

romanos, cuando los efebos coronados de rosas sacrifican en los altares

de Afrodita. ¡Felices y aborrecidas sombras: Me llaman y no puedo

seguirlas!

Aquel bello pecado, regalo de los dioses y tentación de los poetas, es

para mí un fruto hermético. El cielo, siempre enemigo, dispuso que sólo

las rosas de Venus floreciesen en mi alma, y á medida que envejezco,

eso me desconsuela más. Presiento que debe ser grato, cuando la vida

declina, poder penetrar en el jardín de los amores perversos. Á mí,

desgraciadamente, ni aun me queda la esperanza. Sobre mi alma ha pasado

el aliento de Satanás encendiendo todos los pecados: Sobre mi alma

ha pasado el suspiro del Arcángel encendiendo todas las virtudes. He

padecido todos los dolores, he gustado todas las alegrías: He apagado

mi sed en todas las fuentes, he reposado mi cabeza en el polvo de todos

los caminos: Un tiempo fuí amado de las mujeres, sus voces me eran

familiares: Sólo dos cosas han permanecido siempre arcanas para mí: El

amor de los efebos y la música de ese teutón que llaman Wagner.

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PERMANECIMOS toda la noche sobre cubierta. La fragata

daba bordos en busca del viento, que parecía correr á lo lejos, allá

donde el mar fosforecía. Por la banda de babor comenzó á esfumarse la

costa, unas veces plana y otras ondulada en colinas. Así navegamos mucho

tiempo. Las estrellas habían palidecido lentamente, y el azul del cielo

iba tornándose casi blanco. Dos marineros subidos á la cofa de mesana,

cantaban relingando el aparejo. Sonó el pito del contramaestre, orzó la

fragata y el velamen flameó indeciso. En aquel momento hacíamos proa á

la costa. Poco después las banderas tremolaron en los masteleros alegres

y vistosas: La fragata daba vista á Grijalba, y rayaba el sol.

En aquella hora el calor era deleitante, fresca la ventolina, y con olor

de brea y algas. Percibíase en el aire estremecimientos voluptuosos.

Reía el horizonte bajo un hermoso sol. Ráfagas venidas de las selvas

vírgenes, tibias y acariciadoras como aliento de mujeres ardientes,

jugaban en las jarcias, y penetraba y enlanguidecía el alma el perfume

que se alzaba del oleaje casi muerto. Dijérase que el dilatado Golfo

Mexicano sentía en sus verdosas profundidades la pereza de aquel

amanecer cargado de pólenes misteriosos y fecundos, como si fuese el

serrallo del Universo. Á la sombra del foque, y con ayuda de un catalejo

marino, contemplé la ciudad á mi talante. Grijalba, vista desde el mar,

recuerda esos paisajes de caserío inverosímil, que dibujan los niños

precoces: Es blanca, azul, encarnada, de todos los colores del iris.

Una ciudad que sonríe, como criolla vestida con trapos de primavera que

sumerge la punta de los piececillos lindos en la orilla del puerto. Algo

extraña resulta, con sus azoteas enchapadas de brillantes azulejos y

sus lejanías límpidas, donde la palmera recorta su gallarda silueta que

parece hablar del desierto remoto, y de caravanas fatigadas que sestean

á la sombra propicia.

Espesos bosques de gigantescos árboles rodean la ensenada, y entre

la masa incierta del follaje sobresalen los penachos de las palmeras

reales. Un río silencioso y dormido, de aguas blanquecinas como la

leche, abre profunda herida en el bosque, y se derrama en holganza por

la playa que llena de islas. Aquellas aguas nubladas de blanco, donde no

se espeja el cielo, arrastraban un árbol desarraigado, y en las ramas

medio sumergidas revoloteaban algunos pájaros de quimérico y legendario

plumaje. Detrás, descendía la canoa de un indio que remaba sentado en la

proa. Volaban los celajes al soplo de las brisas, y bajo los rayos del

sol naciente, aquella ensenada de color verde esmeralda rielaba llena de

gracia, como un mar divino y antiguo habitado por sirenas y tritones.

¡Cuán bellos se me aparecen todavía esos lejanos países tropicales!

Quien una vez los ha visto, no los olvidará jamás. Aquella calma azul

del mar y del cielo, aquel sol que ciega y quema, aquella brisa cargada

con todos los aromas de Tierra Caliente, como ciertas queridas muy

amadas, dejan en la carne, en los sentidos, en el alma, reminiscencias

tan voluptuosas, que el deseo de hacerlas revivir sólo se apaga en la

vejez. Mi pensamiento rejuvenece hoy recordando la inmensa extensión

plateada de ese Golfo Mexicano, que no he vuelto á cruzar. Por mi

memoria desfilan las torres de Veracruz, los bosques de Campeche, las

arenas de Yucatán, los palacios de Palenque, las palmeras de Tuxtlan y

Laguna... ¡Y siempre, siempre unido al recuerdo de aquel hermoso país

lejano, el recuerdo de la Niña Chole, tal como la vi por vez primera

entre el cortejo de sus servidores, descansando á la sombra de una

pirámide, suelto el cabello y vestido el blanco hipil de las antiguas

sacerdotisas mayas!...

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APENAS DESEMBARCAMOS, una turba negruzca y lastimera

nos cercó pidiendo limosna. Casi acosados, llegamos al parador, que

era conventual y vetusto, con gran soportal de piedra, donde unas

viejas caducas se peinaban. En aquel parador volví á encontrarme con

los jugadores jarochos que venían á bordo de la fragata. Descubríles

retirados hacia el fondo del patio, cercanos á una puerta ancha y baja

por donde á cada momento entraban y salían caballerangos, charros y

mozos de espuela. También allí los dos jarochos jugaban al parar, y se

movían querella. Me reconocieron desde lejos, y se alzaron saludándome

con muestras de gran cortesía. Luego el viejo entregó los naipes al

mozo, y vínose para mí, haciendo profundas zalemas:

--Aquí estamos para servirle, señor. Si le place saber á dónde llega una

buena voluntad, mande no más, señor.

Y después de abrazarme con tal brío que me alzó del suelo, usanza

mexicana que muestra amor y majeza, el viejo jarocho continuó:

--Si quiere tentar la suerte, ya sabe su merced dónde toparnos. Aquí

demoramos. ¿Cuándo se camina, mi Señor Marqués?

--Mañana al amanecer, si esta misma noche no puedo hacerlo.

El viejo acaricióse las barbas, y sonrió picaresco y ladino:

--Siempre nos veremos antes. Hemos de saber hasta dónde hay verdad en

aquello que dicen: Albur de viajero, pronto y certero.

Yo contesté riéndome:

--Lo sabremos. Esas profundas sentencias no deben permanecer dudosas.

El jarocho hizo un grave ademán en muestra de asentimiento:

--Ya veo que mi Señor Marqués tiene por devoción cumplimentarlas. Hace

bien. Solamente por eso merecía ser Arzobispo de México.

De nuevo sonrió picaresco. Sin decir palabra esperó á que pasasen dos

indios caballerangos, y cuando ya no podían oirle, prosiguió en voz

baja y misteriosa:

--Una cosa me falta por decirle. Ponemos para comienzo quinientas onzas,

y quedan más de mil para reponer si vienen malas. Plata de un compadre,

señor. Otra vez platicaremos con más espacio. Mire cómo se impacienta

aquel manís. Un potro sin rendaje, señor. Eso me enoja... ¡Vaya, nos

vemos!...

Y se alejó haciendo fieras señas al mozo para calmar su impaciencia.

Tendióse á la sombra, y tomando los naipes comenzó á barajar. Presto

tuvo corro de jugadores. Los caballerangos, los boyeros, los mozos de

espuela, cada vez que entraban y salían parábanse á jugar una carta. Dos

jinetes que asomaron encorvados bajo la puerta, refrenaron un momento

sus cabalgaduras, y desde lo alto de las sillas arrojaron las bolsas.

El mozo las alzó sopesándolas, y el viejo le interrogó con la mirada:

Fué la respuesta un gesto ambiguo: Entonces el viejo le habló impaciente:

--Deja quedas las bolsas, manís. Tiempo hay de contar.

En el mismo momento salió la carta. Ganaba el jarocho, y los jinetes se

alejaron: El mozo volcó sobre el zarape las bolsas, y empezó á contar.

Crecía el corro de jugadores. Llegaban los charros haciendo sonar las

pesadas y suntuosas espuelas, derribados gallardamente sobre las cejas

aquellos jaranos castoreños entoquillados de plata, fanfarrones y

marciales. Llegaban los indios ensabanados como fantasmas, humildes y

silenciosos, apagando el rumor de sus pisadas. Llegaban otros jarochos

armados como infantes, las pistolas en la cinta y el machete en bordado

tahalí. De tarde en tarde, atravesaba el patio lleno de sol algún lépero

con su gallo de pelea: Una figura astuta y maleante, de ojos burlones

y de lacia greña, de boca cínica y de manos escuetas y negruzcas, que

tanto son de ladrón como de mendigo. Huroneaba en el corro, arriesgaba

un mísero tostón, y rezongando truhanerías se alejaba.

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YO ANSIABA verme á solas con la Niña Chole. La noche

de nuestras bodas en el convento se me aparecía ya muy lejana, con el

encanto de un sueño que se recuerda siempre y nunca se precisa. Desde

entonces habíamos vivido en forzosa castidad, y mis ojos, que aún lo

ignoraban todo, tenían envidia de mis manos que todo lo sabían...

En aquel vetusto parador gusté las mayores venturas amorosas, urdidas

con el hilo dorado de la fantasía. Quise primero que la Niña Chole se

destrenzase el cabello, y vestido el blanco hipil me hablase en su vieja

lengua, como una princesa prisionera á un capitán conquistador. Ella

obedeció sonriendo. Yo la tenía en mis brazos, y las palabras más bellas

y musicales las besaba, sin comprenderlas, sobre sus labios. Después

fué nuestro numen Pedro Aretino, y como oraciones, pude recitar en

italiano siete sonetos gloria del Renacimiento: Uno distinto para cada

sacrificio. El último lo repetí dos veces: Era aquel divino soneto que

evoca la figura de un centauro, sin cuerpo de corcel y con dos cabezas.

Después nos dormimos.

Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín · 第 3 / 5 段