Nunca las Comendadoras Santiaguistas negaban hospitalidad. Á todo

caminante que la demandase debía serle concedida. Así estaba dispuesto

por los estatutos de la fundadora Doña Beatriz de Zayas, favorita y dama

de un virrey. El escudo nobiliario de la fundadora todavía campeaba

sobre el arco de la puerta. La hermana donada nos guió á través de un

claustro sombreado por oscuros naranjos. Allí era el cementerio de las

Comendadoras. Sobre los sepulcros, donde quedaban borrosos epitafios,

nuestros pasos resonaron. Una fuente lloraba monótona y triste. Empezaba

la noche, y las moscas de luz danzaban entre el negro follaje de los

naranjos. Cruzamos el claustro y nos detuvimos ante una puerta forrada

de cuero y claveteada de bronce. La hermana abrió. El manojo de llaves

que colgaba de su cintura produjo un largo son y quedó meciéndose. La

donada cruzó las manos sobre el escapulario, y pegándose al muro nos

dejó paso al mismo tiempo que murmuraba gangosa:

--Esta es la hospedería, hermanos.

Era la hospedería una estancia fresca, con ventanas de mohosa y labrada

reja, que caían sobre el jardín. En uno de los testeros campeaba el

retrato de la fundadora, que ostentaba larga leyenda al pie, y en el

otro un altar con paños de cándido lino. La mortecina claridad apenas

dejaba entrever los cuadros de un Vía-Crucis que se desenvolvía en torno

del muro. La hermana donada llegó sigilosa á demandarme qué camino hacía

y cuál era mi nombre. Yo, en voz queda y devota, como ella me había

interrogado, respondí:

--Soy el Marqués de Bradomín, hermana, y mi ruta acaba en esta santa

casa.

La donada murmuró con tímida curiosidad:

--Si desea ver á la Madre Abadesa, le llevaré recado. Siempre tendrá

que tener un poco de paciencia, pues ahora la Madre Abadesa se halla

platicando con el señor Obispo de Colima, que llegó antier.

--Tendré paciencia, hermana. Veré á la Madre Abadesa cuando sea ocasión.

--¿El Señor la conoce ya?

--No, hermana. Llego á esta santa casa para cumplir un voto.

En aquel momento se acercaba la Niña Chole, y la monja, mirándola

complacida, murmuró:

--¿La Señora mi Marquesa también?

La Niña Chole cambió conmigo una mirada burlona que me pareció de

alegres desposorios. Los dos respondimos á un tiempo:

--También, hermana, también.

--Pues ahora mismo prevengo á la Madre Abadesa. Tendrá mucho contento

cuando sepa que han llegado personas de tanto linaje: Ella también es

muy española.

Y la hermana donada, haciendo una profunda reverencia, se alejó moviendo

leve rumor de hábitos y de sandalias. Tras ella salieron los criados,

y la Niña Chole quedó sola conmigo. Yo besé su mano, y ella, con una

sonrisa de extraña crueldad, murmuró:

--¡Téngase por muerto si llega á saber algo de esta burla el general

Diego Bermúdez!

La Niña Chole llegó ante el altar, y cubriéndose la cabeza con el

rebocillo se arrodilló. Sus siervos, agrupados en la puerta de la

hospedería, la imitaron, santiguándose en medio de un piadoso murmullo.

La Niña Chole alzó la voz, rezando en acción de gracias por nuestra

venturosa jornada. Los siervos respondían á coro. Yo, como caballero

santiaguista, recé mis oraciones dispensado de arrodillarme por el fuero

que tenemos de canónigos agustinos.

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ENTRARON primero dos legas, que traían una gran bandeja

de plata cargada de refrescos y confituras, y luego entró la Madre

Abadesa, flotante el blanco hábito, que ostentaba la roja cruz de

Santiago. Detúvose en la puerta, y con leve sonrisa, al par amable y

soberana, saludó en latín:

--¡Deo gratias!

Nosotros respondimos en romance:

--¡Á Dios sean dadas!

La Madre Abadesa tenía hermoso aspecto de infanzona: Era blanca y rubia,

de buen donaire y de gran cortesanía. Sus palabras de bienvenida fueron

éstas:

--Yo también soy española, nacida en Viana del Prior. Cuando niña, he

conocido á un caballero muy anciano que llevaba el título de Marqués de

Bradomín. ¡Era un santo!

Yo repuse sin orgullo:

--Además de un santo, era mi abuelo.

La Madre Abadesa sonrió benévola, y después suspiró:

--¿Habrá muerto hace muchos años?

--¡Muchos!

--Dios le tenga en Gloria. Le recuerdo muy bien. Tenía corrido mucho

mundo, y hasta creo que había estado aquí, en México.

--Aquí hizo la guerra cuando la sublevación del cura Hidalgo.

--¡Es verdad!... ¡Es verdad! Aunque muy niña, me acuerdo de haberle oído

contar... Era gran amigo de mi casa. Yo pertenezco á los Andrade de Cela.

--¡Los Andrades de Cela! ¡Un antiguo mayorazgo!

--Desapareció á la muerte de mi padre. ¡Qué destino el de las nobles

casas, y qué tiempos tan ingratos los nuestros! En todas partes

gobiernan los enemigos de la religión y de las tradiciones, aquí lo

mismo que en España.

La Madre Abadesa suspiró levantando los ojos y cruzando las manos:

Así terminó su plática conmigo. Después acercóse á la Niña Chole con

la sonrisa amable y soberana de una hija de reyes retirada á la vida

contemplativa:

--¿Sin duda la Marquesa es mexicana?

La Niña Chole inclinó los ojos poniéndose encendida:

--Sí, Madre Abadesa.

--¿Pero de origen español?

--Sí, Madre Abadesa.

Como la Niña Chole vacilaba al responder, y sus mejillas se teñían de

rosa, yo intervine ayudándola galante. En honor suyo inventé toda una

leyenda de amor, caballeresca y romántica, como aquellas que entonces

se escribían. La Madre Abadesa conmovióse tanto, que durante mi relato

vi temblar en sus pestañas dos lágrimas grandes y cristalinas. Yo, de

tiempo en tiempo, miraba á la Niña Chole y esperaba cambiar con ella una

sonrisa, pero mis ojos nunca hallaban los suyos. Escuchaba inmóvil, con

rara ansiedad. Yo mismo me maravillaba al ver cómo fluía de mis labios

aquel enredo de comedia antigua. Estuve tan inspirado, que de pronto

la Niña Chole sepultó el rostro entre las manos, sollozando con amargo

duelo. La Madre Abadesa, muy conmovida, le oreó la frente dándole aire

con el santo escapulario de su hábito, mientras yo, á viva fuerza le

tenía sujetas las manos. Poco á poco tranquilizóse, y la Madre Abadesa

nos llevó al jardín, para que respirando la brisa nocturna, acabase de

serenarse la Marquesa. Allí nos dejó solos, porque tenía que asistir al

coro para rezar los maitines.

El jardín estaba amurallado como una ciudadela. Era vasto y sombrío,

lleno de susurros y de aromas. Los árboles de las avenidas juntaban tan

estrechamente sus ramas, que sólo con grandes espacios veíamos algunos

follajes argentados por la luna. Caminamos en silencio. La Marquesa

suspirante, yo pensativo, sin acertar á consolarla. Entre los árboles

divisamos un paraje raso con oscuros arrayanes bordeados por blancas y

tortuosas sendas: La luna derramaba sobre ellas su luz lejana é ideal

como un milagro. La Marquesa se detuvo. Dos legas estaban sentadas al

pie de una fuente rodeada de laureles enanos, que tienen la virtud

de alejar el rayo. No se sabía si las dos legas rezaban ó se decían

secretos del convento, porque el murmullo de sus voces se confundía

con el murmullo del agua. Estaban llenando sus ánforas. Al acercarnos

saludaron cristianamente:

--¡Ave María Purísima!

--¡Sin pecado concebida!

Yo quise beber de la fuente, y ellas me lo impidieron con grandes gritos:

--¡Señor! ¿Qué hace, señor?

Me detuve un poco inmutado:

--¿Es venenosa esta agua?

--Santígüese, señor. Es agua bendita, y solamente la Comunidad tiene

bula para beberla. Bula del Santo Padre, venida de Roma. ¡Es agua santa

del Niño Jesús!

Y las dos legas, hablando á coro, mostrábanme el angelote desnudo, que

enredador y tronera vertía el agua en el tazón de alabastro por su

menuda y cándida virilidad. Me dijeron que era el Niño Jesús. Oyendo

esto, la Marquesa santiguóse devotamente. Yo aseguré á las legas que

también tenía bula para beber las aguas del Niño Jesús. Ellas me

miraron mostrando gran respeto, y disputáronse ofrecerme sus ánforas,

pero yo preferí saciar mi sed aplicando los labios al santo surtidor de

donde el agua manaba. Me acometió tal tentación de risa, que por poco

me ahogo. La Niña Chole, que no podía creer la historia de mi bula, me

recordó en voz baja que Dios castiga siempre el sacrilegio.

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DESPUÉS de los maitines vino á buscarnos una monja y nos

condujo al refectorio donde estaba dispuesta la colación. Hablaba con

las manos juntas: Era vieja y gangosa. Nosotros la seguimos, pero al

pisar los umbrales del convento la Niña Chole se detuvo vacilante:

--Hermana, yo guardo el día ayunando, y no puedo entrar en el refectorio

para hacer colación.

Al mismo tiempo sus ojos de reina india imploraban mi ayuda: Se la

otorgué liberal. Comprendí que la Niña Chole temía ser conocida de

algún caminante, pues todos los que llegaban al convento se reunían á

son de campana para hacer colación. La monja edificada por aquel ayuno,

interrogó solícita:

--¿Qué desea mi señora?

--Retirarme á descansar, hermana.

--Pues cuando le plazca, mi señora. ¿Sin duda traen muy larga jornada?

--Desde Veracruz.

--Cierto que sentirá grande fatiga la pobrecita.

Hablando de esta suerte nos hizo cruzar un largo corredor. Por las

ventanas entraba la luz blanca de la luna. En aquella santa paz el

acompasado son de mis espuelas despertaba un eco sacrílego y marcial, y

como amedrentadas por él, la monja y la Marquesa caminaban ante mí con

leve y devoto rumor. La monja abrió una puerta de antigua tracería, y

apartándose á un lado murmuró:

--Pase mi señora: Yo nada me retardo. Guío al Señor Marqués al

refectorio, y torno á servirla luego, luego.

La Marquesa entró sin mirarme. La monja cerró la puerta y alejóse como

una sombra llamándome con vago ademán. Guióme hasta el refectorio, y

saludando más gangosa que nunca, se alejó. Entré, y cuando mis ojos

buscaban un sitial vacío en torno de la mesa, alzóse el capellán del

convento, y vino á decirme con gran cortesanía que mi puesto estaba á

la cabecera. El capellán era un fraile dominico, humanista y poeta,

que había vivido muchos años desterrado de México por el Arzobispo, y

privado de licencias para confesar y decir misa. Todo ello por una falsa

delación. Esta historia me la contaba en tanto me servía. Al terminar,

me habló así:

--Ya sabe el Señor Marqués de Bradomín la vida y milagros de Fray Lope

Castellar. Si necesita un capellán para su casa, créame que con sumo

gusto dejaré á estas santas señoras. Aun cuando sea para cruzar los

mares, mi Señor Marqués.

--Ya tengo capellanes en España.

--Perdone entonces. Pues para servirle aquí, en este México de mis

pecados, donde en un santiamén dejan sin vida á un cristiano. Créame,

quien pueda pagarse un capellán, debe hacerlo, aun cuando sólo sea para

tener á mano quien le absuelva en trance de muerte.

Había terminado la colación, y entre el sordo y largo rumor producido

por los sitiales, todos nos pusimos en pie para rezar una oración de

gracias compuesta por la piadosa fundadora Doña Beatriz de Zayas. Las

legas comenzaron á levantar los manteles, y la Madre Abadesa entró

sonriendo benévolamente:

--¿El Señor Marqués, prefiere que se disponga otra celda para su

descanso?

El rubor que asomó en las mejillas de la Madre Abadesa me hizo

comprender, y sin dominar una sonrisa respondí:

--Haré compañía á la Marquesa, que es muy medrosa, si lo consienten los

estatutos de esta santa casa.

La Madre Abadesa me interrumpió:

--Los estatutos de esta santa casa no pueden ir en contra de la

Religión.

Sentí un vago sobresalto. La Madre Abadesa inclinó los ojos, y

permaneciendo con ellos bajos, dijo pausada y doctoral:

--Para Nuestro Señor Jesucristo merecen igual amor las criaturas que

junta con santo lazo su voluntad, que aquellas apartadas de la vida

mundana, también por su Gracia... Yo no soy como el fariseo que se creía

mejor que los demás, Señor Marqués.

La Madre Abadesa, con su hábito blanco, estaba muy bella, y como me

parecía una gran dama, capaz de comprender la vida y el amor, sentí

la tentación de pedirle que me acogiese en su celda, pero fué sólo

la tentación. Acercóse con una lámpara encendida aquella monja vieja

y gangosa que me había acompañado al refectorio, y la Madre Abadesa,

después de haberle encomendado que me guiase, se despidió. Confieso que

sentí una vaga tristeza viéndola alejarse por el corredor, flotante el

noble hábito que blanqueaba en las tinieblas. Volviéndome á la monja,

que esperaba inmóvil con la lámpara, le pregunté:

--¿Debe besársele la mano á la Madre Abadesa?

La monja, echándose la toca sobre la frente, respondió:

--Aquí solamente se la besamos al Señor Obispo, cuando se digna

visitarnos.

Y con leve rumor de sandalias comenzó á caminar delante de mí,

alumbrándome hasta la puerta de la celda nupcial. Una celda espaciosa

y perfumada de albahaca, con una reja abierta sobre el jardín, donde

el argentado azul de la noche tropical destacaba negras y confusas las

copas de los cedros. El canto igual y monótono de un grillo rompía

el silencio. Yo cerré la puerta de la celda con llaves y cerrojos, y

andando sin ruido, fuí á entreabrir el blanco mosquitero con que se

velaba pudoroso y monjil, el único lecho que había en la estancia.

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LA NIÑA CHOLE reposaba con sueño cándido y feliz: En sus

labios aún vagaba dormido un rezo. Yo me incliné para besarlos: Era mi

primer beso de esposo. La Niña Chole se despertó sofocando un grito:

--¿Qué hace usted aquí, señor?

Yo repuse entre galante y paternal:

--Reina y señora, velar tu sueño.

La Niña Chole no acertaba á comprender cómo yo podía hallarme en su

celda, y tuve que recordarle mis derechos conyugales, reconocidos por

la Madre Abadesa. Ante aquel gentil recuerdo se mostró llena de enojo.

Clavándome los ojos repetía:

--¡Oh!... ¡Qué terrible venganza tomará el general Diego Bermúdez!...

Y ciega de cólera porque al oirla sonreía, me puso en la faz sus manos

de princesa india, manos cubiertas de anillos, enanas y morenas, que

yo hice prisioneras. Sin dejar de mirarla, se las oprimí hasta que

lanzó un grito, y después dominando mi despecho, se las besé. Ella,

sollozante, dejóse caer sobre las almohadas: Yo, sin intentar consolarla

me alejé. Sentía un fiero desdeño lleno de injurias altaneras, y para

disimular el temblor de mis labios que debían estar lívidos, sonreía.

Largo tiempo permanecí apoyado en la reja, contemplando el jardín

susurrante y oscuro. El grillo cantaba, y era su canto un ritmo remoto y

primitivo. De tarde en tarde llegaba hasta mí algún sollozo de la Niña

Chole, tan apagado y tenue, que el corazón siempre dispuesto á perdonar,

se conmovía. De pronto, en el silencio de la noche, una campana del

convento comenzó á doblar. La Niña Chole me llamó temblorosa:

--¿Señor, no conoce la señal de agonía?

Y al mismo tiempo se santiguó devotamente. Sin desplegar los labios me

acerqué á su lecho, y quedé mirándola grave y triste. Ella, con la voz

asustada, murmuró:

--¡Una monja se halla moribunda!

Yo entonces tomando sus manos entre las mías, le dije amorosamente:

--¿Y esto te causa miedo?

--¡Oh!... ¿Quién será? Ahora entrega su alma á Dios Nuestro Señor. ¿Será

alguna novicia?

Sonriendo diabólicamente, le dije:

--¡Acaso sea yo!...

--¿Cómo, señor?

--Estará á las puertas del convento el general Diego Bermúdez.

--¡No!... ¡No!...

Y oprimiéndome las manos, comenzó á llorar. Yo quise enjugar sus

lágrimas con mis labios, y ella echando la cabeza sobre las almohadas,

suplicó:

--¡Por favor!... ¡Por favor!...

Velada y queda desfallecía su voz. Quedó mirándome, temblorosos los

párpados y entreabierta la rosa de su boca. La campana seguía sonando

lenta y triste. En el jardín susurraban los follajes, y la brisa que

hacía flamear el blanco y rizado mosquitero, nos traía aromas. Cesó

el toque de agonía, y juzgando propicio el instante, besé á la Niña

Chole. Ella parecía consentir, cuando de pronto en medio del silencio,

la campana dobló á muerto. La Niña Chole dió un grito y se estrechó á

mi pecho: Palpitante de miedo, se refugiaba en mis brazos. Mis manos,

distraídas y paternales, comenzaron á desflorar sus senos. Ella,

suspirando, entornó los ojos, y celebramos nuestras bodas con siete

copiosos sacrificios que ofrecimos á los dioses como el triunfo de la

vida.

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COMENZABAN los pájaros á cantar en los árboles del

jardín, saludando al sol, cuando nosotros, ya dispuestos para la jornada

de aquel día, nos asomamos á la reja. Las albahacas, húmedas de rocío,

daban una fragancia intensa, casi desusada, que tenía como una evocación

de serrallo morisco y de verbenas. La Niña Chole reclinó sobre mi hombro

la cabeza, suspiró débilmente, y sus ojos, sus hermosos ojos de mirar

hipnótico y sagrado, me acariciaron románticos. Yo entonces le dije:

--¿Niña, estás triste?

--Estoy triste porque debemos separarnos. La más leve sospecha nos

podría costar la vida.

Pasé amorosamente mis dedos entre la seda de sus cabellos, y respondí

con arrogancia:

--No temas: Yo sabré imponer silencio á tus criados.

--Son indios, señor... Aquí prometerían de rodillas, y allá, apenas su

amo les mirase con los ojos fieros, todo se lo dirían... ¡Debemos darnos

un adiós!

Yo besé sus manos apasionado y rendido:

--¡Niña, no digas eso!... Volveremos á Veracruz. «La Dalila» quizá

permanezca en el puerto: Nos embarcaremos para Grijalba: Iremos á

escondernos en mi Hacienda de Tixul.

La Niña Chole me acarició con una mirada larga, indefinible. Aquellos

ojos de reina india eran lánguidos y brillantes: Me pareció que á la vez

reprochaban y consentían. Cruzó el rebocillo sobre el pecho y murmuró

poniéndose encendida:

--¡Mi historia es muy triste!

Y para que no pudiese quedarme duda, asomaron dos lágrimas en sus ojos.

Yo creí adivinar, y le dije con generosa galantería:

--No intentes contármela: Las historias tristes me recuerdan la mía.

Ella sollozó:

--Hay en mi vida algo imperdonable.

--Los hombres como yo todo lo perdonan.

Al oirme escondió el rostro entre las manos:

--He cometido el más abominable de los pecados: Un pecado del que sólo

puede absolverme Nuestro Santo Padre.

Viéndola tan afligida, acaricié su cabeza reclinándola sobre mi pecho, y

le dije:

--Niña, cuenta con mi valimiento en el Vaticano. Yo he sido capitán en

la Guardia Noble. Si quieres, iremos á Roma en peregrinación, y nos

echaremos á los pies de Gregorio XVI.

--Iré yo sola... Mi pecado es mío nada más.

--Por amor y por galantería, yo debo cometer uno igual... ¡Acaso ya lo

habré cometido!

La Niña Chole levantó hacia mí los ojos llenos de lágrimas, y suplicó:

--No digas eso... ¡Es imposible!

Sonreí incrédulamente, y ella, arrancándose de mis brazos, huyó al

fondo de la celda. Desde allí, clavándome una mirada fiera y llorosa,

gritó:

--Si fuese verdad, te aborrecería... Yo era una pobre criatura inocente

cuando fuí víctima de aquel amor maldito.

Volvió á cubrirse el rostro con las manos, y en el mismo instante yo

adiviné su pecado. Era el magnífico pecado de las tragedias antiguas. La

Niña Chole estaba maldita como Mirra y como Salomé. Acerquéme lleno de

indulgencia, le descubrí la cara húmeda de llanto, y puse en sus labios

un beso de noble perdón. Después en voz baja y dulce, le dije:

--Todo lo sé. El general Diego Bermúdez es tu padre.

Ella gimió con rabia:

--¡Ojalá no lo fuese! Cuando vino de la emigración, yo tenía doce años

y apenas le recordaba...

--No le recuerdes ahora tampoco.

La Niña Chole, conmovida de gratitud y de amor, ocultó la cabeza en mi

hombro:

--¡Eres muy generoso!

Mis labios temblaron ardientes sobre su oreja fresca, nacarada y suave

como concha de perlas:

--Niña, volveremos á Veracruz.

--No...

--¿Acaso temes mi abandono? ¿No comprendes que soy tu esclavo para toda

la vida?

--¡Toda la vida!... Sería tan corta la de los dos...

--¿Por qué?

--Porque nos mataría... ¡Lo ha jurado!...

--Todo será que no cumpla el juramento.

--Lo cumpliría.

Y ahogada por los sollozos se enlazó á mi cuello. Sus ojos llenos de

lágrimas, quedaron fijos en los míos como queriendo leer en ellos. Yo

fingiéndome deslumbrado por aquella mirada, los cerré. Ella suspiró:

--¿Quieres llevarme contigo sin saber toda mi historia?

--Ya la sé.

--No.

--Tú me contarás lo que falta cuando dejemos de querernos, si llega ese

día.

--Todo, todo debes saberlo ahora, aun cuando estoy segura de tu

desprecio... Eres el único hombre á quien he querido, te lo juro, el

único... Y, sin embargo, por huir de mi padre, he tenido un amante que

murió asesinado.

Calló sollozante. Yo, tembloroso de pasión, la besé en los ojos, y la

besé en los labios. ¡Aquellos labios sangrientos, aquellos ojos sombríos

tan bellos como su historia!...

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LAS CAMPANAS del convento tocaron á misa, y la Niña

Chole quiso oirla antes de comenzar la jornada. Fué una larga misa de

difuntos. Ofició Fray Lope Castellar, y en descargo de mis pecados,

yo serví de acólito. Las Comendadoras cantaban en el coro los Salmos

Penitenciales, y sus figuras blancas y señoriles, arrastrando los

luengos hábitos, iban y venían en torno del facistol que sostenía

abierto el misal de rojas letras. En el fondo de la iglesia, sobre

negro paño rodeado de cirios, estaba el féretro de una monja. Tenía las

manos en cruz, y envuelto á los dedos amoratados el rosario. Un pañuelo

blanco le sujetaba la barbeta y mantenía cerrada la boca, que se sumía

como una boca sin dientes: Los párpados permanecían entreabiertos,

rígidos, azulencos: Las sienes parecían prolongarse inmensamente bajo la

toca. Estaba amortajada en su hábito, y la fimbra se doblaba sobre los

pies descalzos, amarillos como la cera...

Al terminarse los responsos, cuando Fray Lope Castellar se volvía para

bendecir á los fieles, alzáronse en tropel algunos mercenarios de mi

escolta, apostados en la puerta durante la misa, y como gerifaltes

cayeron sobre el prebisterio, aprisionando á un mancebo arrodillado,

que se revolvió bravamente al sentir sobre sus hombros tantas manos, y

luchó encorvado y rugiente, hasta que, vencido por el número, cayó sobre

las gradas. Las monjas, dando alaridos, huyeron del coro. Fray Lope

Castellar adelantóse estrechando el cáliz sobre el pecho:

--¿Qué hacéis, mal nacidos?

Y el mancebo, que jadeaba derribado en tierra, gritó:

--¡Fray Lope!... ¡No se vende así al amigo!

--¡Ni tal sospeches, Guzmán!

Y entonces aquel hombre hizo como el jabalí herido y acosado que se

sacude los alanos: De pronto le vi erguido en pie, revolverse entre

el tropel que le sujetaba, libertar los brazos y atravesar la iglesia

corriendo. Llegó á la puerta, y encontrándola cerrada, se revolvió

con denuedo. De un golpe arrancó la cadena que servía para tocar las

campanas, y armado con ella hizo defensa. Yo, admirando como se merecía

tanto valor y tanto brío, saqué las pistolas y me puse de su lado:

--¡Alto ahí!...

Los hombres de la escolta quedaron indecisos, y en aquel momento, Fray

Lope, que permanecía en el presbiterio, abrió la puerta de la sacristía,

que rechinó largamente. El mancebo, haciendo con la cadena un terrible

molinete, pasó sobre el féretro de la monja, rompió la hilera de cirios

y ganó aquella salida. Los otros le persiguieron dando gritos, pero la

puerta se cerró de golpe ante ellos, y volviéronse contra mí, alzando

los brazos con amenazador despecho. Yo, apoyado en la reja del coro,

dejé que se acercasen, y disparé mis dos pistolas. Abrióse el grupo

repentinamente silencioso, y cayeron dos hombres. La Niña Chole se

levantó trágica y bella:

--¡Quietos!... ¡Quietos!...

Aquellos mercenarios no la oyeron. Con encarnizado vocerío viniéronse

para mí, amenazándome con sus pistolas. Una lluvia de balas se aplastó

en la reja del coro. Yo, milagrosamente ileso, puse mano al machete:

--¡Atrás!... ¡Atrás, canalla!

La Niña Chole se interpuso, gritando con angustia:

--¡Si respetáis su vida, he de daros harta plata!

Un viejo que á guisa de capitán estaba delante, volvió hacia ella los

ojos fieros y encendidos. Sus barbas chivas temblaban de cólera:

--Niña, la cabeza de Juan Guzmán está pregonada.

--Ya lo sé.

--Si le hubiésemos entregado vivo, tendríamos cien onzas.

--Las tendréis.

Hubo otra ráfaga de voces violentas y apasionadas. El viejo mercenario

alzó los brazos imponiendo silencio:

--¡Dejad á la gente que platique!

Y con la barba siempre temblona, volvióse á nosotros:

--¿Los compañeros ahí tendidos como perros, no valen ninguna cosa?

--La Niña Chole murmuró con afán:

--¡Sí!... ¿Qué quieres?

--Eso ha de tratarse con despacio.

--Bueno...

Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín · 第 2 / 5 段