La Niña Chole se levantó al amanecer y abrió los balcones. En la alcoba

penetró un rayo de sol tan juguetón, tan vivo, tan alegre, que al

verse en el espejo se deshizo en carcajadas de oro. El sinsonte agitóse

dentro de su jaula y prorrumpió en gorjeos: La Niña Chole también

gorjeó el estribillo de una canción fresca como la mañana. Estaba muy

bella arrebujada en aquella túnica de seda, que envolvía en una celeste

diafanidad su cuerpo de diosa. Me miraba guiñando los ojos y entre

borboteos de risas y canciones besaba los jazmines que se retorcían á la

reja. Con el cabello destrenzándose sobre los hombros desnudos, con su

boca riente y su carne morena, la Niña Chole era una tentación. Tenía

despertares de aurora alegres y triunfantes. De pronto se volvió hacia

mí con un mohín delicioso:

--¡Arriba, perezoso!... ¡Arriba!

Al mismo tiempo salpicábame á la cara el agua de rosas que por la noche

dejara en el balcón á serenar:

--¡Arriba!... ¡Arriba!...

Me eché de la hamaca. Viéndome ya en pie, huyó velozmente alborotando

la casa con sus trinos. Saltaba de una canción á otra, como el sinsonte

los travesaños de la jaula, con gentil aturdimiento, con gozo infantil

porque el día era azul, porque el rayo del sol reía allá en el fondo

encantado del espejo. Bajo los balcones resonaba la voz del caballerango

que se daba prisa á embridar nuestros caballos. Las persianas caídas

temblaban al soplo de matinales auras, y el jazmín de la reja, por

aromarlas, sacudía su caperuza de campanillas. La Niña Chole volvió

á entrar. Yo la vi en la luna del tocador, acercarse sobre la punta

de sus chapines de raso, con un picaresco reir de los labios y de los

dientes. Alborozada me gritó al oído:

--¡Vanidoso! ¿Para quién te acicalas?

--¡Para ti, Niña!

--¿De veras?

Mirábame con los ojos entornados, y hundía los dedos entre mis cabellos,

arremolinándomelos. Luego reía locamente y me alargaba un espolín de

oro para que se lo calzase en aquel pie de reina, que no pude menos

de besar. Salimos al patio, donde el indio esperaba con los caballos

del diestro: Montamos y partimos. Las cumbres azules de los montes

se vestían de luz bajo un sol dorado y triunfal. Volaba la brisa en

desiguales ráfagas, húmedas y agrestes como aliento de arroyos y

yerbazales. El alba tenía largos estremecimientos de rubia y sensual

desposada. Las copas de los cedros, iluminadas por el sol naciente, eran

altar donde bandadas de pájaros se casaban, besándose los picos. La Niña

Chole, tan pronto ponía su caballo á galope como le dejaba mordisquear

en los jarales.

Durante todo el camino no dejamos de cruzarnos con alegres cabalgatas

de criollos y mulatos: Desfilaban entre nubes de polvo, al trote de

gallardos potros, enjaezados á la usanza mexicana con sillas recamadas

de oro y gualdrapas bordadas, deslumbrantes como capas pluviales.

Sonaban los bocados y las espuelas, restallaban los látigos, y la

cabalgata pasaba veloz á través de la campiña. El sol arrancaba á

los arneses blondos resplandores y destellaba fugaz en los machetes

pendientes de los arzones. Habían comenzado las ferias, aquellas

famosas ferias de Grijalba, que se juntaban y hacían en la ciudad y

en los bohíos, en las praderas verdes y en los caminos polvorientos,

todo ello al acaso, sin más concierto que el deparado por la ventura.

Nosotros refrenamos los caballos que relinchaban y sacudían las crines.

La Niña Chole me miraba sonriendo, y me alargaba la mano para correr

unidos, sin separarnos.

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SALIENDO de un bosque de palmeras, dimos vista á una

tablada tumultuosa, impaciente con su ondular de hombres y cabalgaduras.

El eco retozón de los cencerros acompañaba las apuestas y decires

chalanescos, y la llanura parecía jadear ante aquel marcial y fanfarrón

estrépito de trotes y de colleras, de fustas y de bocados. Desde

que entramos en aquel campo, monstruosa turba de lisiados nos cercó

clamorante: Ciegos y tullidos, enanos y lazarados nos acosaban, nos

perseguían, rodando bajo las patas de los caballos, corriendo á rastras

por el camino, entre aullidos y oraciones, con las llagas llenas de

polvo, con las canillas echadas á la espalda, secas, desmedradas,

horribles. Se enracimaban golpeándose en los hombros, arrancándose los

chapeos, gateando la moneda que les arrojábamos al paso.

Y así, entre aquel cortejo de hampones, llegamos al jacal de un negro

que era liberto. El paso de las cabalgaduras y el pedigüeño rezo de los

mendigos trájole á la puerta antes que descabalgásemos: Al vernos corrió

ahuyentando con el rebenque la astrosa turba, y vino á tener el estribo

de la Niña Chole, besándola las manos con tantas muestras de humildad

y contento cual si fuese una princesa la que llegaba. Á las voces del

negro acudió toda la prole. El liberto hallábase casado con una andaluza

que había sido doncella de la Niña Chole. La mujer levantó los brazos al

encontrarse con nosotros:

--¡Virgen de mi alma! ¡Los amitos!

Y tomando de la mano á la Niña Chole, hízola entrar en el jacal.

--¡Que no me la retueste el sol, reina mía, piñoncico de oro, que viene

á honrar mi pobreza!

El negro sonreía, mirándonos con sus ojos de res enferma: Ojos de una

mansedumbre verdaderamente animal. Nos hicieron sentar, y ellos quedaron

en pie. Se miraron, y hablando á un tiempo empezaron el relato de la

misma historia:

--Un jarocho tenía dos potricas blancas. ¡Cosa más linda! Blancas como

palomas. ¿Sabe? ¡Qué pintura para la volanta de la Niña!

Y aquí fué donde la Niña Chole no quiso oir más:

--¡Yo deseo verlas! ¡Deseo que me las compres!

Habíase puesto en pie, y se echaba el rebocillo apresuradamente:

--¡Vamos! ¡Vamos!

La andaluza reía maliciosamente:

--¡Cómo se conoce que su merced no le satisface ningún antojico!

Dejó de sonreir, y añadió cual si todo estuviese ya resuelto:

--El amito va con mi hombre. Para la Niña está muy calurosa la sazón.

Entonces el negro abrió la puerta, y la Niña Chole me empujó con mimos

y arrumacos muy gentiles. Salí acompañado del antiguo esclavo, que, al

verse fuera, empezó por suspirar y concluyó salmodiando el viejo cuento

de sus tristezas. Caminaba á mi lado con la cabeza baja, siguiéndome

como un perro entre la multitud, interrumpiéndose y tornando á empezar,

siempre zongueando cuitas de paria y de celoso:

--¡Ella toda la vida con hombres, amito! ¡Una perdición!... ¡Y no es con

blancos, niño! ¡Ay, amito, no es con blancos!... Á la gran chiva se le

da todo por los morenos. ¡Dígame no más que sinvergüenzada, niño!...

Su voz era lastimera, resignada, llena de penas: Verdadera voz de

siervo. No le dolía el engaño por la afrenta de hacerle cornudo, sino

por la baja elección que la andaluza hacía: Era celoso intermitente,

como ocurre con la gente cortesana que medra de sus mujeres. El Duque

de Saint Simón le hubiera loado en sus Memorias, con aquel delicado y

filosófico juicio que muestra hablando de España, cuando se desvanece en

un éxtasis, ante el contenido moral de estas dos palabras tan castizas:

Cornudo Consentido.

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DE UN CABO al otro recorrimos la feria. Sobre el lindar

del bosque, á la sombra de los cocoteros, la gente criolla bebía y

cantaba con ruidoso jaleo de olés y palmadas. Reía el vino en las copas,

y la guitarra española, sultana de la fiesta, lloraba sus celos moriscos

y sus amores con la blanca luna de la Alpujarra. El largo lamento de

las guajiras expiraba deshecho entre las herraduras de los caballos.

Los asiáticos, mercaderes chinos y japoneses, pasaban estrujados en

el ardiente torbellino de la feria, siempre lacios, siempre mustios,

sin que un estremecimiento alegre recorriese su trenza. Amarillentos

como figuras de cera, arrastraban sus chinelas entre el negro gentío,

pregonando con femeniles voces abanicos de sándalo y bastones de carey.

Recorrimos la feria sin dar vista por parte alguna á las tales jacas

blancas. Ya nos tornábamos, cuando me sentí detenido por el brazo.

Era la Niña Chole: Estaba muy pálida, y aun cuando procuraba sonreir,

temblaban sus labios, y adiviné una gran turbación en sus ojos: Puso

ambas manos en mis hombros y exclamó con fingida alegría:

--Oye, no quiero verte enfadado.

Colgándose de mi brazo, añadió:

--Me aburría, y he salido... Á espaldas del jacal hay un reñidero de

gallos. ¿No sabes? ¡Estuve allí, he jugado y he perdido!

Interrumpióse volviendo la cabeza con gracioso movimiento, y me indicó

al blondo, al gigantesco adolescente, que se descoyuntó saludando:

--Este caballero tiene la honra de ser mi acreedor.

Aquellas extravagancias producían siempre en mi ánimo un despecho sordo

y celoso, tal, que pronuncié con altivez:

--¿Qué ha perdido esta señora?

Habíame figurado que el jugador rehusaría galantemente cobrar su deuda,

y quería obligarle con mi actitud fría y desdeñosa. El bello adolescente

sonrió con la mayor cortesía:

--Antes de apostar, esta señora me advirtió que no tenía dinero.

Entonces convinimos que cada beso suyo valía cien tostones: Tres besos

ha jugado y los tres ha perdido.

Yo me sentí palidecer. Pero cuál no sería mi asombro al ver que la Niña

Chole, retorciéndose las manos, pálida, casi trágica, se adelantaba

exclamando:

--¡Yo pagaré! ¡Yo pagaré!

La detuve con un gesto, y enfrentándome con el hermoso adolescente, le

grité restallando las palabras como latigazos:

--Esta mujer es mía, y su deuda también.

Y me alejé, arrastrando á la Niña Chole. Anduvimos algún tiempo en

silencio: De pronto, ella, oprimiéndome el brazo, murmuró en voz muy

queda:

--¡Oh, qué gran señor eres!

Yo no contesté. La Niña Chole empezó á llorar en silencio, apoyó la

cabeza en mi hombro, y exclamó con un sollozo de pasión infinita:

--¡Dios mío! ¡Qué no haría yo por ti!...

Sentadas á las puertas de los jacales, indias andrajosas, adornadas

con amuletos y sartas de corales, vendían plátanos y cocos. Eran

viejas de treinta años, arrugadas y caducas, con esa fealdad quimérica

de los ídolos. Su espalda lustrosa brillaba al sol, sus senos negros

y colgantes recordaban las orgías de las brujas y de los trasgos.

Acurrucadas al borde del camino, como si tiritasen bajo aquel sol

ardiente, medio desnudas, desgreñadas, arrojando maldiciones sobre la

multitud, parecían sibilas de algún antiguo culto lúbrico y sangriento.

Sus críos, tiznados y esbeltos como diablos, acechaban por los

resquicios de las barracas, y, huroneando, se metían bajo los toldos de

lona, donde tocaban organillos dislocados. Mulatas y jarochos ejecutaban

aquellas extrañas danzas voluptuosas que los esclavos trajeron del

África, y el zagalejo de colores vivos flameaba en los quiebros y

mudanzas de los bailes sagrados con que á la sombra patriarcal del

baobad eran sacrificados los cautivos.

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LLEGAMOS al jacal. Yo ceñudo y de mal talante, me arrojé

sobre la hamaca, y con grandes voces mandé á los caballerangos que

ensillasen para partir inmediatamente. La sombra negruzca de un indio

asomó en la puerta:

--Señor, el ruano que montaba la Niña tiene desenclavada una

herradura... ¿Se la enclavo, señor?

Me incorporé en la hamaca con tal violencia, que el indio retrocedió

asustado. Volviendo á tenderme le grité:

--¡Date prisa, con mil demonios, Cuactemocín!

La Niña Chole me miró pálida y suplicante:

--No grites. ¡Si supieses cómo me asustas!...

Yo cerré los ojos sin contestar, y hubo un largo silencio en el interior

oscuro y caluroso del jacal. El negro iba y venía con tácitas pisadas,

regando el suelo alfombrado de yerba. Fuera se oía el piafar de los

caballos, y las voces de los indios, que al embridarlos les hablaban.

En el hueco luminoso de la puerta, las moscas del ganado zumbaban su

monótona canción estival. La Niña Chole se levantó y vino á mi lado.

Silenciosa y suspirante me acarició la frente con dedos de hada: Después

me dijo:

--¡Oh!... ¿Serías capaz de matarme si el ruso fuese un hombre?

--No...

--¿De matarlo á él?

--Tampoco.

--¿No harías nada?

--Nada.

--¿Es que me desprecias?

--Es que no eres la Marquesa de Bradomín.

Quedó un momento indecisa, con los labios trémulos. Yo cerré los ojos

y esperé sus lágrimas, sus quejas, sus denuestos, pero la Niña Chole

guardó silencio, y continuó acariciando mis cabellos como una esclava

sumisa. Al cabo, sus dedos de hada borraron mi ceño y me sentí dispuesto

á perdonar. Yo sabía que el pecado de la Niña Chole era el eterno

pecado femenino, y mi alma enamorada no podía menos de inclinarse á la

indulgencia. Sin duda la Niña Chole era curiosa y perversa como aquella

mujer de Lot convertida en estatua de sal. Pero al cabo de los siglos,

también la justicia divina se muestra mucho más clemente que antaño,

con las mujeres de los hombres. Sin darme cuenta caí en la tentación

de admirar como una gloria linajuda, aquel remoto abolengo envuelto en

una leyenda bíblica. Era indudable que el alto Cielo perdonaba á la

Niña Chole, y juzgué que no podía menos de hacer lo mismo el Marqués de

Bradomín. Libre el corazón de todo rencor, abrí los ojos bajo el suave

cosquilleo de aquellos dedos invisibles, y murmuré sonriente:

--Niña, no sé qué bebedizo me has dado que todo lo olvido...

Ella repuso, al mismo tiempo que sus mejillas se teñían de rosa:

--Es porque no soy la Marquesa de Bradomín.

Y calló, tal vez esperando una disculpa amante, pero yo preferí guardar

silencio, y juzgué que era bastante desagravio besar su mano. Ella la

retiró esquiva, y en un silencio lento, sus hermosos ojos de princesa

oriental se arrasaron de lágrimas. Felizmente no rodaban aún por sus

mejillas, cuando el indio reapareció en la puerta trayendo nuestros

caballos del diestro, y pude salir del jacal como si nada de aquel dolor

hubiese visto. Cuando la Niña Chole asomó en la puerta, ya parecía

serena. Le tuve el estribo para que montase, y un instante después, con

alegre y trotante fanfarria, atravesamos el real.

Un jinete cruzó por delante de nosotros caracoleando su caballo, y

me pareció que la Niña Chole palidecía al verle, y se tapaba con el

rebocillo. Yo simulé no advertirlo, y nada dije, huyendo de mostrarme

celoso. Después, cuando salíamos al rojo y polvoriento camino, divisé

otros jinetes apostados lejos, en lo alto de una loma: Y como si

allí estuviesen en espera nuestra, bajaron al galope cuando pasamos

faldeándola. Apenas lo advertí me detuve, y mandé detener á mi gente. El

que venía al frente del otro bando daba fieras voces y corría con las

espuelas puestas en los ijares. La Niña Chole, al reconocerle, lanzó un

grito y se arrojó á tierra, implorando perdón con los brazos abiertos:

--¡Vuelven á verte mis ojos!... ¡Mátame, aquí me tienes! ¡Mi rey! ¡Mi

rey querido!...

El jinete levantó de manos su caballo con amenazador continente, y

quiso venir sobre mí. La Niña Chole lo estorbó asiéndose á las riendas

desolada y trágica:

--¡Su vida, no! ¡Su vida, no!

Al ver aquella postrera muestra de amor me sentí conmovido. Yo estaba

á la cabeza de mi gente, que parecía temerosa, y el jinete, alzado en

los estribos, la contó con sus ojos fieros, que acabaron lanzándome una

mirada sañuda. Juraría que también tuvo miedo: Sin desplegar los labios

alzó el látigo sobre la Niña Chole, y le cruzó el rostro. Ella todavía

gimió:

--¡Mi rey!... ¡Mi rey querido!...

El jinete se dobló sobre el arzón donde asomaban las pistolas, y rudo

y fiero la alzó del suelo asentándola en la silla. Después, como un

raptor de los tiempos heroicos, huyó lanzándome terribles denuestos.

Pálido y mudo vi cómo se la llevaba: Hubiera podido rescatarla, y, sin

embargo, no lo hice. Yo había sido otras veces un gran pecador, pero

entonces al adivinar quién era aquel hombre, sentíame arrepentido.

La Niña Chole por hija y por esposa, pertenecía al fiero mexicano,

y mi corazón se humillaba resignado acatando aquellas dos sagradas

potestades. Desengañado para siempre del amor y del mundo, hinqué las

espuelas al caballo y galopé hacia los llanos solitarios del Tixul,

seguido de mi gente que se hablaba en voz baja comentando el suceso.

Todos aquellos indios hubieran seguido de buen grado al raptor de la

Niña Chole. Parecían fascinados como ella, por el látigo del general

Diego Bermúdez. Yo sentía una fiera y dolorosa altivez al dominarme.

Mis enemigos, los que osan acusarme de todos los crímenes, no podrán

acusarme de haber reñido por una mujer. Nunca como entonces he sido fiel

á mi divisa: Despreciar á los demás y no amarse á sí mismo.

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ENCORVADOS bajo aquel sol ardiente, abandonadas las

riendas sobre el cuello de los caballos, silenciosos, fatigados y

sedientos, cruzábamos la arenosa sabana, viendo eternamente en la

lejanía el lago del Tixul, que ondulaba con movimiento perezoso y

fresco, mojando la cabellera de los mimbrales que se reflejaban en el

fondo de los remansos encantados... Atravesábamos las grandes dunas,

parajes yermos sin brisas ni murmullos. Sobre la arena caliente se

paseaban los lagartos con caduca y temblona beatitud de faquires

centenarios, y el sol caía implacable requemando la tierra estéril que

parecía sufrir el castigo de algún oscuro crimen geológico. Nuestros

caballos, extenuados por jornada tan penosa, alargaban el cuello, que

se bajaba y se tendía en un vaivén de sopor y de cansancio: Con los

ijares flácidos y ensangrentados, adelantaban trabajosamente enterrando

los cascos en la arena negra y movediza. Durante horas y horas, los

ojos se fatigaban contemplando un horizonte blanquecino y calcinado. La

angustia del mareo pesaba en los párpados, que se cerraban con modorra

para abrirse después de un instante sobre las mismas lejanías muertas y

olvidadas...

Hicimos un largo día de cabalgada á través de negros arenales, y tal

era mi fatiga y tal mi adormecimiento, que para espolear el caballo

necesitaba hacer ánimos. Apenas si podía tenerme sobre la montura.

Como en una expiación dantesca, veía á lo lejos el verdeante lago del

Tixul, donde esperaba hacer un alto. Era ya mediada la tarde, y los

rayos del sol dejaban en las aguas una estela de oro cual si acabase de

surcarlas el bajel de las hadas... Aún nos hallábamos á larga distancia,

cuando advertimos el almizclado olor de los cocodrilos aletargados

fuera del agua, en la playa cenagosa. La inquietud de mi caballo, que

temblaba levantando las orejas y sacudiendo la crin, me hizo enderezar

en la silla, afirmarme y recobrar las riendas que llevaba sueltas

sobre el borrén. Como la proximidad de los caimanes le asustaba y el

miedo dábale bríos para retroceder piafante, hube de castigarle con

la espuela, y le puse al galope. Toda la escolta me siguió. Cuando

estuvimos cerca, los cocodrilos entraron perezosamente en el agua.

Nosotros bajamos en tropel hasta la playa. Algunos pájaros de largas

alas, que hacían nido en la junquera, levantaron el vuelo asustados

por la zalagarda de los criados, que entraban en el agua cabalgando,

metiéndose hasta más arriba de la cincha. En la otra orilla un cocodrilo

permaneció aletargado sobre la ciénaga con las fauces abiertas, con los

ojos vueltos hacia el sol, inmóvil, monstruoso, indiferente como una

divinidad antigua.

Vino presuroso mi caballerango á tenerme el estribo, pero yo rehusé

apearme. Había cambiado de propósito, y quería vadear el Tixul sin

darle descanso á las cabalgaduras, pues ya la noche se nos echaba

encima. Atentos á mi deseo los indios que venían en la escolta,

magníficos jinetes todos ellos, metiéronse resueltamente lago adelante:

Con sus picas de boyeros tentaban el vado. Grandes y extrañas flores

temblaban sobre el terso cristal entre verdosas y repugnantes algas.

Los jinetes, silenciosos y casi desnudos, avanzaban al paso con suma

cautela: Era un tropel de negros centauros. Á lo lejos cruzaban por

delante de los caballos islas flotantes de gigantescas nínfeas, y

vivaces lagartos saltaban de unas en otras como duendes enredadores y

burlescos. Aquellas islas floridas se deslizaban bajo alegre palio de

mariposas, como en un lago de ensueño, lenta, lentamente, casi ocultas

por el revoloteo de las alas blancas y azules bordadas de oro. El lago

del Tixul parecía uno de esos jardines como sólo existen en los cuentos.

Cuando yo era niño me adormecían refiriéndome la historia de un jardín

así... ¡También estaba sobre un lago, una hechicera lo habitaba y en las

flores pérfidas y quiméricas, rubias princesas y rubios príncipes tenían

encantamento!...

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YA EL TROPEL de centauros nadaba por el centro del

Tixul, cuando un cocodrilo que en la otra orilla parecía sumido en

éxtasis, entró lentamente en el agua y desapareció... No quise hacer

más larga espera en la playa, y halagando el cuello de mi caballo, le

fuí metiendo en la laguna paso á paso. Cuando tuvo el agua á la cincha

comenzó á nadar, y casi al mismo tiempo me reconocí cercado por un copo

fantástico de ojos redondos, amarillentos, nebulosos, que aparecían

solos á flor de agua... ¡Aquellos ojos me miraban, estaban fijos en

mí!... Confieso que en tal momento sentí el frío y el estremecimiento

del miedo. El sol hallábase en el ocaso, y como yo lo llevaba de frente,

me hería y casi me cegaba, de suerte que para esquivarle érame forzoso

contemplar las mudas ondas del Tixul, aun cuando me daba vértigo aquel

poder de los caimanes para no dejar fuera del agua más que los ojos de

monstruos, ojos sin párpados, que unas veces giran en todos sentidos

y otras se fijan con una mirada estacionaria... Hasta que el caballo

volvió á cobrar tierra bajo el casco, lanzándose seguro hacia la orilla,

no respiré sin zozobra. Mi gente esperaba tendida á lo largo, corriendo

y caracoleando. Nos reunimos y continuamos la ruta á través de los

negros arenales.

Se puso el sol entre presagios de tormenta. El terral soplaba con furia,

removiendo y aventando las arenas, como si quisiese tomar posesión de

aquel páramo inmenso todo el día letargado por el calor. Espoleamos

los caballos y corrimos contra el viento y el polvo. Ante nosotros se

extendían las dunas en la indecisión del crepúsculo desolado y triste,

agitado por las ráfagas apocalípticas de un ciclón. Casi rasando la

tierra pasaban bandadas de buitres con revoloteo tardo, fatigado é

incierto. Cerró la noche y á lo lejos vimos llamear muchas hogueras.

De tiempo en tiempo un relámpago rasgaba el horizonte y las dunas

aparecían solitarias y lívidas. Empezaron á caer gruesas gotas de agua.

Los caballos sacudían las orejas y temblaban como calenturientos.

Las hogueras, atormentadas por el huracán, se agitaban de improviso ó

menguaban hasta desaparecer. Los relámpagos, cada vez más frecuentes,

dejaban en los ojos la visión temblorosa y fugaz del paraje inhospito.

Nuestros caballos con las crines al viento, lanzaban relinchos de

espanto y procuraban orientarse, buscándose en la oscuridad de la

noche bajo el aguacero. La luz caótica de los relámpagos, daba á la

yerma vastedad el aspecto de esos parajes quiméricos de las leyendas

penitentes: Desiertos de cenizas y arenales sin fin que rodean el

Infierno.

Guiándonos por las hogueras, llegamos á un gran raso de yerba donde

cabeceaban, sacudidos por el viento, algunos cocoteros desgreñados,

enanos y salvajes. El aguacero había cesado repentinamente y la

tormenta parecía ya muy lejana. Dos ó tres perros salieron ladrando á

nuestro encuentro, y en la lejanía otros ladridos respondieron á los

suyos. Vimos en torno de la lumbre agitarse y vagar figuras de mal

agüero: Rostros negros y dientes blancos que las llamas iluminaban. Nos

hallábamos en un campo de jarochos, mitad bandoleros y mitad pastores,

que conducían numerosos rebaños á las ferias de Grijalba.

Al vernos llegar galopando en tropel, de todas partes acudían hombres

negros y canes famélicos: Los hombres tenían la esbeltez que da el

desierto y actitudes de reyes bárbaros magníficas, sanguinarias... En el

cielo la luna, enlutada como viuda ideal, dejaba caer la tenue sonrisa

de su luz sobre la ruda y aulladora tribu. Á veces entre el vigilante

ladrido de los canes y el áspero vocear del pastoreo errante, percibíase

el estremecimiento de las ovejas, y llegaban hasta nosotros ráfagas

de establo, campesinas y robustas como un aliento de vida primitiva.

Sonaban las esquilas con ingrávido campanilleo, ardían en las fogatas

haces de olorosos rastrojos, y el humo subía blanco, feliz y cargado de

aromas, como el humo de los rústicos y patriarcales sacrificios.

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Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín · 第 4 / 5 段