Envuelto en el rosado vapor que la claridad del alba extendí

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PERLADO, PAEZ Y COMPAÑÍA, EDITORES.--MADRID

OPERA OMNIA

SONATA DE ESTIO

MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN

VOL VI

SONATA DE ESTIO

MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN

LAS PVBLICA DON RAMON DEL VALLE-INCLAN

OPERA OMNIA

VOL VI

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MEMORIAS

DEL

MARQVÉS DE BRADOMIN

QUERÍA OLVIDAR unos amores desgraciados, y pensé

recorrer el mundo en romántica peregrinacion. ¡Aún suspiro al

recordarlo! Aquella mujer tiene en la historia de mi vida un recuerdo

galante, cruel y glorioso, como lo tienen en la historia de los pueblos

Thais la de Grecia, y Ninon la de Francia, esas dos cortesanas menos

bellas que su destino. ¡Acaso el único destino que merece ser envidiado!

Yo hubiérale tenido igual, y quizá más grande, de haber nacido mujer:

Entonces lograría lo que jamás pude lograr. Á las mujeres para ser

felices les basta con no tener escrúpulos, y probablemente, no los

hubiera tenido esa quimérica Marquesa de Bradomín. Dios mediante, haría

como las gentiles marquesas de mi tiempo que ahora se confiesan todos

los viernes, después de haber pecado todos los días. Por cierto que

algunas se han arrepentido todavía bellas y tentadoras, olvidando que

basta un punto de contrición al sentir cercana la vejez.

Por aquellos días de peregrinación sentimental era yo joven y algo

poeta, con ninguna experiencia y harta novelería en la cabeza. Creía

de buena fe en muchas cosas que ahora pongo en duda, y libre de

escepticismos, dábame buena prisa á gozar de la existencia. Aunque

no lo confesase, y acaso sin saberlo, era feliz, con esa felicidad

indefinible que da el poder amar á todas las mujeres. Sin ser un

donjuanista, he vivido una juventud amorosa y apasionada, pero de amor

juvenil y bullente, de pasión equilibrada y sanguínea. Los decadentismos

de la generación nueva no los he sentido jamás, Todavía hoy, después de

haber pecado tanto, tengo las mañanas triunfantes, y no puedo menos de

sonreir recordando que hubo una época lejana donde lloré por muerto á mi

corazón: Muerto de celos, de rabia y de amor.

Decidido á correr tierras, al principio dudé sin saber á dónde dirigir

mis pasos: Después, dejándome llevar de un impulso romántico, fuí á

México. Yo sentía levantarse en mi alma, como un canto homérico, la

tradición aventurera de todo mi linaje. Uno de mis antepasados, Gonzalo

de Sandoval, había fundado en aquellas tierras el Reino de la Nueva

Galicia, otro había sido Inquisidor General, y todavía el Marqués de

Bradomín conservaba allí los restos de un mayorazgo, deshecho entre

legajos de un pleito. Sin meditarlo más, resolví atravesar los mares. Me

atraía la leyenda mexicana con sus viejas dinastías y sus dioses crueles.

Embarqué en Londres, donde vivía emigrado desde la traición de Vergara,

é hice el viaje á vela en aquella fragata «La Dalila» que después

naufragó en las costas de Yucatán. Como un aventurero de otros tiempos,

iba á perderme en la vastedad del viejo Imperio Azteca, imperio de

historia desconocida, sepultada para siempre con las momias de sus

reyes, entre restos ciclópeos que hablan de civilizaciones, de cultos,

de razas que fueron y sólo tienen par en ese misterioso cuanto remoto

Oriente.

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AUN CUANDO toda la navegación tuvimos tiempo de bonanza,

como yo iba herido de mal de amores, apenas salía de mi camarote ni

hablaba con nadie. Cierto que viajaba para olvidar, pero hallaba tan

novelescas mis cuitas, que no me resolvía á ponerlas en olvido. En

todo me ayudaba aquello de ser inglesa la fragata y componerse el

pasaje de herejes y mercaderes. ¡Ojos perjuros y barbas de azafrán!

La raza sajona es la más despreciable de la tierra. Yo contemplando

sus pugilatos grotescos y pueriles sobre la cubierta de la fragata, he

sentido un nuevo matiz de la vergüenza: La vergüenza zoológica.

¡Cuán diferente había sido mi primer viaje á bordo de un navío genovés,

que conducía viajeros de todas las partes del mundo! Recuerdo que al

tercer día ya tuteaba á un príncipe napolitano, y no hubo entonces

damisela mareada á cuya pálida y despeinada frente no sirviese mi mano

de reclinatorio. Érame divertido entrar en los corros que se formaban

sobre cubierta á la sombra de grandes toldos de lona, y aquí chapurrear

el italiano con los mercaderes griegos de rojo fez y fino bigote negro,

y allá encender el cigarro en la pipa de los misioneros armenios. Había

gente de toda laya: Tahures que parecían diplomáticos, cantantes

con los dedos cubiertos de sortijas, abates barbilindos que dejaban

un rastro de almizcle, y generales americanos, y toreros españoles,

y judíos rusos, y grandes señores ingleses. Una farándula exótica y

pintoresca que con su algarabía causaba vértigo y mareo. Era por los

mares de Oriente, con rumbo á Jafa. Yo iba como peregrino á Tierra Santa.

El amanecer de las selvas tropicales, cuando sus macacos aulladores

y sus verdes bandadas de guacamayos saludan al sol, me ha recordado

muchas veces los tres puentes del navío genovés, con su feria babélica

de tipos, de trajes y de lenguas, pero más, mucho más me lo recordaron

las horas untadas de opio que constituían la vida á bordo de «La

Dalila». Por todas partes asomaban rostros pecosos y bermejos, cabellos

azafranados y ojos perjuros. Herejes y mercaderes en el puente, herejes

y mercaderes en la cámara. ¡Cualquiera tendría para desesperarse! Yo,

sin embargo, lo llevaba con paciencia. Mi corazón estaba muerto, tan

muerto, que no digo la trompeta del Juicio, ni siquiera unas castañuelas

le resucitarían. Desde que el cuitado diera las boqueadas, yo parecía

otro hombre: Habíame vestido de luto, y en presencia de las mujeres, á

poco lindos que tuviesen los ojos, adoptaba una actitud lúgubre de poeta

sepulturero y doliente. En la soledad del camarote edificaba mi espíritu

con largas reflexiones, considerando cuán pocos hombres tienen la suerte

de llorar una infidelidad que hubiera cantado el divino Petrarca.

Por no ver aquella taifa luterana, apenas asomaba sobre cubierta.

Solamente cuando el sol declinaba iba á sentarme en la popa, y allí,

libre de importunos, pasábame las horas viendo borrarse la estela de

la fragata. El mar de las Antillas, con su trémulo seno de esmeralda

donde penetraba la vista, me atraía, me fascinaba, como fascinan los

ojos verdes y traicioneros de las hadas que habitan palacios de cristal

en el fondo de los lagos. Pensaba siempre en mi primer viaje. Allá,

muy lejos, en la lontananza azul donde se disipan las horas felices,

percibía como en esbozo fantástico las viejas placenterías. El lamento

informe y sinfónico de las olas despertaba en mí un mundo de recuerdos:

Perfiles desvanecidos, ecos de risas, murmullo de lenguas extranjeras,

y los aplausos y el aleteo de los abanicos mezclándose á las notas

de la tirolesa que en la cámara de los espejos cantaba Lilí. Era una

resurrección de sensaciones, una esfumación deliciosa del pasado, algo

etéreo, brillante, cubierto de polvo de oro, como esas reminiscencias

que los sueños nos dan á veces de la vida.

Nuestra primera escala en aguas de México, fué San Juan

de Tuxtlan. Recuerdo que era media mañana cuando bajo un sol abrasador

que resecaba las maderas y derretía la brea, dimos fondo en aquellas

aguas de bruñida plata. Los barqueros indios, verdosos como antiguos

bronces, asaltan la fragata por ambos costados, y del fondo de sus

canoas sacan exóticas mercancías: Cocos esculpidos, abanicos de palma y

bastones de carey, que muestran sonriendo como mendigos á los pasajeros

que se apoyan sobre la borda. Cuando levanto los ojos hasta los peñascos

de la ribera, que asoman la tostada cabeza entre las olas, distingo

grupos de muchachos desnudos que se arrojan desde ellos y nadan grandes

distancias, hablándose á medida que se separan y lanzando gritos.

Algunos descansan sentados en las rocas, con los pies en el agua: Otros

se encaraman para secarse al sol, que los ilumina de soslayo, gráciles y

desnudos, como figuras de un friso del Parthenón.

Por huir del enojo que me causaba la vida á bordo, decidíme á

desembarcar. No olvidaré nunca las tres horas mortales que duró el

pasaje desde la fragata á la playa. Aletargado por el calor, voy todo

este tiempo echado en el fondo de la canoa de un negro africano que

mueve los remos con lentitud desesperante. Á través de los párpados

entornados veía erguirse y doblarse sobre mí, guardando el mareante

compás de la bogada, aquella figura de carbón, que unas veces me

sonríe con sus abultados labios de gigante, y otras silba esos aires

cargados de religioso sopor, una música compuesta solamente de tres

notas tristes, con que los magnetizadores de algunas tribus salvajes

adormecen á las grandes culebras. Así debía ser el viaje infernal de los

antiguos en la barca de Carón: Sol abrasador, horizontes blanquecinos y

calcinados, mar en calma sin brisas ni murmullos, y en el aire todo el

calor de las fraguas de Vulcano.

Cuando arribamos á la playa, se levantaba una fresca ventolina, y el

mar, que momentos antes semejaba de plomo, empezaba á rizarse. «La

Dalila» no tardaría en levar anclas para aprovechar el viento que

llegaba tras largos días de calma. Solamente me quedaban algunas horas

para recorrer aquel villaje indio. De mi paseo por las calles arenosas

de San Juan de Tuxtlan conservo una impresión somnolente y confusa,

parecida á la que deja un libro de grabados hojeado perezosamente

en la hamaca durante el bochorno de la siesta. Hasta me parece que

cerrando los ojos, el recuerdo se aviva y cobra relieve. Vuelvo á

sentir la angustia de la sed y el polvo: Atiendo el despacioso ir y

venir de aquellos indios ensabanados como fantasmas, oigo la voz melosa

de aquellas criollas ataviadas con graciosa ingenuidad de estatuas

clásicas, el cabello suelto, los hombros desnudos, velados apenas por

rebocillo de transparente seda.

Aun á riesgo de que la fragata se hiciese al mar, busqué un caballo y

me aventuré hasta las ruinas de Tequil. Un indio adolescente me sirvió

de guía. El calor era insoportable. Casi siempre al galope, recorrí

extensas llanuras de Tierra Caliente, plantíos que no acaban nunca,

de henequen y caña dulce. En la línea del horizonte se perfilaban

las colinas de configuración volcánica revestidas de maleza espesa y

verdinegra. En la llanura los chaparros tendían sus ramas, formando una

á modo de sombrilla gigantesca, y sentados en rueda, algunos indios

devoraban la miserable ración de tamales.

Nosotros seguíamos una senda roja y polvorienta. El guía, casi desnudo,

corría delante de mi caballo. Sin hacer alto una sola vez, llegamos

á Tequil. En aquellas ruinas de palacios, de pirámides y de templos

gigantes, donde crecen polvorientos sicomoros y anidan verdes reptiles,

he visto por vez primera una singular mujer, á quien sus criados indios,

casi estoy por decir sus siervos, llamaban dulcemente la Niña Chole.

Me pareció la Salambó de aquellos palacios. Venía de camino hacia San

Juan de Tuxtlan y descansaba á la sombra de una pirámide, entre el

cortejo de sus servidores. Era una belleza bronceada, exótica, con esa

gracia extraña y ondulante de las razas nómadas, una figura hierática y

serpentina, cuya contemplación evocaba el recuerdo de aquellas princesas

hijas del sol, que en los poemas indios resplandecen con el doble

encanto sacerdotal y voluptuoso. Vestía como las criollas yucatecas,

albo hipil recamado con sedas de colores, vestidura indígena semejante á

una tunicela antigua, y zagalejo andaluz, que en aquellas tierras ayer

españolas, llaman todavía con el castizo y jacaresco nombre de fustán.

El negro cabello caíale suelto, el hipil jugaba sobre el clásico seno.

Por desgracia, yo solamente podía verla el rostro aquellas raras veces

que hacia mí lo tornaba, y la Niña Chole tenía esas bellas actitudes

de ídolo, esa quietud estática y sagrada de la raza maya, raza tan

antigua, tan noble, tan misteriosa, que parece haber emigrado del fondo

de la Asiria. Pero á cambio del rostro, desquitábame en aquello que no

alcanzaba á velar el rebocillo, admirando como se merecía la tornátil

morbidez de los hombros y el contorno del cuello. ¡Válgame Dios! Me

parecía que de aquel cuerpo bruñido por el ardiente sol de México se

exhalaban lánguidos efluvios, y que yo los aspiraba, los bebía, que me

embriagaba con ellos...

Un criado indio trae del diestro el palafrén de aquella Salambó, que

le habla en su vieja lengua y cabalga sonriendo. Entonces, al verla de

frente, el corazón me dió un vuelco. Tenía la misma sonrisa de Lilí.

¡Aquella Lilí, no sé si amada, si aborrecida!

DESCANSÉ en un bohío levantado en medio de las ruinas, y

adormecí en la hamaca colgada de un cedro gigantesco que daba sombra á

la puerta. El campo se hundía lentamente en el silencio amoroso y lleno

de suspiros de un atardecer ardiente. La brisa aromada y fecunda de los

crepúsculos tropicales oreaba mi frente. La campiña toda se estremecía

cual si acercarse sintiese la hora de sus nupcias, y exhalaba de sus

entrañas vírgenes un vaho caliente de negra enamorada, potente y deseosa.

Adormecido por el ajetreo, el calor y el polvo, soñé como un árabe que

imaginase haber traspasado los umbrales del Paraíso. ¿Necesitaré decir

que las siete huríes con que me regaló el Profeta eran siete criollas

vestidas de fustán é hipil, y que todas tenían la sonrisa de Lilí y el

mirar de la Niña Chole? Verdaderamente, aquella Salambó de los palacios

de Tequil empezaba á preocuparme demasiado. Lo advertí con terror,

porque estaba seguro de concluir enamorándome locamente de sus lindos

ojos si tenía la desgracia de volver á verlos. Afortunadamente, las

mujeres que así tan de súbito nos cautivan suelen no aparecerse más que

una vez en la vida. Pasan como sombras, envueltas en el misterio de un

crepúsculo ideal. Si volviesen á pasar, quizá desvaneceríase el encanto.

¡Y á qué volver, si una mirada suya basta á comunicarnos todas las

secretas melancolías del amor!

¡Oh románticos devaneos, pobres hijos del ideal, nacidos durante algunas

horas de viaje! ¿Quién llegó á viejo y no ha sentido estremecerse

el corazón bajo la caricia de vuestra ala blanca? ¡Yo guardo en el

alma tantos de estos amores! Aun hoy, con la cabeza llena de canas,

viejo prematuro, no puedo recordar sin melancolía un rostro de mujer,

entrevisto cierta madrugada entre Urbino y Roma, cuando yo estaba en

la Guardia Noble de Su Santidad: Es una figura de ensueño pálida y

suspirante, que flota en lo pasado y esparce sobre todos mis recuerdos

juveniles el perfume ideal de esas flores secas que entre cartas y

rizos, guardan los enamorados, y en el fondo de algún cofrecillo parecen

exhalar el cándido secreto de los primeros amores.

Los ojos de la Niña Chole habían removido en mi alma tan lejanas

memorias, tenues como fantasmas, blancas como bañadas por luz de luna.

Aquella sonrisa, evocadora de la sonrisa de Lilí, había encendido en

mi sangre tumultuosos deseos y en mi espíritu ansia vaga de amor.

Rejuvenecido y feliz, con cierta felicidad melancólica, suspiraba por

los amores ya vividos, al mismo tiempo que me embriagaba con el perfume

de aquellas rosas abrileñas que tornaban á engalanar el viejo tronco. El

corazón, tanto tiempo muerto, sentía con la ola de savia juvenil que lo

inundaba nuevamente, la nostalgia de viejas sensaciones: Sumergíase en

la niebla del pasado y saboreaba el placer de los recuerdos, ese placer

de moribundo que amó mucho y en formas muy diversas. ¡Ay, era delicioso

aquel estremecimiento que la imaginación excitada comunicaba á los

nervios!...

Y en tanto, la noche detendía por la gran llanura su sombra llena de

promesas apasionadas, y los pájaros de largas alas volaban de las

ruinas. Di algunos pasos, y con voces que repitió el eco milenario de

aquellos palacios, llamé al indio que me servía de guía. Con el overo

ya embridado asomó tras un ídolo gigantesco esculpido en piedra roja.

Cabalgué y partimos. El horizonte relampagueaba. Un vago olor marino,

olor de algas y brea, mezclábase por veces al mareante de la campiña,

y allá, muy lejos, en el fondo oscuro del Oriente, se divisaba el

resplandor rojizo de la selva que ardía. La naturaleza, lujuriosa y

salvaje, aún palpitante del calor de la tarde, semejaba dormir el sueño

profundo y jadeante de una fiera fecundada. En aquellas tinieblas

pobladas de susurros nupciales y de moscas de luz que danzan entre las

altas yerbas, raudas y quiméricas, me parecía respirar una esencia

suave, deliciosa, divina: La esencia que la madurez del Estío vierte en

el cáliz de las flores y en los corazones.

YA METIDA LA NOCHE llegamos á San Juan de Tuxtlan.

Descabalgué y arrojando al guía las riendas del caballo, por una calle

solitaria bajé solo á la playa. Al darme en el rostro la brisa del mar,

avizoréme pensando si la fragata habría zarpado. En estas dudas iba,

cuando percibo á mi espalda blando rumor de pisadas descalzas. Un indio

ensabanado se me acerca:

--¿No tiene mi amito cosita que me ordenar?

Nada, nada...

El indio hace señal de alejarse:

--¿Ni precisa que le guíe, niño?

--No preciso nada.

Sombrío y musitando, embózase mejor en la sábana que le sirve de clámide

y se va. Yo sigo adelante camino de la playa. De pronto la voz mansa

y humilde del indio llega nuevamente á mi oído. Vuelvo la cabeza y

le descubro á pocos pasos. Venía á la carrera y cantaba los gozos de

Nuestra Señora de Guadalupe. Me dió alcance y murmuró emparejándose:

--De verdad, niño, si se pierde no sabrá salir de los médanos...

El hombre empieza á cansarme, y me resuelvo á no contestarle. Esto, sin

duda, le anima, porque sigue acosándome buen rato de camino. Calla un

momento y luego, en tono misterioso, añade:

--¿No quiere que le lleve junto á una chinita, mi jefe?... Una tapatia

de quince años que vive aquí merito. Andele, niño, verá bailar el

jarabe. Todavía no hace un mes que la perdió el amo del ranchito de

Huaxila: Niño Nacho, no sabe?

De pronto se interrumpe, y con un salto de salvaje plántaseme delante

en ánimo y actitud de cerrarme el paso: Encorvado, el sombrero en una

mano á guisa de broquel, la otra echada fieramente atrás, armada de una

faca ancha y reluciente. Confieso que me sobrecogí. El paraje era á

propósito para tal linaje de asechanzas: Médanos pantanosos cercados de

negros charcos donde se reflejaba la luna, y allá lejos una barraca de

siniestro aspecto, con los resquicios iluminados por la luz de dentro.

Quizá me dejo robar entonces si llega á ser menos cortés el ladrón y me

habla torvo y amenazante, jurando arrancarme las entrañas y prometiendo

beberse toda mi sangre. Pero en vez de la intimación breve é imperiosa

que esperaba, le escucho murmurar con su eterna voz de esclavo:

--No se llegue, mi amito, que puede clavarse...

Oirle y recobrarme fué obra de un instante. El indio ya se recogía, como

un gato montés, dispuesto á saltar sobre mí. Parecióme sentir en la

medula el frío del acero: Tuve horror á morir apuñalado, y de pronto me

sentí fuerte y valeroso. Con ligero estremecimiento en la voz, grité al

truhán adelantando un paso, apercibido á resistirle:

--¡Andando ó te dejo seco!

El indio no se movió. Su voz de siervo parecióme llena de ironía:

--¡No se arrugue, valedor!... Si quiere pasar, ahí merito, sobre esa

piedra, arríe la plata. Andele, luego, luego.

Otra vez volví á tener miedo de aquella faca reluciente. Sin embargo,

murmuré resuelto:

--¡Ahora vamos á verlo, bandido!

No llevaba armas, pero en las ruinas de Tequil á un indio que vendía

pieles de jaguar, había tenido el capricho de comprarle su bordón que

me encantó por la rareza de las labores. Aún lo conservo: Parece el

cetro de un rey negro, tan oriental, y al mismo tiempo tan ingenua y

primitiva, es la fantasía con que está labrado. Me afirmé los quevedos,

requerí el palo, y con gentil compás de pies, como diría un bravo de ha

dos siglos, adelanté hacia el ladrón, que dió un paso procurando herirme

de soslayo. Por ventura mía, la luna dábale de lleno y advertí el ataque

en sazón de evitarlo. Recuerdo confusamente que intenté un desarme con

amago á la cabeza y golpe al brazo, y que el indio lo evitó jugándome la

luz con destreza de salvaje. Después no sé. Sólo conservo una impresión

angustiosa como de pesadilla. El médano iluminado por la luna; la arena

negra y movediza donde se entierran los pies; el brazo que se cansa;

la vista que se turba; el indio que desaparece, vuelve, me acosa, se

encorva y salta con furia fantástica de gato embrujado; y cuando el

palo va á desprenderse de mi mano, un bulto que huye y el brillo de la

faca que pasa sobre mi cabeza y queda temblando como víbora de plata

clavada en el árbol negro y retorcido de una cruz hecha de dos troncos

chamuscados... Quedéme un momento azorado y sin darme cuenta cabal del

suceso. Como á través de niebla muy espesa, vi abrirse sigilosamente

la puerta de la barraca y salir dos hombres á catear la playa. Recelé

algún encuentro como el pasado y tomé á buen paso camino del mar. Llegué

á punto que largaba un bote de la fragata, donde iba el segundo de á

bordo. Gritéle, y mandó virar para recogerme.

LLEGADO que fuí á la fragata, recogíme á mi camarote, y

como estuviese muy fatigado, me acosté en seguida. Cátate que no bien

apago la luz empiezan á removerse las víboras mal dormidas del deseo

que desde todo el día llevaba enroscadas al corazón, apercibidas á

morderle. Al mismo tiempo sentíame invadido por una gran melancolía,

llena de confusión y de misterio. La melancolía del sexo, germen de

la gran tristeza humana. El recuerdo de la Niña Chole perseguíame

con mariposeo ingrávido y terco. Su belleza índica, y aquel encanto

sacerdotal, aquella gracia serpentina, y el mirar sibilino, y las

caderas ondulosas, la sonrisa inquietante, los pies de niña, los hombros

desnudos, todo cuanto la mente adivinaba, cuanto los ojos vieran,

todo, todo era hoguera voraz en que mi carne ardía. Me figuraba que

las formas juveniles y gloriosas de aquella Venus de bronce florecían

entre céfiros, y que veladas primero se entreabrían turgentes, frescas,

lujuriosas, fragantes como rosas de Alejandría en los jardines de Tierra

Caliente. Y era tal el poder sugestivo del recuerdo, que en algunos

momentos creí respirar el perfume voluptuoso que al andar esparcía su

falda, con ondulaciones suaves.

Poco á poco cerróme los ojos la fatiga, y el arrullo monótono y regular

del agua acabó de sumirme en un sueño amoroso, febril é inquieto,

representación y símbolo de mi vida. Despertéme al amanecer con los

nervios vibrantes, cual si hubiese pasado la noche en un invernadero,

entre plantas exóticas, de aromas raros, afroditas y penetrantes. Sobre

mi cabeza sonaban voces confusas y blando pataleo de pies descalzos,

todo ello acompañado de mucho chapoteo y trajín. Empezaba la faena del

baldeo. Me levanté y subí al puente. Heme ya respirando la ventolina que

huele á brea y algas. En aquella hora el calor es deleitante. Percíbense

en el aire estremecimientos voluptuosos: El horizonte ríe bajo un

hermoso sol.

Envuelto en el rosado vapor que la claridad del alba extendía sobre

el mar azul, adelantaba un esquife. Era tan esbelto, ligero y blanco,

que la clásica comparación con la gaviota y con el cisne veníale de

perlas. En las bancas traía hasta seis remeros. Bajo un palio de lona,

levantado á popa, se guarecía del sol una figura vestida de blanco.

Cuando el esquife tocó la escalera de la fragata ya estaba yo allí, en

confusa espera de no sé qué gran ventura. Una mujer viene sentada al

timón. El toldo solamente me deja ver el borde de la falda y los pies

de reina calzados con chapines de raso blanco, pero mi alma la adivina.

¡Es ella, la Salambó de los palacios de Tequil!... Sí, era ella, más

gentil que nunca, velada apenas en el rebocillo de seda. Hela en pie

sobre la banca, apoyada en los hercúleos hombros de un marinero negro.

El labio abultado y rojo de la criolla sonríe con la gracia inquietante

de una egipcia, de una turania. Sus ojos, envueltos en la sombra de las

pestañas, tienen algo de misterioso, de quimérico y lejano, algo que

hace recordar las antiguas y nobles razas que en remotas edades fundaron

grandes imperios en los países del sol... El esquife cabecea al costado

de la fragata. La criolla, entre asustada y divertida, se agarra á los

crespos cabellos del gigante, que impensadamente la toma al vuelo y se

lanza con ella á la escala. Los dos ríen envueltos en un salsero que

les moja la cara. Ya sobre cubierta, el coloso negro la deja sola y se

aparta secreteando con el contramaestre.

Yo gano la cámara por donde necesariamente han de pasar. Nunca el

corazón me ha latido con más violencia. Recuerdo perfectamente que

estaba desierta y un poco oscura. Las luces del amanecer cabrilleaban en

los cristales. Pasa un momento. Oigo voces y gorjeos: Un rayo de sol más

juguetón, más vivo, más alegre, ilumina la cámara, y en el fondo de los

espejos se refleja la imagen de la Niña Chole.

FUÉ AQUÉL uno de esos largos días de mar encalmados

y bochornosos que navegando á vela no tienen fin. Sólo de tiempo en

tiempo alguna ráfaga cálida pasaba entre las jarcias y hacía flamear el

velamen. Yo andaba avizorado y errabundo, con la esperanza de que la

Niña Chole se dejase ver sobre cubierta algún momento. Vana esperanza.

La Niña Chole permaneció retirada en su camarote, y acaso por esto las

horas me parecieron, como nunca, llenas de tedio. Desengañado de aquella

sonrisa que yo había visto y amado en otros labios, fuí á sentarme en la

popa.

Sobre el dormido cristal de esmeralda, la fragata dejaba una estela de

bullentes rizos. Sin saber cómo resurgió en mi memoria cierta canción

americana que Nieves Agar, la amiga querida de mi madre, me enseñaba

hace muchos años, allá en tiempos cuando yo era rubio como un tesoro

y solía dormirme en el regazo de las señoras que iban de tertulia al

Palacio de Bradomín. Esta afición á dormir en un regazo femenino la

conservo todavía. ¡Pobre Nieves Agar, cuántas veces me has mecido en tus

rodillas al compás de aquel danzón que cuenta la historia de una criolla

más bella que Atala, dormida en hamaca de seda, á la sombra de los

cocoteros! ¡Tal vez la historia de otra Niña Chole!

Ensoñador y melancólico permanecí toda la tarde sentado á la sombra del

foque, que caía lacio sobre mi cabeza. Solamente al declinar el sol se

levantó una ventolina, y la fragata, con todo su velamen desplegado,

pudo doblar la Isla de Sacrificios y dar fondo en aguas de Veracruz.

Cautiva el alma de religiosa emoción, contemplé la abrasada playa

donde desembarcaron antes que pueblo alguno de la vieja Europa, los

aventureros españoles, hijos de Alarico el bárbaro y de Tarik el moro.

Vi la ciudad que fundaron, y á la que dieron abolengo de valentía,

espejarse en el mar quieto y de plomo como si mirase fascinada la ruta

que trajeron los hombres blancos: Á un lado, sobre desierto islote

de granito, baña sus pies en las olas el Castillo de Ulúa, sombra

romántica que evoca un pasado feudal que allí no hubo, y á lo lejos la

cordillera del Orizaba, blanca como la cabeza de un abuelo, dibújase

con indecisión fantástica sobre un cielo clásico, de límpido y profundo

azul. Recordé lecturas casi olvidadas que, niño aún, me habían hecho

soñar con aquella tierra hija del sol: Narraciones medio históricas,

medio novelescas, en que siempre se dibujaban hombres de tez cobriza,

tristes y silenciosos, como cumple á los héroes vencidos, y selvas

vírgenes, pobladas de pájaros de brillante plumaje, y mujeres como

la Niña Chole, ardientes y morenas, símbolo de la pasión que dijo un

cuitado poeta de estos tiempos.

Como no es posible renunciar á la patria, yo, español y caballero,

sentía el corazón henchido de entusiasmo y poblada de visiones

gloriosas la mente, y la memoria llena de recuerdos históricos. La

imaginación exaltada me fingía al aventurero extremeño poniendo fuego

á sus naves, y á sus hombres esparcidos por la arena, atisbándole de

través, los mostachos enhiestos al antiguo uso marcial, y sombríos

los rostros varoniles, curtidos y con pátina, como las figuras de los

cuadros muy viejos. Yo iba á desembarcar en aquella playa sagrada,

siguiendo los impulsos de una vida errante, y al perderme, quizá para

siempre, en la vastedad del viejo Imperio Azteca, sentía levantarse en

mi alma de aventurero, de hidalgo y de cristiano, el rumor augusto de la

Historia.

Apenas anclamos sale en tropel de la ribera una gentil flotilla,

compuesta de esquifes y canoas. Desde muy lejos se oye el son

monótono del remo. Centenares de cabezas asoman sobre la borda de la

fragata, y abigarrada muchedumbre hormiguea, se agita y se desata en

el entrepuente. Hablase á gritos el español, el inglés, el chino. Los

pasajeros hacen señas á los barqueros indios para que se aproximen:

Ajustan, disputan, regatean, y al cabo, como rosario que se desgrana,

van cayendo en el fondo de las canoas que rodean la escalera y esperan

ya con los remos armados. La flotilla se dispersa. Todavía á larga

distancia vese una diminuta figura moverse agitando los brazos, y se

oyen sus voces, que destaca y agranda la quietud solemne de aquellas

regiones abrasadas. Ni una sola cabeza se ha vuelto hacia la fragata

para mandarle un adiós de despedida. Allá van, sin otro deseo que

tocar cuanto antes la orilla. Son los conquistadores del oro. La noche

se avecina. En esta hora del crepúsculo, el deseo ardiente que la Niña

Chole me produce se aquilata y purifica, hasta convertirse en ansia vaga

de amor ideal y poético. Todo oscurece lentamente: Gime la brisa, riela

la luna, el cielo azul turquí se torna negro, de un negro solemne donde

las estrellas adquieren una limpidez profunda. Es la noche americana de

los poetas.

ACABABA de bajar á mi camarote, y hallábame tendido en

la litera fumando una pipa, y quizá soñando con la Niña Chole, cuando

se abre la puerta y veo aparecer á Julio César, un rapazuelo mulato que

me había regalado en Jamaica cierto aventurero portugués que, andando

el tiempo, llegó á general en la República Dominicana. Julio César se

detiene en la puerta, bajo el pabellón que forman las cortinas:

--¡Mi amito! Á bordo viene un moreno que mata los tiburones en el agua

con el trinchete. ¡Suba, mi amito, no se dilate!...

Y desaparece velozmente, como esos etíopes carceleros de princesas en

los castillos encantados. Yo, espoleado por la curiosidad, salgo tras

él. Heme en el puente que ilumina la plácida claridad del plenilunio.

Un negro colosal, con el traje de tela chorreando agua, se sacude

como un gorila, en medio del corro que á su rededor han formado los

pasajeros, y sonríe mostrando sus blancos dientes de animal familiar. Á

pocos pasos dos marineros encorvados sobre la borda de estribor, halan

un tiburón medio degollado, que se balancea fuera del agua, al costado

de la fragata. Mas he ahí que de pronto rompe el cable, y el tiburón

desaparece en medio de un remolino de espumas. El negrazo musita

apretando los labios elefancíacos:

--¡Pendejos!

Y se va, dejando como un rastro en la cubierta del navío las huellas

húmedas de sus pies descalzos. Una voz femenina le grita desde lejos:

--¡Che, moreno!...

--¡Voy, horita!... No me dilato.

La forma de una mujer blanquea sobre negro fondo en la puerta de la

cámara. ¡No hay duda, es ella! ¿Pero cómo no la he adivinado? ¿Qué

hacías tú, corazón, que no me anunciabas su presencia? ¡Oh, con cuánto

gusto hubiérate entonces puesto bajo sus lindos pies para castigo! El

marinero se acerca:

--¿Manda alguna cosa la Niña Chole?

--Quiero verte matar un tiburón.

El negro sonríe con esa sonrisa blanca de los salvajes, y pronuncia

lentamente, sin apartar los ojos de las olas que argenta la luna:

--No puede ser, mi amita: Se ha juntado una punta de tiburones, ¿sabe?

--¿Y tienes miedo?

--¡Qué va!... Aunque fácilmente, como la sazón está peligrosa... Vea su

merced no más...

La Niña Chole no le dejó concluir:

--¿Cuánto te han dado esos señores?

--Veinte tostones: Dos centenes, ¿sabe?

Oyó la respuesta el contramaestre, que pasaba ordenando una maniobra, y

con esa concisión dura y franca de los marinos curtidos, sin apartar el

pito de los labios ni volver la cabeza, apuntóle:

--¡Cuatro monedas y no seas guaje!...

El negro pareció dudar. Asomóse al barandal de estribor y observó un

instante el fondo del mar donde temblaban amortiguadas las estrellas.

Veíanse cruzar argentados y fantásticos peces que dejaban tras sí estela

de fosforescentes chispas y desaparecían confundidos con los rieles de

la luna: En la zona de sombra que sobre el azul de las olas proyectaba

el costado de la fragata, esbozábase la informe mancha de una cuadrilla

de tiburones. El marinero se apartó reflexionando. Todavía volvióse una

ó dos veces á mirar las dormidas olas, como penetrado de la queja que

lanzaban en el silencio de la noche. Picó un cigarro con las uñas, y se

acercó:

--Cuatro centenes, ¿le apetece á mi amita?

La Niña Chole, con ese desdén patricio que las criollas opulentas

sienten por los negros, volvió á él su hermosa cabeza de reina india, y

en tono tal, que las palabras parecían dormirse cargadas de tedio en el

borde de los labios, murmuró:

--¿Acabarás?... ¡Sean los cuatro centenes!...

Los labios hidrópicos del negro esbozaron una sonrisa de ogro avaro y

sensual: Seguidamente despojóse de la blusa, desenvainó el cuchillo que

llevaba en la cintura y como un perro de Terranova tomóle entre los

dientes y se encaramó sobre la borda. El agua del mar relucía aún en

aquel torso desnudo que parecía de barnizado ébano. Inclinóse el negrazo

sondando con los ojos el abismo: Luego, cuando los tiburones salieron

á la superficie, le vi erguirse negro y mitológico sobre el barandal

que iluminaba la luna, y con los brazos extendidos echarse de cabeza

y desaparecer buceando. Tripulación y pasajeros, cuantos se hallaban

sobre cubierta, agolpáronse á la borda. Sumiéronse los tiburones en

busca del negro, y todas las miradas quedaron fijas en un remolino

que no tuvo tiempo á borrarse, porque casi incontinenti una mancha de

espumas rojas coloreó el mar, y en medio de los hurras de la marinería

y el vigoroso aplaudir de las manos coloradotas y plebeyas de los

mercaderes salió á flote la testa chata y lanuda del marinero que nadaba

ayudándose de un solo brazo, mientras con el otro sostenía entre aguas

un tiburón degollado por la garganta, donde traía clavado el cuchillo.

Tratóse en tropel de izar al negro: Arrojáronse cuerdas, ya para el

caso prevenidas, y cuando levantaba medio cuerpo fuera del agua rasgó

el aire un alarido horrible, y le vimos abrir los brazos y desaparecer

sorbido por los tiburones. Yo permanecía aún sobrecogido cuando sonó á

mi espalda una voz que decía:

--¿Quiere hacerme sitio, señor?

Al mismo tiempo alguien tocó suavemente mi hombro. Volví la cabeza y

halléme con la Niña Chole. Vagaba cual siempre, por su labio inquietante

sonrisa, y abría y cerraba velozmente una de sus manos, en cuya palma vi

lucir varias monedas de oro. Rogóme con cierto misterio que la dejase

sitio, y doblándose sobre la borda las arrojó lo más lejos que pudo. En

seguida volvióse á mí con gentil escorzo de todo el busto:

--¡Ya tiene para el flete de Carón!...

Yo debía estar más pálido que la muerte, pero como ella fijaba en mí

sus hermosos ojos y sonreía, vencióme el encanto de los sentidos, y mis

labios aún trémulos, pagaron aquella sonrisa de reina antigua con la

sonrisa del esclavo, que aprueba cuanto hace su señor. La crueldad de

la criolla me horrorizaba y me atraía: Nunca como entonces me pareciera

tentadora y bella. Del mar oscuro y misterioso subían murmullos y

aromas: La blanca luna les prestaba no sé qué rara voluptuosidad. La

trágica muerte de aquel coloso negro, el mudo espanto que se pintaba

aún en todos los rostros, un violín que lloraba en la cámara, todo en

aquella noche, bajo aquella luna, era para mí objeto de voluptuosidad

depravada y sutil...

Alejóse la Niña Chole con ese andar rítmico y ondulante que recuerda al

tigre, y al desaparecer, una duda cruel me mordió el corazón. Hasta

entonces no había reparado que á mi lado estaba un adolescente bello y

rubio, que recordé haber visto al desembarcar en la playa de Tuxtlan.

¿Sería para él la sonrisa de aquella boca, en donde parecía dormir el

enigma de algún antiguo culto licencioso, cruel y diabólico?

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CON LAS PRIMERAS luces del alba desembarqué en Veracruz.

Tuve miedo de aquella sonrisa de Lilí, que ahora se me aparecía en

boca de otra mujer. Tuve miedo de aquellos labios, los labios de Lilí,

frescos, rojos, fragantes como las cerezas de nuestro huerto, que

tanto gustaba de ofrecerme en ellos. Si el pobre corazón es liberal, y

dió hospedaje al amor más de una y de dos veces, y gustó sus contadas

alegrías, y padeció sus innumerables tristezas, no pueden menos de

causarle temblores, miradas y sonrisas cuando los ojos y los labios que

las prodigan son como los de la Niña Chole. ¡Yo he temblado entonces,

y temblaría hoy, que la nieve de tantos inviernos cayó sin deshelarse

sobre mi cabeza!

Ya otras veces había sentido ese mismo terror de amar, pero llegado el

trance de poner tierra por medio, siempre me habían faltado los ánimos

como á una romántica damisela. ¡Flaquezas del corazón mimado toda la

vida por mi ternura, y toda la vida dándome sinsabores! Hoy tengo por

experiencia averiguado que únicamente los grandes santos y los grandes

pecadores, poseen la virtud necesaria para huir las tentaciones del

amor. Yo confieso humildemente que sólo en aquella ocasión pude dejar

de ofrecerle el nido de mi pecho al sentir el roce de sus alas. ¡Tal vez

por eso el destino tomó á empeño probar el temple de mi alma!

Cuando arribábamos á la playa en un esquife de la fragata, otro esquife

empavesado con banderas y gallardetes, acababa de varar en ella, y mis

ojos adivinaron á la Niña Chole en aquella mujer blanca y velada que

desde la proa saltó á la orilla. Sin duda estaba escrito que yo había de

ser tentado y vencido. Hay mártires con quienes el diablo se divierte

robándoles la palma, y desgraciadamente, yo he sido uno de esos toda la

vida. Pasé por el mundo como un santo caído de su altar y descalabrado.

Por fortuna, algunas veces pude hallar manos blancas y piadosas que

vendasen mi corazón herido. Hoy, al contemplar las viejas cicatrices y

recordar cómo fuí vencido, casi me consuelo. En una Historia de España,

donde leía siendo niño, aprendí que lo mismo da triunfar que hacer

gloriosa la derrota.

Al desembarcar en Veracruz, mi alma se llenó de sentimientos heroicos.

Yo crucé ante la Niña Chole orgulloso y soberbio como un conquistador

antiguo. Allá en sus tiempos mi antepasado Gonzalo de Sandoval, que

fundó en México el reino de la Nueva Galicia, no habrá mostrado mayor

desvío ante las princesas aztecas sus prisioneras, y sin duda la Niña

Chole era como aquellas princesas que sentían el amor al ser ultrajadas

y vencidas, porque me miraron largamente sus ojos y la sonrisa más bella

de su boca fué para mí. La deshojaron los labios como las esclavas

deshojaban las rosas al paso triunfal de los vencedores. Yo, sin

embargo, supe permanecer desdeñoso.

Por aquella playa de dorada arena subimos á la par, la Niña Chole entre

un cortejo de criados indios, yo precedido de mi esclavo negro. Casi

rozando nuestras cabezas, volaban torpes bandadas de feos y negros

pajarracos. Era un continuado y asustadizo batir de alas que pasaban

oscureciendo el sol. Yo las sentía en el rostro como fieros abanicazos.

Tan presto iban rastreando como se remontaban en la claridad azul.

Aquellas largas y sombrías bandadas cerníanse en la altura con revuelo

quimérico, y al caer sobre las blancas azoteas moriscas las ennegrecían,

y al posarse en los cocoteros del arenal desgajaban las palmas. Parecían

aves de las ruinas con su cabeza leprosa, y sus alas flequeadas, y su

plumaje de luto, de un negro miserable, sin brillo ni tornasoles. Había

cientos, había miles. Un esquilón tocaba á misa de alba en la iglesia de

los Dominicos que estaba al paso, y la Niña Chole entró con el cortejo

de sus criados. Todavía desde la puerta me envió una sonrisa. ¡Pero lo

que acabó de prendarme fue aquella muestra de piedad!

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EN LA VILLA Rica de la Veracruz fué mi alojamiento un

venerable parador que acordaba el tiempo feliz de los virreyes. Yo

esperaba detenerme allí pocas horas. Quería reunir una escolta aquel

mismo día y ponerme en camino para las tierras que habían constituido mi

mayorazgo. Por entonces sólo con buena guardia de escopeteros era dado

aventurarse en los caminos mexicanos, donde señoreaban cuadrillas de

bandoleros: ¡Aquellos plateados tan famosos por su fiera bravura y su

lujoso arreo! Eran los tiempos de Adriano Cuéllar y Juan de Guzmán.

De pronto, en el patio lleno de sol apareció la Niña Chole con su

séquito de criados. Majestuosa y altiva se acercaba con lentitud, dando

órdenes á un caballerango que escuchaba con los ojos bajos y respondía

en lengua yucateca, esa vieja lengua que tiene la dulzura del italiano

y la ingenuidad pintoresca de los idiomas primitivos. Al verme hizo

una gentil cortesía, y por su mandato corrieron á buscarme tres indias

núbiles que parecían sus azafatas. Hablaban alternativamente como

novicias que han aprendido una letanía, y recitan aquello que mejor

saben. Hablaban lentas y humildes, sin levantar la mirada:

--Es la Niña que nos envía, señor...

--Nos envía para decirle...

--Perdone vos, para rogarle, señor...

--Como ha sabido la Niña que vos, señor, junta una escolta, y ella

también tiene de hacer camino.

--¡Mucho camino, señor!

--¡Hartas leguas, señor!

--¡Más de dos días, señor!

Seguí á las azafatas. La Niña Chole me recibió agitando las manos:

--¡Oh! Perdone el enojo.

Su voz era queda, salmodiada y dulce, voz de sacerdotisa y de princesa.

Yo, después de haberla contemplado intensamente, me incliné. ¡Viejas

artes de enamorar, aprendidas en el viejo Ovidio! La Niña Chole

prosiguió:

--En este mero instante acabo de saber que junta usted una escolta para

ponerse en viaje. Si hiciésemos la misma jornada podríamos reunir la

gente. Yo voy á Necoxtla.

Haciendo una cortesía versallesca y suspirando, respondí:

--Necoxtla, está seguramente en mi camino.

La Niña Chole interrogó curiosa:

--¿Va usted muy lejos? ¿Acaso á Nueva Sigüenza?

--Voy á los llanos de Tixul, que ignoro dónde están. Una herencia del

tiempo de los virreyes, entre Grijalba y Tlacotalpan.

La Niña Chole me miró con sorpresa:

--¿Qué dice, señor? Es diferente nuestra ruta. Grijalba está en la

costa, y hubiérale sido mejor continuar embarcado.

Me incliné de nuevo con rendimiento:

--Necoxtla está en mi camino.

Ella sonrió desdeñosa:

--Pero no reuniremos nuestras gentes.

--¿Por qué?

--Porque no debe ser. Le ruego, señor, que siga su camino. Yo seguiré el

mío.

--Es uno mismo el de los dos. Tengo el propósito de secuestrarla á usted

apenas nos hallemos en despoblado.

Los ojos de la Niña Chole, tan esquivos antes, se cubrieron con una

amable claridad:

--¿Diga, son locos todos los españoles?

Yo repuse con arrogancia:

--Los españoles nos dividimos en dos grandes bandos: Uno, el Marqués de

Bradomín, y el otro todos los demás.

La Niña Chole me miró risueña:

--¡Cuánta jactancia, señor!

En aquel momento el caballerango vino á decirle que habían ensillado,

y que la gente estaba dispuesta á ponerse en camino si tal era su

voluntad. Al oirle, la Niña Chole me miró intensamente, seria y muda.

Después volviéndose al criado, le interrogó:

--¿Qué caballo me habéis dispuesto?

--Aquel alazano, Niña. Véale allí.

--¿El alazano rodado?

--¡Qué va, Niña! El otro alazano del belfo blanco que bebe en el agua.

Vea qué linda estampa. Tiene un paso que se traga los caminos, y la

boca una seda. Lleva sobre el borrén la cantarilla de una ranchera, y

galopando no la derrama.

--¿Dónde haremos parada?

--En el convento de San Juan de Tegusco.

--¿Llegaremos de noche?

--Llegaremos al levantarse la luna.

--Pues advierte á la gente de montar luego, luego.

El caballerango obedeció. La Niña Chole me pareció que apenas podía

disimular una sonrisa:

--Señor, mal se verá para seguirme, porque parto en el mero instante.

--Yo también.

--¿Pero acaso tiene dispuesta su gente?

--Como yo esté dispuesto, basta.

Vea que camino á reunirme con mi marido y no quiera balearse con él.

Pregunte y le dirán quién es el general Diego Bermúdez.

Oyéndola, sonreí desdeñosamente. Tornaba en esto el caballerango, y

quedóse á distancia esperando silencioso y humilde. La Niña Chole le

llamó:

--Llega, cálzame la espuela.

Ya obedecía, cuando yo arranqué de sus manos el espolín de plata é

hinqué la rodilla ante la Niña Chole, que sonriendo me mostró su lindo

pie prisionero en chapín de seda. Con las manos trémulas le calcé el

espolín. Mi noble amigo Barbey D'Aurevilly hubiera dicho de aquel pie

que era hecho para pisar un zócalo de Pharos. Yo no dije nada, pero lo

besé con tan apasionado rendimiento, que la Niña Chole exclamó risueña:

--Señor, deténgase en los umbrales.

Y dejó caer la falda, que con dedos de ninfa sostenía levemente alzada.

Seguida de sus azafatas cruzó como una reina ofendida el anchuroso

patio sombreado por toldos de lona, que bajo la luz adquirían tenue

tinte dorado de marinas velas. Los cínifes zumbaban en torno de un

surtidor que gallardeaba al sol su airón de plata, y llovía en menudas

irisadas gotas sobre el tazón de alabastro. En medio de aquel ambiente

encendido, bajo aquel cielo azul donde la palmera abre su rumoroso

parasol, la fresca música del agua me recordaba de un modo sensacional

y remoto las fatigas del desierto y el deleitoso sestear en los oasis.

De tiempo en tiempo un jinete entraba en el patio: Los mercenarios

que debían darnos escolta á través de los arenales de Tierra Caliente

empezaban á juntarse. Pronto estuvieron reunidas las dos huestes: Una y

otra se componían de gente marcial y silenciosa: Antiguos salteadores

que fatigados de la vida aventurera, y despechados del botín incierto,

preferían servir á quien mejor les pagaba, sin que ninguna empresa

les arredrase: Su lealtad era legendaria. Ya estaba ensillado mi

caballo con las pistolas en el arzón, y á la grupa las vistosas y

moriscas alforjas donde iba el viático para la jornada, cuando la Niña

Chole reapareció en el patio. Al verla me acerqué sonriendo, y ella

fingiéndose enojada, batió el suelo con su lindo pie.

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MONTAMOS, y en tropel atravesamos la ciudad. Ya fuera

de sus puertas hicimos un alto para contarnos. Después dió comienzo la

jornada fatigosa y larga. Aquí y allá, en el fondo de las dunas y en la

falda de arenosas colinas, se alzaban algunos jacales que entre vallados

de enormes cactus asomaban sus agudas techumbres de cáñamo gris medio

podrido. Mujeres de tez cobriza y mirar dulce salían á los umbrales,

é indiferentes y silenciosas nos veían pasar. La actitud de aquellas

figuras broncíneas revelaba esa tristeza transmitida, vetusta, de las

razas vencidas. Su rostro era humilde, con dientes muy blancos y grandes

ojos negros, selváticos, indolentes y velados. Parecían nacidas para

vivir eternamente en los aduares y descansar al pie de las palmeras y de

los ahuehuetles.

Ya puesto el sol divisamos una aldea india. Estaba todavía muy lejana

y se aparecía envuelta en luz azulada y en silencio de paz. Rebaños

polvorientos y dispersos adelantaban por un camino de tierra roja

abierto entre maizales gigantes. El campanario de la iglesia, con su

enorme nido de zopilotes, descollaba sobre las techumbres de palma.

Aquella aldea silenciosa y humilde, dormida en el fondo de un valle,

me hizo recordar las remotas aldeas abandonadas al acercarse los

aventureros españoles. Ya estaban cerradas todas las puertas y subía de

los hogares un humo tenue y blanco que se disipaba en la claridad del

crepúsculo como salutación patriarcal.

Nos detuvimos á la entrada y pedimos hospedaje en un antiguo priorato de

Comendadoras Santiaguistas. Á los golpes que un espolique descargó en

la puerta, una cabeza con tocas asomó en la reja y hubo largo coloquio.

Nosotros, aún bastante lejos, íbamos al paso de nuestros caballos,

abandonadas las riendas y distraídos en plática galante. Cuando llegamos

la monja se retiraba de la reja: Poco después las pesadas puertas de

cedro se abrían lentamente, y una monja donada toda blanca en su hábito,

apareció en el umbral:

--Pasen, hermanos, si quieren reposar en esta santa casa.

Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín · 第 1 / 5 段