Ahí está. Y ahora, señores, hago una raya y paso directamente al día de
mi casamiento.
Mi señor suegro, que, como los gatos, caía siempre sobre sus patas,
había resuelto aprovechar mi popularidad y renovar relaciones, en
ocasión de nuestras bodas, con un montón de gente que, por prudencia,
había dejado de tratarse con él desde hacía años. Desató, pues, los
cordones de su bolsa, y organizó una fiesta monstruo en la que el
champagne debía correr a mares, según su expresión.
Es fácil comprender que toda esta faramalla me daba miedo... Pero un
novio no es más que un ente ridículo al que se le han suprimido
momentáneamente los órganos de la voluntad.
A la mañana del gran día estaba yo sentado en mi pieza, de muy mal
humor, con la casa entera hediendo a encáustico, cuando de repente se
abre la puerta y se presenta Lotario.
Muy alegre... en apariencia... muy animado... con sus grandes botas. Se
echa en mis brazos:
--¡Hurra! ¡mi tío!
Ha pasado toda la noche en viaje... La víspera, en las carreras de
Hoppegarten, se ha ganado el gran premio... una carrera infernal... sin
embargo, no se ha desnucado... Después, ha bebido como un pozo... y, con
todo, ahí lo tienen ustedes fresco y resuelto como un joven dios... Dice
que va a bailar como un trompo... Ha traído chascos, fuegos
artificiales... Necesita inmediatamente dos docenas de hombres para
enseñarles el manejo de las piezas, etcétera.
Todo esto brota y sale de sus labios sin interrupción, mientras sus
gruesas cejas negras no hacen más que subir y bajar, y sus ojos brillan
como brasas.
«¡Esta es la juventud!» pensé, ahogando un suspiro; «¡ah! si pudiese yo,
aunque sólo fuera por veinticuatro horas, tener sus ojos... y todo lo
demás!»
Le digo:
--¿Y no me pides noticias de mi novia?
Se echa a reír ruidosamente:
--¡Mi tío! ¡mi tío!--exclama.--¡Esta si que es aventura!... ¡Casarte,
tú! ¡tú, casarte!... ¡Es realmente como para tirar bombas! ¡Hurra!
Y, riéndose siempre, sale del aposento.
En cuanto a mí, me dejo estar donde estoy, y concluyo mi cigarro; me
siento muy abatido. Después, voy a inspeccionar las piezas recientemente
arregladas.
Delante de la puerta del dormitorio me detiene mi hermana, que está
preparando sus valijas.
--Aquí no se puede estar--dice,--es una sorpresa para ustedes dos.
¡Nosotros dos!... ¡qué tontería!
Como a las once, me pongo a la tarea de vestirme. El traje me incomoda
en las escotaduras; los zapatos me aprietan los dedos; hace treinta años
que los dedos de los pies se me hinchan... los grogs de Pütz tienen la
culpa. La camisa está más dura que una tabla, la corbata me estrangula.
¡Es atroz!
A las dos de la tarde parto en el coche... entonces, señores, comienza
un sueño... no un bello sueño... ¡no, por cierto!... sino una pesadilla
espantosa, con todas las sensaciones correspondientes: vértigos,
sofocaciones, opresión y caída en el vacío... y con uno que otro
intervalo feliz, cuando me decía: «Todo saldrá bien. Tú tienes buen
corazón y buena voluntad. Tú la guiarás para que pueda vencer los
obstáculos. Ella hará su camino en el mundo festejada como una reina, y
no sentirá las cadenas...»
Mientras los carruajes de los invitados iban entrando unos tras otros en
el patio principal, y las ventanas se adornaban al mismo tiempo con
rostros desconocidos, yo recorría el jardín como un poseído, embarraba
mis lindos zapatos de charol en la tierra húmeda, y lloraba a moco
tendido.
No me dejaron tranquilo mucho tiempo. Me llamaban de todas partes, y
entré en la casa. El viejo, triunfante por haber reunido alrededor de él
a sus antiguos enemigos y adversarios, a todos aquellos a quienes había
ofendido o perjudicado, o engañado de alguna manera, corría del uno al
otro, estrechándoles las manos y jurando a todos una amistad eterna.
Yo habría querido dar los buenos días a algunos amigos, pero en seguida
se apoderaron de mí, y me empujaron, gritando, hacia el aposento donde,
según decían, me estaba esperando mi novia.
Allí estaba ella, gallardamente erguida en su traje de seda blanca. El
velo de tul la envolvía en una nube transparente, y la corona de mirto
descansaba sobre sus cabellos como una corona de espinas.
Tuve que cerrar por un momento los ojos, deslumbrado. ¡Estaba tan
hermosa!
--¿Estás contento?--me dijo, con una mirada tierna y sumisa.
Su rostro, al sonreírse, parecía una máscara de mármol. Entonces me
sentí aplastado por la felicidad y por la conciencia de mi falta. Habría
querido echarme a sus pies, pedirle perdón por haberme atrevido a
pretenderla; pero no podía hacerlo, porque mi suegra estaba detrás de
ella... Había también allí damas de honor y otras tonterías... Balbucí
algunas palabras que yo mismo no comprendí, y, no sabiendo qué actitud
debería guardar, me puse a andar de un lado a otro por la pieza,
abotonándome y desabotonándome los guantes. Mi suegra, que tampoco sabía
qué decir, arreglaba los pliegues del velo, y me miraba de reojo con una
expresión de reproche y de estímulo al mismo tiempo. Cada vez que en mis
paseos llegaba al extremo del aposento, me encontraba delante de un
espejo, en el que, quisiera o no quisiera, tenía que mirarme. Veía en él
mi frente calva, mis mejillas escarlatas, con bolsas debajo de los ojos,
y una verruga en el ángulo de la boca. Veía el cuello postizo de mi
camisa, demasiado estrecho aun cuando había pedido el número más alto, y
mi pescuezo colorado que se desbordaba por arriba de él formando un
pliegue gordo. Veía todo eso, y, un poco por clemencia y otro poco por
lealtad, sentía impulsos de gritar a Yolanda: «¡Ten piedad de ti misma!
¡todavía estás a tiempo! ¡No te cases conmigo!...»
Nota breve: en aquella época, el matrimonio civil no existía aún.
Por mí, yo podría haberme estado así siglos enteros, dando vueltas
alrededor de ella sin animarme nunca a decirle nada; pero, cuando el
viejo se deslizó dentro de la pieza con la agilidad de un hurón,
gritando: «¡Vamos! ¡el pastor está esperando!...» me enfurruñé, como si
eso hubiera contrariado mis intenciones.
Ofrezco el brazo a Yolanda... Ábrense de par en par las puertas.
¡Caras! ¡caras! ¡nada más que caras, pegadas unas a las otras, que me
miran irónicamente como diciéndome: «¡Hanckel, te estás poniendo en
ridículo!» Han formado un doble cerco, y nosotros pasamos por el medio;
y me sorprenda que nadie rompa con una carcajada el silencio que allí
reina. Llegamos al altar que el viejo había fabricado artísticamente con
un gran cajón cubierto por un paño rojo. Encima, hay una verdadera
exposición de flores, de luces; en el centro, un crucifijo, como si se
tratara de un entierro.
El buen viejo del pastor está delante de nosotros; adopta la expresión
que imponen las circunstancias, y se recoge y vuelve a recogerse las
mangas de la sobrepelliz, lo mismo que un escamoteador que se dispone a
comenzar sus juegos.
Ante todo, un cántico... después, la plática. Maldito si oigo una
palabra de ella; estoy embargado por una idea horrible que ha entrado en
mi mente con la rapidez del rayo y que no me deja ya: «Ella va a decir
_no_. Ella va a decir _no_...»
Y, cuanto más se acerca el momento decisivo, tanto más me aprieta el
miedo la garganta. Al fin, ya no dudo absolutamente de que ella va a
decir _no_.
Señores, ella dijo _sí_... Respiré entonces como un malhechor que acaba
de oír su absolución.
Pero, lo más extraño fue esto. En cuanto oí esa palabra y cesó mi
angustia, sentí un vivo pesar. «¡Ah! ¿por qué no había dicho más bien
_no_?»
Después de la bendición vinieron las felicitaciones sin fin. Y yo no
hacía más que apretar manos, unas tras otras, con un ardor metódico:
gracias, a la derecha; gracias, a la izquierda... Sentía un verdadero
agradecimiento para todos esos imbéciles, que se acercaban a
congratularme solícitos y alegres, gracias a la perspectiva de una buena
comilona.
Faltaba uno todavía: Lotario.
Llegó entre los últimos, con la tez verdosa, la expresión hambrienta o
fastidiada. Lo agarro del brazo:
--Aquí lo tienes, Yolanda--digo a ésta.--Es Lotario Pütz, hijo único de
Pütz, hijo mío, casi. Dale la mano, llámale Lotario.
Y al ver que ella vacilaba, tomé sus cinco dedos y los puse entre los de
Lotario. Entretanto, pensaba: «¡Qué suerte que él esté aquí!... Nos ha
de ayudar más de una vez a salvar las situaciones difíciles.»
No se sonrían, señores. Veo que ustedes se figuran que poco a poco va a
ir formándose, en mis propias barbas, una intriguilla amorosa entre esos
dos jóvenes. No hay tal cosa... Tengan un poco de paciencia. Ya verán.
Nos sentamos, pues, a la mesa... Cubierto suntuoso, flores, vajilla de
plata, un cúmulo de piezas montadas. El conjunto muy bien... Se sirvió
ante todo una copita de Jerez para hacer entrar en calor al estómago. El
Jerez era bueno, pero la copa muy chica; y no pude conseguir que me
sirvieran otra.
«Tengo que ser galante con ella... cariñoso... las conveniencias lo
exigen...» me decía, dirigiendo una mirada a Yolanda, colocada a mi
derecha. Su codo me rozaba ligeramente el brazo, y la sentía temblar.
«Es de hambre»; pensé. Yo también; no había comido nada todavía.
Se había puesto a mirar fijamente un candelabro de plata que tenía por
delante, al que el tiempo había arrugado la superficie como la piel de
una vieja. Su perfil... ¡Dios mío! ¡qué hermoso era ese perfil!... Y era
mío... ¡Qué locura!
Bebí un gran vaso de un vino rubio, claro, que cayó gorgoteando dentro
de mi estómago vacío. «De esta manera no voy a llegar nunca al grado de
ternura que quiero», me dije, buscando inútilmente el Jerez con los
ojos.
Entonces me sacudí:
--Come, pues, alguna cosa--le dije.
Y me sentí en la gloria por haber pronunciado esa frase.
Ella se inclinó y se introdujo la cuchara en la boca...
Después de la sopa trajeron el pescado... un salmón, si no me engaño...
linda pieza... la salsa perfecta, con una especie de cognac, limón y
alcaparras... muy delicada, en resumen. Después vino un plato de
cabrito... no bastante adobado... pero eso es cuestión de gustos.
--Come, pues, alguna cosa--repetí a Yolanda, haciendo un corazón con
los labios para que los convidados creyeran que le susurraba un
cumplimiento.
Decididamente, la cosa no marchaba; sin embargo, yo me había bebido ya
dos botellas de ese vino blanco, y empezaba a sentirme hinchado como un
odre.
Traté de observar a Lotario, que había heredado de su padre un olfato
especial para descubrir los mejores vinos; estaba en un extremo de la
mesa, entre las jóvenes.
Un brindis vino a salvarme entonces; pude levantarme, y al darme vuelta
descubrí un grupito limitado, pero escogido... botellas de jerez que el
viejo había escondido detrás de una cortina... Substraje dos sutilmente,
y, sin más demora, me puse a la tarea de ingurgitar coraje. La cosa
tardaba en llegar, porque yo aguanto bien el vino, señores; pero, en
fin, llegaba.
Después del cabrito sirvieron un salmorejo de perdices. Caza, dos veces
seguidas; eso no era correcto. Sin embargo, el plato me pareció
excelente... En ese momento, señores, fue cuando empezó a desprenderse
del cielo raso, a bajar sobre nosotros lentamente, lentamente... una
especie de niebla.
Entretanto, yo me había puesto ya muy galante, y barajaba los
cumplimientos que era un gusto. Sí, le hacía la corte a mi novia; la
llamaba «encantadora hada graciosa»; contaba aventuras de caza
picantes, y explicaba a los que me rodeaban por qué un hombre debe
soltar siempre el cascarón antes de casarse... En una palabra, señores,
estaba irresistible...
Pero la niebla bajaba cada vez más densa. Eso se ve a menudo en las
montañas, como ustedes saben. Las altas cumbres son las primeras que
desaparecen; después las crestas y las colinas, unas tras otras...
Allí, las bujías de los candelabros fueron las primeras que se rodearon
de una aureola rojiza y lanzaron rayos con todos los colores del arco
iris; en seguida, todo lo que parloteaba y comía detrás de los
candelabros se borró también a mis ojos.
De tiempo en tiempo veía relucir lo blanco de una pechera o el extremo
de un brazo desnudo, en medio de una _obscuridad purpurina_, como diría
Schiller.
¡Ah, sí! ¡es cierto! Una cosa más me llamó la atención. Era mi suegro,
corriendo alrededor de la mesa con dos botellas de champagne en las
manos; se detenía junto a los que tenían la copa vacía, completamente
vacía, y les decía con insistencia:
--¡Pero beba, pues! ¿Por qué no bebe?
Cuando llegó junto a mí, le pellizqué la pierna y le dije:
--¡Viejo farsante! ¡a esto es a lo que llamas hacer correr el champaña a
mares!
Como ustedes ven, señores, la cosa iba poniéndose seria.
Y, de pronto, siento que mi corazón se ensancha... Es necesario que
hable; sí, es necesario que hable. Me pongo a golpear la copa como un
poseído.
--¡Por el amor de Dios, cállate!--me susurra mi novia... quiero decir,
mi mujer.
Pero, aunque la cosa tuviera que costarme la vida, tengo que hablar.
Después me han contado lo que dije entonces; si las informaciones son
exactas, fue esto, poco más o menos:
«Señoras y señores... yo no soy ya un jovencito, pero no lo siento... y
si alguno quisiera sostenerme que la juventud no debe unirse sino con la
juventud, yo le replicaría que eso es una mentira infame... En mí puede
verse la prueba de lo contrario, porque yo no soy ya joven... pero eso
no ha de impedir que haga feliz a mi mujer, porque mi mujer es un
ángel... y yo, yo tengo un corazón amante... ¡sí! ¡un corazón amante es
el que late aquí debajo de mi chaleco!... y el que lo dude, que
venga... que yo le abriré mi pecho»...
Al llegar a este punto las lágrimas ahogaron mis palabras, y me asaltó
una aflicción tan grande que tuvieron que arrastrarme apresuradamente,
fuera de la sala...
* * * * *
Al despertarme me encontré sobre un canapé demasiado corto para mi
talla. Estaba sepultado bajo una montaña de capuchas, de esclavinas y de
chales de lana. Tenía el pescuezo torcido y las piernas acalambradas.
Eché una mirada a mi alrededor... Una bujía solitaria ardía sobre una
consola, en la que se veían cepillos, peines, alfileres para los
cabellos; colgaban a lo largo de las paredes mantas, sombreros... ¡Ah!
aquel era el tocador de las damas.
Y poco a poco fui comprendiendo lo que había pasado.
Consulté mi reloj: eran cerca de las dos... Oía a la distancia los
sonidos de un piano y el rítmico rozar de los danzantes... ¡Mis bodas!
Me alisé el pelo, me ajusté la corbata, y, francamente, mi más grande
satisfacción habría sido irme a tenderme en mi vieja cama y subirme la
cobija hasta las orejas, en lugar de... ¡Brrr!
En fin, ¿qué hacer? Me dirigí, pues, a los salones. No me sentía
abochornado en lo más mínimo, demasiado atontado y amodorrado, como
estaba aún, para darme cuenta exacta de mi situación.
Al principio, nadie notó mi presencia; porque, en las salas reservadas
para los hombres, el humo de los cigarros era tan compacto que a tres
pasos no se distinguían sino bultos confusos... Se jugaba fuerte. Mi
suegro saqueaba a sus huéspedes tan concienzudamente que, si hubiera
tenido tres hijas más que casar, se habría hecho millonario. A eso
llamaba él «resarcirse de los gastos de la boda».
Eché una ojeada al salón de baile.
Las madres luchaban contra el sueño; los jóvenes giraban mecánicamente,
y el machacador no entreabría los ojos sino cuando había encajado un
acorde fuera de su sitio... Mi hermana tenía un vaso de limonada sobre
la falda y contemplaba las pepitas del limón... Era un cuadro lastimoso.
De Yolanda, ni la menor huella.
Volví a las mesas de juego y golpeé el hombro al viejo. En esos momentos
estaba metiéndose a manos llenas en los bolsillos el dinero que acababa
de ganar.
--¡Ah! ¡eres tú, borrachón!
--¿Dónde está Yolanda?
--¿Qué sé yo? Búscala.
Y se pone a jugar otra vez. Los demás hombres estaban incómodos, pero
trataban de no hacerlo ver:
--Siéntese, pues, joven esposo--me dicen.
Me apresuré a alejarme, porque me conocía; si hubiera contestado, habría
sucedido allí una desgracia.
Tomando por caminos extraviados, evité el salón de baile. No me sentía
con valor para afrontar las miradas de las madres.
En el corredor humeaba una lámpara de cocina; y salía de allí un ruido
de vajilla y risotadas de criadas...
¡Puf!
Llamé a la puerta del aposento de Yolanda; nadie respondió. Repetí el
llamamiento; el mismo silencio. Entonces entro.
¿Y qué es lo que veo?... Mi suegra sentada en el borde de la cama; de
rodillas delante de ella, con la cabeza apoyada en el pecho de su madre,
mi mujer en traje de viaje (¡ya!), y las dos llorando a lágrima viva.
¡Ah, señores! no me sentí orgulloso.
Habría querido escabullirme, saltar dentro del coche y gritar «¡A la
estación!» Tomar el primer tren y huir a América, a cualquier parte,
allá donde se refugian los cajeros infieles y los hijos pródigos.
Pero era imposible.
--¡Yolanda!--dije en tono humilde y contrito.
Las dos lanzan un grito. Mi mujer se abraza a las rodillas de su madre,
que extiende los brazos como para protegerla.
--Yo no quiero hacerte daño, Yolanda--digo.--Lo único que quiero es
pedirte perdón por haber sido tan imprudente, por exceso de amor a ti.
Silencio prolongado. No se oyen más que suspiros.
Entonces la madre le dice:
--Tiene razón, hija mía; levántate. Es hora de partir.
Yolanda se alza lentamente, con las mejillas húmedas, los ojos
enrojecidos, el cuerpo sacudido siempre por los sollozos.
--Dale la mano a tu marido. No hay más remedio.
Perfectamente amable ese «no hay más remedio».
Y Yolanda me tiende la mano, que yo llevo respetuosamente a los labios.
--¿Ha visto a mi marido, Jorge?...--pregunta mi suegra.
Respondo que sí.
--¿Quiere llamarlo, para que Yolanda se despida de él?
Vuelvo a la sala del juego.
--Oye, suegro.
--Doce... diez y seis... veintisiete... treinta y uno...
--Suegro...
--¡Treinta y tres!... ¿Qué quieres?
--Queríamos despedirnos...
--Buen viaje. Que sean felices. ¡Treinta y seis!
--¿No quieres que Yolanda?...
--¡Treinta y nueve! ¡gané!... ¡Vengan los monacos!... ¿Quién quiere
jugar conmigo todavía? ¿Tú, Jorge? ¡Vamos de una vez!
Entonces me fui.
Cuando, con la mesura del caso, hube informado a las damas de la casa,
ellas se contentaron con mirarse una a la otra, en silencio; luego
bajaron por la escalera de servicio al patio, donde nos esperaba ya el
carruaje. El viento nos silbaba en las orejas, gotas de lluvia nos
azotaban el rostro.
Las dos mujeres se estrechaban en un abrazo mudo, como si ya no fueran a
separarse nunca. Pero, en esto, el viejo, que ha cambiado de idea, llega
ruidosamente, y detrás de él los criados, a quienes ha dado el alerta,
con lámparas y bujías.
Se echa sobre Yolanda y le frota las mejillas con sus mostachos.
--Hija querida, si la bendición de un padre que te ama profundamente...
Ella se desprende y lo aparta, casi como se aparta a un perro mojado, y
salta dentro del coche.
Yo, detrás de ella... ¡En marcha!...