VI

Ahí está. Y ahora, señores, hago una raya y paso directamente al día de

mi casamiento.

Mi señor suegro, que, como los gatos, caía siempre sobre sus patas,

había resuelto aprovechar mi popularidad y renovar relaciones, en

ocasión de nuestras bodas, con un montón de gente que, por prudencia,

había dejado de tratarse con él desde hacía años. Desató, pues, los

cordones de su bolsa, y organizó una fiesta monstruo en la que el

champagne debía correr a mares, según su expresión.

Es fácil comprender que toda esta faramalla me daba miedo... Pero un

novio no es más que un ente ridículo al que se le han suprimido

momentáneamente los órganos de la voluntad.

A la mañana del gran día estaba yo sentado en mi pieza, de muy mal

humor, con la casa entera hediendo a encáustico, cuando de repente se

abre la puerta y se presenta Lotario.

Muy alegre... en apariencia... muy animado... con sus grandes botas. Se

echa en mis brazos:

--¡Hurra! ¡mi tío!

Ha pasado toda la noche en viaje... La víspera, en las carreras de

Hoppegarten, se ha ganado el gran premio... una carrera infernal... sin

embargo, no se ha desnucado... Después, ha bebido como un pozo... y, con

todo, ahí lo tienen ustedes fresco y resuelto como un joven dios... Dice

que va a bailar como un trompo... Ha traído chascos, fuegos

artificiales... Necesita inmediatamente dos docenas de hombres para

enseñarles el manejo de las piezas, etcétera.

Todo esto brota y sale de sus labios sin interrupción, mientras sus

gruesas cejas negras no hacen más que subir y bajar, y sus ojos brillan

como brasas.

«¡Esta es la juventud!» pensé, ahogando un suspiro; «¡ah! si pudiese yo,

aunque sólo fuera por veinticuatro horas, tener sus ojos... y todo lo

demás!»

Le digo:

--¿Y no me pides noticias de mi novia?

Se echa a reír ruidosamente:

--¡Mi tío! ¡mi tío!--exclama.--¡Esta si que es aventura!... ¡Casarte,

tú! ¡tú, casarte!... ¡Es realmente como para tirar bombas! ¡Hurra!

Y, riéndose siempre, sale del aposento.

En cuanto a mí, me dejo estar donde estoy, y concluyo mi cigarro; me

siento muy abatido. Después, voy a inspeccionar las piezas recientemente

arregladas.

Delante de la puerta del dormitorio me detiene mi hermana, que está

preparando sus valijas.

--Aquí no se puede estar--dice,--es una sorpresa para ustedes dos.

¡Nosotros dos!... ¡qué tontería!

Como a las once, me pongo a la tarea de vestirme. El traje me incomoda

en las escotaduras; los zapatos me aprietan los dedos; hace treinta años

que los dedos de los pies se me hinchan... los grogs de Pütz tienen la

culpa. La camisa está más dura que una tabla, la corbata me estrangula.

¡Es atroz!

A las dos de la tarde parto en el coche... entonces, señores, comienza

un sueño... no un bello sueño... ¡no, por cierto!... sino una pesadilla

espantosa, con todas las sensaciones correspondientes: vértigos,

sofocaciones, opresión y caída en el vacío... y con uno que otro

intervalo feliz, cuando me decía: «Todo saldrá bien. Tú tienes buen

corazón y buena voluntad. Tú la guiarás para que pueda vencer los

obstáculos. Ella hará su camino en el mundo festejada como una reina, y

no sentirá las cadenas...»

Mientras los carruajes de los invitados iban entrando unos tras otros en

el patio principal, y las ventanas se adornaban al mismo tiempo con

rostros desconocidos, yo recorría el jardín como un poseído, embarraba

mis lindos zapatos de charol en la tierra húmeda, y lloraba a moco

tendido.

No me dejaron tranquilo mucho tiempo. Me llamaban de todas partes, y

entré en la casa. El viejo, triunfante por haber reunido alrededor de él

a sus antiguos enemigos y adversarios, a todos aquellos a quienes había

ofendido o perjudicado, o engañado de alguna manera, corría del uno al

otro, estrechándoles las manos y jurando a todos una amistad eterna.

Yo habría querido dar los buenos días a algunos amigos, pero en seguida

se apoderaron de mí, y me empujaron, gritando, hacia el aposento donde,

según decían, me estaba esperando mi novia.

Allí estaba ella, gallardamente erguida en su traje de seda blanca. El

velo de tul la envolvía en una nube transparente, y la corona de mirto

descansaba sobre sus cabellos como una corona de espinas.

Tuve que cerrar por un momento los ojos, deslumbrado. ¡Estaba tan

hermosa!

--¿Estás contento?--me dijo, con una mirada tierna y sumisa.

Su rostro, al sonreírse, parecía una máscara de mármol. Entonces me

sentí aplastado por la felicidad y por la conciencia de mi falta. Habría

querido echarme a sus pies, pedirle perdón por haberme atrevido a

pretenderla; pero no podía hacerlo, porque mi suegra estaba detrás de

ella... Había también allí damas de honor y otras tonterías... Balbucí

algunas palabras que yo mismo no comprendí, y, no sabiendo qué actitud

debería guardar, me puse a andar de un lado a otro por la pieza,

abotonándome y desabotonándome los guantes. Mi suegra, que tampoco sabía

qué decir, arreglaba los pliegues del velo, y me miraba de reojo con una

expresión de reproche y de estímulo al mismo tiempo. Cada vez que en mis

paseos llegaba al extremo del aposento, me encontraba delante de un

espejo, en el que, quisiera o no quisiera, tenía que mirarme. Veía en él

mi frente calva, mis mejillas escarlatas, con bolsas debajo de los ojos,

y una verruga en el ángulo de la boca. Veía el cuello postizo de mi

camisa, demasiado estrecho aun cuando había pedido el número más alto, y

mi pescuezo colorado que se desbordaba por arriba de él formando un

pliegue gordo. Veía todo eso, y, un poco por clemencia y otro poco por

lealtad, sentía impulsos de gritar a Yolanda: «¡Ten piedad de ti misma!

¡todavía estás a tiempo! ¡No te cases conmigo!...»

Nota breve: en aquella época, el matrimonio civil no existía aún.

Por mí, yo podría haberme estado así siglos enteros, dando vueltas

alrededor de ella sin animarme nunca a decirle nada; pero, cuando el

viejo se deslizó dentro de la pieza con la agilidad de un hurón,

gritando: «¡Vamos! ¡el pastor está esperando!...» me enfurruñé, como si

eso hubiera contrariado mis intenciones.

Ofrezco el brazo a Yolanda... Ábrense de par en par las puertas.

¡Caras! ¡caras! ¡nada más que caras, pegadas unas a las otras, que me

miran irónicamente como diciéndome: «¡Hanckel, te estás poniendo en

ridículo!» Han formado un doble cerco, y nosotros pasamos por el medio;

y me sorprenda que nadie rompa con una carcajada el silencio que allí

reina. Llegamos al altar que el viejo había fabricado artísticamente con

un gran cajón cubierto por un paño rojo. Encima, hay una verdadera

exposición de flores, de luces; en el centro, un crucifijo, como si se

tratara de un entierro.

El buen viejo del pastor está delante de nosotros; adopta la expresión

que imponen las circunstancias, y se recoge y vuelve a recogerse las

mangas de la sobrepelliz, lo mismo que un escamoteador que se dispone a

comenzar sus juegos.

Ante todo, un cántico... después, la plática. Maldito si oigo una

palabra de ella; estoy embargado por una idea horrible que ha entrado en

mi mente con la rapidez del rayo y que no me deja ya: «Ella va a decir

_no_. Ella va a decir _no_...»

Y, cuanto más se acerca el momento decisivo, tanto más me aprieta el

miedo la garganta. Al fin, ya no dudo absolutamente de que ella va a

decir _no_.

Señores, ella dijo _sí_... Respiré entonces como un malhechor que acaba

de oír su absolución.

Pero, lo más extraño fue esto. En cuanto oí esa palabra y cesó mi

angustia, sentí un vivo pesar. «¡Ah! ¿por qué no había dicho más bien

_no_?»

Después de la bendición vinieron las felicitaciones sin fin. Y yo no

hacía más que apretar manos, unas tras otras, con un ardor metódico:

gracias, a la derecha; gracias, a la izquierda... Sentía un verdadero

agradecimiento para todos esos imbéciles, que se acercaban a

congratularme solícitos y alegres, gracias a la perspectiva de una buena

comilona.

Faltaba uno todavía: Lotario.

Llegó entre los últimos, con la tez verdosa, la expresión hambrienta o

fastidiada. Lo agarro del brazo:

--Aquí lo tienes, Yolanda--digo a ésta.--Es Lotario Pütz, hijo único de

Pütz, hijo mío, casi. Dale la mano, llámale Lotario.

Y al ver que ella vacilaba, tomé sus cinco dedos y los puse entre los de

Lotario. Entretanto, pensaba: «¡Qué suerte que él esté aquí!... Nos ha

de ayudar más de una vez a salvar las situaciones difíciles.»

No se sonrían, señores. Veo que ustedes se figuran que poco a poco va a

ir formándose, en mis propias barbas, una intriguilla amorosa entre esos

dos jóvenes. No hay tal cosa... Tengan un poco de paciencia. Ya verán.

Nos sentamos, pues, a la mesa... Cubierto suntuoso, flores, vajilla de

plata, un cúmulo de piezas montadas. El conjunto muy bien... Se sirvió

ante todo una copita de Jerez para hacer entrar en calor al estómago. El

Jerez era bueno, pero la copa muy chica; y no pude conseguir que me

sirvieran otra.

«Tengo que ser galante con ella... cariñoso... las conveniencias lo

exigen...» me decía, dirigiendo una mirada a Yolanda, colocada a mi

derecha. Su codo me rozaba ligeramente el brazo, y la sentía temblar.

«Es de hambre»; pensé. Yo también; no había comido nada todavía.

Se había puesto a mirar fijamente un candelabro de plata que tenía por

delante, al que el tiempo había arrugado la superficie como la piel de

una vieja. Su perfil... ¡Dios mío! ¡qué hermoso era ese perfil!... Y era

mío... ¡Qué locura!

Bebí un gran vaso de un vino rubio, claro, que cayó gorgoteando dentro

de mi estómago vacío. «De esta manera no voy a llegar nunca al grado de

ternura que quiero», me dije, buscando inútilmente el Jerez con los

ojos.

Entonces me sacudí:

--Come, pues, alguna cosa--le dije.

Y me sentí en la gloria por haber pronunciado esa frase.

Ella se inclinó y se introdujo la cuchara en la boca...

Después de la sopa trajeron el pescado... un salmón, si no me engaño...

linda pieza... la salsa perfecta, con una especie de cognac, limón y

alcaparras... muy delicada, en resumen. Después vino un plato de

cabrito... no bastante adobado... pero eso es cuestión de gustos.

--Come, pues, alguna cosa--repetí a Yolanda, haciendo un corazón con

los labios para que los convidados creyeran que le susurraba un

cumplimiento.

Decididamente, la cosa no marchaba; sin embargo, yo me había bebido ya

dos botellas de ese vino blanco, y empezaba a sentirme hinchado como un

odre.

Traté de observar a Lotario, que había heredado de su padre un olfato

especial para descubrir los mejores vinos; estaba en un extremo de la

mesa, entre las jóvenes.

Un brindis vino a salvarme entonces; pude levantarme, y al darme vuelta

descubrí un grupito limitado, pero escogido... botellas de jerez que el

viejo había escondido detrás de una cortina... Substraje dos sutilmente,

y, sin más demora, me puse a la tarea de ingurgitar coraje. La cosa

tardaba en llegar, porque yo aguanto bien el vino, señores; pero, en

fin, llegaba.

Después del cabrito sirvieron un salmorejo de perdices. Caza, dos veces

seguidas; eso no era correcto. Sin embargo, el plato me pareció

excelente... En ese momento, señores, fue cuando empezó a desprenderse

del cielo raso, a bajar sobre nosotros lentamente, lentamente... una

especie de niebla.

Entretanto, yo me había puesto ya muy galante, y barajaba los

cumplimientos que era un gusto. Sí, le hacía la corte a mi novia; la

llamaba «encantadora hada graciosa»; contaba aventuras de caza

picantes, y explicaba a los que me rodeaban por qué un hombre debe

soltar siempre el cascarón antes de casarse... En una palabra, señores,

estaba irresistible...

Pero la niebla bajaba cada vez más densa. Eso se ve a menudo en las

montañas, como ustedes saben. Las altas cumbres son las primeras que

desaparecen; después las crestas y las colinas, unas tras otras...

Allí, las bujías de los candelabros fueron las primeras que se rodearon

de una aureola rojiza y lanzaron rayos con todos los colores del arco

iris; en seguida, todo lo que parloteaba y comía detrás de los

candelabros se borró también a mis ojos.

De tiempo en tiempo veía relucir lo blanco de una pechera o el extremo

de un brazo desnudo, en medio de una _obscuridad purpurina_, como diría

Schiller.

¡Ah, sí! ¡es cierto! Una cosa más me llamó la atención. Era mi suegro,

corriendo alrededor de la mesa con dos botellas de champagne en las

manos; se detenía junto a los que tenían la copa vacía, completamente

vacía, y les decía con insistencia:

--¡Pero beba, pues! ¿Por qué no bebe?

Cuando llegó junto a mí, le pellizqué la pierna y le dije:

--¡Viejo farsante! ¡a esto es a lo que llamas hacer correr el champaña a

mares!

Como ustedes ven, señores, la cosa iba poniéndose seria.

Y, de pronto, siento que mi corazón se ensancha... Es necesario que

hable; sí, es necesario que hable. Me pongo a golpear la copa como un

poseído.

--¡Por el amor de Dios, cállate!--me susurra mi novia... quiero decir,

mi mujer.

Pero, aunque la cosa tuviera que costarme la vida, tengo que hablar.

Después me han contado lo que dije entonces; si las informaciones son

exactas, fue esto, poco más o menos:

«Señoras y señores... yo no soy ya un jovencito, pero no lo siento... y

si alguno quisiera sostenerme que la juventud no debe unirse sino con la

juventud, yo le replicaría que eso es una mentira infame... En mí puede

verse la prueba de lo contrario, porque yo no soy ya joven... pero eso

no ha de impedir que haga feliz a mi mujer, porque mi mujer es un

ángel... y yo, yo tengo un corazón amante... ¡sí! ¡un corazón amante es

el que late aquí debajo de mi chaleco!... y el que lo dude, que

venga... que yo le abriré mi pecho»...

Al llegar a este punto las lágrimas ahogaron mis palabras, y me asaltó

una aflicción tan grande que tuvieron que arrastrarme apresuradamente,

fuera de la sala...

* * * * *

Al despertarme me encontré sobre un canapé demasiado corto para mi

talla. Estaba sepultado bajo una montaña de capuchas, de esclavinas y de

chales de lana. Tenía el pescuezo torcido y las piernas acalambradas.

Eché una mirada a mi alrededor... Una bujía solitaria ardía sobre una

consola, en la que se veían cepillos, peines, alfileres para los

cabellos; colgaban a lo largo de las paredes mantas, sombreros... ¡Ah!

aquel era el tocador de las damas.

Y poco a poco fui comprendiendo lo que había pasado.

Consulté mi reloj: eran cerca de las dos... Oía a la distancia los

sonidos de un piano y el rítmico rozar de los danzantes... ¡Mis bodas!

Me alisé el pelo, me ajusté la corbata, y, francamente, mi más grande

satisfacción habría sido irme a tenderme en mi vieja cama y subirme la

cobija hasta las orejas, en lugar de... ¡Brrr!

En fin, ¿qué hacer? Me dirigí, pues, a los salones. No me sentía

abochornado en lo más mínimo, demasiado atontado y amodorrado, como

estaba aún, para darme cuenta exacta de mi situación.

Al principio, nadie notó mi presencia; porque, en las salas reservadas

para los hombres, el humo de los cigarros era tan compacto que a tres

pasos no se distinguían sino bultos confusos... Se jugaba fuerte. Mi

suegro saqueaba a sus huéspedes tan concienzudamente que, si hubiera

tenido tres hijas más que casar, se habría hecho millonario. A eso

llamaba él «resarcirse de los gastos de la boda».

Eché una ojeada al salón de baile.

Las madres luchaban contra el sueño; los jóvenes giraban mecánicamente,

y el machacador no entreabría los ojos sino cuando había encajado un

acorde fuera de su sitio... Mi hermana tenía un vaso de limonada sobre

la falda y contemplaba las pepitas del limón... Era un cuadro lastimoso.

De Yolanda, ni la menor huella.

Volví a las mesas de juego y golpeé el hombro al viejo. En esos momentos

estaba metiéndose a manos llenas en los bolsillos el dinero que acababa

de ganar.

--¡Ah! ¡eres tú, borrachón!

--¿Dónde está Yolanda?

--¿Qué sé yo? Búscala.

Y se pone a jugar otra vez. Los demás hombres estaban incómodos, pero

trataban de no hacerlo ver:

--Siéntese, pues, joven esposo--me dicen.

Me apresuré a alejarme, porque me conocía; si hubiera contestado, habría

sucedido allí una desgracia.

Tomando por caminos extraviados, evité el salón de baile. No me sentía

con valor para afrontar las miradas de las madres.

En el corredor humeaba una lámpara de cocina; y salía de allí un ruido

de vajilla y risotadas de criadas...

¡Puf!

Llamé a la puerta del aposento de Yolanda; nadie respondió. Repetí el

llamamiento; el mismo silencio. Entonces entro.

¿Y qué es lo que veo?... Mi suegra sentada en el borde de la cama; de

rodillas delante de ella, con la cabeza apoyada en el pecho de su madre,

mi mujer en traje de viaje (¡ya!), y las dos llorando a lágrima viva.

¡Ah, señores! no me sentí orgulloso.

Habría querido escabullirme, saltar dentro del coche y gritar «¡A la

estación!» Tomar el primer tren y huir a América, a cualquier parte,

allá donde se refugian los cajeros infieles y los hijos pródigos.

Pero era imposible.

--¡Yolanda!--dije en tono humilde y contrito.

Las dos lanzan un grito. Mi mujer se abraza a las rodillas de su madre,

que extiende los brazos como para protegerla.

--Yo no quiero hacerte daño, Yolanda--digo.--Lo único que quiero es

pedirte perdón por haber sido tan imprudente, por exceso de amor a ti.

Silencio prolongado. No se oyen más que suspiros.

Entonces la madre le dice:

--Tiene razón, hija mía; levántate. Es hora de partir.

Yolanda se alza lentamente, con las mejillas húmedas, los ojos

enrojecidos, el cuerpo sacudido siempre por los sollozos.

--Dale la mano a tu marido. No hay más remedio.

Perfectamente amable ese «no hay más remedio».

Y Yolanda me tiende la mano, que yo llevo respetuosamente a los labios.

--¿Ha visto a mi marido, Jorge?...--pregunta mi suegra.

Respondo que sí.

--¿Quiere llamarlo, para que Yolanda se despida de él?

Vuelvo a la sala del juego.

--Oye, suegro.

--Doce... diez y seis... veintisiete... treinta y uno...

--Suegro...

--¡Treinta y tres!... ¿Qué quieres?

--Queríamos despedirnos...

--Buen viaje. Que sean felices. ¡Treinta y seis!

--¿No quieres que Yolanda?...

--¡Treinta y nueve! ¡gané!... ¡Vengan los monacos!... ¿Quién quiere

jugar conmigo todavía? ¿Tú, Jorge? ¡Vamos de una vez!

Entonces me fui.

Cuando, con la mesura del caso, hube informado a las damas de la casa,

ellas se contentaron con mirarse una a la otra, en silencio; luego

bajaron por la escalera de servicio al patio, donde nos esperaba ya el

carruaje. El viento nos silbaba en las orejas, gotas de lluvia nos

azotaban el rostro.

Las dos mujeres se estrechaban en un abrazo mudo, como si ya no fueran a

separarse nunca. Pero, en esto, el viejo, que ha cambiado de idea, llega

ruidosamente, y detrás de él los criados, a quienes ha dado el alerta,

con lámparas y bujías.

Se echa sobre Yolanda y le frota las mejillas con sus mostachos.

--Hija querida, si la bendición de un padre que te ama profundamente...

Ella se desprende y lo aparta, casi como se aparta a un perro mojado, y

salta dentro del coche.

Yo, detrás de ella... ¡En marcha!...

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 41 / 48 题