Me dije: «Ya está, querido amigo, te han mandado el hoyo...»

Pero, en seguida, sentí una gran tranquilidad. Mientras abría el sobre

con unas tijeras, deseaba casi encontrarme con una repulsa brutal y

definitiva.

Y leí.

«Amigo mío: Mi resolución se ha afianzado, como usted deseaba. Espero

qué vendrá hoy a ver a mi padre.--_Yolanda_».

--¡Ah, qué felicidad!... No es fácil concebir la dicha de un momento

semejante.

Pero, después... ¡qué vergüenza, qué vergüenza! Sí, señores; me sentía

abochornado al pensar en las miradas socarronas y equívocas a que iba a

verme expuesto, y de buen grado me habría echado atrás.

Pero había llegado la hora. ¡Adelante, por la gloria!

Ante todo, traté de ponerme buen mozo. Al afeitarme me corté dos veces;

uno de los palafreneros tuvo que ir corriendo hasta la farmacia, a dos

millas de distancia, en busca de tafetán inglés color carne... yo no

tenía más que negro en casa...

Después me apreté la hebilla del chaleco hasta quedarme sin respiración,

y mi pobre hermana vieja estuvo a punto de perder la paciencia, a fuerza

de hacer y deshacer, y volver a hacer, el nudo de mi corbata, al que no

conseguía darle un aspecto bastante inspirado.

Y, entretanto, siempre este pensamiento lancinante: «Hanckel, te estás

poniendo en ridículo.»

Sin embargo, mi llegada a Krakow fue magistral. Una yunta de caballos de

pelo gris, nacidos en mis tierras, el landó nuevo, acolchonado con raso

granate... La entrada de un príncipe no habría sido más triunfal; a

pesar de todo, me habría batido en retirada... tan cobardemente me latía

el corazón.

El viejo me recibió en la puerta, como si no tuviera la menor idea de lo

que se preparaba... Y, cuando le pido un momento de conversación a

solas, adopta el gesto reservado del que teme ser objeto de un pedido

imprevisto de dinero.

«Está bien; pronto levantarás bandera de parlamento», me digo; y espero

la respuesta, que ha de dar lugar a una buena escena, muy conmovedora,

con abrazos, lágrimas de alegría, y todo el aparato escénico del caso...

Porque uno se hace terriblemente vanidoso, señores, cuando tiene el

portamonedas bien provisto.

Pero el viejo zorro era entendido en negocios; sabía que, para dar valor

a la mercancía a los ojos del comprador, hay que hacérsela desear.

Cuando hube presentado mi demanda, me respondió hinchado por una

dignidad repentina:

--Disculpe, señor barón. ¿Quién me asegura que ese matrimonio, esa

unión... _contra naturam_, confiéselo... va a tener buen resultado?

¿Quién me garantiza que, dentro de un año o dos, no volverá aquí mi

hija, en cabeza, en camisa, a declararme: «Padre mío, yo no puedo vivir

ya con ese viejo... Téngame a su lado?...»

--¡Ah, señores! ¡eso era duro!

--Ahí tiene usted--continuó,--ahí tiene usted la razón de que, como

padre prudente, yo no me atreva a entregarle mi hija.

¡De modo que me manda a paseo!... ¡se burla de mí!...

Me levanto, porque la entrevista me parece terminada; pero el viejo se

precipita y me obliga a sentarme otra vez:

--...Sin embargo, se la entregaría guardando las formas que un hombre

como yo se cree obligado a imponer a un hombre como usted... o, para

hablar más claramente, observando las formalidades por medio de las

cuales un padre debe asegurar el porvenir de su hija... o, para ser más

preciso todavía, la dote...

Entonces lo comprendo todo, y suelto la carcajada. ¡Ah, viejo fullero!

¡viejo fullero! ¡Para no soltar dote era para lo que había representado

toda esa comedia! Al verme reír, manda al diablo el énfasis afectado, el

pudor y la dignidad, y se echa a reír también con toda la boca; luego me

dice:

--¡Oh! desde el momento que usted toma así la cosa, amigo mío... Si yo

lo hubiera adivinado... Pero, usted bien lo sabe, hay que tantear

siempre el terreno... y si cuaja, tanto mejor...

De modo que estábamos de acuerdo.

Entonces se llamó a la baronesa; y, digámoslo en honor suyo, olvidó el

papel que tenía que desempeñar; se me echó al cuello en cuanto su marido

hubo acabado, para salvar las apariencias, de explicarle la situación.

¿Y Yolanda?

Pálida como la muerte, con los labios apretados, los ojos entornados,

apareció en la entrada del salón y me tendió silenciosamente las dos

manos. Después, con paso de autómata se acercó a sus padres y se dejó

abrazar por ellos.

Vean, señores, esto me dio que pensar otra vez.

V

Lo que me temía, señores, no sucedió...

A lo que parece, yo no tenía la menor idea del aprecio y de la amistad

de que era objeto dentro de nuestro círculo. Mis esponsales tuvieron la

aprobación de la nobleza y también del grueso público; por todas partes

no vi más que caras sonrientes y manos afectuosamente tendidas que me

felicitaban.

Es cierto que, en una ocasión como ésa, el mundo entero parece

conjurarse contra uno para empujarlo, con gestos y ademanes de júbilo,

hacia el destino; hasta el momento en que, como la cosa empieza a

aburrir, todos se vuelven contra uno y le enseñan los dientes. La

verdad, sin embargo, es que poco a poco fui dejando de sentirme

avergonzado de mi felicidad; y hasta acabé por creer que tenía derechos

reales sobre tanta juventud y belleza.

Mi pobre hermana vieja se mostró abnegada, hasta un extremo conmovedor;

sin embargo, ella era la única persona a quien mi matrimonio causaba

directamente un daño: tenía que salir de Ilgenstein el día de la boda

para instalarse en nuestra pequeña posesión materna en Gorowen. Derramó

torrentes de lágrimas, lágrimas de alegría, me aseguró que su plegaria

de todas las noches había sido oída, y se apasionó de mi prometida antes

mismo de conocerla.

¿Qué hubiera dicho mi amigo Pütz, que había bajado a la tumba sin ganar

la comisión que esperaba recibir por mi casamiento?

«A su hijo--me dije,--es a quien tengo que pagarla.»

Escribí a éste una larga carta; le pedí perdón casi por haber ido a

buscar mujer en la casa de su enemigo hereditario;

«pero--agregué,--confío que de esta manera la vieja disputa se arreglará

por sí sola».

La respuesta se hizo esperar mucho tiempo.

Contenía unas cuantas palabras de felicitación bastante secas, y me

anunciaba que Lotario aplazaría su regreso hasta después de mi

casamiento; le sería muy penoso encontrarse tan cerca de mí y no poder

estar a mi lado ese gran día.

Esto, señores, me apenó; porque yo lo amaba de veras, al muy bandido.

Sí, sí... y mi novia también me tenía inquieto.

Seriamente inquieto, señores.

No veía en ella una alegría sincera. Siempre que llegaba, la encontraba

con el rostro pálido, la expresión fría, la mirada turbia por entre los

párpados bajos. Sólo cuando me la llevaba a un lado y le hablaba

alegremente, acababa por animarse y por demostrarme una especie de

ternura filial.

Pero también, señores, ¡cuán delicado me mostraba yo con ella!

¡extraordinariamente delicado, les aseguro!... La trataba como si fuera

la princesa de un cuento de hadas; todos los días descubría yo en mi

corazón nuevas fuentes de delicadeza, y me sentía positivamente

orgulloso de mi refinada finura.

A veces, sin embargo, me asaltaban impulsos de contar un cuento picante

o de soltar un juramento gordo. Esta perpetua vigilancia sobre mí mismo

me abrumaba. Gracias a Dios, tengo el corazón bastante tierno y bastante

generoso para comprender las exigencias de otro corazón, sin que haya

afectación de mi parte. Pero hasta cierto punto eso me hacía el efecto

de estar en la situación de un acróbata que avanza por la cuerda con los

ojos vendados. Un movimiento falso a la derecha, un movimiento falso a

la izquierda... ¡patatrás!... al suelo.

De modo que, cuando me veía otra vez en mi vasta casa vacía, en la que

podía silbar, jurar, gritar, echar pestes y maldiciones a mi gusto, y

hacer Dios sabe cuántas cosas más, sin chocar ni incomodar a nadie,

experimentaba un verdadero bienestar y me decía más de una vez: «¡A Dios

gracias! ¡todavía soy libre!»

Sí, pero no por mucho tiempo... Como nada se oponía al matrimonio, éste

debía celebrarse dentro de seis semanas.

Una horda de tapiceros, de carpinteros, invadió mi querido Ilgenstein y

lo puso patas arriba. Todos mis deseos se veían contrarrestados por la

frase:

--¡Oh, señor barón! ¡eso no es de buen gusto!

Y, a fe mía, que los dejaba hacer; porque en aquella época yo sentía

todavía un santo respeto por el famoso «buen gusto». Sólo mucho más

tarde fue cuando comprendí que, por lo común, eso no es más que una

pantalla para disimular la pobreza de espíritu.

En fin, lo cierto es que, so pretexto del maldito buen gusto, en poco

tiempo la banda devastadora no dejó ni un rincón intacto en Ilgenstein.

No conseguí poner a cubierto de la invasión nada más que mi gabinete de

trabajo. Allí sí; prohibí enérgicamente toda tentativa de buen gusto...

Y mi viejo catre... naturalmente... nadie se había atrevido a ponerle

las manos encima.

¡Ah, sí, señores! esa cama...

Vean, oigan esto... Un buen día, viene a verme mi hermana... Dicho sea

de paso, ella hacía causa común con toda esa gentuza... Entra, pues, en

mi aposento, mostrando en sus labios la sonrisita falsa que adoptan las

solteronas cuando se hace alusión delante de ellas a la manera cómo

vienen al mundo las criaturas.

--Tengo que hablarte, Jorge--me dice, tosiendo afectadamente, sin

mirarme.

--¡Bueno! ¡Empieza!

--Es a propósito...--balbucea,--es decir, me parece que... ¿qué piensas

tú al respecto?... tú no puedes continuar durmiendo en esa cama

espantosa, sobre un jergón...

--¿Y si a mí me gusta dormir así?

--No me comprendes...--murmura, cada vez más turbada;--después...

cuando... en fin, una vez que te cases...

--¡Diantre! ¡no había pensado en eso!...--Y yo, un viejo lobo, me pongo

tan turbado como ella.

--Habrá que avisar al ebanista--digo.

--Mi querido Jorge--dice ella con importancia;--perdóname si creo que

entiendo el asunto mejor que tú.

--¡Hum, hum!--le digo, amenazándola con el dedo, porque mi mayor placer

ha sido siempre plantar en el banquillo su pudor de solterona.

Ella se pone colorada de vergüenza, y continúa:

--He visto en casa de mis amigas, en casa de la señora de Houssel y de

la condesa Finkenstein, dormitorios espléndidos... es preciso que tengas

tú uno igual.

Yo pregunto:

--¿Cómo es?

Debo decir a ustedes, señores, que, al encontrarme con que el gran

tacaño de mi suegro no quería pagar ni siquiera el arreglo de la casa,

yo había dicho que el mobiliario estaba completo y había encargado en

seguida lo indispensable a Berlín y a Königsberg. Naturalmente, me había

olvidado de la cama.

--¿Qué prefieres?--insiste ella;--seda rosa cubierta de tul ilusión o

seda adornada con puntillas? Tal vez se podría decir también al pintor

que está haciendo el cielo raso que lo adorne con unos cuantos

amorcillos.

¡Ay, ay, ay, señores!... yo no me sentía a gusto... ¡Yo y Cupido!...

--En cuanto a la cama--prosigue ella, implacable,--no habría tiempo de

terminarla...

--¡Cómo!--replico;--¡seis semanas para hacer una cama!...

--¡Pero Jorge!... Los dibujos, los planos solamente requieren un mes.

Dirigí una mirada entristecida a mi vieja cama querida. Para ésa no

había habido necesidad de dibujos. Me la habían hecho en medio día; seis

tablas y cuatro montantes.

--Lo mejor--continúa ella,--sería escribir a Lotario pidiéndole que

elija en Berlín lo más bonito y más fino que encuentre en las tiendas.

--¡Haz lo que quieras, y déjame en paz!--le dije, enervado.

Y mientras la pobre se retira un poco ofendida, le grito:

--Y, sobre todo, encomienda al pintor que trate que los amorcillos se me

parezcan.

Ahí tienen, señores, cuál era mi estado de ánimo durante el período de

noviazgo... Y cuanto más se acercaba el día de la boda, tanto más

incómodo me sentía.

No porque tuviese miedo... o más bien, sí... tenía un miedo horrible...

pero, aparte de eso, experimentaba la sensación de haber cometido una

falta, de haber hecho daño a alguno... ¿cómo decir?... Pero, ¿a

quién?... A ella no, por cuanto ella lo había querido así. A mí,

tampoco, ¿no era yo el más feliz de los mortales? ¿A Lotario?... Muy

bien podría ser.

El pobre muchacho había contado conmigo como un segundo padre, y yo lo

abandonaba, pasándome al enemigo con armas y bagajes. ¡Vean ustedes cómo

cumplía yo la palabra que había dado a Pütz en su lecho de muerte!

Señores, aquel de ustedes a quien las circunstancias hayan obligado a

alistarse en las filas de los bribones... y ¿cuál es el hombre honrado

que no ha tenido que hacer eso alguna vez en su vida?... ese me

comprenderá.

Me devanaba los sesos día y noche, y me roía las uñas hasta hacerme

sangre; y, no encontrando otra manera de arreglar las cosas, resolví

reconciliar a mi costa a las dos partes.

Confieso que me costó algún trabajo decidirme a ello; porque nosotros,

los cultivadores, estamos muy aferrados, señores, a nuestros cuartos...

Pero ¿qué es lo que no haría uno, cuando lo han declarado oficialmente

«un buen muchacho?»

Me voy, pues, una tarde a casa de mi futuro suegro, y entro en su

pretendido gabinete de trabajo. Estaba en preparativos para repantigarse

en su diván, y lo incito, no sin vacilar, a que se reconcilie con

Lotario... naturalmente, para tantear ante todo el terreno. Como lo

había previsto, en seguida monta en cólera, jura, se sofoca, se pone

lívido, y me señala la puerta.

--Pero--digo yo,--supongamos que él reconoce su error y abandona el

pleito...

Señores ¿ha acariciado alguno de ustedes alguna vez un tejón?... quiero

decir un tejón joven, medio domesticado. ¿Han notado ustedes los ojitos,

medio burlones, medio dulces, con que mira mientras resuella suavemente?

Enteramente igual fue la cara que puso el viejo; luego, me dijo:

--El no querrá.

--Pero, ¿y si consintiera?

--Entonces ¿eres tú el que paga los platos rotos?--me lanza a quema ropa

el viejo pícaro.

--Yo me pregunto: «¿Tengo que negar?»

¡Bah! ¡Que el diablo lo lleve!... y convengo en la cosa.

--Pues no--dice el otro secamente;--nada de eso, hijo mío, no acepto.

--¿Y por qué?

--A causa de los hijos, por supuesto... Tengo que pensar en los nietos

que tu magnanimidad me otorgará sin duda. Yo no les doy dote; ¿y voy a

quitarles también la paja del nido donde van a nacer? De todos modos,

estoy seguro de ganar el pleito si las cosas se prolongan uno o dos

años más; puedo esperar.

Entonces, ensayo la persuación.

--El dinero quedará en la familia--digo;--yo pago, y tú guardas el

dinero. Y, cuando te mueras, ese dinero volverá a mi poder.

--¡Ajá! ¡conque cuentas ya con mi muerte!--grita el viejo, montando otra

vez en cólera;--¡querrías seguramente enterrarme vivo y tirar en seguida

el manotón a Krakowitz para redondear tus tierras! ¿Le has echado el ojo

a mi Krakowitz desde hace tiempo, eh?

Imposible hacer entender razones a ese energúmeno; me decido a emplear

los grandes recursos.

--Oye entonces mi última palabra:--le digo.--Yo no puedo entrar en tu

familia sino con una condición: tu reconciliación con Lotario Pütz. Si

te niegas, tendré que romper mi compromiso.

Eso le puso blandito.

--¡Qué cabeza hueca!--dijo;--no hay medio de hablar de sentimientos

contigo. Yo pienso en tus hijos, en esas pobres criaturas que están por

nacer todavía; y tú, tú no piensas más que en una ruptura y en otras

borricadas por el estilo... Arregla el asunto así, si eso te place; yo

no me opongo personalmente, no tengo nada contra Lotario Pütz. Al

contrario: debe ser un mocetón enérgico, muy caballero, bastante

aficionado a las muchachas lindas... Y, a propósito, hijo mío, te voy a

dar un buen consejo. Tú vas a tener una mujer joven. Si ella no fuera mi

hija, y no estuviera por eso mismo arriba de toda sospecha, yo te diría:

«Riñe con él; no le prestes más dinero y reclámale lo que te debe...»

Como tú comprenderás, la prudencia es una gran cosa.

Señores, hasta entonces, yo había tomado al viejo por su lado bueno;

pero desde aquel momento se me hizo odioso. Bueno... el casamiento ante

todo; que, después, ya sabré librarme de él.

Había que tragar todavía una píldora bastante gorda. Convencer a Lotario

de que el viejo había reconocido su error y renunciaba a seguir el

pleito. Eso anduvo como sobre rieles. Lotario se sorprendió tan poco que

se olvidó de agradecérmelo...

¡En fin, qué quieren ustedes!

Ya les he hablado de mi prometida; suficientemente, me parece. Nuestras

relaciones, con sus altibajos de confianza o de temor, de esperanza o de

abatimiento, formaban una madeja demasiado complicada para que mis

manazas pesadas pudieran desenredarla.

Debo decir, en honor de Yolanda, que ella se esforzaba lealmente por

darse conmigo... Trataba de adivinar mis gustos; sí, trataba de asociar

sus ideas con las mías. Pero eso no era posible. Allí donde su joven

inteligencia esperaba encontrar en mí la vida, el interés, no había, por

lo general, más que un desierto seco, hacía ya mucho tiempo. Porque,

vean ustedes lo que es terrible en la vejez: cada año atrofia un nervio

más en nosotros; y, cuando estamos por llegar a los cincuenta años, el

trabajo y el reposo nos son igualmente mortíferos.

Entonces estaban de moda las corbatas de color punzó; yo usaba, por lo

tanto, una corbata punzó; usaba también zapatos puntiagudos, e hice

poner forros de seda a mis trajes.

Hacía a mi novia costosos regalos: un collar de turquesas de quince mil

francos... y un solitario célebre que había sido rematado en París.

Todos los días, el ferrocarril le llevaba rosas frescas y orquídeas,

porque, en cuanto a las flores de mi jardín, el cultivo de ellas no me

daba tan buen resultado como la cría de potros. Diré de paso que mis

potros... pero no, no es de eso de lo que quiero hablarles.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 40 / 48 题