Ahí tienen ustedes, pues, en lo que estábamos. Al volver a casa, iba
repitiéndome incesantemente por el camino: «Hanckel, esto sí que es
tener suerte! ¡A tu edad, un tesoro como ese!... ¡Grita, pues, salta
como un loco! ¡Es lo menos que puedes hacer después de un acontecimiento
semejante!...»
Y, sin embargo, yo no sentía la más mínima gana de saltar o de gritar.
Una vez en casa, arreglé mis cuentas de la semana y mandé que me
prepararan un grog. Esa fue toda la fiesta que hice.
Al día siguiente, llega Lotario Pütz, de uniforme.
--Siempre de servicio, muchacho?--le pregunto.
--Mi dimisión no ha sido aceptada todavía--responde mirándome con ojos
atravesados, como si yo fuera la causa de todas sus desgracias.--Por
otra parte, mi licencia está por terminar y tengo que volver a Berlín.
Le pregunto si no podría conseguir una prórroga, pero bien veo que no la
quiere: «Echa de menos el círculo...» Todos sabemos lo que es eso.
Y, además, tiene que vender sus muebles y que arreglarse con sus
acreedores.
--Vete, pues--le digo;--y Dios te acompañe, hijo mío.
Por un instante me pregunto si voy a confiarle mi nueva felicidad; pero
no me atrevo. Estoy seguro de que pondría una cara de imbécil al hacerle
esa confesión, y me callo... además, podría ser que Yolanda cambiara de
idea y, sondando el fondo de mi corazón, creo que anhelo eso tanto como
lo temo.
Experimentaba un sentimiento... ¡bah! ¿para qué querer poner en limpio
los sentimientos? Los hechos hablarán.
A la mañana del octavo día, el cartero me trajo un sobre, con los bordes
dorados... escrito por ella... Al principio me sobrecogió un gran miedo,
y los ojos se me llenaron de lágrimas.