Al día siguiente, presento mi informe al joven, sin decir una sola
palabra, naturalmente, sobre mis tonterías de la víspera. El me clava
sus ojos negros, ardientes:
--No hablemos más de la cosa--dice.--Me lo esperaba.
Ocho días después vuelve a tratar del asunto, como quien no quiere la
cosa:
--Sin embargo, deberías ir otra vez a Krakowitz, tío.
--¿Estás loco, muchacho?--exclamo.
Pero, al mismo tiempo, me siento tan feliz como si la suave mano de una
mujer me acariciara la nuca.
--No tienes necesidad de hablar de mí--agrega, mirándose las puntas de
las botas;--pero si tú fueras allá a menudo, quizá las cosas se
arreglarían por sí solas.
Es tan fácil, señores, hacer cambiar mis resoluciones más sagradas como
hacer balancear una espiga... Volví, pues, a Krakowitz... Y, volví otra
vez, y otra vez...
Aguanté las burlas del viejo, bebí el café que su mujer me hacía, y
escuché con beatitud las lindas arias que Yolanda me cantaba; aunque la
música... en general... Cuanto más iba a Krakowitz, tanto más incómodo
me sentía; pero era como si me arrastraran allá mil brazos, y no podía
resistirme de ningún modo.
Ella seguía, como siempre, echándome miradas de reojo; pero ¿que
significaban esas miradas? ¿eran un reproche, un llamamiento, o
simplemente el placer de verse admirada? No podía adivinarlo.
En fin, a mi tercera o cuarta, he aquí lo que sucedió. Serían las doce
del día apenas, y hacía un calor atroz; y yo, aburrido e impaciente,
parto para Krakowitz.
--El señor y la señora están durmiendo la siesta--me dice el
criado;--pero la señorita está en el terrado.
Tuve un presentimiento que me hizo palpitar el corazón; quise volverme
inmediatamente; pero, de pronto, la veo delante de mí, blanca y altiva,
con su traje de muselina; parece esculpida en mármol; mi vieja locura
recrudece con más fuerza que nunca.
--¡Cuánto le agradezco que haya venido, barón!--me dijo.--Me aburría
mortalmente. ¿Vamos al jardín?... ¿quiere? Hay allí un cenador muy
fresco, en el que podremos conversar tranquilamente.
Pasa entonces su brazo por debajo del mío, y yo siento un
estremecimiento. Les aseguro, señores, que en aquellos momentos me
habría sido más fácil asaltar una fortaleza que bajar del terrado.
Ella no dice nada, y yo tampoco. El silencio se hace abrumador. Cruje el
casquijo, zumban los insectos en las espíreas; pero, por lo demás,
ningún ruido.
Ella se ha colgado confiadamente de mi brazo, y me obliga a detenerme a
cada momento, cuando se inclina para arrancar una hierba o coger una
brizna de reseda, con la que se acaricia la punta de la nariz, para
tirarla en seguida.
--Querría poder amar las flores--dice.--¡Hay tantos que las aman... o
que dicen que las aman!... Tratándose de amor, una no sabe nunca la
verdad.
--¿Por qué?--le pregunté.--¿No puede suceder que dos seres se quieran
bien y se lo digan, sin frases rebuscadas ni segunda intención?
--_¡Se quieran bien! ¡se quieran bien!_--repite ella con expresión de
mofa.--¿Usted es de hielo, entonces, desde que para usted todo el amor
consiste en _quererse bien_?
--Sea yo o no de hielo, el resultado es el mismo, desgraciadamente.
--Sí; usted tiene un corazón de oro--dice ella, mirándome de reojo con
un poco de coquetería;--todo lo que usted piensa le sale de los labios
francamente.
--También sé callarme.
--¡Oh, bien lo veo!--se apresura a decirme.--A usted yo podría confiarle
todo, todo.
Y me parece que me aprieta ligeramente el brazo.
«¿Qué querrá de ti?» me digo, y el corazón parece querer salírseme por
la garganta.
Llegamos delante del cenador, un cenador de aristoloquias... ustedes
saben, esas hojas anchas de forma de corazón que interceptan todo rayo
de luz. En un cenador de ese género siempre es de noche, cómo ustedes
saben... Y entonces, ella me suelta el brazo, se agacha hasta tocar el
suelo, y, arrastrándose, se introduce por un boquete en el tallar, cuyas
ramas entrelazadas cierran toda otra entrada.
Y yo, el barón de Hanckel de Ilgenstein, modelo de dignidad y de
circunspección, me deslizo a cuatro pies detrás de ella, por esa
abertura poco más grande que la boca de un horno.
Sí, señores; ahí tienen ustedes lo que le hacen hacer a uno las mujeres.
Y, dentro del cenador, en la penumbra fresca, ella se tiende a medias
sobre el banco carcomido... Se seca con el pañuelo la frente, el cuello,
hasta el escote de la bata...
¡Qué hermosa es así! ¡qué hermosa!
Y mientras yo me dejo estar de pie, resollando como una foca, porque a
los cuarenta y siete años, señores, uno no se pasea ya impunemente a
cuatro patas, ella suelta una carcajada breve, dura, forzada.
--¡Ríase usted de mí!--le digo.
--¡Si supiera usted cuán pocas ganas tengo de reírme!--me dice, haciendo
una mueca de dolor.
Y se restablece el silencio. Ella mira al suelo, frunciendo las cejas, y
su garganta se hincha y se deshincha acompasadamente.
--¿En qué está pensando?--le pregunto.
Ella se encoge de hombros.
--¿Pensar? ¿para qué pensar?--responde.--Estoy cansada, querría dormir.
--Y bien, duerma.
--Pero usted también.
--Bueno; yo también.
Y, me tiendo a medias, como ella, sobre el banco de enfrente.
--Pero cierre los ojos--me dice.
Y, sumiso, cierro los ojos... Veo soles, ruedas verdes y haces de fuego,
sin parar un momento... eso tiene por causa la agitación de la sangre,
señores... Y, de tiempo en tiempo, una idea, como un relámpago, cruza
por mi mente: «Hanckel, te estás poniendo en ridículo».
Todo está tan callado, que oigo a los escarabajos que trepan a lo largo
de las hojas... Hasta la respiración de ella ha cesado.
«Tengo que ver, sin embargo, lo que hace», me digo, con el deseo secreto
de admirarla a mi gusto durante su sueño. Pero, cuando, a hurtadillas,
me aventuro a levantar un poco, un poquitito, los párpados, veo... ¡ah
señores, siento frío en la espalda todavía!... veo sus ojos
completamente abiertos, fijos en mí, feroces, devoradores, me atreveré a
decir.
--Yolanda, hija mía--exclamo;--¿por qué me mira así? ¿qué le he hecho?
Ella se estremece, se pasa, como si hubiera estado soñando, la mano por
la frente y por las mejillas, y se esfuerza por reír, con la misma risa
breve, entrecortada, de un momento antes, y en seguida estalla en
sollozos y llora, llora a lágrima viva.
Me precipito hacia ella; querría acariciarle los cabellos, pero mi valor
no da para tanto. Le pregunto qué es lo que la apena, si no quiere tener
confianza en mí, y otras cosas por el estilo.
--¡Ah! ¡soy el ser más desamparado, más miserable del mundo!--exclama
con un gemido.
--¿Y por qué?
--Quiero hacer una cosa... una cosa terrible... y no tengo valor para
ello.
--¿De qué se trata?
--No puedo decirlo... no puedo decirlo...
Y no sale de eso, a pesar de todos mis esfuerzos para que se decida a
hablar. Pero, poco a poco, su fisonomía se transforma, adopta una
expresión resuelta, sombría, y sus labios acaban por murmurar
amargamente:
--Quiero salir de esta casa... Quiero fugarme...
--¡Gran Dios! ¿y con quién?--pregunto consternado.
Ella se encoge de hombros:
--¿Con quién? ¡Sí nadie en el mundo se interesa por mí!... ¡ni un
cuidador de vacas siquiera!... Pero tengo que irme a la fuerza. Aquí una
acaba por perder toda esperanza, por morirse... Y, como nadie viene,
huiré sola.
--Pero, mi querida señorita, comprendo que se aburra usted un poco en
Krakowitz; es muy aislado esto... y su señor padre tiene historias con
todo el género humano... Pero, en fin, si usted tiene ganas de casarse,
una mujer como usted no tiene más que hacer que levantar el dedo
meñique.
--¡Oh, cállese!--me responde;--esas son frases. ¿Quién me querría a mí?
¿Conoce usted a alguno que me quiera?
El corazón me late desesperadamente. Yo no quiero decirle... sería una
locura... y, sin embargo, me pongo a asegurarle que yo no hago frases,
que desearía probárselo, o cosa así... Porque, a hacerle una declaración
en regla, por el momento ¡gran Dios! no me atrevo. Ella cierra los ojos,
suspira profundamente, y, poniéndome la mano en el brazo, dice:
--Antes de que se vaya, tengo que hacerle saber una cosa, para que no se
deje engañar tan miserablemente. Mis padres no están durmiendo... En
cuanto oyeron su coche, se encerraron... es decir, él fue el que la
obligó a mamá... Esta entrevista nuestra en este sitio es una cosa
preparada. Yo tengo que transtornarle a usted la cabeza para que usted
se case conmigo. Desde el día que hizo usted su primera visita, los dos
no hacen más que atormentarme, él con sus reprensiones, ella con sus
ruegos. «Que yo no debo perder esta ocasión, porque un partido así no
volverá a presentarse nunca». Perdóneme señor, pero yo no quería; aun
cuando hubiera sentido simpatía por usted al principio, la insistencia
de ellos habría bastado para desanimarme. Pero, ahora, que he abierto a
usted mi corazón, ahora sí, quiero. Si yo le gusto, tómeme, soy suya.
Pónganse ustedes, señores, en mi lugar. Una joven hermosa, una Tusnelda,
una Venus, que en su orgullo y desesperación se echa en los brazos de un
hombre valiente, corpulento, que frisa ya en los cincuenta años... ¿No
hubiera sido una especie de sacrilegio apoderarse de esa felicidad y
arrebatarla apresuradamente, como un ladrón?
--Yolanda--le digo;--querida niña, ¿se da usted cuenta de lo que está
haciendo?
--Sí--me responde con una sonrisa que da lástima;--me rebajo ante Dios,
ante mis propios ojos, y ante los ojos de usted... me hago esclava suya,
cosa suya... y con esto, lo engaño, sin embargo...
--Quizá no pueda usted soportarme...
Entonces, ella me hace ojitos... me mira dulcemente con sus ojos
inocentes, con sus queridos ojos de color azul pálido, y murmura con voz
lánguida:
--Usted es el hombre mejor y más noble del mundo; yo podría amarlo,
adorarlo, pero...
--Pero, ¿qué?
--¡Ah! ¡qué feo, qué bajo es todo esto!... Dígame que no quiere saber
nada conmigo, que me desprecia. No merezco otra cosa.
Me parecía que el mundo entero daba vueltas a mi alrededor, y tuve que
hacer un llamamiento a todo lo que me quedaba de buen sentido para no
cogerla y estrecharla entre mis brazos. Gracias a ese poquito de buen
sentido que me quedaba, le dije:
--Yo no quiero, mi querida niña, aprovecharme de un momento de emoción.
Usted podría arrepentirse de ello después, y sería demasiado tarde.
Esperaré ocho días; entretanto, usted reflexiona. Si, para entonces,
usted no me escribe: «He cambiado de idea», queda convenido: vendré a
pedirla a sus padres. Pero pese bien el pro y el contra, antes de
decidirse; no se eche de cabeza en su desgracia.
Entonces, señores, ella se precipitó a tomarme la mano, esta manaza fea,
curtida, rugosa; y, antes que yo pudiera impedirlo, apoyó en ella sus
labios.
Sólo más tarde, mucho más tarde, he comprendido lo que significaba ese
beso.
Cuando hubimos salido del cenador, yo otra vez en cuatro pies detrás de
ella, oímos de lejos al viejo que gritaba:
--¿Es posible? ¿Hanckel, mi amigo Hanckel, está aquí? ¿Por qué no me han
despertado entonces, cretinos, idiotas, miserables? ¡Mi amigo Hanckel
aquí, y yo roncando! ¡runfla de canallas!...
Yolanda se puso colorada de vergüenza; y, para hacerle menos penoso ese
momento, le dije:
--Déjelo estar, que lo conozco bien.
Sí, sí, señores; yo conocía bien al viejo... pero a la hija, a ésa no la
conocía.