Señores, esperé tres días para dejar que la cosa madurara un poco;
después, mi carruaje de caza fuera de la cochera, mis dos trotones con
las pecheras, y en camino a Krakowitz.
Linda propiedad, no hay que decir. Un poco despechugada, pero
soberbia... Demasiadas tierras negras de barbecho... pero quizás para la
colza del invierno... ¿El trigo?... así, así... ¿El ganado?...
magnífico.
Entro en el patio de la posesión... ¿Saben ustedes, señores?... Para mí,
el patio de una granja es como el corazón humano. Por poco que sepa leer
en él, ya no habrá medio de hacer tomar a ustedes una X por una V. Hay
corazones que están abandonados, pero se adivinan lingotes de oro debajo
del barro; otros son brillantes... corazones bien nutridos, por decirlo
así, de arsénico... Relucen, centellean de lejos como de cerca; al
verlos, no se puede menos de exclamar: «¡Rayos y truenos!...» y no son
más que oropel. Los hay que se espantan, los hay que se encogen, hágase
lo que se haga... En fin, adelante. Un poco de todo eso era el patio de
Krakowitz. Graneros espléndidos... carretones mal cuidados... magníficos
montones de estiércol, y caballerizas en desorden. Se comprendía que el
capricho reinaba allí soberano, con un asomo de avaricia quizá... ¿o de
escasez? ¡Es tan difícil poder determinar eso en el primer momento!
La casa de los señores: dos pisos, un techo de tejas rojas con canaletas
amarillas, yedra alrededor; buen aspecto, en resumen. Y un no sé qué
de... en fin, ustedes comprenden...
--¿El señor barón está en casa?
--Sí; ¿a quién tengo que anunciar?
--A Hanckel, al barón Hanckel de Ilgenstein.
--Tómese la molestia de entrar.
Entré, pues... Todo viejo, en todas partes; viejos muebles, viejos
cuadros... el conjunto un poco apolillado, pero cómodo.
Oigo que echan votos detrás de la puerta:
--¿Ese maricón? ¡Pues es descaro!...
¡Era el alma maldita de Pütz, el muy canalla!
«Lindo recibimiento», pensé.
Voces de mujeres se interpusieron:
--Pero, papá...--maúlla una.
--Pero, hombre...--chilla otra.
¡Oh, la, la!...
Ahí entra, Señores. Si yo no lo hubiera oído en ese mismo instante, con
mis propias orejas... Me tiende las manos; su cara de viejo pícaro
resplandece, sus ojos de garduña pestañean de placer.
--¡Vecino!... ¡amigo!... ¡qué felicidad!
--Vea, Krakow. Ande con tiento, porque lo he oído todo.
--¿Qué ha oído, querido amigo? ¿qué es eso?
--Los títulos que me ha acordado usted: maricón, y Dios sabe qué más.
Y él, sin alterarse en lo más mínimo:
--Siempre lo he dicho, todos los días se lo estoy diciendo a mi mujer:
las puertas no sirven para nada. Pero no hay que tomarlo a mal, mi viejo
amigo. ¿Comprende?... siempre me ha fastidiado que usted se hubiera
puesto de parte de Pütz. Y en este momento las señoras están preparando
un ponche... con esto le digo todo. ¿Por qué no venía usted nunca a mi
casa?... ¡Yolanda!... Es mi hija... ¡Yolanda!... Es la alegría de mi
alma... No me oye. Bien decía yo a usted... las puertas no sirven para
nada. Pero ellas están espiando por el ojo de la llave... ¡Largo de
ahí, escuerzos!... ¿Siente usted como escapan? ¡Je, je!... ¡estas
mujeres!...
¿Cómo enojarse, señores? No fui capaz de eso. ¿Tengo el cuero demasiado
grueso? En fin, no pude hacerlo.
¿Qué figura tenía el hombre?... No me pasaba una línea de la cintura.
Redondo, gordo, con las piernas como una O; y, sobre esa panza, una
verdadera cabeza de apóstol... Pedro, Andrés o cualquiera de ellos. Una
linda barba redondeada, con dos mechas blancas que bajaban de la
extremidad de los labios; una piel de pergamino amarillento, toda
arrugada alrededor de los ojos, la cabeza calva, pero con dos tupés
grises desgreñados, arriba de las orejas.
Y el buen hombre da vueltas en derredor mío, como picado por la
tarántula.
No crean, señores, sin embargo, que me dejé impresionar por sus visajes.
Lo conocí hacía ya mucho tiempo para saber lo que el hombre podía tener
en el vientre... Pero--trátenme de sinvergüenza, si quieren,--el hombre
me gustaba. Y el ambiente también me gustaba.
Había allí cierto rinconcito junto a la ventana... maderajes
esculpidos... A fuera, la yedra trepaba... y el sol brillaba a través
del follaje verde... Muy atrayente... Sobre la mesa, un ovillo de lana
en una concha de marfil; a un lado, un diario ilustrado y un pedazo de
torta cercenada... Muy atrayente, les digo... Nos sentamos, pues, y una
criada trajo cigarros.
No valían nada, pero el humo bailaba tan alegremente a los rayos del sol
que me olvidé de tirarlo cuando la punta empezó a quemar.
Quiero empezar a hablar de intereses, pero él me pone la mano en el
hombro y dice:
--Amigo, generoso amigo, después del café...
--Permítame, Krakow...
--Amigo, generoso amigo, después del café.
Me informé entonces cortésmente de sus propiedades, y lo dejé entregarse
a desatinadas jactancias a propósito de sus innovaciones, que no valían
un clavo, según lo sabía yo de mucho tiempo atrás.
La baronesa hizo su entrada. Un viejo objeto de arte... fino,
distinguido. Grandes ojos azules alargados, cabellos de plata cubiertos
por una pequeña toca de encaje negro, una sonrisa dolorida, manos muy
delgadas; el conjunto un poco delicado para la mujer de un hidalgo rural
y, sobre todo, de un patán como ése.
Me da cortésmente los buenos días, mientras el viejo grita a voz en
cuello:
--¡Yolanda!... ¡Eh! ¿dónde te has metido? Hay un soltero aquí... un
pretendiente... un pretendiente...
--¡Krakow!--le digo, todo turbado;--¡no se burle así de un viejo gruñón
como yo!
Y la baronesa salva la situación, diciendo con expresión graciosa:
--No tema nada, barón; nosotras, las madres, hace diez años que lo hemos
abandonado a usted como incurable.
--¡Pero bien podría dejarse ver, a pesar de todo!--aúlla el viejo.
Al fin, llega ella...
¡Caramba, señores! ¡atención! Me quedé con la boca abierta... ¡De la
raza, señores, de la raza!... Un cuerpo de joven reina... largos
cabellos que desarrollan sus anillos sobre los hombros, cabellos de
color moreno dorado, como una melena... un cuello blanco, carnudo,
voluptuoso... la garganta no muy alta, y un poco ostentosa... eso que
llamamos, en términos ecuestres, un pecho de león... Parece que respira
con todo el cuerpo, tan poderosamente pasa el aire por ese organismo
joven y vigoroso... hombros y brazos elegantes... las caderas poco
desarrolladas todavía, pero bien formadas para la dilatación normal.
Señores, no soy nada entendido en mujeres, pero no en vano soy criador;
sé muy bien cuánto cuesta conseguir un ejemplar acabado de cualquier
especie que sea; cuando uno se encuentra frente a un ser tan perfecto,
no hay más que hacer que juntar las manos y rezar: «¡Dios mío! yo te
agradezco que hayas puesto en el mundo seres semejantes; mientras
existan cuerpos así aquí abajo, no debemos desesperar de las almas...»
Lo que no me llenó en el primer momento fueron los ojos. Eran demasiado
soñadores, de color azul demasiado pálido para esa criatura exuberante
de vida. Parecían ahogarse en éxtasis; sin embargo, los párpados, medio
bajos, dejaban escapar una mirada inquieta, recelosa, como la que tienen
los perros malos a quienes se castiga con frecuencia.
El viejo la toma por los hombros y se da sus aires de grande.
--¡Esta es _mi_ obra! ¡Soy _yo_ el que ha hecho esto! ¡_Yo_ soy su
padre!...--etcétera.
--Ella se desprende y se pone de color de púrpura. Tiene vergüenza.
Entonces las señoras preparan la mesa para el café. Barquillos
cuscurrosos, confituras rusas, mantelería adamascada, cucharas y
cuchillos de mango de cuerno... y, por arriba de todo eso, un fino vapor
azulado que se escapa del aparato del café y que da al conjunto cierto
tono más íntimo.
Nos sentamos y bebimos. El viejo se holgaba extraordinariamente; la
baronesa se sonreía con expresión resignada, y Yolanda me hacía ojitos.
Sí, señores; me hacía ojitos.
Ustedes están todavía en la edad en que una cosa así les pasa a menudo;
pero, cuando hayan cumplido los cuarenta y tengan plena conciencia de su
vientre gordo y de su calvicie, verán ustedes qué agradecimiento sienten
para con la camarera o la primer criada que se les presente y que se
tome el trabajo de dirigirles miraditas... ¡Y piensan, pues, lo que será
cuando se trata de una maravilla semejante, de una criatura de lo más
elegido y de lo más gracioso!...
Pensé al principio que me equivocaba... después procuré disimular mis
manos coloradas, luego tuve un acceso de tos... Me traté de animal, de
fatuo, pensé en marcharme, y, por último, me puse a contemplar
fijamente, todo aturullado, el fondo de mi taza... ¡como una jovencita!
Pero, cuando levantaba la cabeza, y fuerza era hacer eso de tiempo en
tiempo, encontraba siempre la mirada de esos grandes ojos azules
soñadores, que parecían decirme: «¿No has comprendido, pues, todavía,
que yo soy una princesa encantada y que tú debes libertarme?»
--¿Sabe usted por qué le he dado ese nombre estrambótico?--me preguntó
el viejo haciendo una mueca del lado de ella, con expresión maliciosa.
Entonces ella echó desdeñosamente la cabeza para atrás, y se levantó.
Debía conocer la broma.
--Vea cómo sucedió la cosa. Tenía ocho días la chicuela... estaba
acostada en su cama... sacudiendo sus piernitas... unas piernitas
rollizas, verdaderos salchichones... y un traserito... ¡no le digo
nada!...
¡Rayos y truenos! ¡Yo no me animé ya a levantar los ojos, tan
abochornado estaba! La baronesa fingía no oír nada y Yolanda había
salido de la pieza.
En cuanto al viejo, éste reventaba de risa.
--¡Ja, ja!... Sí, todo rosado... y los pañales habían dejado en él
marcas... un verdadero mapa geográfico... y qué delicado y bien
formado!... ¡un pétalo de rosa! Al ver eso me dije, en mi orgullo de
padre joven: «Esta será hermosa y coqueta, y meneará las piernas toda la
vida. Es preciso que tenga un nombre poético; eso le dará más valor a
los ojos de los pretendientes.» Busco en mi biblioteca. Tecla, Hero,
Irsa, Angélica... no, demasiado empalagoso: con cualquiera de esos
nombres, ella no pescaría para marido sino un empleadito sin fortuna...
o bien, Rosaura, Carmen, Beatriz, Wanda... tampoco, demasiado ardiente:
ella huiría con el primer regidor que se presentara, porque si sigue
siempre la suerte del nombre que se lleva... En fin, encontré Yolanda.
Este, sí; está hecho para los enamorados, se deshace en la lengua, sin
inspirar, sin embargo, malos pensamientos; excita y calma al mismo
tiempo; y atrae y da intenciones serias. Eso era lo que yo había
calculado, y era muy justo... Pero, ahora... ¡ella es capaz de quedarse
para vestir imágenes con todas sus cortedades y melindres!
Yolanda volvió entonces, con los ojos bajos, con la expresión de una
inocente injustamente acusada.
La pobrecita criatura me dio lástima; para cambiar violentamente de
conversación, abordé el capítulo de los intereses.
Las señoras despejaron la mesa en silencio, el viejo emborró su pipa,
negra como un carbón, y pareció dispuesto a escucharme pacientemente.
Pero, apenas hube pronunciado el nombre de Pütz, saltó de su silla y
tiró la pipa contra la estufa, donde se rompió mientras el tabaco se
esparcía en chispas. ¡Y si le hubieran visto ustedes la cara! Les habría
dado miedo. Morada, hinchada, como si le fuera a dar un ataque.
--¡Señor!--gritó.--¿Ha aceptado usted mi hospitalidad para venir a
envenenarme la casa?... ¿No sabe usted que ese nombre maldito no debe
pronunciarse aquí? ¿No sabe usted que yo maldigo a ese bribón hasta en
su tumba? ¿que maldigo a su progenitura, que maldigo a todos los que...?
No pudo continuar; se ahogaba, y le acometió un violento acceso de tos.
Tuvo que sentarse otra vez en el sillón, y la baronesa le hizo beber
agua azucarada.
Tomé silenciosamente mi sombrero. Entonces mi mirada cayó sobre Yolanda.
Blanca como la tiza, con las manos juntas, estaba allí, de pie,
abochornada y desesperada; parecía pedirme perdón, y, al mismo tiempo,
implorar mi apoyo. Resolví, pues, decir por lo menos una palabra de
despedida, y esperé con toda calma a que el viejo, que gemía y jadeaba
todavía, estuviese lo bastante tranquilo para comprenderme. Entonces,
dije:
--Debe usted encontrar natural, señor de Krakow... que con su salida
contra mi amigo y contra su hijo, a quien quiero como si fuera mío,
nuestras relaciones...
Krakow golpeó con los pies y con las manos para impedirme continuar; y,
después de unos cuantos gruñidos sofocados, acabó por recobrar la
palabra:
--Esta asma, esta asma infernal... una verdadera cuerda alrededor del
cuello... ¡crac!... cerrado el gaznate... ¿Quieres hablar, querido?
¡Buenas noches! ¿Quieres respirar, querido? ¡Chito!... Pero ¿qué es lo
que está diciendo usted ahí de _nuestras_ relaciones? _Nuestras_
relaciones, esto es, las relaciones entre _usted_ y _yo_, no se han
enturbiado nunca, amigo de corazón; son las mejores relaciones del
mundo, amigo de mi alma. Y si yo he insultado al otro, al pleitista,
al... al... noble, al honorable... ¡pues bien! me retracto, me declaro
un cobarde, pero que nadie me hable de él. Yo no quiero acordarme de que
su nombre puede existir, porque para mí ha muerto ¿entiende usted?... ha
muerto... muerto...
E hizo con el dedo una cruz en el aire, mirándome con expresión de
triunfo, como si con eso hubiera dado el golpe de gracia a mi pobre
Pütz.
--Eso no impide, señor de Krakow--dije,--que...
--¡Cómo! ¿qué es lo que no impide?... ¡Usted es mi amigo, usted es el
amigo de mi familia! ¡Vea a las señoras, están locas por usted!... ¡Eh!
no tengas reparo, Yolanda... hazle ojitos, hija mía... ¿crees que no te
estoy viendo, mocosa?
Ella no se sonrojó, no se turbó siquiera. Lo único que hizo fue levantar
un poco sus manos juntas en dirección a mí.
Eso era tan conmovedor, tan lleno de abandono, que me sentí
completamente desarmado. Volví a sentarme, pues, por un momento... hablé
de cosas indiferentes... y me despedí, en cuanto pude hacerlo sin
demostrar enojo.
Acompáñalo--dijo el viejo a Yolanda,--y sé amable con él; es el hombre
más rico de estas tierras.
Esta vez todos soltamos la carcajada; pero, mientras atravesaba a mi
lado el vestíbulo obscuro, Yolanda me dijo en voz baja, y en tono triste
e inquieto:
--Usted no vendrá más, estoy segura.
--Así es, señorita--respondí francamente.
E iba a hacerle ver mis razones, cuando ella me tomó la mano, la oprimió
entre las suyas, tan blancas, tan diminutas, murmurando con lágrimas en
los ojos:
--¡Ah! ¡vuelva, se lo ruego!... ¡vuelva!
Sí, sí; ahí tienen ustedes lo que son las cosas... Esas pocas palabras
me trastornaron la cabeza, como buen viejo idiota que era.
Hice todo el camino mascando cigarros, que, en mi turbación, me olvidaba
siempre de encender... En cuanto llegué a casa, corrí al espejo.
Enciendo todas las bujías, echo el cerrojo, cierro los postigos, me
examino por delante, por detrás, y de perfil también, por medio de un
espejo de mano.
El resultado fue aplastador... Una cabeza grandota, calva... una nuca
enorme... bolsas debajo los ojos... papada... y, encima de todo eso, un
color cobrizo como el de un caldero expuesto por mucho tiempo a la
acción del fuego. Pero, peor todavía: al contemplarme así, de arriba a
abajo, con mis seis pies de estatura, comprendo de repente por qué me
han llamado siempre: «El bueno de Hanckel». Ya en el regimiento decían:
«¿Hanckel?... no es un águila, no; pero ¡qué buen muchacho!»
Y cuando le ponen a uno esa marca, la vida no es ya más que una larga
serie de ocasiones de que uno haga honor a su título. Lo miman a uno, se
burlan de uno, lo amuelan todo el santo día. Intenta uno una tímida
resistencia, y le observan: «¿Cómo? ¿Y usted es el que pretende ser un
buen muchacho?...» Es inútil que uno proteste: «¡Pero si yo no soy un
buen muchacho!»... Tiene que serlo a la fuerza, porque así lo han medido
y lo han marcado... ¡Y un hombre de ese temple es el que quiere meterse
ahora en historias de mujeres! ¡Las mujeres, que siempre están pensando
en alguna cosa diabólica, y que, para que puedan querer bien, tienen que
ser tratadas como animales, engañadas, abandonadas por el que ellas
adoran!...
«No hagas estupideces, Hanckel» me dije, «deja tu espejo, apaga tus
luces, manda a paseo tus ideas insensatas, y métete en cama.»
Yo tenía una cama, señores, y la tengo todavía, una cama de abeto
completamente ordinaria, estrecha como un ataúd, de correas, sin colchón
de lana ni de plumas; una piel de ciervo por toda cobija, y un jergón al
que se le renueva la paja dos veces al año, y que constituye el único
lujo. Siempre le están hablando a uno, señores, del lecho de campaña de
los hombres célebres... esos que están expuestos en los palacios y
museos patrióticos; y, cuando los visitantes pasan por delante de ellos,
no dejan nunca de exclamar, alzando los brazos al cielo: «¡Qué fuerza de
voluntad! ¡qué sencillez espartana!...» ¡Farsa, señores, pura farsa! De
ninguna manera se duerme mejor que sobre una tabla; naturalmente, con
tal que se tenga una jornada de trabajo _detrás de uno_, una buena
conciencia _dentro de uno_, y ninguna mujer _al lado de uno_... tres
cosas más o menos sinónimas.
Se echa uno, se estira, dándose benéficos calambres, hasta que los dedos
de los pies tocan el respaldo de la cama; trae uno las cobijas hasta la
boca, hace su hoyo en la almohada, toma después un buen libro que lo
está esperando sobre la mesa de noche, y gime uno de satisfacción...
Eso mismo fue lo que hice yo aquella noche, así que hubo vencido la
tentación; y, mientras me iba quedando dormido, pensaba para mis
adentros:
No, no; ninguna mujer te hará ser infiel a tu catre duro y estrecho de
soltero... Aun cuando se llame Yolanda, y aun cuando sea de la sangre
más noble y pura que haya puesto Dios sobre la tierra... Sí; esa menos
que cualquier otra... Porque... ¡quién sabe!...»