LAS BODAS DE YOLANDA

I

Estar de pie ahí, ante la tumba abierta todavía de un viejo camarada, es

horrible, señores, les aseguro... simplemente horrible. Los pies se

hunden en la tierra recién removida, uno se retuerce el bigote con

expresión idiota y al mismo tiempo, querría aullar de pena.

Todo, pues, había concluido... nada había que hacer ya... Su muerte nos

arrebata un verdadero genio en el arte de inventar grogs, ponches y

cherry gobblers, fríos o calientes. Cuando uno se paseaba con él por el

campo, les aseguro, señores, con sólo ver su manera de sorber el aire,

se podía estar seguro de que acababa de tener una inspiración. Al sentir

el aroma de una maleza cualquiera, había adivinado en qué clase de vino

habría que ponerla en infusión para conseguir una bebida excelente,

extra fina...

¡Y qué entretenido era! Nos veíamos todas las noches, desde hacía años,

fuera que él viniera a mi casa en Ilgenstein, o que yo me trasladase a

caballo a Döbeln; y nunca me había parecido largo el tiempo que con él

pasaba.

Tenía una manía, sin embargo, una idea fija: el casamiento... Para mí,

se entiende; porque él...

--¡Gran Dios!--decía;--no espero sino que esta bendita agua se me meta

en el corazón, y entonces... reviento.

Y eso había sucedido precisamente... el hombre había reventado... Ahí

estaba, tendido a mis pies, en el gran cajón blasonado; me parecía que

tenía que golpear la tapa y llamarlo: «¡He, Pütz! basta de farsas! ¡sal

de ahí, que tenemos que hacer nuestro piqué!»

No se rían señores... el hábito es la más exigente de las pasiones, y

ustedes no saben a cuántos hace morir todos los años la pérdida de sus

costumbres: «no hay poema, no hay canción que las celebre», diré, como

mi amigo Uhland.

Hacía un tiempo como para no sacar afuera las narices: lluvia, granizo y

viento, todo a la vez. Varios se habían echado encima el impermeable, y

el agua formaba arroyuelos sobre la prenda; lo hacía también a lo largo

de sus mejillas, de sus barbas... bien puede haber sido que se

mezclaran a ella lágrimas, por que el buen Pütz no dejaba enemigos.

Para llevar el luto, lo que se llama propiamente llevar el luto, no

había más que su hijo Lotario. Este servía en los dragones de la

guardia, en Berlín, y no había podido llegar sino el día del

fallecimiento. Se había mostrado buen hijo: había besado las manos de su

padre, había llorado mucho, después me había dado las gracias y luego se

había puesto a dictar órdenes a troche y moche, porque, como ustedes

comprenden, un tenientillo así, cuando de repente... En fin, basta; yo

estaba allí y me había portado también lo mejor que había podido.

Y mientras miraba al guapo mozo de reojo, y lo veía hacerse el valiente

y contener las lágrimas, me vinieron a la mente las palabras de mi

amigo... Era la víspera de su muerte: «Hanckel--me dijo,--ten lástima de

mí cuando esté en la tumba... no abandones a mi hijo.»

Pienso en estas palabras, y, cuando me llega el turno de echar las tres

paladas de tierra en la fosa, dejo caer también en ella un juramento

silencioso: «No amigo, no abandonaré nunca a tu hijo... Amén.»

Todo tiene fin. Los sepultureros habían formado con el barro una especie

de montículo sobre el cual habían arreglado, medio bien, medio mal, las

coronas; no había mujer alguna en el entierro que se encargara de eso.

Los vecinos se habían retirado; no quedábamos ya sino el pastor, Lotario

y yo.

El joven parecía petrificado; miraba la tumba como si hubiera querido

volver a abrirla con los ojos, y el viento le subía el cuello de la capa

militar por arriba de las orejas.

El pastor le palmeó suavemente el hombro:

--Señor barón, ¿quiere permitirle a un viejo que le dirija algunas

palabras?

Pero yo lo llevé a un lado y le dije:

--Vuelva a su casa, mi querido pastor, y haga que su mujer le dé un buen

grog. Su túnica me parece un poco liviana.

--Hum...--contestó con expresión maliciosa;--nadie lo diría, pero tengo

debajo una levita.

--No importa--repliqué;--será mejor que se vuelva. Del joven me encargo

yo; sé mejor que usted dónde tiene la herida.

Y nos dejó solos.

--Vamos, muchacho--dije a Lotario;--tú no puedes devolverle la vida.

Vamos a tu casa, y, si quieres, pasaré la noche a tu lado.

--No vale la pena, mi tío--respondió.

Me llamaba tío desde que habíamos convenido en ello una vez, bromeando.

Y su semblante duro y cerrado parecía preguntar: «¿Por qué me incomodas

en mi dolor?»

--Tal vez tengamos que hablar de intereses--insistí.

El no dijo una palabra.

Todos ustedes saben, señores, lo que es una casa mortuoria cuando se

vuelve así del cementerio... el olor a féretro, un olor a madera fresca,

y las ramas de abeto... y las hojas caídas de las coronas... y las

flores pisoteadas... Atroz, simplemente atroz. Mi hermana--ella era la

que me cuidaba la casa entonces, ha muerto también hace mucho tiempo, la

buena vieja...--se había esforzado por poner un poco en orden la casa de

Pütz; había hecho sacar los paños negros, el catafalco... pero, en tan

poco tiempo, no se había podido hacer gran cosa, fuera de eso. La dejé

irse. Después fui a buscar al sótano de Pütz una botella de su mejor

Oporto, y me instalé frente al joven que, sentado en el sofá, hacía

bailar la punta de su sable sobre la bota.

He dicho ya que era un soberbio buen mozo. Grande, vigoroso, un

verdadero dragón... un mostacho enmarañado, cejas negras, gruesas; y

debajo, ojos como dos carbunclos. La frente un poco hosca, porque los

cabellos estaban plantados demasiado abajo, pero esto sienta bien a los

jóvenes; y la cabeza era hermosa. En fin, en toda su persona, esa

elegancia, ese chic de los dragones de la guardia que todos hemos

ambicionado, pero que no se encuentra en ninguna otra arma... el diablo

sabe por qué.

Brindé con él, a la memoria del viejo, por supuesto, y le pregunté:

--¿Y qué piensas hacer?

--¿Qué sé yo?--masculla, lanzándome una mirada de animal acosado.

Sí, sí, la cuestión era esa... La fortuna del viejo nunca había sido

brillante... y sin hablar de su pasión por todo lo que se bebe... y

luego, ustedes saben, donde hay un pantano, las ranas afluyen a él

siempre; y, sobre todo, el hijo que vivía desde hacía años como si los

margales de Döbeln hubieran sido minas de plata...

--¿Y sube a mucho la cosa, muchacho?... Todavía no, tal vez

¿eh?--pregunté.

--Una suma respetable, mi tío--responde.

--Eso cae mal--dije;--toda la posesión está gravada con hipotecas, hay

reparaciones urgentes que hacer, y tú lo sabes, la agricultura no rinde

nada.

--¿Entonces, mi dimisión?--pregunta mirándome fijamente como el acusado

que espera el fallo del consejo de guerra.

--A menos que tú tengas _in petto_ alguna rica heredera que te saque del

atolladero....

Meneó violentamente la cabeza.

--Entonces, sí; tu dimisión.

--¿Y si dividiera la propiedad, o lo que queda de ella?... ¿qué te

parece?

--No te da vergüenza muchacho?--dije.--No se vende la camisa que se

tiene en el cuerpo, ni se hace fuego con la madera de la cama.

--Hablas de la cosa muy cómodamente, mí tío... ¿No estoy entre las manos

de los usureros?

Yo pregunto:

--¿Cuánto es?

El me dice una suma... No la repetiré, porque soy yo el que la ha

pagado.

Le planteé entonces mis condiciones. Primo: dimisión inmediata. Secundo:

obligación de dirigir personalmente los cultivos. Tercio: renuncia al

pleito.

Este pleito, entablado contra Krakow de Krakowitz, había sido durante

años el deporte favorito de mi viejo amigo. Se trataba de una herencia

y, como sucede siempre en tales casos, los gastos del juicio se habían

tragado ya tres veces lo que valía el guiñapo. Como Krakow era de mal

dormir, la querella se había enconado y había degenerado en odio

personal; por lo menos, de parte de Krakow, porque Pütz, con su flema

bondadosa, se obstinaba en ver sólo el lado humorístico de la cuestión.

El otro, por el contrario, había jurado ante testigos que no se daría

por satisfecho sino cuando hubiera echado a Pütz y a los suyos de

Döbeln, corridos por los perros.

Sí; esas eran mis condiciones, y Lotario las aceptó. De buen grado o no,

no lo sé; no traté de aclarar ese punto.

Resolví dar yo mismo los primeros pasos junto a Krakow para llegar a un

arreglo, bien que no estuviese yo para él en olor de santidad. Por el

contrario, yo podía pensar fundadamente que sus amenazas se dirigían a

mí también, pues los dos habíamos tenido ya nuestros dimes y diretes en

el concejo municipal.

Pero... vamos a ver, mírenme un poco; sin alabarme, tengo talla como

para derribar a un dogo de un puñetazo, no como para emprender la fuga

ante miserables gozquecillos.

¡Ah, pero!...

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 36 / 48 题