XXVII

Martín dormía en su lecho. Llaman a la puerta.

--¿Quién está ahí?

--Yo... David.

--¿Qué quieres?

--Abra, mi amo... Tengo que decirle una cosa urgente.

Martín salta del lecho, enciende una vela y se viste de prisa. Lanza una

mirada a la cama de Gertrudis: está vacía... Seguramente ella está en la

sala, dormida sobre su labor, porque, desde hace tiempo, el sueño no le

llega con regularidad.

--¿Qué hay?--pregunta Martín al viejo David, que ha entrado en el

vestíbulo, calado hasta los huesos.

--¡Mi amo!--dice el otro, mirándolo con el rabillo del ojo por debajo de

la visera de su gorra...--Llevo veintiocho años a vuestro servicio... y

vuestro difunto padre ha sido siempre bueno conmigo...

--¿Para contarme eso has venido a despertarme a media noche?...

--Sí; pero sucede que esta noche, cuando me desperté al oír el ruido de

la lluvia, me dije con inquietud que las esclusas no estaban

levantadas... que eso acabaría por retener las aguas y que mañana no

podríamos moler...

--¿No te he dicho quinientas veces, animal--exclama Martín,--que no hay

que levantar las esclusas más que en caso de extrema necesidad?

--No las he levantado--responde David.

--¡Ah!... ¿Entonces?

--Pues, al llegar a la presa, veo, dos enamorados en el puentecillo...

--¿Y para eso?...

--Y entonces me dije que era una vergüenza y un escándalo, y que eso no

podía durar...

--¡Déjalos que se amen, por todos los diablos!

--Y que yo debía hacer saber a mi amo... que el señor Juan y la

señora...

No puede continuar; la mano de su amo lo ha cogido por la garganta.

¿Qué le sucede a Martín?... ¡Infeliz! El rostro se le pone amoratado y

se congestiona, las venas de la frente se hinchan, los ojos parecen

querer saltar de sus órbitas, una espuma blanquecina aparece en los

labios.

Exhala una queja, semejante al aullido de un chacal; y, dejando a David,

se rompe el cuello de la camisa... aspira el aire profundamente, dos o

tres veces, como si se ahogara; después ruge, con una violencia

desencadenada de repente:

--¿Dónde están?... ¡Ah! ¡me las pagarán!... Han representado una

comedia... Se han burlado de mí... ¿Dónde están?... voy a aplastarlos

inmediatamente!...

Arrebata la linterna de las manos de David, lleno de estupor, y se lanza

fuera. Desaparece bajo el cobertizo y reaparece un momento después;

encima de su cabeza brilla un hacha... Hace girar tres o cuatro veces la

linterna y la arroja lejos de él, en medio del agua; después, se

precipita hacia la presa...

--¡Viene alguien!--murmura Gertrudis apretándose estrechamente contra

Juan.

--Sin duda van a hacer algo en las esclusas--responde él en el mismo

tono.--No te muevas y no tengas miedo.

La sombra avanza rápidamente... Un grito, una especie de rugido animal,

atraviesa la noche, dominando el ruido de la tempestad.

--¡Es Martín!--dice Juan, retirándose algunos pasos.

Pero en breve se serena, aprieta a Gertrudis entre sus brazos y la

arrastra consigo hacia la presa, donde se ocultan en la sombra más

espesa.

Cerca de ellos, al nivel de su cabeza, pasa Martín ciego de furor. El

hacha que lleva brilla al débil resplandor de la espuma blanca.

Se detiene al otro lado de la presa. Parece interrogar con la mirada la

vasta llanura que se extiende, sin un árbol, sin un arbusto, sumida en

una obscuridad uniforme.

--¡Vigila la esclusa del molino, David!--grita hacia la casa con voz de

trueno.--Están en la pradera; voy a buscarlos.

Juan deja escapar una exclamación de horror. Ha comprendido la intención

de su hermano; va a alzar el puente levadizo para encerrarlos en la

isla... ¡Y justamente detrás de Gertrudis pende la cadena que hay que

tirar para levantar el puente!

Su primer pensamiento es: «Defiende a la mujer.» Se arranca de los

brazos de Gertrudis y transpone de un salto el talud de la orilla, para

ofrecerse como víctima al furor de su hermano.

Gertrudis lanza un grito estridente. Juan de este lado, en peligro de

muerte... al otro lado, Martín fuera de sí... El hacha brilla... Pero

detrás de ella está la cadena, la anilla de hierro que le toca la

cabeza... La toma con sus manos temblorosas, se cuelga de ella con todas

sus fuerzas; y, en el momento mismo en que Martín va a poner el pie en

el puentecillo, éste se levanta crujiendo.

Juan no ve nada de eso; no ve más que la sombra allá arriba, y el brillo

del hacha. Unos pasos más, y la muerte caerá sobre él. Entonces, ante lo

inminente del peligro, acude a su memoria el recuerdo de su madre y lo

que ella dijo un día a Martín furioso:

--¡Piensa en Fritz!--grita a su hermano que avanza.

Entonces a éste se le escapa el hacha, vacila y cae... Un choque... un

remolino de agua... Ha desaparecido.

Juan se lanza hacia adelante, su pie tropieza con el puente levantado;

delante de él hay un negro agujero.

--¡Hermano! ¡hermano!--exclama con loca angustia.

No piensa ya en nada, no siente nada. Sólo una idea: «¡Salva a tu

hermano!» le zumba en la cabeza.

Con ademán violento suelta su capa; da un salto, y se oye el golpe sordo

de una caída contra la roca viva.

Gertrudis, medio desvanecida, se agarra a la cadena; en el agua

transparente ve pasar un bulto obscuro que desaparece en el torbellino

de espuma. Un segundo después pasa otro bulto... Pasan como dos sombras

delante de ella.

Alza los ojos. Allá arriba todo está tranquilo... todo está vacío... La

tempestad aúlla... las aguas mugen... La joven cae en la orilla, sin

conocimiento.

Al día siguiente, por la mañana, retiraron del río los cadáveres de los

dos hermanos. Se balanceaban uno al lado del otro en las olas, y los

enterraron juntos...

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 33 / 48 题