Gertrudis estaba como paralizada por el dolor.
Atontada, sin lágrimas, con los ojos inmóviles, alejaba a todos sus
parientes, incluso a su padre, y sólo permitía que estuviese a su lado
Franz Maas. Este le demostró una amistad leal, alejando a los extraños
de la casa, y encargándose de arreglar el asunto con las autoridades.
Poco faltó para que, a causa de las insinuaciones ambiguas de David, se
entablase un juicio contra ella.
Pero, aunque las declaraciones del viejo criado eran demasiado
incompletas y confusas para que pudieran servir de base a una acusación,
bastaron para herir a Gertrudis presentándola a los ojos del mundo como
una criminal.
Cuanto más prescindía ella de toda sociedad, cuanto más decididamente
cerraba la puerta del molino a los extraños, más extravagantes eran los
rumores que corrían sobre ella. Llamáronla desde entonces «la bruja del
molino;» y las historias que de ella se referían pasaron de una
generación a otra.
El molino era conocido en el pueblo con el nombre de «el molino
silencioso.» Los muros se descascararon, las ruedas se pudrieron, las
limpias aguas fueron invadidas por las hierbas; y cuando el Estado hizo
un canal que desvió la corriente principal arriba de Marienfeld, el
arroyuelo se convirtió en un foso fangoso.
¿Y Gertrudis? Se aisló completamente; muy pronto ni siquiera quiso
tolerar junto a ella a su amigo, y le cerró la puerta. Se consideraba
criminal. Sus angustias la llevaron a un confesor, la arrojaron en los
brazos de la iglesia católica. Desde entonces se la ve prosternada
delante de un crucifijo, arrodillada a la puerta de las iglesias,
desgranando su rosario, con la frente sobre las piedras...
Expía el gran crimen que se llama juventud.