XXVI

Hay crecida.

Sibilantes y rumorosas, las aguas salen precipitadamente de la presa

para ir a perderse con un gruñido sordo y quejumbroso en el golfo de

espuma, encima del cual parece levantar una bóveda brillante el polvo de

las olas que se estrellan.

Al rumor de la caída se mezcla el rugido de la tormenta. Los viejos

álamos que bordan el río se inclinan unos hacia otros, como fantasmas

gigantes que bailan a media noche, en largas filas, una danza mágica.

El cielo está velado por nubes sombrías, todo es negro en los

alrededores; sólo la espuma, de color de nieve, esparce un resplandor

incierto, que, como la bruma, difuma los contornos de las cosas. Arriba

resalta la balaustrada del pequeño pasadizo.

En medio de éste es donde los dos se encuentran.

Gertrudis, con la cabeza envuelta en un pañuelo obscuro, estaba desde

hacía bastante tiempo debajo de los árboles, abrigándose de la lluvia;

y, al ver surgir la alta figura de Juan al otro lado de la presa, se ha

lanzado a su encuentro.

--¿Eres tú, Gertrudis?--pregunta él apresuradamente tratando de ver su

rostro.

Ella guarda silencio y se ase a la balaustrada.

La espuma baila delante de sus ojos y se tiñe de mil colores.

--Gertrudis--dice el joven tratando de tomarle la mano;--he venido a

decirte adiós para siempre. ¿Vas a dejarme partir sin una palabra?

--Y yo, yo he venido para dar reposo a mi alma;--dice ella,

retrocediendo ante la mano que la toca.--Juan, he sufrido mucho por

causa tuya... he envejecido veinte años lo menos... Estoy débil y

enferma... ten piedad de mí... no me toques... no quiero volver a entrar

en la casa de tu hermano manchada con una falta.

--Gertrudis ¿has venido aquí para torturarme?

--¡Silencio, Juan, silencio!... ¡No me hagas daño!... Vamos a separarnos

puros y honrados... y a llevar con nosotros paz y valor para toda la

vida. No nos dejemos arrastrar... ni por el amor ni por el

resentimiento.

Se detiene aniquilada. Su respiración es fatigosa.

Después, reuniendo con trabajo todas sus fuerzas, continúa:

--Yo sabía que vendrías... hace mucho tiempo, antes de recibir tu

billete... y he reflexionado mil veces hasta sobre la menor palabra...

que tenía que decirte. Pero es preciso que no me hagas perder la calma.

Los ojos de Juan brillan en las tinieblas, su respiración es ardiente;

con una risa estrepitosa dice:

--No nos rodea de una aureola este bien inútil; estamos condenados en la

tierra y en los cielos. Por lo tanto, aprovechemos al menos...

Se interrumpe, prestando atención.

--¡Calla!... He creído oír... en la pradera...

Escucha conteniendo la respiración... No se siente nada... no se ve

nada... Fuera lo que fuese, se lo ha llevado la noche y la tormenta.

--Bajemos a la orilla--dice.--Nuestras figuras se dibujan aquí contra el

cielo.

Ella marcha delante, y él la sigue. Pero el suelo está húmedo y la joven

resbala; entonces él la toma entre sus brazos y la lleva hasta abajo, a

la orilla del río. Sin defensa, ella se aferra a su cuello.

--¡Qué poco pesas desde aquel día!...--dice él en voz baja, dejándola

bajar al suelo.

--¡Oh! apenas me reconocerías, si pudieras verme;--replica ella en voz

también muy baja.

--¡Oh! ¡cuánto daría por verte!

Y trata de apartarle el pañuelo que le cubre el rostro. Un óvalo pálido,

dos círculos de sombra negra, en el lugar donde están los ojos, es todo

lo que la obscuridad permite distinguir.

--Me parece que estoy ciego--dice él.

Y su mano trémula baja de la frente de Gertrudis hasta sus mejillas,

como para reconocer, tocándolas, esas facciones queridas. Ella no

retrocede ya y deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan.

--¡Cuántas cosas tenía que decirte!--murmura la infeliz.--Y ahora no se

me ocurre nada, absolutamente nada.

El la aprieta entre sus brazos más estrechamente; y los dos permanecen

silenciosos e inmóviles, mientras la tormenta los sacude y la lluvia los

azota.

Entonces, desde la aldea, llegan de tiempo en tiempo los sonidos de la

trompa del conductor de la diligencia, medio apagados por el ruido del

viento y de la lluvia.

--¡Ha concluido!--dice él temblando.--Tengo que irme!

--¿Ya?... ¿esta noche?--balbucea ella con voz sorda.

El dice que sí con un ademán.

--¿Y no te veré ya nunca?

Un grito domina el ruido del huracán.

--¡Juan!... ¡por piedad, no me abandones!... ¡no puedo... vivir sin ti!

Sus dedos se hunden en los hombros de Juan.

--No partirás... no lo quiero.

El trata de apartarse a la fuerza.

--¡Ah!... te vas... ¡cruel!... Me moriré si me abandonas... No puedo...

Llévame contigo... ¡Llévame contigo!

--¿Has perdido la razón, desgraciada?

Y se oculta el rostro en las manos gimiendo.

--¡Ah! Llamas a esto perder la razón... Acaso el cordero no se rebela

cuando lo llevan a... ¿Y tú querrías? ¿Así es como me amas?...

--¿No piensas en Martín?

--¡Es tu hermano! ¡lo sé!... Pero sé también que moriré si sigo por más

tiempo al lado de él. Me pongo a temblar sólo al pensarlo... ¡Llévame

contigo, Juan! ¡Llévame contigo!

El la toma por las dos muñecas, y sacudiéndola le dice con voz ahogada:

--¿Pero sabes también que yo no soy más que un miserable, un ser vil y

perdido, un borracho, que no sirve para nada? ¡Si me pudieses ver, te

daría asco!... Las personas honradas se apartan de mí; me he convertido

para ellas en un objeto de repulsión... ¿Y te figuras que yo podría

amarte? Jamás te perdonaría haber venido a meterte entre Martín y yo;

jamás te perdonaría el crimen que he cometido con él por culpa tuya. Ese

crimen se alzará entre nosotros dos mientras vivamos. Te colmaría de

injurias y de golpes cuando estuviera ebrio. Tu vida sería un infierno

conmigo... ¿Qué dices ahora?

Ella baja la cabeza como para someterse, y con las manos juntas exclama:

--¡Llévame contigo!

Un grito de alegría feroz se escapa de los labios de Juan.

--Entonces, ven... pero ven corriendo... La diligencia se detiene sólo

un cuarto de hora. Nadie nos verá más que Franz Maas... pero él no nos

hará traición. Cuando llegues a la ciudad te comprarás vestidos... ¿Eh?

¿qué es eso?

El molino se anima. Por la puerta completamente abierta sale una

claridad que se esparce en las tinieblas... Una linterna pasa a través

del patio, desaparece, vuelve a aparecer, y de repente, lanzada al aire,

atraviesa la atmósfera describiendo una curva como un meteoro...

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 32 / 48 题