Ese año, el otoño ha llegado muy pronto. Desde hace ocho días sopla un
viento nordeste, agudo y penetrante, como si se estuviera en noviembre.
Los aguaceros azotan en los vidrios, y ya se extiende sobre el suelo una
capa de hojas de tilo, de color amarillo obscuro que la humedad
convierte en barro.
¡Qué pronto llega la noche! En la tienda del panadero, la lámpara se
enciende antes de la hora de comer. Franz Maas está sentado bajo la
claraboya, muy ocupado en hacer sus cuentas. Delante de él, sobre la
mesa, donde se ven casi siempre en orden, blancos y redondos, pequeños
montones de harina de flor, brillan entonces pequeños montones de
monedas de plata; y en lugar de los _bretzel_ miserables se oye el
crujido de los billetes de banco.
Es el tesoro que Martín le confió el último domingo con el encargo de
entregarlo a Juan.
Ha entregado igualmente una nota en la cual la cuenta de la herencia
está detallada hasta el último céntimo. Después se ha presentado todas
las mañanas a hacer la misma pregunta: ¿«Ha venido?» y, al ver la seña
negativa de Franz, se ha vuelto sin decir nada. Ese tesoro embaraza al
joven panadero. Todas las noches cuenta la suma sobre la mesa, para
cerciorarse de que nada ha desaparecido durante el día.
En esos momentos está entregado precisamente a esa ocupación. Es
viernes; por fuerza Juan tiene que estar allí entonces si quiere llegar
a tiempo de alcanzar el vapor que sale de Brema.
Juan ha abierto la puerta sin ruido y se detiene detrás del panadero,
cuando éste se dispone a guardar bajo llave los cartuchos de monedas.
--¿Todo eso es para mí?--pregunta poniéndole la mano sobre el hombro.
--¡Alabado sea Dios! ¡Al fin has venido!--exclama Franz alegremente.
Después de una ojeada examina a su amigo, de la cabeza a los pies.
Martín había exagerado cuando le anunciaba, con lágrimas en los ojos, la
aparición de un ser miserable y abatido. Juan Felshammer lleva un traje
muy limpio y cuidado: tiene una linda capa nueva, un poco entreabierta,
que deja ver un flamante traje gris; sus cabellos, bien peinados, caen
sobre el cuello; hasta se ha afeitado... Pero, a decir verdad, su mirada
turbia, por la que pasan resplandores inquietantes, las bolsas bajo los
ojos, el horrible color de las mejillas, son tristes síntomas en ese
rostro, fresco y juvenil hasta hace poco.
Y Franz le toma entonces las dos manos.
--Juan, Juan, ¿qué te ha sucedido?
--Paciencia, ya lo sabrás todo--responde Juan.--Será preciso que lo
confiese todo a un ser humano, a uno solo... o eso acabará por ahogarme.
--¿Es cierto entonces? ¿Quieres?...
--Esta noche me voy en la diligencia. Ya tengo billete... Antes de venir
a verte he atravesado la aldea por última vez. Había obscurecido; podía
aventurarme a eso; y me he despedido de todo. He ido hasta la tumba de
mis padres, delante de la puerta de la iglesia... y también a la Corona,
porque debía aún una miseria al dueño...
--¿Y has olvidado el molino?
Juan se muerde los labios, se retuerce el bigote y murmura:
--Ya iré.
--¡Oh! ¡qué alegría tendrá Martín!--exclama Franz Maas, rojo también por
la emoción.
--¿He dicho acaso que iré a ver a Martín?--pregunta Juan entre dientes.
Y su pecho se levanta como para librarse del peso formidable que lo
oprime.
--¿Qué? ¿acaso vas a introducirte furtivamente en la casa de tu padre
como un ladrón, sin dejarte ver de nadie?
--¡No! Iré a despedirme... pero no de Martín.
--¿De quién, entonces?... ¡Desgraciado!... ¿De quién, entonces?--exclama
Franz Maas en el cual se despierta una terrible sospecha.
--Cierra la puerta y siéntate--dice Juan.--Voy a contártelo todo.
Pasan las horas. La tempestad sacude las hojas de las ventanas. El
aceite crepita en la lámpara que humea. Los dos amigos están sentados,
con las miradas fijas uno en el otro. Juan hace su confesión; no oculta
nada, desde su primer encuentro con Gertrudis hasta el instante en que
un estremecimiento de horror lo arrancó de los brazos de Martín para
arrojarlo a la noche lluviosa.
--Lo que ha pasado después--termina,--puede decirse en dos palabras.
Corrí sin saber adónde, hasta que el agua y el frío me volvieron a la
realidad. El correo de Marienfeld llegaba en ese momento; subí a él y
por lo menos me encontré a cubierto. De ese modo llegué a la ciudad,
donde he permanecido hasta hoy. Löb Lévi me ha dado cien táleres, y con
eso me he comprado ropa; no quería presentarme harapiento delante de
Gertrudis.
--¡Desgraciado!... ¿quieres?...
--¡Nada de sermones!--protesta el joven en tono huraño.--Todo está ya
convenido. Le he enviado un billete con un muchacho que encontré en la
calle y cuya vuelta he esperado. La halló sola en la cocina, y nadie lo
ha visto. A las once estará ella en la presa... y yo ¡ay!... yo también.
--Juan, no hagas eso... ¡te lo suplico!--exclama Franz con
angustia;--¡te va a suceder una desgracia!
Juan responde con una carcajada; y con los ojos brillantes, la boca
pegada a la oreja de Franz, murmura:
--¿Crees tú, pues, mi pobre amigo, que yo sería capaz de ir a vivir y a
morir al extranjero sin haberla visto antes una sola vez? ¿Crees tú que
tendría yo valor para contemplar el mar durante cuatro semanas, sin
precipitarme en él, si no la hubiese visto otra vez?... ¡Me faltaría la
respiración, el alimento se me quedaría en la garganta, me consumiría
vivo, si no la hubiese visto una vez más!
Entonces, Franz renunció a disuadirlo.
La mirada inquieta de Juan se alza a cada instante hacia el reloj.
--Ya es hora--dice, tomando su gorra.--A las doce pasa la diligencia.
Espérame en la posta y llévame dos billetes de cien táleres; eso me
bastará para la travesía. Lo restante puedes devolvérselo a él; no lo
necesito... Hasta luego.
Cerca de la puerta, se vuelve para preguntar:
--Dime, ¿me huele el aliento a aguardiente?
--Sí.
El joven lanza una risotada:
--Dame dos o tres granos de café para mascarlos. No quiero causar
repugnancia a Gertrudis en el último momento.
Y cuando Juan ha satisfecho su deseo, desaparece en la obscuridad.