XXIV

Al fin lo encuentra.

Una noche, muy tarde, a principios de septiembre, sus investigaciones lo

llevan a B... aldea situada dos leguas al norte de Marienfeld. A través

de las ventanas cerradas de la taberna, se oye un ruido confuso,

pataleos, gritos y cánticos avinados.

Baja pesadamente del carruaje y ata el caballo a la puerta del patio. La

llama turbia de la linterna vacila al soplo del viento de la noche.

Grandes gotas de lluvia golpetean el suelo.

Levanta el cerrojo y empuja la puerta, que se abre de par en par. Una

densa humareda azul, de tabaco, le da en el rostro, mezclada con el olor

de la cerveza agria.

Y allí, en el extremo de una larga mesa, con las mejillas abotagadas,

los ojos ribeteados de rojo y afectados por el brillo vidrioso propio

de los borrachos, los cabellos revueltos, la camisa sucia y las ropas en

desorden, cubiertas de aristas de paja, restos sin duda del último

lecho, estaba su hermano adorado, aquel que lo era todo para él y al que

veía convertido entonces en un vicioso precoz, condenado a irremediable

desgracia.

--¡Juan!--exclama, y la fusta que tiene en la mano cae al suelo con

ruido.

Un silencio de muerte se esparce por la sala llena de gente, y los

bebedores contemplan con la boca abierta al intruso.

El desgraciado se ha levantado de su banco, con el rostro rígido por una

angustia indecible; de su pecho sale silbando una especie de estertor;

da un salto desesperado y trepa a la mesa, y haciendo otro esfuerzo

trata de huir por sobre las cabezas de sus vecinos.

Es inútil; la mano de Martín lo sujeta.

--Quédate--gruñe a su oído una voz sorda.

Y al mismo tiempo se siente empujado con fuerza prodigiosa.

Martín abre la puerta; y, mostrando con el puño de la fusta la

obscuridad de la noche, se planta en medio de la sala.

--¡Vamos! ¡fuera!--grita con una voz que hace temblar los vasos sobre la

mesa.

Los bebedores, jóvenes calaveras en su mayor parte toman sus sombreros y

se retiran intimidados; apenas se oye un murmullo ahogado.

--¡Vamos! ¡fuera!--repite Martín haciendo un gesto como para saltar a la

garganta del primero que proteste.

Dos minutos después han salido todos... Sólo el tabernero está allí

todavía, paralizado por el miedo, detrás del mostrador. Al volverse

Martín hacia él, con una mirada amenazadora, comienza a quejarse en tono

llorón del transtorno causado en su tienda.

Martín mete la mano en el bolsillo, le tira un puñado de monedas de

plata y le dice:

--¡Quiero quedarme solo con él!

Y cuando ha cerrado la puerta, detrás del tabernero, que sale

inclinándose, se aproxima lentamente a su hermano, que, con el rostro

entre las manos, permanece inmóvil, agazapado en un rincón. Coloca

suavemente la mano sobre su hombro; y, con una voz trémula de dulzura

infinita y de inmensa tristeza:

--Levántate, hijo mío, y hablemos.

Juan no hace un solo movimiento.

--¿No quieres decirme qué tienes contra mí? El desahogo consuela...

Alivia tu corazón contándome tus penas.

--¡Consolar mi corazón!... ¡Ay!...

La angustia que contraía sus facciones se ha cambiado en una arrogancia

sorda, reprimida.

Martín, lleno de disgusto y de lástima contempla aquel rostro, cuyas

arrugas profundas apenas dejan conocer al Juan de otros tiempos, tan

franco de corazón, tan tierno. Es fuerza que las pasiones más viles se

hayan apoderado de ese hombre para desfigurarlo de un modo tan terrible

en seis cortas semanas.

Se incorpora entonces y lanza una mirada del lado de la puerta.

--Me has encerrado, ¿no es verdad?--dice con una nueva explosión de

risa, que penetra a Martín hasta los tuétanos.

--Sí.

--¿Quieres, pues arrastrarme contigo como un criminal?

--¡Juan!

--Eres, en efecto, el más fuerte. Pero te declaro una cosa; que no soy

tan débil que no pueda defenderme. Me tiraré carruaje abajo y me romperé

la cabeza contra una piedra antes que ir contigo.

--¡Piedad, Dios mío!--exclama Martín.--¿Qué han hecho de ti?

Juan se pasea a lo largo, y hace sonar a su paso las tapaderas de los

frascos de cerveza.

--¡Acabemos!--dice al fin, deteniéndose.--¿Qué quieres de mí para venir

a encerrarme de este modo?

Martín, sin decir nada, va a la puerta y corre el cerrojo; después

vuelve a colocarse delante de su hermano. Su pecho jadea, como si

quisiera sacar las palabras de lo más profundo de su alma. ¿Pero de qué

le sirve eso? Su voz se queda en la garganta. Nunca ha sido elocuente el

pobre rústico; ¿cómo encontrar de pronto conceptos expresivos para

arrancar aquel extraviado a su locura? No puede articular más que estas

palabras:

--¿Qué te he hecho? ¿Qué te he hecho?

Las repite dos veces, tres veces; las repite infinitamente. ¿Qué más

puede decir? Toda su ternura y todo su dolor están ahí.

Juan no responde nada. Se sienta en el banco y hunde las dos manos en

sus cabellos incultos. Por su rostro vaga una sonrisa, una sonrisa

horrible que no admite consuelo ni esperanza... Al fin interrumpe a su

desgraciado hermano, que repite interminablemente su frase, como si

esperara verla causar un efecto mágico.

--Basta; no sabes qué decirme y no puedes decirme nada. He acabado

conmigo mismo, contigo y con el mundo entero. ¡Si supieras por lo que he

pasado en estas seis últimas semanas!... Desde que salí del molino no he

dormido bajo techo, porque estaba convencido de que el techo me

aplastaría...

--¿Pero, en nombre del cielo, qué tienes?

--No me preguntes nada; no conseguirás saberlo... Deja las palabras; son

inútiles... y aunque me jurases por la memoria de nuestros padres...

--Sí; por nuestros padres...--balbucea Martín con alegría.

¿Por qué no he pensado en ello más pronto?

--¡Déjalos tranquilos en su tumba!--replica Juan con su sonrisa

odiosa.--Eso no reza conmigo. ¡Ellos no pueden impedir que esté perdido;

no pueden impedir que te odie!

Martín lanza un gemido violento y vuelve a caer, como aniquilado, sobre

el banco.

--Siempre he pensado en ellos; siempre me he acordado de que Martín

Felshammer es mi hermano. Y por eso he llegado adonde estoy... ¡Me ha

costado un duro sacrificio, puedes creerlo!... Por lo tanto, no te

quejes... Créeme... me he portado muy bien contigo... ¡ay, hermano!...

muy bien.

Martín no tiene necesidad de averiguar más; ve claramente ya la solución

del enigma: la víctima de otro tiempo sale de su tumba para pedir

venganza. Entonces, con las manos juntas murmura dulcemente:

--¡La expiación! ¡La expiación!...

El otro continúa:

--Pero haces bien en recordarme a nuestros padres; no tengo derecho a

arrojar una mancha sobre su nombre, sobre el nombre de los Felshammer...

Esa es una idea que me atormenta desde hace un tiempo... Y, a decir

verdad, me alegro de haberte encontrado... Podemos hablar de ello

tranquilamente... me voy a América.

Martín contempla por un instante su rostro abotagado; después murmura

dulcemente:

--¡Que Dios te acompañe!

Y deja caer pesadamente su frente sobre la mesa.

--Muy pronto--continúa el hermano.--Ya me he informado; el primero de

octubre parte un buque de Brema; es preciso que salga yo de aquí la

semana próxima... Tú sabrás qué es lo que me corresponde por mi

herencia... Debo haber derrochado una buena parte... Dame a cuenta de

ella lo que tengas en dinero; envía los fondos a Franz Maas, que yo iré

a casa de él a buscarlos...

--¿Y no vendrás siquiera una vez al... al?...

--¿Al molino? ¡Jamás!--exclama el joven, levantándose con un resplandor

inquieto, de deseo y de angustia, en los ojos.

--¿Y te he de decir adiós aquí... aquí... en este lugar inmundo?...

¡adiós para toda la vida!...

--No puede menos de ser así--dice Juan, bajando la cabeza.

Y Martín vuelve a su idea y murmura:

--¡Es la expiación!

Juan fija una mirada ardiente en su hermano, que, con el alma y el

cuerpo quebrantados, permanece agobiado delante de él... Está firmemente

resuelto a no volverlo a ver... Pero es preciso que le tienda la mano...

en el momento de la separación.

--Adiós, hermano--dice aproximándose a Martín, que se deja estar

sentado, inmóvil.--Sé feliz y consérvate bueno.

Pero, de repente, siente como un chorro de calor dulce... Por su cerebro

pasan en un mismo instante, un sinnúmero de imágenes. Se vuelve a ver

niño, protegido, mimado por su hermano mayor; se vuelve a ver mozo,

andando orgulloso del brazo de él; se vuelve a ver, de pie con él, junto

al lecho de muerte de los viejos padres; se vuelve a ver con él, en el

momento solemne en que, con las manos enlazadas, se prometieron no

separarse nunca y no dejar que nadie se introdujese nunca entre

ellos...

¡Y entonces!... ¡entonces!...

--¡Hermano!--exclama.

Y con ruidosos sollozos cae a sus pies.

--¡Mi nene! ¡mi querido nene!

Y Martín, en medio de sus lágrimas, lanza gritos de alegría y lo besa,

lo aprieta contra él, como si quisiera no dejarlo marchar.

Al fin te encuentro... ¡Oh Dios! Ahora todo irá bien... ¿no es verdad?

Di... todo esto no era más que pura fantasía, pura locura. ¿Tú no sabes

lo que has hecho, eh? Ya no te acuerdas. Apostaría a que ya no tienes la

menor idea de eso ¿eh? Despiertas, ¿no es verdad que despiertas?

Juan, triste, aprieta los dientes y apoya su rostro en el pecho de su

hermano. Pero, de pronto, se le ocurre una idea que le pesa sobre el

corazón y le zumba en los oídos, una idea semejante a un vampiro frío y

viscoso que bate las alas a su alrededor; en ese brazo, en ese,

Gertrudis se ha abandonado... ¡ese mismo día!

Y se pone en pie violentamente. ¡Tiene que salir de aquella sala, tiene

que dejar de respirar aquella atmósfera, o va a volverse loco!

Da un salto hacia la puerta... Descorre el cerrojo y... desaparece.

Rígido de estupor, Martín lo sigue con los ojos un momento; después se

dice, como para librarse de la inquietud que se apodera de él.

--Está demasiado impresionado y necesita respirar el aire fresco;

volverá.

Su mirada se fija en la percha que hay en el muro; sonríe completamente

tranquilo:

--Juan ha dejado su gorra... afuera está lloviendo... el viento es

fresco... volverá.

Después, Martín llama al tabernero; hace llevar su caballo a la cuadra y

manda preparar para su hermano un grog caliente y una cama: «porque,

dice con una sonrisa, volverá...»

Y cuando todo queda preparado, se sienta y se absorbe en sus

meditaciones. De vez en cuando murmura, como para reanimar su valor que

se extingue:

--¡Volverá!

Afuera, la lluvia golpetea las ventanas, el viento de otoño silba sobre

la taberna; y cada gota de lluvia, cada silbido anuncia:

--¡Volverá! ¡volverá!

Pasan las horas, la lámpara se apaga, Martín se ha quedado dormido en su

espera y sueña con la vuelta de su hermano...

Al día siguiente por la mañana, lo despiertan. Asustado y tembloroso,

mira a su alrededor. Sus ojos se posan sobre la cama vacía, en la que

su hermano debía acostarse, su primer lecho después de seis semanas. Se

deja estar allí tristemente, de pie, con la mirada fija.

Después manda enganchar el carruaje y se va.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 30 / 48 题