Al fin lo encuentra.
Una noche, muy tarde, a principios de septiembre, sus investigaciones lo
llevan a B... aldea situada dos leguas al norte de Marienfeld. A través
de las ventanas cerradas de la taberna, se oye un ruido confuso,
pataleos, gritos y cánticos avinados.
Baja pesadamente del carruaje y ata el caballo a la puerta del patio. La
llama turbia de la linterna vacila al soplo del viento de la noche.
Grandes gotas de lluvia golpetean el suelo.
Levanta el cerrojo y empuja la puerta, que se abre de par en par. Una
densa humareda azul, de tabaco, le da en el rostro, mezclada con el olor
de la cerveza agria.
Y allí, en el extremo de una larga mesa, con las mejillas abotagadas,
los ojos ribeteados de rojo y afectados por el brillo vidrioso propio
de los borrachos, los cabellos revueltos, la camisa sucia y las ropas en
desorden, cubiertas de aristas de paja, restos sin duda del último
lecho, estaba su hermano adorado, aquel que lo era todo para él y al que
veía convertido entonces en un vicioso precoz, condenado a irremediable
desgracia.
--¡Juan!--exclama, y la fusta que tiene en la mano cae al suelo con
ruido.
Un silencio de muerte se esparce por la sala llena de gente, y los
bebedores contemplan con la boca abierta al intruso.
El desgraciado se ha levantado de su banco, con el rostro rígido por una
angustia indecible; de su pecho sale silbando una especie de estertor;
da un salto desesperado y trepa a la mesa, y haciendo otro esfuerzo
trata de huir por sobre las cabezas de sus vecinos.
Es inútil; la mano de Martín lo sujeta.
--Quédate--gruñe a su oído una voz sorda.
Y al mismo tiempo se siente empujado con fuerza prodigiosa.
Martín abre la puerta; y, mostrando con el puño de la fusta la
obscuridad de la noche, se planta en medio de la sala.
--¡Vamos! ¡fuera!--grita con una voz que hace temblar los vasos sobre la
mesa.
Los bebedores, jóvenes calaveras en su mayor parte toman sus sombreros y
se retiran intimidados; apenas se oye un murmullo ahogado.
--¡Vamos! ¡fuera!--repite Martín haciendo un gesto como para saltar a la
garganta del primero que proteste.
Dos minutos después han salido todos... Sólo el tabernero está allí
todavía, paralizado por el miedo, detrás del mostrador. Al volverse
Martín hacia él, con una mirada amenazadora, comienza a quejarse en tono
llorón del transtorno causado en su tienda.
Martín mete la mano en el bolsillo, le tira un puñado de monedas de
plata y le dice:
--¡Quiero quedarme solo con él!
Y cuando ha cerrado la puerta, detrás del tabernero, que sale
inclinándose, se aproxima lentamente a su hermano, que, con el rostro
entre las manos, permanece inmóvil, agazapado en un rincón. Coloca
suavemente la mano sobre su hombro; y, con una voz trémula de dulzura
infinita y de inmensa tristeza:
--Levántate, hijo mío, y hablemos.
Juan no hace un solo movimiento.
--¿No quieres decirme qué tienes contra mí? El desahogo consuela...
Alivia tu corazón contándome tus penas.
--¡Consolar mi corazón!... ¡Ay!...
La angustia que contraía sus facciones se ha cambiado en una arrogancia
sorda, reprimida.
Martín, lleno de disgusto y de lástima contempla aquel rostro, cuyas
arrugas profundas apenas dejan conocer al Juan de otros tiempos, tan
franco de corazón, tan tierno. Es fuerza que las pasiones más viles se
hayan apoderado de ese hombre para desfigurarlo de un modo tan terrible
en seis cortas semanas.
Se incorpora entonces y lanza una mirada del lado de la puerta.
--Me has encerrado, ¿no es verdad?--dice con una nueva explosión de
risa, que penetra a Martín hasta los tuétanos.
--Sí.
--¿Quieres, pues arrastrarme contigo como un criminal?
--¡Juan!
--Eres, en efecto, el más fuerte. Pero te declaro una cosa; que no soy
tan débil que no pueda defenderme. Me tiraré carruaje abajo y me romperé
la cabeza contra una piedra antes que ir contigo.
--¡Piedad, Dios mío!--exclama Martín.--¿Qué han hecho de ti?
Juan se pasea a lo largo, y hace sonar a su paso las tapaderas de los
frascos de cerveza.
--¡Acabemos!--dice al fin, deteniéndose.--¿Qué quieres de mí para venir
a encerrarme de este modo?
Martín, sin decir nada, va a la puerta y corre el cerrojo; después
vuelve a colocarse delante de su hermano. Su pecho jadea, como si
quisiera sacar las palabras de lo más profundo de su alma. ¿Pero de qué
le sirve eso? Su voz se queda en la garganta. Nunca ha sido elocuente el
pobre rústico; ¿cómo encontrar de pronto conceptos expresivos para
arrancar aquel extraviado a su locura? No puede articular más que estas
palabras:
--¿Qué te he hecho? ¿Qué te he hecho?
Las repite dos veces, tres veces; las repite infinitamente. ¿Qué más
puede decir? Toda su ternura y todo su dolor están ahí.
Juan no responde nada. Se sienta en el banco y hunde las dos manos en
sus cabellos incultos. Por su rostro vaga una sonrisa, una sonrisa
horrible que no admite consuelo ni esperanza... Al fin interrumpe a su
desgraciado hermano, que repite interminablemente su frase, como si
esperara verla causar un efecto mágico.
--Basta; no sabes qué decirme y no puedes decirme nada. He acabado
conmigo mismo, contigo y con el mundo entero. ¡Si supieras por lo que he
pasado en estas seis últimas semanas!... Desde que salí del molino no he
dormido bajo techo, porque estaba convencido de que el techo me
aplastaría...
--¿Pero, en nombre del cielo, qué tienes?
--No me preguntes nada; no conseguirás saberlo... Deja las palabras; son
inútiles... y aunque me jurases por la memoria de nuestros padres...
--Sí; por nuestros padres...--balbucea Martín con alegría.
¿Por qué no he pensado en ello más pronto?
--¡Déjalos tranquilos en su tumba!--replica Juan con su sonrisa
odiosa.--Eso no reza conmigo. ¡Ellos no pueden impedir que esté perdido;
no pueden impedir que te odie!
Martín lanza un gemido violento y vuelve a caer, como aniquilado, sobre
el banco.
--Siempre he pensado en ellos; siempre me he acordado de que Martín
Felshammer es mi hermano. Y por eso he llegado adonde estoy... ¡Me ha
costado un duro sacrificio, puedes creerlo!... Por lo tanto, no te
quejes... Créeme... me he portado muy bien contigo... ¡ay, hermano!...
muy bien.
Martín no tiene necesidad de averiguar más; ve claramente ya la solución
del enigma: la víctima de otro tiempo sale de su tumba para pedir
venganza. Entonces, con las manos juntas murmura dulcemente:
--¡La expiación! ¡La expiación!...
El otro continúa:
--Pero haces bien en recordarme a nuestros padres; no tengo derecho a
arrojar una mancha sobre su nombre, sobre el nombre de los Felshammer...
Esa es una idea que me atormenta desde hace un tiempo... Y, a decir
verdad, me alegro de haberte encontrado... Podemos hablar de ello
tranquilamente... me voy a América.
Martín contempla por un instante su rostro abotagado; después murmura
dulcemente:
--¡Que Dios te acompañe!
Y deja caer pesadamente su frente sobre la mesa.
--Muy pronto--continúa el hermano.--Ya me he informado; el primero de
octubre parte un buque de Brema; es preciso que salga yo de aquí la
semana próxima... Tú sabrás qué es lo que me corresponde por mi
herencia... Debo haber derrochado una buena parte... Dame a cuenta de
ella lo que tengas en dinero; envía los fondos a Franz Maas, que yo iré
a casa de él a buscarlos...
--¿Y no vendrás siquiera una vez al... al?...
--¿Al molino? ¡Jamás!--exclama el joven, levantándose con un resplandor
inquieto, de deseo y de angustia, en los ojos.
--¿Y te he de decir adiós aquí... aquí... en este lugar inmundo?...
¡adiós para toda la vida!...
--No puede menos de ser así--dice Juan, bajando la cabeza.
Y Martín vuelve a su idea y murmura:
--¡Es la expiación!
Juan fija una mirada ardiente en su hermano, que, con el alma y el
cuerpo quebrantados, permanece agobiado delante de él... Está firmemente
resuelto a no volverlo a ver... Pero es preciso que le tienda la mano...
en el momento de la separación.
--Adiós, hermano--dice aproximándose a Martín, que se deja estar
sentado, inmóvil.--Sé feliz y consérvate bueno.
Pero, de repente, siente como un chorro de calor dulce... Por su cerebro
pasan en un mismo instante, un sinnúmero de imágenes. Se vuelve a ver
niño, protegido, mimado por su hermano mayor; se vuelve a ver mozo,
andando orgulloso del brazo de él; se vuelve a ver, de pie con él, junto
al lecho de muerte de los viejos padres; se vuelve a ver con él, en el
momento solemne en que, con las manos enlazadas, se prometieron no
separarse nunca y no dejar que nadie se introdujese nunca entre
ellos...
¡Y entonces!... ¡entonces!...
--¡Hermano!--exclama.
Y con ruidosos sollozos cae a sus pies.
--¡Mi nene! ¡mi querido nene!
Y Martín, en medio de sus lágrimas, lanza gritos de alegría y lo besa,
lo aprieta contra él, como si quisiera no dejarlo marchar.
Al fin te encuentro... ¡Oh Dios! Ahora todo irá bien... ¿no es verdad?
Di... todo esto no era más que pura fantasía, pura locura. ¿Tú no sabes
lo que has hecho, eh? Ya no te acuerdas. Apostaría a que ya no tienes la
menor idea de eso ¿eh? Despiertas, ¿no es verdad que despiertas?
Juan, triste, aprieta los dientes y apoya su rostro en el pecho de su
hermano. Pero, de pronto, se le ocurre una idea que le pesa sobre el
corazón y le zumba en los oídos, una idea semejante a un vampiro frío y
viscoso que bate las alas a su alrededor; en ese brazo, en ese,
Gertrudis se ha abandonado... ¡ese mismo día!
Y se pone en pie violentamente. ¡Tiene que salir de aquella sala, tiene
que dejar de respirar aquella atmósfera, o va a volverse loco!
Da un salto hacia la puerta... Descorre el cerrojo y... desaparece.
Rígido de estupor, Martín lo sigue con los ojos un momento; después se
dice, como para librarse de la inquietud que se apodera de él.
--Está demasiado impresionado y necesita respirar el aire fresco;
volverá.
Su mirada se fija en la percha que hay en el muro; sonríe completamente
tranquilo:
--Juan ha dejado su gorra... afuera está lloviendo... el viento es
fresco... volverá.
Después, Martín llama al tabernero; hace llevar su caballo a la cuadra y
manda preparar para su hermano un grog caliente y una cama: «porque,
dice con una sonrisa, volverá...»
Y cuando todo queda preparado, se sienta y se absorbe en sus
meditaciones. De vez en cuando murmura, como para reanimar su valor que
se extingue:
--¡Volverá!
Afuera, la lluvia golpetea las ventanas, el viento de otoño silba sobre
la taberna; y cada gota de lluvia, cada silbido anuncia:
--¡Volverá! ¡volverá!
Pasan las horas, la lámpara se apaga, Martín se ha quedado dormido en su
espera y sueña con la vuelta de su hermano...
Al día siguiente por la mañana, lo despiertan. Asustado y tembloroso,
mira a su alrededor. Sus ojos se posan sobre la cama vacía, en la que
su hermano debía acostarse, su primer lecho después de seis semanas. Se
deja estar allí tristemente, de pie, con la mirada fija.
Después manda enganchar el carruaje y se va.