XXIII

Desde aquel día, la tristeza se cierne sobre la casa de los Felshammer.

Cuando Martín entró en su casa por la mañana, todo estaba tranquilo, en

una calma profunda. Descolgó de la pared la llave del molino y se

deslizó hasta la triste habitación de que había hecho una especie de

templo de su falta. Allí lo encontraron sus gentes a la hora del

almuerzo, tan blanco como la cal de los muros, con la frente entre las

manos y murmurando sin cesar:

--¡Fritz, Fritz! ¡ésta es la expiación! ¡ésta es la expiación!

El espectro, el antiguo, el temible espectro, al que creía desterrado

para siempre, se ha echado de nuevo sobre él, y sus garras le aprietan

la garganta hasta estrangularlo.

Ha sido casi necesario emplear la fuerza para sacarlo de su retiro. Con

paso torpe ha salido tambaleándose del molino. Ha encontrado a su mujer

acurrucada en un rincón, con las mejillas pálidas y la mirada temerosa.

Entonces le ha cogido la cabeza con las dos manos, fijando un instante

sobre la infeliz, toda trémula, sus ojos sombríos, y después ha

murmurado esas palabras melancólicas:

--¡La expiación! ¡la expiación!

Al oír esta frase siniestra, un escalofrío recorre el cuerpo de

Gertrudis. «¿Sabe algo? ¿Se lo ha confesado todo Juan? ¿Ha descubierto

por casualidad el secreto?... ¿O no tiene más que sospechas?...»

Y desde entonces se llena de terror delante de ese hombre; y se consume

de pasión por el otro, a quien ha despedido para siempre. Palidece y

adelgaza; anda vagando de un lado a otro como una sonámbula. Alrededor

de sus ojos se dibujan surcos azules que se ensanchan cada vez más

alrededor de su boca se forma un pliegue que se contrae sin cesar.

Martín no ve nada de eso. Todo su ser está embargado por el dolor de

haber perdido su hermano. Durante los primeros días ha estado esperando

hora tras hora verlo llegar; quizá no se ha dado cuenta de lo que decía

en su embriaguez... ¡y él, Martín, será ciertamente el último en

recordárselo!

Pero pasan los días, unos después de otros, sin que Juan reaparezca; su

angustia crece entonces. Comienza a informarse del desaparecido, con

poco fruto al principio porque las relaciones de aldea a aldea son muy

escasas. Sin embargo, poco a poco van llegando noticias al molino; lo

han visto hoy aquí y ayer allí, como un vagabundo, pero rodeado siempre

de alegres compañeros. En cuanto «el diablo de Juan», como le llaman, se

presenta en alguna parte, se llena la taberna, saltan los tapones y

chocan los vasos; y, cuando la fiesta está en todo su apogeo, a través

de los cristales hechos añicos salen las botellas a la calle. Pero «el

diablo de Juan» paga todo lo que rompe. Convida a todos los que

encuentra por el camino... ¡Ah sí! es un gran compañero y un bebedor

insigne «el diablo de Juan.»

Poco a poco van apareciendo a la puerta del molino toda clase de

personajes tenebrosos como Löb Levi, de Beelitzhof, el acaparador de

granos, y Hoffmann, de Grünhalde, el corredor de fincas; presentan

papeles amarillos y grasientos sobre los cuales la mano de Juan ha

firmado cantidades a tanto por ciento y a tantos días... Martín

contempla largo rato las letras inciertas que se precipitan, como

ebrias, unas sobre otras; después, va a su caja de caudales y paga, sin

decir palabras, la deuda y los intereses exorbitantes. ¡De buena gana

daría la mitad de su riqueza por conseguir la vuelta de su hermano!

Al fin, manda enganchar el carruaje y él mismo va a buscarlo. Anda

leguas y leguas, pasa en vela noches enteras, sin conseguir nunca

atrapar a su hermano. Las noticias que obtiene de los taberneros son

incompletas y confusas; unos le responden de un modo incierto y

cohibido, otros con aparato de misterio y en tono socarrón; todos

parecen temer que tan pronto como el dueño del molino de Felshammer haya

encontrado al borracho de su hermano desaparecerán sus pingües

beneficios.

Cuando Martín empieza a notar que lo engañan, se apodera de él el

desaliento. Regresa al molino y se encierra por dos días en su

_despacho_. Durante ese tiempo, se pregunta si no sería conveniente

pedir ayuda a los gendarmes de Marienfeld. Con su autoridad, sería fácil

arrancar la verdad a la gentes. Pero no... hacer buscar a su hermano con

la policía es cosa que no permite el honor del nombre de los Felshammer;

su padre se estremecería en la tumba.

Un constipado adquirido en sus viajes nocturnos, lo obliga a guardar

cama. Y, durante dos mortales semanas, en las que Gertrudis permanece

sentada a la cabecera del lecho, noche y día, vive torturado por las

alucinaciones de su delirio, en el que sus dos hermanos, el muerto y el

vivo, van a rondar alrededor de él, ora distintos ora confundidos en un

sólo ser monstruoso, especie de espectro de dos cabezas.

Tan pronto está casi restablecido hace preparar su carruaje. Es fuerza

que acabe por encontrarlo.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 29 / 48 题