Desde aquel día, la tristeza se cierne sobre la casa de los Felshammer.
Cuando Martín entró en su casa por la mañana, todo estaba tranquilo, en
una calma profunda. Descolgó de la pared la llave del molino y se
deslizó hasta la triste habitación de que había hecho una especie de
templo de su falta. Allí lo encontraron sus gentes a la hora del
almuerzo, tan blanco como la cal de los muros, con la frente entre las
manos y murmurando sin cesar:
--¡Fritz, Fritz! ¡ésta es la expiación! ¡ésta es la expiación!
El espectro, el antiguo, el temible espectro, al que creía desterrado
para siempre, se ha echado de nuevo sobre él, y sus garras le aprietan
la garganta hasta estrangularlo.
Ha sido casi necesario emplear la fuerza para sacarlo de su retiro. Con
paso torpe ha salido tambaleándose del molino. Ha encontrado a su mujer
acurrucada en un rincón, con las mejillas pálidas y la mirada temerosa.
Entonces le ha cogido la cabeza con las dos manos, fijando un instante
sobre la infeliz, toda trémula, sus ojos sombríos, y después ha
murmurado esas palabras melancólicas:
--¡La expiación! ¡la expiación!
Al oír esta frase siniestra, un escalofrío recorre el cuerpo de
Gertrudis. «¿Sabe algo? ¿Se lo ha confesado todo Juan? ¿Ha descubierto
por casualidad el secreto?... ¿O no tiene más que sospechas?...»
Y desde entonces se llena de terror delante de ese hombre; y se consume
de pasión por el otro, a quien ha despedido para siempre. Palidece y
adelgaza; anda vagando de un lado a otro como una sonámbula. Alrededor
de sus ojos se dibujan surcos azules que se ensanchan cada vez más
alrededor de su boca se forma un pliegue que se contrae sin cesar.
Martín no ve nada de eso. Todo su ser está embargado por el dolor de
haber perdido su hermano. Durante los primeros días ha estado esperando
hora tras hora verlo llegar; quizá no se ha dado cuenta de lo que decía
en su embriaguez... ¡y él, Martín, será ciertamente el último en
recordárselo!
Pero pasan los días, unos después de otros, sin que Juan reaparezca; su
angustia crece entonces. Comienza a informarse del desaparecido, con
poco fruto al principio porque las relaciones de aldea a aldea son muy
escasas. Sin embargo, poco a poco van llegando noticias al molino; lo
han visto hoy aquí y ayer allí, como un vagabundo, pero rodeado siempre
de alegres compañeros. En cuanto «el diablo de Juan», como le llaman, se
presenta en alguna parte, se llena la taberna, saltan los tapones y
chocan los vasos; y, cuando la fiesta está en todo su apogeo, a través
de los cristales hechos añicos salen las botellas a la calle. Pero «el
diablo de Juan» paga todo lo que rompe. Convida a todos los que
encuentra por el camino... ¡Ah sí! es un gran compañero y un bebedor
insigne «el diablo de Juan.»
Poco a poco van apareciendo a la puerta del molino toda clase de
personajes tenebrosos como Löb Levi, de Beelitzhof, el acaparador de
granos, y Hoffmann, de Grünhalde, el corredor de fincas; presentan
papeles amarillos y grasientos sobre los cuales la mano de Juan ha
firmado cantidades a tanto por ciento y a tantos días... Martín
contempla largo rato las letras inciertas que se precipitan, como
ebrias, unas sobre otras; después, va a su caja de caudales y paga, sin
decir palabras, la deuda y los intereses exorbitantes. ¡De buena gana
daría la mitad de su riqueza por conseguir la vuelta de su hermano!
Al fin, manda enganchar el carruaje y él mismo va a buscarlo. Anda
leguas y leguas, pasa en vela noches enteras, sin conseguir nunca
atrapar a su hermano. Las noticias que obtiene de los taberneros son
incompletas y confusas; unos le responden de un modo incierto y
cohibido, otros con aparato de misterio y en tono socarrón; todos
parecen temer que tan pronto como el dueño del molino de Felshammer haya
encontrado al borracho de su hermano desaparecerán sus pingües
beneficios.
Cuando Martín empieza a notar que lo engañan, se apodera de él el
desaliento. Regresa al molino y se encierra por dos días en su
_despacho_. Durante ese tiempo, se pregunta si no sería conveniente
pedir ayuda a los gendarmes de Marienfeld. Con su autoridad, sería fácil
arrancar la verdad a la gentes. Pero no... hacer buscar a su hermano con
la policía es cosa que no permite el honor del nombre de los Felshammer;
su padre se estremecería en la tumba.
Un constipado adquirido en sus viajes nocturnos, lo obliga a guardar
cama. Y, durante dos mortales semanas, en las que Gertrudis permanece
sentada a la cabecera del lecho, noche y día, vive torturado por las
alucinaciones de su delirio, en el que sus dos hermanos, el muerto y el
vivo, van a rondar alrededor de él, ora distintos ora confundidos en un
sólo ser monstruoso, especie de espectro de dos cabezas.
Tan pronto está casi restablecido hace preparar su carruaje. Es fuerza
que acabe por encontrarlo.