Cuando, como a las dos de la mañana, Martín Felshammer ha conseguido
desasirse de sus compañeros, bebedores sempiternos, se acerca de buen
humor al lugar de la fiesta, donde la claridad insegura del día gris que
nace ilumina las idas y venidas de los retrasados. Ve acercarse entonces
un grupo de mozos ebrios, que aullando cantos obscenos pasan en fila a
través de la gente; a la cabeza de ellos marcha el cerrajero Farmann,
bribón famoso, y detrás de él van otros perdidos.
Resuelto a echarlos de allí, va directamente hacia el grupo; pero de
repente se detiene petrificado, con los brazos caídos... En medio del
grupo, con los ojos terribles, avanza tambaleándose su hermano Juan.
--¡Juan!--exclama estupefacto.
Este se estremece; su rostro enrojecido se pone lívido; en sus ojos
brilla un resplandor de espanto; tiembla, extiende los brazos como para
defenderse, y retrocede, vacilando, dos o tres pasos.
Martín siente que se apacigua su cólera. El deplorable espectáculo
despierta su compasión. Sigue a Juan, y, reteniéndole por el brazo, le
dice con voz llena de ternura:
--Ven, hermano; es tarde; vamos a casa.
Pero Juan, haciendo un ademán de horror, retrocede más ante la mano que
lo roza; y dirigiendo a Martín una mirada llena de angustia mortal, le
dice con voz ronca:
--¡Déjame!... ¡no quiero, no quiero tener nada que ver contigo! ¡ya no
soy tu hermano!
Martín, sobrecogido, se agarra con las dos manos a la mesa que está
junto a él, y se deja caer, como herido de una puñalada, sobre el banco
inmediato!
Juan se aleja apresuradamente y desaparece en el bosque.