El tumulto de la fiesta se extingue a lo lejos. El ruido de las mil
voces no es más que un débil zumbido, sobre el cual descuella solamente,
con notas agudas, la algazara de los caballitos de madera; y cuando la
orquesta del baile, que se ha callado por un tiempo, empieza a tocar
otra vez, ahoga los demás ruidos con el estallido penetrante de sus
cornetines.
Pero sus notas van debilitándose también; el bombo, que hasta entonces
había hecho discretamente su parte, suena más fuerte, en cambio, porque
sus sordos golpes llegan más lejos que los otros sones.
Caminan juntos en silencio; ni uno ni otro se atreve a hablar. El brazo
de Gertrudis tiembla bajo el de Juan; éste contempla las brumas de
reflejos verdosos que se alzan de las praderas. Ella camina
valerosamente, aunque no puede menos de cojear un poco; y de cuando en
cuando exhala un débil quejido.
De pronto, la joven se vuelve y muestra, tendiendo la mano, el hormigueo
de las luces en el lugar de la fiesta, que brillan sobre el fondo
obscuro del pinar.
--Mira qué bonito--murmura tímidamente.
El responde con un ademán.
--¡Juan!
--¿Qué, Gertrudis?
--¿No me guardas rencor?
--¿De qué?
--¿Por qué abandonaste el baile?
--Porque hacía demasiado calor para mí en la sala.
--¿No es porque bailaba yo con otro?
--¡Oh! de ningún modo.
--Mira, cuando te marchaste, me sentí tan sola, tan abandonada, que tuve
necesidad de todo mi valor para no estallar en sollozos. «Hubiera podido
prohibirte que bailases con otro», me decía yo... «¿Por quién he venido
a la fiesta sino por él? ¿por quién me he puesto tan guapa sino por
él?...» Y el pie me ardía mil veces más que antes sufrí un desmayo, y
después... de repente... ya sabes lo que me sucedió.
Juan aprieta los dientes, un estremecimiento sacude sus brazos como si
a pesar de él, fuesen a abrazar a Gertrudis. Ella inclina lentamente su
cabeza sobre el hombro del joven y su mirada clara y brillante se alza
hacia él; pero de pronto lanza un grito agudo... su pie dolorido, que se
arrastra penosamente por el suelo, acaba de tropezar con una piedra.
Extenuada por el dolor, se deja caer sobre la hierba.
--Querría quedarme tendida aquí un momento--dice enjugándose el sudor
frío que cubre su frente.
Después esconde su rostro entre el césped y permanece así algunos
segundos, sin movimiento. El se inquieta.
--Ven--dice;--te vas a resfriar.
Ella le tiende la mano derecha, volviendo el rostro.
--Levántame.
Pero, cuando quiere caminar, sus rodillas se doblan bajo su peso.
--Ya ves, no puedo--dice con triste sonrisa.
--Bueno, te llevaré yo--dice él abriendo los brazos.
Se escapa un murmullo de los labios de Gertrudis, mitad de júbilo, mitad
de queja; un momento después, su cuerpo, levantado del suelo, está en
los brazos de Juan.
Ella lanza un profundo suspiro, y, cerrando los ojos, apoya la cabeza
contra su mejilla.
Pecho contra pecho, sus cabellos ruedan como una onda sobre el cuello de
Juan, y su respiración tibia le acaricia el rostro. ¡Adelante, adelante,
cada vez más lejos, aunque las fuerzas le falten, hasta el fin del
mundo!... Siente palpitaciones violentas, un velo rojizo se extiende
delante de sus ojos, le parece que va a caerse y a entregar el alma. ¡No
importa!... ¡más lejos, más lejos siempre!
Allá abajo, el río lo llama, la cascada muge sordamente a través de la
noche silenciosa, y las gotas que saltan brillan a los rayos de la luna.
Ella deja caer su cabeza hacia atrás, sobre el brazo de Juan; una
sonrisa dolorosa vaga por su boca entreabierta; sus párpados se han
alzado, y en su pupila obscura se refleja la luna.
--¿Dónde estamos?--murmura.
--A la orilla del agua--dice él jadeante.
--Déjame en el suelo.
--No quiero... no puedo...
Al fin, cerca de la orilla, la pone en el suelo; después se tira sobre
la hierba, apoya la mano sobre el corazón y hace un esfuerzo para tomar
aliento. Le laten las sienes y está a punto de perder el conocimiento...
Pero se incorpora con esfuerzo vigoroso, inclina el busto sobre la
corriente y coge agua en las palmas de las manos para bañarse la frente.
Esto lo ayuda a serenarse. Se vuelve hacia Gertrudis. Ella se oculta el
rostro en las manos y gime dulcemente.
--¿Sufres mucho?--le pregunta él.
--Esto me escuece.
--Mete el pie en el agua; se te refrescará.
Ella deja caer sus manos y lo mira con sorpresa.
--Eso me ha hecho bien a mí--dice él mostrando su frente, por donde
corren todavía las gotas de agua.
Gertrudis se inclina hacia adelante para quitarse el zapato; pero su
mano tiembla, y se detiene fatigada.
--Deja que te ayude--dice él.
Un movimiento brusco, y el zapato salta al lado de ella, le sigue la
media, y, arrastrándose hasta la orilla del río, la joven sumerge hasta
el tobillo el pie desnudo en la frescura de la corriente.
--¡Oh! ¡qué bien hace esto!--murmura aspirando el aire profundamente.
Después, volviéndose a derecha e izquierda, busca un apoyo para su
cuerpo.
--Apóyate contra mí--dice él.
Y ella deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan. Un estremecimiento
corre por los brazos del joven pero no se atreve a enlazarle el talle;
respira con dificultad; mira con fijeza el agua transparente a través de
la cual resplandece el pie blanco de Gertrudis como una concha de nácar
que hubiera en el fondo.
Uno al lado de otro, permanecen sentados, en silencio. Delante de ellos,
en la presa, las aguas mugen formando torbellinos. La espuma tiende una
especie de puente de plata a través del río, y la corriente se desliza
tranquila a sus pies. De vez en cuando, el dulce viento de la noche les
trae sonidos amortiguados de la música; al gruñido monótono del timbal
se mezcla el grito sordo del alcaraván.
De pronto, Gertrudis se estremece.
--¿Qué tienes?
--Tengo frío.
--Retira inmediatamente el pie del agua.
Ella hace lo que él le dice, y después saca del bolsillo el fino pañuelo
de batista que ha llevado al baile.
--No puede servir de mucho--dice Juan, y con mano temblorosa coge su
grueso pañuelo.--Déjame secarte el pie.
Muda, con una mirada tímida y suplicante, Gertrudis deja hacer; y
cuando él siente entre sus manos ese pie suave y fresco, lo asalta un
vértigo, lo invade un deseo ardiente y loco; se agacha y posa sobre él
su frente ardiente.
--¿Qué haces?--exclama ella.
El se incorpora... Sus miradas se cruzan llenas de embriaguez, y,
lanzando un grito furioso, caen en brazos uno del otro.
Sus besos ardientes se posan sobre la boca de Gertrudis. Ella ríe y
llora a la vez, le coge la cabeza entre las manos, le acaricia los
cabellos, apoya la mejilla del joven contra la suya, y lo besa en la
frente y en los ojos.
--¡Oh! ¡cuánto, cuánto te amo!
--¿Eres mía?
--Sí, sí.
--¿Me amarás siempre?
--¡Siempre! ¡siempre! Y tú... no me dejarás nunca sola, como hoy... para
que Martín...
Se calla de golpe. El silencio pesa sobre ellos. ¡Y qué silencio!... A
lo lejos suena el timbal... El agua muge...
Los dos se miran entonces pálidos como la muerte. Y ella se pone a
lanzar gritos penetrantes:
--¡Jesús! ¡Jesús!
Su voz suena en medio de la noche.
Con un gemido violento él se oculta el rostro entre las manos. Un
sollozo sin lágrimas sacude todo su cuerpo. Una llama se enciende
delante de sus ojos, llama sangrienta que se alza como si fuese a
abrasar al mundo entero. Ha visto claro de repente. El resplandor que la
víspera de San Juan empezó a parecerle siniestro, y que la noche en que
Gertrudis estalló en sollozos en medio de su canto, cruzó su frente como
un relámpago para extinguirse un instante después, ese resplandor sube
ahora ante sus ojos como el disco chispeante del sol. Y cada una de sus
llamas lo incita al odio, cada chispa hace estremecer su alma con las
torturas de los celos, cada rayo le atraviesa el corazón con un
sentimiento de terror y de remordimiento... Gertrudis se ha echado de
bruces en el suelo, y llora, llora amargamente... Con la frente
inclinada y las manos juntas, él contempla fijamente el cuerpo
encantador que yace delante de él, sumido en la desesperación.
--Entremos--dice con voz sorda.
Ella alza la cabeza y apoya los brazos en el suelo; pero, cuando él
quiere levantarla, lanza un grito agudo.
--¡No me toques!
Por dos o tres veces trata de ponerse en pie; sus piernas se doblan.
Entonces tiende los brazos sin decir palabra, y se deja levantar por él,
que sostiene sus pasos vacilantes a través del patio del molino. Se
secan sus lágrimas; el estupor de la desesperación se lee en sus
facciones rígidas y pálidas; ella vuelve el rostro y se deja arrastrar
por él como si no tuviera ya voluntad. En el umbral del emparrado,
retira su brazo del de Juan y, reuniendo sus últimas fuerzas, se
precipita sola hacia la puerta. Luego, desaparece en la sombra espesa
del follaje.
Los aldabonazos suenan sordamente, una vez, dos veces. Después se oyen
pasos en el interior; la llave gira, y una luz amarillenta se esparce
fuera, en la claridad de la luna.
--¡En nombre del cielo! ¡qué cara trae usted!--exclama asustada la
criada.
Y la puerta se cierra.
El se deja estar allí largo tiempo, con los ojos fijos en el sitio por
donde ella ha desaparecido.
Una sensación de frío que lo hace temblar de la cabeza a los pies lo
despierta de su ensimismamiento. Maquinalmente se desliza a través del
patio, iluminado por la luz de la luna; acaricia a los perros que, con
ladridos alegres, lo saludan; echa una mirada estúpida a la rueda
inmóvil, sobre la cual se desliza el agua sin ruido, como una brillante
serpiente. Una fuerza misteriosa lo arroja de allí; el suelo del patio
le quema los pies.
Se dirige a través de la pradera hacia la presa, hasta el sitio donde ha
estado sentado con Gertrudis. Sobre el césped brilla el zapato azul, y a
poca distancia la larga media, tan fina... ¡Gertrudis ha entrado
cojeando, con un pie desnudo, sin notarlo!
Lanza una risotada estridente, toma los objetos y los lanza lejos, a las
aguas espumosas.
¿Adónde ir entonces? El molino ha cerrado su puerta detrás de él, para
siempre. ¿Adónde ir? ¿Se tenderá, para descansar, sobre un montón de
heno? ¡No podrá dormir!... ¡He ahí un grupo de muchachos alegres! Poco
antes los ha desdeñado, pero entonces llegan en buen momento.