Ha llegado la tarde... La multitud está bañada por un resplandor
purpurino. Un rosado crepúsculo envuelve la llanura y el bosque.
En un rincón solitario de la pradera, Gertrudis, inmóvil, lanza miradas
melancólicas al sol que se extingue.
--¡Ah! ¡si no se ocultase hoy para nosotros!--exclama abriendo los
brazos.
--¡Bueno! ¡ordénaselo!--dice Juan.
--¡Sol, te mando que te quedes con nosotros!
Y, mientras el globo de fuego se hunde cada vez más, ella se pone a
temblar de pronto y dice:
--¿Sabes qué idea acaba de ocurrírseme? Que ya no lo veremos salir más.
Después, lanzando una risa clara:
--¡Sí, ya sé, es pura locura! ¡Vamos a bailar!
Una nueva danza acaba de empezar. Cruzan apresuradamente la sala de
baile, trémulos de alegría y embriagándose uno al otro, y desaparecen en
un rinconcito obscuro que han elegido cerca del tablado de los músicos
para substraerse a las miradas indiscretas de las otras parejas, porque
todas quieren conocer a la bella molinera.
Los cabellos de Gertrudis se han desprendido y flotan libremente; brilla
en sus ojos una llama que sólo se ve en las personas ebrias de
felicidad; todo su ser parece sumido en el deleite de esos momentos.
--Si no me ardiese el pie como fuego del infierno...--dice cuando Juan
la lleva a su sitio.
--¡Descansa un poco!
Ella se echa a reír. En ese instante Franz Maas se adelanta para
invitarla, en su calidad de rey de la fiesta, a la danza de honor; ella
acepta su brazo y se aleja en un torbellino.
Juan pasa la mano por su frente ardorosa y mira a la pareja; pero las
luces y las personas se confunden en sus ojos en un caos tumultuoso; le
parece que todo gira a su alrededor. Vacila y tiene que apoyarse en una
columna para no caer; y ruega a Franz Maas, que vuelve en ese momento
con Gertrudis, que sirva de caballero a su cuñada por media hora porque
tiene necesidad de salir, de respirar el aire puro...
Sale a la noche clara y fresca, en contraste con ese local cálido,
cargado de vapores, donde un par de arañas llenas de bujías esparcen un
humo intolerable. Pero hasta allí lo persiguen el bullicio y la música.
En las barracas de tiro chocan las flechas de las ballestas; delante de
las rifas suena la voz ronca de los rifadores anunciando la jugada; y
los caballitos de madera, que giran con ruido ensordecedor, iluminan la
obscuridad con su brillo fugitivo. Y, por entre todo eso, ruedan las
sombras de la multitud.
Detrás del bosque de pinos, cuya corona sombría y silenciosa domina todo
ese movimiento, se enciende un resplandor de oro; dentro de media hora
la luna verterá sobre aquella escena su luz sonriente.
Juan avanza a pasos lentos entre las tiendas; se detiene delante de la
posada de la Corona y mira por la ventana. Pero, al ver a Martín allí
sentado, con el rostro abrasado, en medio de un grupo de bebedores
alegres, se precipita en la sombra como si temiera encontrarse con él.
De la casa vecina salen cantos ruidosos; vacila un momento, y al fin
entra, porque la lengua se le pega al paladar. Lo acogen con gritos de
alegría. Ante una larga mesa cargada de cerveza están sentados una
porción de antiguos condiscípulos, pilluelos la mayor parte, a los que
evitaba en otro tiempo.
Se le rodea, se le invita a beber y se le obliga a tomar asiento.
--¿Por qué te dejas ver tan poco, Juan?--le grita uno desde el extremo
de la mesa.--¿Dónde te metes de noche?
--Está cosido a las faldas de su bella cuñada;--responde otro con aire
burlón.
--¡Deja en paz a mi cuñada!--le dice Juan frunciendo el entrecejo.
El tumulto lo disgusta, los gritos roncos lo ensordecen, las bromas
torpes le hacen mal. Bebe apresuradamente dos vasos de cerveza fresca, y
sale, librándose con gran trabajo de las instancias importunas de sus
camaradas.
Se dirige pausadamente hacia la linde del bosque y hunde sus miradas en
la obscuridad, que se anima entonces con los pálidos reflejos de la
luna; después se interna un poco bajo los árboles aspirando la atmósfera
dulce y aromática de los pinos. Quiere dominar a toda costa la
embriaguez inexplicable que le penetra hasta los tuétanos. Pero cuanto
más se aleja del lugar de la fiesta, tanto más aumenta su turbación...
Al punto de entrar en la sala de baile ve a Franz Maas, que se lanza
hacia él presa de una agitación manifiesta. Una vaga sospecha de
desgracia comienza a torturar su alma.
--¿Qué ha sucedido?--exclama.
--¡Al fin te encuentro! Tu cuñada se ha indispuesto.
--¡En nombre de Cristo!... ¿Y adónde la has llevado?
--Martín la ha llevado a vuestra tienda.
--¿Cómo ha sucedido eso? ¿cómo ha sucedido?
--Desde hacía un momento notaba yo que se había puesto pálida y
silenciosa; y, al preguntarle qué tenía, me dijo que le dolía el pie. A
pesar de eso, no quiso sentarse, y de repente se desmayó en medio de la
sala.
--¿Y entonces, entonces, qué?
--La levanté y la llevé en seguida a su sitio mientras mandaba buscar a
Martín.
--¿Por qué no me mandaste buscar a mí, animal?
--En primer lugar, porque no sabía dónde estabas; después, porque era
justo que fuese primero el marido...
Juan suelta una risa estridente:
--Claro, muy justo... ¿y después?
--Abrió los ojos antes que Martín llegase. Su primer cuidado fue alejar
a las mujeres que la rodeaban; después me dijo: «No le hable de mi
desmayo.» Y cuando él se lanzó hacia ella con el rostro pálido,
Gertrudis se mostró muy alegre en apariencia y le dijo: «Me hace daño el
zapato; nada más.»
--¿Y entonces?
--Entonces se la llevó. Pero alcancé a ver que se ponía a sollozar
escondiendo la cara en el hombro de su marido. Y me dije: «¡Dios sabe
dónde le aprieta el zapato!»
Juan no quiere escuchar más; sin una palabra de agradecimiento se lanza
fuera.
La cortina que cubre la entrada de la tienda de los Felshammer está
completamente corrida. Juan escucha un instante. Un ligero rumor de
llanto, mezclado con la voz de Martín que trata de apaciguar a su mujer,
llega hasta él del interior. Quiere levantar la cortina, pero ésta no
cede; parece sólidamente sujeta al marco de la puerta.
--¿Quién es?--grita la voz de Martín.
--¡Yo, Juan!
--¡No entres!
Juan se estremece. Aquel «no entres» le ha atravesado el pecho como una
puñalada.
Cuando se trata de estar junto a la que sufre, de llevarle el consuelo y
la paz, le gritan: «¡no entres!»
Aprieta los dientes y fija sus miradas ardorosas en la cortina,
atravesada por un débil resplandor rojizo.
--¡Juan!--grita de nuevo la voz de su hermano.
--¿Qué hay?
--Anda a ver si nuestro carruaje está ahí cerca.
Cumple lo que le ordenan. ¡Sólo sirve para hacer recados! Recorre la
fila de carruajes y, no encontrando lo que busca, vuelve a la tienda.
La cortina aparece levantada ya. Ella está allí, con un chal claro en
los hombros... ¡tan pálida y tan bella!
--¡Estoy soñando! Di orden para que no viniese el carruaje sino mañana
al amanecer.
--¿Quiere marcharse Gertrudis?--pregunta Juan impresionado.
--Gertrudis tiene que irse--dice la joven.
Y con los ojos llenos de lágrimas le dirige una mirada, en la que se
esfuerza por poner una sonrisa.
--¡Tranquilízate, hija mía!--dice Martín acariciándole los cabellos.--Si
no se tratase más que de tu pie no sería un gran mal. Pero tus lágrimas,
tu agitación... Creo que la enfermedad te dura todavía y el reposo te
hará bien. ¡Si no se necesitara tanto tiempo para ir a buscar el
carruaje! Me parece que lo mejor será que hagas a pie el corto camino a
través de la pradera... si no sientes ningún dolor, se entiende.
Gertrudis lanza una mirada a Juan, y se apresura a decir que sí.
--El aire es tibio, la hierba está seca--continúa Martín, y Juan podrá
acompañarte.
Gertrudis se estremece y la sangre sube a sus abrasadas mejillas. Los
ojos de Juan buscan los suyos, pero ella los evita.
--Tú puedes estar de vuelta en media hora--añade Martín, que toma el
silencio de Juan por mal humor.
Juan menea la cabeza y responde, lanzando una mirada a Gertrudis, que él
también está cansado.
--¡Entonces, Dios os acompañe, hijos míos!--dice Martín.--Y cuando me
haya librado de mis amigos iré a buscaros.
Juan pasea su vista a lo lejos; la llanura que se extiende delante de
él, plateada por la luz de la luna, le hace el efecto de un golfo sobre
el cual flotaran brumas; le parece que el brazo que en aquel instante se
desliza bajo el suyo de modo tan dulce, tan acariciador, lo arrastra
allá abajo, al fondo de ese abismo.
--Buenas noches--murmura sin mirar a su hermano.
--¿No me das la mano?--dice Martín en tono de amistoso reproche.
Y, al tendérsela Juan vacilando, se la aprieta cordialmente... ¡Ah!
¡cuánto daño puede hacer un apretón de manos!