XX

Ha llegado la tarde... La multitud está bañada por un resplandor

purpurino. Un rosado crepúsculo envuelve la llanura y el bosque.

En un rincón solitario de la pradera, Gertrudis, inmóvil, lanza miradas

melancólicas al sol que se extingue.

--¡Ah! ¡si no se ocultase hoy para nosotros!--exclama abriendo los

brazos.

--¡Bueno! ¡ordénaselo!--dice Juan.

--¡Sol, te mando que te quedes con nosotros!

Y, mientras el globo de fuego se hunde cada vez más, ella se pone a

temblar de pronto y dice:

--¿Sabes qué idea acaba de ocurrírseme? Que ya no lo veremos salir más.

Después, lanzando una risa clara:

--¡Sí, ya sé, es pura locura! ¡Vamos a bailar!

Una nueva danza acaba de empezar. Cruzan apresuradamente la sala de

baile, trémulos de alegría y embriagándose uno al otro, y desaparecen en

un rinconcito obscuro que han elegido cerca del tablado de los músicos

para substraerse a las miradas indiscretas de las otras parejas, porque

todas quieren conocer a la bella molinera.

Los cabellos de Gertrudis se han desprendido y flotan libremente; brilla

en sus ojos una llama que sólo se ve en las personas ebrias de

felicidad; todo su ser parece sumido en el deleite de esos momentos.

--Si no me ardiese el pie como fuego del infierno...--dice cuando Juan

la lleva a su sitio.

--¡Descansa un poco!

Ella se echa a reír. En ese instante Franz Maas se adelanta para

invitarla, en su calidad de rey de la fiesta, a la danza de honor; ella

acepta su brazo y se aleja en un torbellino.

Juan pasa la mano por su frente ardorosa y mira a la pareja; pero las

luces y las personas se confunden en sus ojos en un caos tumultuoso; le

parece que todo gira a su alrededor. Vacila y tiene que apoyarse en una

columna para no caer; y ruega a Franz Maas, que vuelve en ese momento

con Gertrudis, que sirva de caballero a su cuñada por media hora porque

tiene necesidad de salir, de respirar el aire puro...

Sale a la noche clara y fresca, en contraste con ese local cálido,

cargado de vapores, donde un par de arañas llenas de bujías esparcen un

humo intolerable. Pero hasta allí lo persiguen el bullicio y la música.

En las barracas de tiro chocan las flechas de las ballestas; delante de

las rifas suena la voz ronca de los rifadores anunciando la jugada; y

los caballitos de madera, que giran con ruido ensordecedor, iluminan la

obscuridad con su brillo fugitivo. Y, por entre todo eso, ruedan las

sombras de la multitud.

Detrás del bosque de pinos, cuya corona sombría y silenciosa domina todo

ese movimiento, se enciende un resplandor de oro; dentro de media hora

la luna verterá sobre aquella escena su luz sonriente.

Juan avanza a pasos lentos entre las tiendas; se detiene delante de la

posada de la Corona y mira por la ventana. Pero, al ver a Martín allí

sentado, con el rostro abrasado, en medio de un grupo de bebedores

alegres, se precipita en la sombra como si temiera encontrarse con él.

De la casa vecina salen cantos ruidosos; vacila un momento, y al fin

entra, porque la lengua se le pega al paladar. Lo acogen con gritos de

alegría. Ante una larga mesa cargada de cerveza están sentados una

porción de antiguos condiscípulos, pilluelos la mayor parte, a los que

evitaba en otro tiempo.

Se le rodea, se le invita a beber y se le obliga a tomar asiento.

--¿Por qué te dejas ver tan poco, Juan?--le grita uno desde el extremo

de la mesa.--¿Dónde te metes de noche?

--Está cosido a las faldas de su bella cuñada;--responde otro con aire

burlón.

--¡Deja en paz a mi cuñada!--le dice Juan frunciendo el entrecejo.

El tumulto lo disgusta, los gritos roncos lo ensordecen, las bromas

torpes le hacen mal. Bebe apresuradamente dos vasos de cerveza fresca, y

sale, librándose con gran trabajo de las instancias importunas de sus

camaradas.

Se dirige pausadamente hacia la linde del bosque y hunde sus miradas en

la obscuridad, que se anima entonces con los pálidos reflejos de la

luna; después se interna un poco bajo los árboles aspirando la atmósfera

dulce y aromática de los pinos. Quiere dominar a toda costa la

embriaguez inexplicable que le penetra hasta los tuétanos. Pero cuanto

más se aleja del lugar de la fiesta, tanto más aumenta su turbación...

Al punto de entrar en la sala de baile ve a Franz Maas, que se lanza

hacia él presa de una agitación manifiesta. Una vaga sospecha de

desgracia comienza a torturar su alma.

--¿Qué ha sucedido?--exclama.

--¡Al fin te encuentro! Tu cuñada se ha indispuesto.

--¡En nombre de Cristo!... ¿Y adónde la has llevado?

--Martín la ha llevado a vuestra tienda.

--¿Cómo ha sucedido eso? ¿cómo ha sucedido?

--Desde hacía un momento notaba yo que se había puesto pálida y

silenciosa; y, al preguntarle qué tenía, me dijo que le dolía el pie. A

pesar de eso, no quiso sentarse, y de repente se desmayó en medio de la

sala.

--¿Y entonces, entonces, qué?

--La levanté y la llevé en seguida a su sitio mientras mandaba buscar a

Martín.

--¿Por qué no me mandaste buscar a mí, animal?

--En primer lugar, porque no sabía dónde estabas; después, porque era

justo que fuese primero el marido...

Juan suelta una risa estridente:

--Claro, muy justo... ¿y después?

--Abrió los ojos antes que Martín llegase. Su primer cuidado fue alejar

a las mujeres que la rodeaban; después me dijo: «No le hable de mi

desmayo.» Y cuando él se lanzó hacia ella con el rostro pálido,

Gertrudis se mostró muy alegre en apariencia y le dijo: «Me hace daño el

zapato; nada más.»

--¿Y entonces?

--Entonces se la llevó. Pero alcancé a ver que se ponía a sollozar

escondiendo la cara en el hombro de su marido. Y me dije: «¡Dios sabe

dónde le aprieta el zapato!»

Juan no quiere escuchar más; sin una palabra de agradecimiento se lanza

fuera.

La cortina que cubre la entrada de la tienda de los Felshammer está

completamente corrida. Juan escucha un instante. Un ligero rumor de

llanto, mezclado con la voz de Martín que trata de apaciguar a su mujer,

llega hasta él del interior. Quiere levantar la cortina, pero ésta no

cede; parece sólidamente sujeta al marco de la puerta.

--¿Quién es?--grita la voz de Martín.

--¡Yo, Juan!

--¡No entres!

Juan se estremece. Aquel «no entres» le ha atravesado el pecho como una

puñalada.

Cuando se trata de estar junto a la que sufre, de llevarle el consuelo y

la paz, le gritan: «¡no entres!»

Aprieta los dientes y fija sus miradas ardorosas en la cortina,

atravesada por un débil resplandor rojizo.

--¡Juan!--grita de nuevo la voz de su hermano.

--¿Qué hay?

--Anda a ver si nuestro carruaje está ahí cerca.

Cumple lo que le ordenan. ¡Sólo sirve para hacer recados! Recorre la

fila de carruajes y, no encontrando lo que busca, vuelve a la tienda.

La cortina aparece levantada ya. Ella está allí, con un chal claro en

los hombros... ¡tan pálida y tan bella!

--¡Estoy soñando! Di orden para que no viniese el carruaje sino mañana

al amanecer.

--¿Quiere marcharse Gertrudis?--pregunta Juan impresionado.

--Gertrudis tiene que irse--dice la joven.

Y con los ojos llenos de lágrimas le dirige una mirada, en la que se

esfuerza por poner una sonrisa.

--¡Tranquilízate, hija mía!--dice Martín acariciándole los cabellos.--Si

no se tratase más que de tu pie no sería un gran mal. Pero tus lágrimas,

tu agitación... Creo que la enfermedad te dura todavía y el reposo te

hará bien. ¡Si no se necesitara tanto tiempo para ir a buscar el

carruaje! Me parece que lo mejor será que hagas a pie el corto camino a

través de la pradera... si no sientes ningún dolor, se entiende.

Gertrudis lanza una mirada a Juan, y se apresura a decir que sí.

--El aire es tibio, la hierba está seca--continúa Martín, y Juan podrá

acompañarte.

Gertrudis se estremece y la sangre sube a sus abrasadas mejillas. Los

ojos de Juan buscan los suyos, pero ella los evita.

--Tú puedes estar de vuelta en media hora--añade Martín, que toma el

silencio de Juan por mal humor.

Juan menea la cabeza y responde, lanzando una mirada a Gertrudis, que él

también está cansado.

--¡Entonces, Dios os acompañe, hijos míos!--dice Martín.--Y cuando me

haya librado de mis amigos iré a buscaros.

Juan pasea su vista a lo lejos; la llanura que se extiende delante de

él, plateada por la luz de la luna, le hace el efecto de un golfo sobre

el cual flotaran brumas; le parece que el brazo que en aquel instante se

desliza bajo el suyo de modo tan dulce, tan acariciador, lo arrastra

allá abajo, al fondo de ese abismo.

--Buenas noches--murmura sin mirar a su hermano.

--¿No me das la mano?--dice Martín en tono de amistoso reproche.

Y, al tendérsela Juan vacilando, se la aprieta cordialmente... ¡Ah!

¡cuánto daño puede hacer un apretón de manos!

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 26 / 48 题