Cuando, una hora más tarde, suenan los primeros acordes, la joven
exclama con un estremecimiento de alegría:
--¡Ahora soy tuya, Juan!
Martín le recomienda que tenga cuidado con el frío para no caer enferma;
pero antes que haya concluido de hablar, los jóvenes han desaparecido.
Entonces se resigna, toma un buen vaso de vino de Hungría y se echa
sobre el sofá para descansar.
Pensamientos agradables acuden a su mente. ¿No son completamente felices
desde que ha venido Juan? ¿No se han hecho ya raras las horas tristes,
llenas de presentimientos siniestros, turbadas por el miedo a los
fantasmas? ¿No estaba reviviendo él a ojos vistas, vencido por la
alegría de esos dos inocentes? ¿No era el día que acababan de pasar la
mejor prueba de que su horror a los extraños ha desaparecido y de que
sabe asociarse ya a la alegría de los otros? ¡Y Gertrudis cuán feliz es
también!... La otra noche, es verdad... ¡Pero qué! ¡Las mujeres son
seres débiles, sujetos a muchos caprichos. Todo se arregló en seguida.
La frase que Juan le dijo esa noche vuelve a su memoria: «Todo irá bien,
todo se arreglará...» Hace chocar su vaso con los dos vasos vacíos que
han dejado los jóvenes.
--¡A la salud de ellos dos! ¡A la feliz unión de los tres hasta el fin
de nuestros días!...
Entretanto Gertrudis y Juan se han abierto paso a través de la multitud
compacta, y llegan a la puerta de la sala de baile. La ola ruidosa de la
música se oye delante de ellos; el aire del interior les da en el
rostro, como el hálito ardiente de un pecho humano. En lo claroobscuro
de la tienda, las parejas que se agitan, estrechamente enlazadas, pasan
frente a ellos; parecen sombras.
Juan anda como en un sueño. Apenas se atreve a fijar sus miradas en
Gertrudis; un miedo misterioso lo y le aprieta el pecho como un cinto de
hierro.
--Estás muy serio hoy--murmura ella acercando su rostro al brazo de su
caballero.
El no responde.
--¿He hecho algo que te haya disgustado?
--Nada, nada--balbucea Juan.
--Bailemos entonces.
En el momento en que el joven le pasa el brazo por el talle, ella se
estremece, abandonándose después con un profundo suspiro. Se ponen a
bailar. Aspirando con fuerza el aire, ella ladea su rostro contra el
pecho de Juan. En la gorra de éste brilla la escarapela, insignia de los
tiradores, que lleva ese día; la cinta de seda blanca tiembla sobre su
frente. Gertrudis inclina un poco la cabeza y, alzando los ojos hacia
él, murmura:
--¿Sabes lo que siento?
--¿Qué cosa?
--¡Me parece que me llevas al cielo!
Y cuando termina esa danza:
--Ven ligero, salgamos--dice;--no quiero tener que bailar con otro.
Le aprieta fuertemente la mano, mientras él se abre paso por entre la
multitud. Feliz y orgullosa, con las mejillas encendidas y los ojos
brillantes, se pasea de su brazo fuera de la tienda. Ríe, charla y
bromea, y él la imita lo mejor que puede. En el ardor del baile ha
perdido la timidez por completo... Una alegría terrible arde en sus
venas. Entonces, Gertrudis le pertenece en cuerpo y alma, a él solo; lo
siente en el temblor de su brazo, que, con ternura y como a escondidas,
aprieta con fuerza al suyo; lo adivina en el brillo húmedo de sus ojos,
que se alzan furtivamente hacia su rostro. Al cabo de un momento, dice
ella un poco contrariada.
--Oye, es preciso ver qué hace Martín.
--Sí--responde él apresuradamente.
Pero se contentan con esa buena intención. Cada vez que se dirigen hacia
la tienda ocurre en la parte opuesta algún incidente extraordinario que
les hace olvidar su resolución.
De pronto, Martín mismo sale al encuentro de ellos, en medio de un grupo
de aldeanos a quienes lleva consigo para obsequiarlos.
--¡Hola, muchachos! Voy a establecer mi cuartel general en el hotel de
la Corona; si queréis beber, venid con nosotros.
Gertrudis y Juan cambian una rápida ojeada de inteligencia; después dan
las gracias, de común acuerdo.
--Entonces, adiós, hijos míos; y divertíos mucho.
Y se aleja.
--Jamás lo he visto tan contento--dice Gertrudis riendo.
--¡Buena falta le hace!--dice Juan con voz tierna, siguiendo a su
hermano con una mirada afectuosa.
Querría ahogar el sentimiento que lo atormenta y que se despierta en él
a la vista de Martín.