Suenan las trompetas; con las notas agudas de los clarinetes, los
címbalos mezclan sus gruñidos sordos.
La corporación, en cortejo solemne, se extiende a lo largo de la calle;
a la cabeza, dos heraldos a caballo; Franz Maas y Juan Felshammer, los
dos hulanos de la guardia. ¡No se habrían dejado arrebatar ese honor
aunque la corporación hubiera tenido que disolverse!
El rostro de Franz está radiante, pero Juan no tiene más que miradas
serias, casi indiferentes. ¿Qué le importan los hombres? Entonces no son
para él sino extraños. No saluda a nadie, su mirada no se detiene en
nadie; pero busca algo en las filas de la multitud, y un relámpago de
alegría y de orgullo ilumina sus facciones. Se inclina, saluda con la
espada; allá, en el extremo de la calle, con las mejillas arreboladas y
los ojos brillantes, agitando su pañuelo, está lo que busca, la mujer
de su hermano.
La joven ríe, hace señas, se empina; quiere seguirlo con los ojos hasta
que desaparezca en el torbellino de polvo. Olvida casi a Martín, que
camina a su lado. ¿Por qué marcha él tan silencioso y tan tieso, por qué
mete tanto la cabeza en los hombros? Desde lejos, Juan saluda todavía
con la espada.
El campo del tiro, donde se detiene el cortejo, se encuentra en la linde
del bosque de pinos, que, visto desde la presa, rodea las praderas. A
vuelo de pájaro, está a mil pasos apenas del molino de Felshammer, que
parece hacer señas por arriba de los álamos del río. Si la multitud de
tiradores no hiciera ese ruido ensordecedor, se oiría claramente el
mugido del agua.
--¡Si acabasen de una vez todas estas tonterías!--dice Juan.
Y echa una mirada de envidia a la sala de baile, una vasta tienda
cuadrada, cuyo techo se eleva muy alto, dominando el hormigueo de
barracas y de tiendas más pequeñas que se agrupan alrededor.
Los parientes de los tiradores sólo pueden penetrar en ese sitio a la
tarde, después de haber sido proclamado el rey de la fiesta.
Las horas, pasan y las detonaciones resuenan monótonas en la linde del
bosque. Como a mediodía le llega el turno a Juan. Tira... y marra el
blanco, a pesar de las flores que Gertrudis le ha puesto en la
carabina... «Flores que dan la suerte», había dicho ella; y Martín, que
estaba presente, se había sonreído como se sonríe uno ante una tontería.
Una vez que ha cumplido su deber, Juan vuelve la espalda al tiro; entra
en el bosque, donde no se oyen gritos ni conversaciones, donde sólo el
eco de los disparos rueda dulcemente por el aire.
Se deja caer sobre el césped y dirige sus miradas a los pinos, cuyas
finas agujas, bajo el sol del mediodía, lanzan reflejos como cuchillitos
aguzados.
Entonces cierra los ojos y sueña. ¡El mundo entero le es indiferente!...
¡Qué lejos está su vida pasada! No ha sido esa vida gran cosa; la mujer
y la pasión no han hecho en ella ningún papel, y, sin embargo, ¡qué rica
y brillante de colores le ha parecido! Entonces se lo ha tragado todo un
abismo, y sobre ese abismo flotan brumas rosadas.
Han pasado unas dos horas; oye un ruido de trompetas lejanas que anuncia
la elección del nuevo rey. Se pone de pie. Dentro de media hora llegará
Gertrudis...
Le dicen que la dignidad real ha recaído en su amigo Franz. Escucha eso
como en un sueño... ¿Qué le importa? Sus miradas se dirigen sin cesar
hacia el camino, por donde, entre el polvo y el sol, las mujeres,
vestidas con trajes claros, llegan a pie o en carruaje.
--¿Buscas a Gertrudis?--pregunta de improviso detrás de él la voz de
Martín.
Se estremece, violentamente sacado de su ensueño.
--¿Pero qué tienes, muchacho? ¿Acaso te duele haber marrado el tiro, a
estás durmiendo en pleno día?...
Ese es un hermoso día para Martín. La compañía de toda aquella gente,
porque él es uno de los más altos dignatarios de la asociación, lo ha
sacado de su somnolencia; sus ojos brillan, una sonrisa jovial se dibuja
en su boca. ¡Si llevase con un poco más de soltura su traje de fiesta!
El sombrero profundamente hundido en su frente, deja ver detrás de la
cabeza un mechón de cabellos hirsutos.
--¡Mírala! ¡mírala!--exclama de repente agitando su sombrero.
Ese brillante carruaje tirado por dos caballos es la carroza de gala de
los Felshammer, que Martín se hizo fabricar expresamente para sus bodas.
En el fondo de él, la figura blanca que se apoya en uno de los lados
con indolencia, mirando a su alrededor con seriedad, es ella, «la mujer
del rico Felshammer», como se susurra al verla pasar.
--¡Mírala que guapa está!--dice Martín tirando a Juan de la manga.
En el mismo momento descubre ella a los dos hermanos y ¡al diablo los
modales estudiados! se levanta en el carruaje, agita la sombrilla con
una mano y el pañuelo con la otra, ríe con abandono, y con la punta de
su sombrilla da en la espalda al cochero para que ande más de prisa.
Y, cuando el carruaje se detiene, no espera que la portezuela se abra,
sino que salta por encima de ella, a los brazos de Martín.
Está febril, agitada, jadeante, sus labios se mueven como si fuera a
hablar, pero la voz le falta.
--¡Calma, muchacha, calma!--dice Martín, acariciando sus cabellos que
caen entonces en bucles sobre su cuello desnudo.
Juan permanece inmóvil, sumido en su contemplación.
¡Qué hermosa es!
Como un velo tenue, su vestido blanco y diáfano flota en torno de su
cuerpo encantador. ¡Y su cuello blanco! ¡Y aquellos hoyuelos en el
nacimiento de los pechos! ¡Y aquellos brazos llenos y soberbios, sobre
los cuales se estremece un leve vello de plata! ¡Y aquel pecho redondo
y firme que sube y baja como las olas! La joven parece de belleza
inaccesible... _mujer_ y _reina_ a la vez. Y esas dos ideas, de _mujer_
y de _reina_, se confunden en algo que lo llena a un tiempo de deleite y
de melancolía. Sus ojos se han abierto de repente, y vacilan todavía,
deslumbrados al contemplar en toda su majestad real a la _mujer_ por
delante de la cual ha pasado como un ciego durante toda su juventud.
¡Qué hermosa es! ¿Cómo _la mujer_ puede ser tan hermosa?
Y Gertrudis deja escapar entonces de sus labios un torrente de palabras
confusas; está casi muerta de impaciencia, y habla mal del reloj, que
parece retardar la hora de la comida, y de los absurdos zapatos de baile
en los que sus pies no querían entrar...
--Están demasiado ajustados, me aprietan mucho; pero son bonitos ¿no es
verdad?
Y, para mostrar sus pies, levanta un poco el vestido; son unos zapatitos
de seda celeste, de altos tacones, atados con cintas también de seda y
celestes.
--Parecen muy estrechos--dice Martín meneando la cabeza con expresión
inquieta.
--Lo son, en efecto--responde ella con una sonrisa.--Las puntas de los
pies me queman como si fueran fuego. Pero de esta manera bailaré mejor,
¿no es verdad, Juan?
Y cierra los ojos un momento, como para despertar de nuevo sus ensueños
desvanecidos. Después se apoya en el brazo de Martín y quiere que la
lleven a su tienda.
Las principales familias del contorno se han hecho levantar allí tiendas
especiales, leves cabañas o carpas de lona que les aseguren un abrigo
para la noche, porque la fiesta se prolonga de ordinario hasta la mañana
siguiente. Gertrudis ha ido la víspera a vigilar ella misma la
construcción de la suya. Ha hecho llevar muebles y ha adornado la puerta
con guirnaldas de hojas. Puede enorgullecerse de su obra; la tienda de
Felshammer es la más bella de todas.
Mientras Martín trata de abrirse paso por entre la multitud, ella se
vuelve presurosa hacia Juan y le pregunta en voz baja:
--¿Estás contento, Juan? ¿Te gusto así?
El hace una seña.
--¿Mucho?... Di, ¿mucho?
--¡Mucho!
Ella respira profundamente; después ríe, ríe satisfecha.
La bella molinera causa sensación en la multitud. Los propietarios
forasteros se detienen a contemplarla; los burgueses se dan con el codo
a hurtadillas; los jóvenes de la aldea la saludan con cortedad. A su
aparición se oye un prolongado murmullo en los grupos. Seria, con una
importancia un poco afectada, avanza del brazo de Martín, retirando de
cuando en cuando los bucles que flotan sobre sus hombros; y cuando echa
la cabeza para atrás, toma el talante de una reina, o, más bien, de una
muchacha loca de alegría, que va a hacer la reina y que no está muy
segura de su papel.