XVII

Al día siguiente, Gertrudis se queda en cama, enferma. No quiere ver a

nadie, y a Martín lo menos posible.

Juan está sobresaltado. Las horas de la comida pasan tristes y

silenciosas... Se extienden las sombras, cada vez más densas, alrededor

del molino de Felshammer.

El sol se pone una vez más. El cuarto día, Gertrudis está casi

restablecida; Juan puede entrar en su cuarto y hablar con ella.

La encuentra sentada a la ventana, con una tela blanca sobre las faldas.

Está pálida y fatigada, pero ilumina sus facciones la melancolía

apacible que es propia de los convalecientes.

Tiende la mano a Juan con una sonrisa.

--¿Cómo estás?--pregunta él dulcemente.

--Bien, como ves--responde ella mostrando la tela blanca.--Ya estoy

pensando en el baile.

--¿Qué baile?--pregunta él con admiración.

--¡Qué poca memoria tienes!--dice ella tratando de bromear.--El domingo

próximo es la fiesta de los tiradores.

--¡Ah!... sí, es verdad.

--¿No te alegra la idea de bailar conmigo?

--Sí.

--¿Mucho?... Di, ¿mucho?

--Mucho.

Una sonrisa infantil anima su rostro pálido y abatido; sus dedos arrugan

los encajes y los pedazos de tul; se deleita tocando ese tejido blanco y

tenue.

Su extenuación física parece haber devuelto a su ánimo el antiguo candor

infantil; y, cuando se informa con ansiedad de sus zapatos de baile,

evidentemente vuelve a ser en todo la criatura virginal que en otro

tiempo tendía la mano a Juan con una cordialidad sencilla, para darle la

bienvenida.

El joven se sienta frente a ella en un taburete; haciendo deslizar entre

sus dedos la tela del vestido de baile, escucha con una sonrisa

indulgente el parloteo de Gertrudis.

Lo que ella le cuenta está lleno de sol, y respira la alegría de vivir.

Aquel vestido ha sido su vestido de novia; lo ha cosido y guarnecido

ella misma, porque sabe cortar como pocas... Se habría puesto un vestido

de seda, como convenía a la prometida del rico Felshammer, pero no había

podido reunir la suma necesaria; y su orgullo no le había permitido

dejarse ofrecer el traje de novia por su futuro esposo. Entonces siente

casi pesar al deshacer las costuras... ¡Cuántos proyectos y cuántos

locos sueños había cosido por decirlo así, con su aguja! Pero ¿qué

remedio? ¡había engordado tanto después de su casamiento!

Luego la conversación pasa a la próxima fiesta de los tiradores, versa

sobre las nuevas relaciones hechas en la aldea, se pierde un momento en

la ciudad, en la tienda del zapatero; pero Gertrudis la vuelve a traer

siempre a la época de sus bodas explayándose sobre los sentimientos y

sobre los sucesos de esa época feliz.

Le parece haberse vuelto soltera. La sonrisa un poco soñadora, la

sonrisa de presentimiento que se dibuja en sus labios, se asemeja a la

de una novia, como si la fiesta para la cual se prepara fuese la de sus

bodas.

Todos sus pensamientos pertenecen desde entonces a ese baile. En tanto

que acaba de restablecerse, que sus ojos recobran su brillo, que en sus

mejillas vuelven a florecer las rosas de otros tiempos, canta noche y

día, viéndose en el momento de adornarse soñando con el deleite que,

como una embriaguez desconocida, inconcebible, va a invadirla por

completo en esas horas de fiesta.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 23 / 48 题