Al día siguiente, Gertrudis se queda en cama, enferma. No quiere ver a
nadie, y a Martín lo menos posible.
Juan está sobresaltado. Las horas de la comida pasan tristes y
silenciosas... Se extienden las sombras, cada vez más densas, alrededor
del molino de Felshammer.
El sol se pone una vez más. El cuarto día, Gertrudis está casi
restablecida; Juan puede entrar en su cuarto y hablar con ella.
La encuentra sentada a la ventana, con una tela blanca sobre las faldas.
Está pálida y fatigada, pero ilumina sus facciones la melancolía
apacible que es propia de los convalecientes.
Tiende la mano a Juan con una sonrisa.
--¿Cómo estás?--pregunta él dulcemente.
--Bien, como ves--responde ella mostrando la tela blanca.--Ya estoy
pensando en el baile.
--¿Qué baile?--pregunta él con admiración.
--¡Qué poca memoria tienes!--dice ella tratando de bromear.--El domingo
próximo es la fiesta de los tiradores.
--¡Ah!... sí, es verdad.
--¿No te alegra la idea de bailar conmigo?
--Sí.
--¿Mucho?... Di, ¿mucho?
--Mucho.
Una sonrisa infantil anima su rostro pálido y abatido; sus dedos arrugan
los encajes y los pedazos de tul; se deleita tocando ese tejido blanco y
tenue.
Su extenuación física parece haber devuelto a su ánimo el antiguo candor
infantil; y, cuando se informa con ansiedad de sus zapatos de baile,
evidentemente vuelve a ser en todo la criatura virginal que en otro
tiempo tendía la mano a Juan con una cordialidad sencilla, para darle la
bienvenida.
El joven se sienta frente a ella en un taburete; haciendo deslizar entre
sus dedos la tela del vestido de baile, escucha con una sonrisa
indulgente el parloteo de Gertrudis.
Lo que ella le cuenta está lleno de sol, y respira la alegría de vivir.
Aquel vestido ha sido su vestido de novia; lo ha cosido y guarnecido
ella misma, porque sabe cortar como pocas... Se habría puesto un vestido
de seda, como convenía a la prometida del rico Felshammer, pero no había
podido reunir la suma necesaria; y su orgullo no le había permitido
dejarse ofrecer el traje de novia por su futuro esposo. Entonces siente
casi pesar al deshacer las costuras... ¡Cuántos proyectos y cuántos
locos sueños había cosido por decirlo así, con su aguja! Pero ¿qué
remedio? ¡había engordado tanto después de su casamiento!
Luego la conversación pasa a la próxima fiesta de los tiradores, versa
sobre las nuevas relaciones hechas en la aldea, se pierde un momento en
la ciudad, en la tienda del zapatero; pero Gertrudis la vuelve a traer
siempre a la época de sus bodas explayándose sobre los sentimientos y
sobre los sucesos de esa época feliz.
Le parece haberse vuelto soltera. La sonrisa un poco soñadora, la
sonrisa de presentimiento que se dibuja en sus labios, se asemeja a la
de una novia, como si la fiesta para la cual se prepara fuese la de sus
bodas.
Todos sus pensamientos pertenecen desde entonces a ese baile. En tanto
que acaba de restablecerse, que sus ojos recobran su brillo, que en sus
mejillas vuelven a florecer las rosas de otros tiempos, canta noche y
día, viéndose en el momento de adornarse soñando con el deleite que,
como una embriaguez desconocida, inconcebible, va a invadirla por
completo en esas horas de fiesta.