Pasan los días. Entre Juan y Gertrudis, las relaciones son más frías que
antes. No se evitan, charlan juntos; pero no pueden emplear el tono
alegre, de franca y libre amistad, de otros tiempos.
«Ha tomado a mal que la besase», se dice Juan, sin darse cuenta que él
también ha cambiado.
--¿Qué es lo que tenéis, muchachos?--dice una tarde Martín,
gruñendo.--¿Os duele acaso la garganta, que ya no cantáis?
Los dos guardan silencio por un instante; después, Gertrudis, medio
vuelta hacia Juan, le pregunta:
--¿Quieres?
El hace una seña afirmativa, pero, como ella no lo ha mirado, cree que
no responde.
--Ya lo ves, no quiere--dice, dirigiéndose a Martín.
--¿Que no quiero?--exclama el otro riendo.
--¿Por qué no lo dices, entonces, en seguida?--replica ella, tratando de
ponerse en armonía con su alegre tono.
Entonces toma la actitud que le es habitual cuando canta; cruza las
manos sobre las rodillas y fija la vista a lo lejos, en dirección al
palomar.
--¡Qué vamos a cantar?--pregunta.
--«_¡Ay! ¿cómo es posible eso?_...»--propone Juan.
Ella menea la cabeza.
--Nada que hable de amor--dice con sequedad.--¡Es siempre tan estúpido!
El le dirige una mirada sorprendida.
Después de un instante de reflexión, entona un aire de caza. Ataca
vigorosamente su parte, y las dos voces se funden en una, como dos olas
en el mar. Sorprendidos por esa armonía, se miran; nunca han cantado tan
bien.
Pero concluyen en seguida; los alemanes tenemos pocos cantos populares
que no sean de amor.
Al fin, ella se decide:
Bello rosal florido,
Cuando veo a mi amor...
comienza con una especie de grito de alegría.
El la mira sonriendo, y Gertrudis, sonrojada, vuelve la cabeza.
Sus voces se animan con vida extraordinaria; parece que los latidos de
sus corazones acompañan sus acentos. Esas voces crecen y se elevan
llevadas por la ola de su sangre, y después vuelven a apagarse, como si
un dolor íntimo y profundo secara en ellos la fuente de la vida.
Puesto que no se puede expresar todo,
Puesto que el amor es infinito,
Puedes preguntar a mis ojos
Cuánto te quiere mi corazón...
¿Por qué se cruzan de pronto sus miradas?
¿Por qué tiemblan los dos como si una descarga eléctrica les sacudiese
los miembros?
No pasa una sola hora de la noche
Que no se despierte mi corazón;
Que no piense en ti,
Que no piense que me has dado mil veces tu corazón...
¡Qué embriaguez de pasión en su acento febril! ¡Cómo se buscan sus
voces! ¡parece que quisieran besarse!
En la orilla del torrente crecen los sauces,
En los valles se extiende la nieve;
Querida niña, tenemos que separarnos...
Parto para la guerra, voy a afrontar la muerte...
La separación, amada mía, es cruel...
Sus voces se pierden en un murmullo trémulo. El deseo y la esperanza,
las tristezas de la separación y el dolor de la muerte, todo esto se
adivina en los sonidos que se escapan de sus labios.
El rostro de Gertrudis se crispa como para contener las lágrimas; pero
sus ojos brillan. Irguiéndose de repente, entona la vieja y melancólica
canción del molinero, la canción de la casa dorada que se alza «en lo
alto de la montaña». Juan se estremece, y su voz tiembla. Acaban la
primera estrofa y comienzan la segunda:
Abajo, en aquel valle,
El agua hace girar una rueda
Que no muele más que el amor,
Toda la noche y todo el día.
La rueda del molino se ha roto...
En eso... un grito... una caída... Gertrudis se ha desplomado, y con la
frente apoyada en la pared solloza desesperadamente.
Los dos hermanos se levantan. Martín le toma la cabeza entre las manos y
murmura palabras entrecortadas y confusas; pero ella solloza cada vez
con más violencia.
Y él, desolado, golpea el suelo con el pie; se vuelve hacia Juan, que
está pálido como un muerto, y le dice:
--¿Qué tienes?
Entonces Gertrudis le echa los brazos al cuello, se levanta hacia él y,
como buscando su protección, oculta en su hombro el rostro bañado en
lágrimas. El acaricia dulcemente sus cabellos en desorden y trata de
calmarla; pero el pobre Martín entiende poco de consuelos, y cada
palabra que dice a media voz parece un juramento ahogado.
La joven deja caer su cabeza contra las hojas; sus labios se mueven, y,
como si quisiese continuar su canto, murmura todavía medio sofocada por
los sollozos:
La rueda del molino se ha roto...
--No, hija mía, no se ha roto--dice Martín, cuyos ojos se llenan de
lágrimas.--No se romperá... la nuestra. Seguirá girando mientras
nosotros vivamos.
Ella menea violentamente la cabeza y cierra los ojos como aterrada ante
una visión.
--¿De dónde has sacado esa idea?--continúa el marido.--¿Acaso no estás
tan contenta como creíamos? ¿No está aquí Juan, con nosotros? ¿No
vivimos todos felices y satisfechos... trabajando desde la mañana hasta
la noche? ¿Por dónde ha de venir la desgracia? ¿por qué ha de venir?
¿Acaso no velamos también para que tu padre tenga lo necesario?...
Suspira y enjuga el sudor que cubre su frente.
No encuentra nada que decir, y, dirigiéndose a Juan, que está vuelto de
espaldas, con la cabeza apoyada en el montante de la puerta, de pie a la
entrada del emparrado:
--¿Por qué cantabais cosas tan tristes?--le dice en tono rudo.--Yo mismo
me sentía... no sé cómo, cuando empezasteis; y ella... ella no es más
que una mujer.
Gertrudis menea la cabeza como diciendo: «No regañes...» Después se
levanta, murmura casi sin mover los labios un «buenas noches» apenas
perceptible, y entra en la casa.
Martín la sigue.
Juan, con la cabeza entre los brazos, se pone a pensar. La ve todavía
levantarse delante de él con los ojos brillantes, y después desplomarse
de pronto, como herida del rayo. Y entonces se reprocha no haberse
precipitado más pronto hacia ella para impedir que cayese.
De repente brilla en su cerebro una luz siniestra y sangrienta.
Comprende entonces lo que ha pasado en él la víspera de San Juan, por
qué ha tirado el vaso al suelo... y hace un movimiento como para
romperlo por segunda vez... No es más que un impulso de tortura
infernal; después, esa luz se apaga, y se hace la noche a su alrededor,
una noche sombría y llena de angustias. Se pasa la mano por la frente,
como si tratase de encender de nuevo esa luz, pero todo permanece
obscuro; sombra y misterio es para él lo que acaba de experimentar. Le
parece que va a gritar, que va a confiar a la noche la angustia
indefinible en que se agita. Se pone de rodillas en el mismo sitio donde
ha caído Gertrudis, y, con la frente apoyada en el ángulo del banco,
gime dulcemente.
De pronto suena una puerta en la casa. Los pasos de su hermano
repercuten en el vestíbulo.
Se pone en pie de un salto, y se sienta.
La figura de Martín aparece en el emparrado.
--¡Hermano! ¡hermano!--exclama Juan.
--¿Estás ahí, muchacho?--y se deja caer sobre el banco con un suspiro
ruidoso.--Ya está mejor; ha acabado por dormirse a fuerza de llorar;
ahora descansa muy tranquila, y su respiración es profunda. Me he dejado
estar un momento junto a la cama contemplándola. ¡Estoy muy
desconcertado! Hasta ahora siempre he visto claro en su alma infantil,
como en un espejo... y de repente... ¿Qué será esto? Por más que
reflexiono, no encuentro explicación alguna. ¿Estará triste porque no
tiene... ninguna esperanza de ser madre? Sí, quizás sea eso. Sin
embargo, siempre había guardado para mí mi ardiente deseo... no quería
causarle un pesar. Pero, si se piensa bien, todavía no es más que una
chiquilla, está lejos aún de la madurez necesaria para llenar bien los
deberes de madre. ¡Sí, hay que tener paciencia!
Y así consuela Martín su alma del pesar secreto que lo atormenta. Juan
guarda silencio. ¡Tiene el corazón tan lleno, tan lleno! Querría
demostrar su afecto a su hermano, pero no sabe cómo. Querría librarse de
su propio martirio, y, cogiendo la mano de Martín, le dice desde el
fondo del corazón:
--¡Oh! sí ¡todo marchará bien, todo se arreglará!
--¿Por qué no?--balbucea el otro.
Menea la cabeza, fija un instante sus miradas delante de él, con la
frente pensativa, y después, con expresión contrariada:
--Vete a dormir, Juan. La rueda rota está dando vueltas en tu cabeza.