En el emparrado, Martín recibe a Gertrudis con reproches afectuosos:
tiene un hambre de lobo y la cena no está servida todavía. Gertrudis se
dirige apresuradamente a la cocina.
Cenan en silencio. Los dos jóvenes no alzan los ojos del plato.
Un calor sofocante, intolerable, pesa sobre la tierra. Un viento
caliginoso levanta pequeñas nubes de polvo; velos de vapor azulado
descienden lentamente sobre el suelo.
Juan apoya la cabeza en los vidrios de la galería; pero están calientes
como si hubiesen permanecido todo el día en un horno.
De pronto, Gertrudis se levanta.
--¿Adónde vas?--pregunta Martín.
--Al huerto--responde ella.
Un momento después se oyen sus pasos en la escalera que conduce a la
buhardilla.
Cuando vuelve a entrar, echa tímidamente una mirada a Juan; después se
sienta otra vez en su sitio, con los ojos bajos.
De la aldea llegan gritos de alegría, aclamaciones con las cuales se
mezclan las notas agudas del violín y los sonidos graves del contrabajo.
--¿Iríais de buena gana, eh?
Los jóvenes no responden, y Martín toma su silencio por una
aquiescencia.
--Bueno, vamos.
Se levanta. Gertrudis se despereza con semblante aburrido, mira a Juan
con vacilación; después dice meneando la cabeza.
--No tengo ganas.
--¿Qué es eso?--exclama Martín completamente atónito.--¿Desde cuándo no
tienes ganas de bailar? ¿Todavía estáis reñidos, eh?
Juan se ríe levemente, y Gertrudis vuelve la cabeza. De pronto, la joven
se levanta, dice buenas noches y desaparece.
Un momento después los dos hermanos se separan.
Juan sube pesadamente la escalera, abre la puerta de su cuarto; un
embriagador perfume de flores flota en el aire. Respira profundamente y
exhala un suspiro de satisfacción. Por eso, sin duda, ha vuelto ella tan
tarde del jardín. Al lado de su almohada hay un gran ramo de rosas y
jazmines. Se tiende en la cama como si quisiera hundirse en aquella masa
de flores. Por un instante, da rienda suelta a su fantasía; pero su
respiración se hace cada vez más penosa, sus pensamientos se obscurecen;
a cada pulsación, un dolor, penetrante como una aguja, le atraviesa las
sienes; le parece que va a ahogarse bajo la intensidad de los perfumes.
Reuniendo todas sus fuerzas, se levanta y abre una de las hojas de la
ventana. Pero tampoco encuentra allí reposo ni frescura. Una verdadera
oleada de perfumes sube del jardín hasta él, un soplo ardiente le azota
el rostro, y gotas de lluvia tibia le acarician las mejillas. Por
momentos, los toneles de alquitrán que arden en la aldea lanzan
llamaradas a través de las masas de vapor obscuro que velan el
horizonte.
Juan fija sus miradas abajo. Espera. El corazón salta en su pecho. Su
deseo le parece todopoderoso; va a forzar la ventana de abajo, a abrirla
y... Oye un leve chirrido de goznes... después se abre una de las hojas;
y, atrevidamente inclinado hacia fuera, envuelto en sus cabellos
destrenzados que flotan, el rostro de Gertrudis se levanta hacia él,
mudo y apasionado.
Permanece así un segundo... y desaparece.
¿Debe gritar de alegría, debe llorar? No lo sabe.
Entonces puede entregarse a un embotamiento delicioso... ¿qué efecto
ejercerán sobre él los perfumes?
Se desnuda y se mete en la cama; pero, antes de disponerse a dormir, se
levanta otra vez, coge el vaso con mano temblorosa y hunde su rostro en
las flores.
¡Qué semejanza con la primera noche y, sin embargo, qué diferencia!
Aquella vez tranquilo y alegre; y entonces...
De pronto lo asalta un recuerdo que le hiela el rostro; sus dedos
aprietan violentamente el vaso; presta oído... Le parece que la música
tan franca de aquella noche, cuyo sonido subió hasta él a través del
suelo, va a sonar otra vez. Escucha con una angustia creciente, hasta
que su cabeza se llena de un zumbido que murmura, que estalla como una
risa aguda... Un horrible sentimiento de odio y de envidia se despierta
en él de repente; con una risa feroz, arroja lejos el vaso, que se rompe
en medio del cuarto.
A la mañana siguiente, Juan está lleno de vergüenza. Todo eso le parece
un mal sueño. Recoge los fragmentos del vaso, los ajusta y piensa en ir
a comprar con qué pegarlos. Reflexiona y no alcanza a ver claramente el
sentimiento que le ha hecho cometer ese acto estúpido; todo lo que sabe
es que era un sentimiento muy bajo, execrable. Aprieta la mano de su
hermano más cordialmente que nunca, y lo mira en silencio en el fondo de
los ojos, como si tuviera que hacerse perdonar una falta grave.
Gertrudis tiene la palidez que causa una noche de insomnio. Su mirada
evita la de Juan, y la taza de café que le ofrece suena en sus manos
temblorosas.
No encontrando nada mejor, se pone a hablar de los zapatos de baile,
para sondear al mismo tiempo las intenciones de Martín. Este no opone
objeción alguna; es preciso que Gertrudis se haga tomar las medidas
inmediatamente; y, como la joven se niega a quitarse el zapato en
presencia de Juan, éste la llama «remilgada.»
La joven se ofende, se pone a llorar y sale. Por la tarde aparece toda
confusa con la medida, y Juan puede enviar su carta.
Pero el recuerdo del vaso que ha roto le pesa sobre el corazón; y,
cuando se encuentra solo con ella, se lo confiesa penosamente:
--Escucha, he hecho una mala acción.
--¿Cuál?
--He roto tu vaso.
--¡Ah!... ¿Y eso es una mala acción?
--¿Qué quieres que sea?
--Creía que lo habías hecho a propósito--replica ella, muy indiferente
en apariencia.
El no responde nada y Gertrudis menea dulcemente la cabeza como
diciendo: ¡Tenía razón, pues!