XV

En el emparrado, Martín recibe a Gertrudis con reproches afectuosos:

tiene un hambre de lobo y la cena no está servida todavía. Gertrudis se

dirige apresuradamente a la cocina.

Cenan en silencio. Los dos jóvenes no alzan los ojos del plato.

Un calor sofocante, intolerable, pesa sobre la tierra. Un viento

caliginoso levanta pequeñas nubes de polvo; velos de vapor azulado

descienden lentamente sobre el suelo.

Juan apoya la cabeza en los vidrios de la galería; pero están calientes

como si hubiesen permanecido todo el día en un horno.

De pronto, Gertrudis se levanta.

--¿Adónde vas?--pregunta Martín.

--Al huerto--responde ella.

Un momento después se oyen sus pasos en la escalera que conduce a la

buhardilla.

Cuando vuelve a entrar, echa tímidamente una mirada a Juan; después se

sienta otra vez en su sitio, con los ojos bajos.

De la aldea llegan gritos de alegría, aclamaciones con las cuales se

mezclan las notas agudas del violín y los sonidos graves del contrabajo.

--¿Iríais de buena gana, eh?

Los jóvenes no responden, y Martín toma su silencio por una

aquiescencia.

--Bueno, vamos.

Se levanta. Gertrudis se despereza con semblante aburrido, mira a Juan

con vacilación; después dice meneando la cabeza.

--No tengo ganas.

--¿Qué es eso?--exclama Martín completamente atónito.--¿Desde cuándo no

tienes ganas de bailar? ¿Todavía estáis reñidos, eh?

Juan se ríe levemente, y Gertrudis vuelve la cabeza. De pronto, la joven

se levanta, dice buenas noches y desaparece.

Un momento después los dos hermanos se separan.

Juan sube pesadamente la escalera, abre la puerta de su cuarto; un

embriagador perfume de flores flota en el aire. Respira profundamente y

exhala un suspiro de satisfacción. Por eso, sin duda, ha vuelto ella tan

tarde del jardín. Al lado de su almohada hay un gran ramo de rosas y

jazmines. Se tiende en la cama como si quisiera hundirse en aquella masa

de flores. Por un instante, da rienda suelta a su fantasía; pero su

respiración se hace cada vez más penosa, sus pensamientos se obscurecen;

a cada pulsación, un dolor, penetrante como una aguja, le atraviesa las

sienes; le parece que va a ahogarse bajo la intensidad de los perfumes.

Reuniendo todas sus fuerzas, se levanta y abre una de las hojas de la

ventana. Pero tampoco encuentra allí reposo ni frescura. Una verdadera

oleada de perfumes sube del jardín hasta él, un soplo ardiente le azota

el rostro, y gotas de lluvia tibia le acarician las mejillas. Por

momentos, los toneles de alquitrán que arden en la aldea lanzan

llamaradas a través de las masas de vapor obscuro que velan el

horizonte.

Juan fija sus miradas abajo. Espera. El corazón salta en su pecho. Su

deseo le parece todopoderoso; va a forzar la ventana de abajo, a abrirla

y... Oye un leve chirrido de goznes... después se abre una de las hojas;

y, atrevidamente inclinado hacia fuera, envuelto en sus cabellos

destrenzados que flotan, el rostro de Gertrudis se levanta hacia él,

mudo y apasionado.

Permanece así un segundo... y desaparece.

¿Debe gritar de alegría, debe llorar? No lo sabe.

Entonces puede entregarse a un embotamiento delicioso... ¿qué efecto

ejercerán sobre él los perfumes?

Se desnuda y se mete en la cama; pero, antes de disponerse a dormir, se

levanta otra vez, coge el vaso con mano temblorosa y hunde su rostro en

las flores.

¡Qué semejanza con la primera noche y, sin embargo, qué diferencia!

Aquella vez tranquilo y alegre; y entonces...

De pronto lo asalta un recuerdo que le hiela el rostro; sus dedos

aprietan violentamente el vaso; presta oído... Le parece que la música

tan franca de aquella noche, cuyo sonido subió hasta él a través del

suelo, va a sonar otra vez. Escucha con una angustia creciente, hasta

que su cabeza se llena de un zumbido que murmura, que estalla como una

risa aguda... Un horrible sentimiento de odio y de envidia se despierta

en él de repente; con una risa feroz, arroja lejos el vaso, que se rompe

en medio del cuarto.

A la mañana siguiente, Juan está lleno de vergüenza. Todo eso le parece

un mal sueño. Recoge los fragmentos del vaso, los ajusta y piensa en ir

a comprar con qué pegarlos. Reflexiona y no alcanza a ver claramente el

sentimiento que le ha hecho cometer ese acto estúpido; todo lo que sabe

es que era un sentimiento muy bajo, execrable. Aprieta la mano de su

hermano más cordialmente que nunca, y lo mira en silencio en el fondo de

los ojos, como si tuviera que hacerse perdonar una falta grave.

Gertrudis tiene la palidez que causa una noche de insomnio. Su mirada

evita la de Juan, y la taza de café que le ofrece suena en sus manos

temblorosas.

No encontrando nada mejor, se pone a hablar de los zapatos de baile,

para sondear al mismo tiempo las intenciones de Martín. Este no opone

objeción alguna; es preciso que Gertrudis se haga tomar las medidas

inmediatamente; y, como la joven se niega a quitarse el zapato en

presencia de Juan, éste la llama «remilgada.»

La joven se ofende, se pone a llorar y sale. Por la tarde aparece toda

confusa con la medida, y Juan puede enviar su carta.

Pero el recuerdo del vaso que ha roto le pesa sobre el corazón; y,

cuando se encuentra solo con ella, se lo confiesa penosamente:

--Escucha, he hecho una mala acción.

--¿Cuál?

--He roto tu vaso.

--¡Ah!... ¿Y eso es una mala acción?

--¿Qué quieres que sea?

--Creía que lo habías hecho a propósito--replica ella, muy indiferente

en apariencia.

El no responde nada y Gertrudis menea dulcemente la cabeza como

diciendo: ¡Tenía razón, pues!

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 21 / 48 题