XIV

Desde entonces ya no hay en sus relaciones la inocente alegría de otros

tiempos.

Se han convertido en cómplices.

¡Con qué alegría hubieran confesado a Martín la tontería que han hecho!

Pero comparecer juntos ante él y decirle: «¡Perdónanos, hemos

pecado!...» no es posible; sería un espectáculo demasiado teatral; y el

que se encargase de hacer esa confesión tendría sobre su cómplice una

gran ventaja; estando igualmente unidos a Martín, el primero que

rompiese el silencio pasaría necesariamente por el más sincero y el

menos culpable. Además, se han prometido una discreción absoluta; y

están tanto más dispuestos a cumplir su promesa cuanto que temen tocar

el asunto: ni siquiera se atreverían a hablar de eso entre ellos

abiertamente.

Desde entonces comienzan a contraer la costumbre de las reservas y los

misterios; toda palabra pronunciada en la mesa, por inocente que sea,

tiene para ellos un sentido particular más grave; toda mirada que

cambian es para ellos la señal de una inteligencia secreta.

Martín no ve nada de eso; una o dos veces ha notado que «sus dos niños»

han perdido mucho de su antigua serenidad, que las canciones no brotan

ya tan alegres de sus gargantas. Pero no dice nada; sospecha que han

tenido alguna disputa y que están todavía incomodados.

A la semana siguiente, un día que Martín se ha encerrado en su despacho

Gertrudis se arma de valor y dice:

--Mira, Juan; es una locura que estemos atormentándonos de este modo.

Dejemos dormir esa tonta historia.

--¡Si fuera tan fácil hacer como decir!--exclama él con expresión

melancólica.

Ella lanza una alegre carcajada, y él ríe también.

--En realidad es muy fácil.

Pero han tomado gusto al misterio y no pueden perder el hábito. La menor

broma tiene un encanto más, porque es preciso «a toda costa» que Martín

no sepa nada; y, si por casualidad juntan sus cabezas parloteando, se

separan asustados al menor ruido, como si estuvieran tramando complots

criminales.

No han cambiado una palabra, una mirada, un pensamiento que pueda temer

la luz del día; pero sus almas han perdido la flor de la inocencia.

Llega la víspera de San Juan. Sopla un viento caliginoso. La tierra está

como embriagada; desaparece bajo las flores.

Las plantas de jazmines parecen cubiertas de blanca espuma, las rosas

primaverales abren sus cálices, y los botones de los tilos empiezan a

abrirse.

Gertrudis, sentada en el emparrado, ha dejado caer su labor sobre las

rodillas y se abandona al ensueño. El perfume de las flores, el calor

del sol le han turbado la cabeza; pero poco importa eso. Querría bañar

sus miembros en ese soplo abrasado, querría vaciar todos los cálices si

hubiera dentro de ellos algo que pudiera beberse.

En el molino ha cesado el trabajo un poco antes de lo acostumbrado; los

mozos quieren ir a la aldea a festejar San Juan. Van a bailar, a quemar

toneles de alquitrán, a hacer los locos mientras tengan fuerzas.

Gertrudis suspira. ¡Quién pudiera ir también! Martín querrá quedarse en

casa; pero Juan, Juan debería ir...

Precisamente está a la entrada, haciéndole una seña con la cabeza.

Después se sienta en el banco, a su lado... Está cansado, tiene mucho

calor; ha trabajado rudamente.

Algunos minutos después se levanta:

--Yo no me quedo aquí. Hace un calor sofocante.

--¿Adónde vas?

--Voy al río. ¿Vienes?

--Sí.

Y ella deja la labor y se apoya en su brazo.

--Hoy van a bailar allá, en la aldea--dice.

--¿Querrías ir tú también, gatita?

Ella se tuerce las manos gimiendo, para expresar mejor su deseo.

--«_Pero, como no puedo, me quedo en casa_»--murmura él.

--¡No he bailado nunca contigo, y querría bailar!... Tú bailas muy bien.

--¿Cómo lo sabes?

--¿Y tienes la desfachatez de preguntarlo?--dice ella afectando cierto

despecho;--acuérdate de la fiesta de los cazadores, hace tres años. Las

muchachas contaban de ti cosas maravillosas; decían que eras encantador,

que las llevabas muy bien bailando, ni muy sueltas ni muy apretadas; que

eras un mozo arrogante. Esto bien lo veía yo ¿pero para qué me servía?

Tus miradas desdeñosas pasaban por encima de mí como si yo no hubiera

existido.

--¿Qué edad tenías entonces?

Ella vacila un instante, y responde a media voz:

--Catorce años y medio.

--¡Ah! entonces...--dice él riendo.

--Pero estaba muy crecida... completamente desarrollada en aquella

época--replica ella vivamente.--No habrías comprometido tu dignidad

haciéndome dar una vuelta o dos por la sala.

--¡Bueno! Las daremos dentro de quince días en la fiesta de los

tiradores.

--¿De veras?--pregunta ella con los ojos brillantes.

--Martín es uno de los jefes de la corporación de los tiradores;

necesariamente ha de ir allá.

Gertrudis lanza un grito de alegría; después, de repente, exclama:

--Pero no tengo zapatos de baile.

--Mándalos hacer.

--¡Ah! ¡Son tan pesados los que hace el zapatero de la aldea!

--Entonces, voy a escribir encargando para ti unos a la ciudad. Bastará

que me des la medida.

--Sí... ¿quieres? ¡mi querido, mi buen Juan!...

Y de pronto, soltando su brazo, se adelanta algunos pasos y grita:

--¡Atrápame!

Y huye como el viento.

Juan se pone a perseguirla; pero está fatigado y no puede alcanzarla.

Atraviesan el puente levadizo y continúan su carrera por el prado

inmenso, que termina allá, en el bosque de abetos. Gertrudis da un

regate hábil, pasa como una flecha junto a Juan, y antes que él haya

podido seguirla está al otro lado del río. Sin aliento, toma la cadena

con que se hace mover el puente levadizo y tira con todas sus fuerzas:

la pieza de madera chirría girando sobre sus goznes, y se levanta en el

aire en el momento mismo en que Juan va a precipitarse sobre el puente.

Sorprendido, lanza un grito, y con violento esfuerzo, agarrándose a la

viga, consigue detener su impulso al borde del abismo.

Gertrudis se ha puesto lívida; toda desconcertada, lo mira fijamente.

El, tratando de recobrar el aliento, hunde sus miradas en la sombría

corriente.

--¡No había pensado en ello, Juan!--balbucea la joven implorando su

perdón con los ojos.

Juan se echa a reír. Una alegría feroz, que le hace olvidar todo

peligro, se apodera de él.

--¡Espera! ¡espera!--exclama, abriendo los brazos;--te pillaré de todos

modos.

Y, de un salto temerario, se lanza sobre la estrecha viga que atraviesa

el río como un puente.

--¡Juan!... ¡por el amor de Dios!... ¡Juan!

El joven no oye. Debajo de él las aguas hierven en el abismo; se

esfuerza por conservar el equilibrio; avanza, tiembla, vacila; da un

paso, dos, tres, un salto atrevido... Ha pasado.

--¡Corre!--dice, lanzando un grito de alegría salvaje.

Pero Gertrudis permanece inmóvil. Paralizada por el espanto, lo mira

fijamente. Con un salto de tigre, el joven se abalanza sobre ella, la

toma en sus brazos, la aprieta contra él; ella cierra los ojos,

respirando con dificultad. El la abraza y posa su boca ardiente y

alterada sobre los labios trémulos de la joven; ella lanza un grito de

dolor, y su cuerpo, sacudido por la fiebre, se estremece en los brazos

de Juan. Entonces, él la deja en el suelo, y con mirada temerosa observa

a su alrededor. ¿Los ha visto alguien?... No, nadie... ¿Y después de

todo?... ¿Qué importa?... El hermano de Martín puede besar muy bien a la

mujer de Martín. ¿No exigió eso él mismo, un día?

La joven abre los ojos; parece salir de un sueño. Su mirada evita la de

Juan.

--No está bien lo que has hecho, Juan. Te prohíbo que vuelvas a hacerlo

en adelante.

Sin responder, él se inclina para recoger la rosa que se ha caído de su

pecho.

--Quiero volver a casa--dice Gertrudis, paseando su vista en derredor,

con expresión inquieta.

Marchan un momento en silencio, uno al lado de otro.

Ella fija sus ojos en el horizonte, mientras él respira ávidamente la

rosa que ha recogido.

--Huele bien--dice en tono inocente.

Ella dice que sí.

--¿Te gustan las rosas?--continúa él.

La joven vuelve los ojos hacia él. «¡Como si no lo supieras!» dice su

mirada.

--Oye--agrega él vivamente.--¿Por qué no pones ya flores en mi cuarto?

Ella no responde.

--¿Porque no las merezco?

--Me lo ha prohibido él--balbucea Gertrudis.

--¡Ah! eso es otra cosa--dice Juan, desconcertado.

La conversación termina de pronto.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 20 / 48 题