Desde entonces ya no hay en sus relaciones la inocente alegría de otros
tiempos.
Se han convertido en cómplices.
¡Con qué alegría hubieran confesado a Martín la tontería que han hecho!
Pero comparecer juntos ante él y decirle: «¡Perdónanos, hemos
pecado!...» no es posible; sería un espectáculo demasiado teatral; y el
que se encargase de hacer esa confesión tendría sobre su cómplice una
gran ventaja; estando igualmente unidos a Martín, el primero que
rompiese el silencio pasaría necesariamente por el más sincero y el
menos culpable. Además, se han prometido una discreción absoluta; y
están tanto más dispuestos a cumplir su promesa cuanto que temen tocar
el asunto: ni siquiera se atreverían a hablar de eso entre ellos
abiertamente.
Desde entonces comienzan a contraer la costumbre de las reservas y los
misterios; toda palabra pronunciada en la mesa, por inocente que sea,
tiene para ellos un sentido particular más grave; toda mirada que
cambian es para ellos la señal de una inteligencia secreta.
Martín no ve nada de eso; una o dos veces ha notado que «sus dos niños»
han perdido mucho de su antigua serenidad, que las canciones no brotan
ya tan alegres de sus gargantas. Pero no dice nada; sospecha que han
tenido alguna disputa y que están todavía incomodados.
A la semana siguiente, un día que Martín se ha encerrado en su despacho
Gertrudis se arma de valor y dice:
--Mira, Juan; es una locura que estemos atormentándonos de este modo.
Dejemos dormir esa tonta historia.
--¡Si fuera tan fácil hacer como decir!--exclama él con expresión
melancólica.
Ella lanza una alegre carcajada, y él ríe también.
--En realidad es muy fácil.
Pero han tomado gusto al misterio y no pueden perder el hábito. La menor
broma tiene un encanto más, porque es preciso «a toda costa» que Martín
no sepa nada; y, si por casualidad juntan sus cabezas parloteando, se
separan asustados al menor ruido, como si estuvieran tramando complots
criminales.
No han cambiado una palabra, una mirada, un pensamiento que pueda temer
la luz del día; pero sus almas han perdido la flor de la inocencia.
Llega la víspera de San Juan. Sopla un viento caliginoso. La tierra está
como embriagada; desaparece bajo las flores.
Las plantas de jazmines parecen cubiertas de blanca espuma, las rosas
primaverales abren sus cálices, y los botones de los tilos empiezan a
abrirse.
Gertrudis, sentada en el emparrado, ha dejado caer su labor sobre las
rodillas y se abandona al ensueño. El perfume de las flores, el calor
del sol le han turbado la cabeza; pero poco importa eso. Querría bañar
sus miembros en ese soplo abrasado, querría vaciar todos los cálices si
hubiera dentro de ellos algo que pudiera beberse.
En el molino ha cesado el trabajo un poco antes de lo acostumbrado; los
mozos quieren ir a la aldea a festejar San Juan. Van a bailar, a quemar
toneles de alquitrán, a hacer los locos mientras tengan fuerzas.
Gertrudis suspira. ¡Quién pudiera ir también! Martín querrá quedarse en
casa; pero Juan, Juan debería ir...
Precisamente está a la entrada, haciéndole una seña con la cabeza.
Después se sienta en el banco, a su lado... Está cansado, tiene mucho
calor; ha trabajado rudamente.
Algunos minutos después se levanta:
--Yo no me quedo aquí. Hace un calor sofocante.
--¿Adónde vas?
--Voy al río. ¿Vienes?
--Sí.
Y ella deja la labor y se apoya en su brazo.
--Hoy van a bailar allá, en la aldea--dice.
--¿Querrías ir tú también, gatita?
Ella se tuerce las manos gimiendo, para expresar mejor su deseo.
--«_Pero, como no puedo, me quedo en casa_»--murmura él.
--¡No he bailado nunca contigo, y querría bailar!... Tú bailas muy bien.
--¿Cómo lo sabes?
--¿Y tienes la desfachatez de preguntarlo?--dice ella afectando cierto
despecho;--acuérdate de la fiesta de los cazadores, hace tres años. Las
muchachas contaban de ti cosas maravillosas; decían que eras encantador,
que las llevabas muy bien bailando, ni muy sueltas ni muy apretadas; que
eras un mozo arrogante. Esto bien lo veía yo ¿pero para qué me servía?
Tus miradas desdeñosas pasaban por encima de mí como si yo no hubiera
existido.
--¿Qué edad tenías entonces?
Ella vacila un instante, y responde a media voz:
--Catorce años y medio.
--¡Ah! entonces...--dice él riendo.
--Pero estaba muy crecida... completamente desarrollada en aquella
época--replica ella vivamente.--No habrías comprometido tu dignidad
haciéndome dar una vuelta o dos por la sala.
--¡Bueno! Las daremos dentro de quince días en la fiesta de los
tiradores.
--¿De veras?--pregunta ella con los ojos brillantes.
--Martín es uno de los jefes de la corporación de los tiradores;
necesariamente ha de ir allá.
Gertrudis lanza un grito de alegría; después, de repente, exclama:
--Pero no tengo zapatos de baile.
--Mándalos hacer.
--¡Ah! ¡Son tan pesados los que hace el zapatero de la aldea!
--Entonces, voy a escribir encargando para ti unos a la ciudad. Bastará
que me des la medida.
--Sí... ¿quieres? ¡mi querido, mi buen Juan!...
Y de pronto, soltando su brazo, se adelanta algunos pasos y grita:
--¡Atrápame!
Y huye como el viento.
Juan se pone a perseguirla; pero está fatigado y no puede alcanzarla.
Atraviesan el puente levadizo y continúan su carrera por el prado
inmenso, que termina allá, en el bosque de abetos. Gertrudis da un
regate hábil, pasa como una flecha junto a Juan, y antes que él haya
podido seguirla está al otro lado del río. Sin aliento, toma la cadena
con que se hace mover el puente levadizo y tira con todas sus fuerzas:
la pieza de madera chirría girando sobre sus goznes, y se levanta en el
aire en el momento mismo en que Juan va a precipitarse sobre el puente.
Sorprendido, lanza un grito, y con violento esfuerzo, agarrándose a la
viga, consigue detener su impulso al borde del abismo.
Gertrudis se ha puesto lívida; toda desconcertada, lo mira fijamente.
El, tratando de recobrar el aliento, hunde sus miradas en la sombría
corriente.
--¡No había pensado en ello, Juan!--balbucea la joven implorando su
perdón con los ojos.
Juan se echa a reír. Una alegría feroz, que le hace olvidar todo
peligro, se apodera de él.
--¡Espera! ¡espera!--exclama, abriendo los brazos;--te pillaré de todos
modos.
Y, de un salto temerario, se lanza sobre la estrecha viga que atraviesa
el río como un puente.
--¡Juan!... ¡por el amor de Dios!... ¡Juan!
El joven no oye. Debajo de él las aguas hierven en el abismo; se
esfuerza por conservar el equilibrio; avanza, tiembla, vacila; da un
paso, dos, tres, un salto atrevido... Ha pasado.
--¡Corre!--dice, lanzando un grito de alegría salvaje.
Pero Gertrudis permanece inmóvil. Paralizada por el espanto, lo mira
fijamente. Con un salto de tigre, el joven se abalanza sobre ella, la
toma en sus brazos, la aprieta contra él; ella cierra los ojos,
respirando con dificultad. El la abraza y posa su boca ardiente y
alterada sobre los labios trémulos de la joven; ella lanza un grito de
dolor, y su cuerpo, sacudido por la fiebre, se estremece en los brazos
de Juan. Entonces, él la deja en el suelo, y con mirada temerosa observa
a su alrededor. ¿Los ha visto alguien?... No, nadie... ¿Y después de
todo?... ¿Qué importa?... El hermano de Martín puede besar muy bien a la
mujer de Martín. ¿No exigió eso él mismo, un día?
La joven abre los ojos; parece salir de un sueño. Su mirada evita la de
Juan.
--No está bien lo que has hecho, Juan. Te prohíbo que vuelvas a hacerlo
en adelante.
Sin responder, él se inclina para recoger la rosa que se ha caído de su
pecho.
--Quiero volver a casa--dice Gertrudis, paseando su vista en derredor,
con expresión inquieta.
Marchan un momento en silencio, uno al lado de otro.
Ella fija sus ojos en el horizonte, mientras él respira ávidamente la
rosa que ha recogido.
--Huele bien--dice en tono inocente.
Ella dice que sí.
--¿Te gustan las rosas?--continúa él.
La joven vuelve los ojos hacia él. «¡Como si no lo supieras!» dice su
mirada.
--Oye--agrega él vivamente.--¿Por qué no pones ya flores en mi cuarto?
Ella no responde.
--¿Porque no las merezco?
--Me lo ha prohibido él--balbucea Gertrudis.
--¡Ah! eso es otra cosa--dice Juan, desconcertado.
La conversación termina de pronto.