XIII

El domingo, Martín va al pueblo a cobrar deudas viejas; no volverá antes

de la noche. Los molineros se han ido a la taberna. El molino está

desierto.

--Voy a despedir también a las criadas--dice Gertrudis a

Juan.--Estaremos entonces completamente solos y podremos hacer alguna

cosa.

--¿Qué cosa?

--Ya encontraremos--dice ella riendo; se dirige a la cocina.

Al cabo de media hora reaparece:

--Ya se han marchado. Ahora estamos libres.

Se sientan uno frente al otro y buscan en su imaginación.

--Nunca volveremos a encontrar una diversión como la del domingo

pasado--dijo Gertrudis suspirando.

Y, después de un momento:

--Escucha, Juan.

--¿Qué?

--¿Sabes que tú eres para mí un verdadero don del cielo?

--¿Por qué?

--Desde que tú estás aquí, soy tres veces más feliz. Ya ves... él es

bueno... y tú sabes que lo quiero mucho, mucho, pero... ¡está siempre

tan serio! ¡me trata con tanta altura! Cualquiera diría que yo soy una

criatura estúpida, sin sombra de inteligencia. Sin embargo, soy

laboriosa y manejo la casa como una mujer madura. Si Dios me ha hecho

alegre como un pájaro, yo no tengo la culpa; y, después de todo, eso no

es un crimen. Pero cuando estoy delante de él y él me mira con su cara

grave y enfurruñada, se me pasan las ganas de hacer locuras... y de

estar sentada e inmóvil una se aburre a menudo, una...

Se detiene y reflexiona. Querría quejarse pero no sabe de qué.

--Contigo, es otra cosa--continúa.--Tú eres un buen muchacho, que no

dice nunca que no. ¡Contigo se puede hacer lo que una quiera!... Tú no

tienes la sonrisa desdeñosa que aparece siempre en sus labios, cuando se

le refiere algo, y que quiere decir: «Te escucho, pero no estás contando

más que tonterías.» Entonces se me ahogan las palabras en la garganta...

Mientras que a ti... sí, a ti se te puede confiar todo lo que le pasa a

una por la cabeza.

Apoya pensativa su rostro en las dos manos, mientras que con un

movimiento de vaivén balancea sus codos sobre las rodillas.

--¿Y qué te pasa por la cabeza en este momento?--pregunta Juan.

Ella se pone colorada y se levanta vivamente.

--¿A que no me pillas?--grita parapetándose detrás de la mesa.

Pero, cuando él va a perseguirla, ella se adelanta tranquilamente.

--¡Deja!... vamos a hacer algo. Ahí están las llaves... quizás se nos

ocurra alguna idea.

Juan descuelga el manojo de llaves y la sigue al patio, donde el sol del

mediodía lanza sus rayos ardientes.

--Abre el molino--dice Gertrudis.--Allí hace fresco.

El obedece; y ella sube de un salto los escalones y entra en la penumbra

de la sala, donde reina el silencio del domingo.

--Sola, tendría miedo aquí--dice, volviéndose hacia él y mostrando con

el dedo la puerta del despacho, cuya madera reluce con brillo misterioso

en medio de la semiobscuridad.

La joven aparta los dedos y tiembla.

--¿Nunca te ha dicho nada?--susurra al cabo de un instante inclinándose

hacia su oído.

El menea la cabeza. Se siente intranquilo en la sala húmeda y sombría;

respira penosamente, tiene necesidad de aire y de luz.

Pero Gertrudis se encuentra muy bien en aquella atmósfera cargada de

vapores, en aquel mediodía misterioso; el sol, filtrándose por las

claraboyas, arroja sobre el suelo sus rayos oblicuos, como cintas de

oro, donde miriadas de partículas de polvo danzan una zarabanda.

El estremecimiento que se apodera de ella le causa una sensación

agradable; baja la cabeza y trepa con precaución la escalera, como si

quisiese cazar un fantasma. En lo alto, en la galería, lanza un grito;

Juan, lleno de inquietud, le pregunta qué tiene; ella responde que ha

querido simplemente dilatar el pecho. Sube a una tolva, transpone la

balaustrada y vuelve a bajar deslizándose por la escalera. Después

desaparece en la sombra de las máquinas, en el sitio en que las ruedas

poderosas alzan sus masas gigantescas. Juan la deja hacer; entonces no

hay peligro, entonces todo está inmóvil.

Algunos segundos después, la joven reaparece. Se aprieta contra Juan, y,

echando a su alrededor una mirada temerosa, saca del bolsillo una

llavecita atada a un cordón de negro.

--¿Qué es esto?--pregunta en voz baja.

Juan lanza una ojeada hacia la puerta y mira a Gertrudis como

interrogándola.

Ella hace un signo con la cabeza.

--¡Colócala en su sitio!--exclama él asustado.

La joven balancea la llave en la mano, acariciando con los ojos el metal

que brilla.

--Un día, por casualidad, se la vi ocultar allí--murmura.

--¡Colócala en su sitio!--exclama él, una vez más.

La joven frunce las cejas; después, con una leve risa.

--¡Esto es lo que podíamos hacer!...

Y, al mismo tiempo que habla, le echa de soslayo una mirada inquieta y

trata de leer en su rostro lo que piensa.

El corazón de Juan late violentamente. Surge del fondo de su alma el

presentimiento de que van a cometer una falta.

--La cosa quedará entre nosotros, Juan, dice Gertrudis en tono zalamero.

El cierra los ojos. ¡Qué hermoso sería tener un secreto con ella!

--Y además, ¿qué mal hay en eso?--continúa la joven.--¿Por qué es él tan

misterioso, sobre todo con nosotros, que somos sus más cercanos

parientes, en el mundo?

--Por eso precisamente no deberíamos engañarle.

La joven golpea la tierra con el pie.

--¡Engañarle! ¡qué expresiones usas!

Y en tono enfurruñado añade:

--Vaya, no hablemos más.

Se dispone a llevar la llave a su escondite. Pero le hace dar dos o tres

vueltas entre los dedos, y finalmente, con una alegre explosión de risa:

--¡Qué diablo! no es la misma.

Se acerca a la puerta y compara, meneando la cabeza, el agujero de la

cerradura con el tamaño de la llave; después, con movimiento rápido,

mete la llave en el ojo.

--¡Pues entra!...

Y, fingiendo sorpresa, mira por encima del hombro a Juan, que, de pie

detrás de ella, sigue con ansiedad los movimientos de su mano.

--Hazla girar--dice ella en tono de broma y retrocediendo un paso.

Juan tiembla. ¡Oh, Eva tentadora!

--Hazla girar y déjame asomar la cabeza por la abertura--dice la joven

riendo.--Tú no tienes necesidad de ver nada.

Entonces, cediendo a un violento impulso, Juan hace girar la llave; por

la puerta, abierta de par en par, les llega de la ventana un rayo de

luz ofuscadora.

En el rostro de Gertrudis se pinta el desencanto. Tiene delante de ellos

una pieza muy sencilla, amueblada como el despacho de un comerciante,

con las paredes peladas y blancas. En el centro se ve una gran mesa de

trabajo, toscamente pintada y llena de muestras de granos y de libros de

contabilidad; en una de las paredes están colgadas ropas usadas; en la

otra, hay un estante cargado de cuadernos azules y le libros de

encuadernación modesta. Juan echa a su alrededor una mirada tímida;

después se acerca a los libros y se pone a leer los títulos.

¡Qué biblioteca tan lúgubre! Son obras de medicina, que tratan de las

enfermedades del cerebro, de las lesiones del cráneo y de otros asuntos

del mismo género; disertaciones filosóficas sobre la herencia de las

pasiones: una _Historia de los accesos de cólera y de sus terribles

consecuencias_, un _Tratado del dominio sobre sí mismo_, y una obra de

Kant, _El Arte de dominar por la voluntad los sentimientos mórbidos_.

Hay también libros de literatura, casi todos sobre el fratricidio. Al

lado de novelas lúgubres, como _El fin trágico de toda una familia en

Elsterwerda_, se encuentran: _La novia de Messina_, de Schiller, y

_Julio de Tarento_, de Leisewitz.

También la teología está representada por cierto número de pequeños

tratados sobre el pecado mortal y su perdón. Al lado, en los cuadernos

azules, están compilados cuidadosamente algunos extractos, diferentes

estudios, mezclados con consideraciones melancólicas sobre las

experiencias y los pensamientos personales de Martín.

Juan deja caer las manos.

--¡Pobre, pobre hermano!--murmura, suspirando, con el corazón

entristecido.

Entonces la mano de Gertrudis se posa sobre su hombro. La joven señala

con el dedo un rótulo colocado arriba de la puerta y pregunta en voz

baja y ansiosa:

--¿Qué significa eso?

En el rótulo se lee, en gruesas letras de oro, estas tres palabras:

_¡Piensa en Fritz!_

Juan no contesta. Se deja caer en una silla, oculta el rostro entre las

manos y llora amargamente.

Gertrudis tiembla de pies a cabeza. Lo llama por su nombre, le echa los

brazos al cuello y trata de apartarle las manos del rostro; y, como todo

es inútil, se deshace también en lágrimas.

Al ruido de sus sollozos se levanta Juan lentamente y mira a su

alrededor, con mirada terrible. Ve unas ropas colgadas de la pared;

ropas de niño de una época muy antigua. Las conoce perfectamente.

Su madre las conservaba como reliquias en el fondo del armario; se las

había enseñado un día, diciéndole: «son los vestidos de tu hermanito

muerto.» Desde el día que ella había abandonado el mundo, los vestidos

habían desaparecido. Por lo demás, él no había vuelto a pensar en ellos.

Un frío estremecimiento le recorre todo el cuerpo.

--Ven--dice a Gertrudis, que no ha cesado de llorar.

Abandonan el despacho. Gertrudis quiere salir en seguida del molino.

--Guarda primero la llave--dice él.

Bajan juntos los escalones que conducen a las máquinas; y, cuando han

colgado la llave, se precipitan fuera, como si las Furias los

persiguiesen.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 19 / 48 题