El domingo, Martín va al pueblo a cobrar deudas viejas; no volverá antes
de la noche. Los molineros se han ido a la taberna. El molino está
desierto.
--Voy a despedir también a las criadas--dice Gertrudis a
Juan.--Estaremos entonces completamente solos y podremos hacer alguna
cosa.
--¿Qué cosa?
--Ya encontraremos--dice ella riendo; se dirige a la cocina.
Al cabo de media hora reaparece:
--Ya se han marchado. Ahora estamos libres.
Se sientan uno frente al otro y buscan en su imaginación.
--Nunca volveremos a encontrar una diversión como la del domingo
pasado--dijo Gertrudis suspirando.
Y, después de un momento:
--Escucha, Juan.
--¿Qué?
--¿Sabes que tú eres para mí un verdadero don del cielo?
--¿Por qué?
--Desde que tú estás aquí, soy tres veces más feliz. Ya ves... él es
bueno... y tú sabes que lo quiero mucho, mucho, pero... ¡está siempre
tan serio! ¡me trata con tanta altura! Cualquiera diría que yo soy una
criatura estúpida, sin sombra de inteligencia. Sin embargo, soy
laboriosa y manejo la casa como una mujer madura. Si Dios me ha hecho
alegre como un pájaro, yo no tengo la culpa; y, después de todo, eso no
es un crimen. Pero cuando estoy delante de él y él me mira con su cara
grave y enfurruñada, se me pasan las ganas de hacer locuras... y de
estar sentada e inmóvil una se aburre a menudo, una...
Se detiene y reflexiona. Querría quejarse pero no sabe de qué.
--Contigo, es otra cosa--continúa.--Tú eres un buen muchacho, que no
dice nunca que no. ¡Contigo se puede hacer lo que una quiera!... Tú no
tienes la sonrisa desdeñosa que aparece siempre en sus labios, cuando se
le refiere algo, y que quiere decir: «Te escucho, pero no estás contando
más que tonterías.» Entonces se me ahogan las palabras en la garganta...
Mientras que a ti... sí, a ti se te puede confiar todo lo que le pasa a
una por la cabeza.
Apoya pensativa su rostro en las dos manos, mientras que con un
movimiento de vaivén balancea sus codos sobre las rodillas.
--¿Y qué te pasa por la cabeza en este momento?--pregunta Juan.
Ella se pone colorada y se levanta vivamente.
--¿A que no me pillas?--grita parapetándose detrás de la mesa.
Pero, cuando él va a perseguirla, ella se adelanta tranquilamente.
--¡Deja!... vamos a hacer algo. Ahí están las llaves... quizás se nos
ocurra alguna idea.
Juan descuelga el manojo de llaves y la sigue al patio, donde el sol del
mediodía lanza sus rayos ardientes.
--Abre el molino--dice Gertrudis.--Allí hace fresco.
El obedece; y ella sube de un salto los escalones y entra en la penumbra
de la sala, donde reina el silencio del domingo.
--Sola, tendría miedo aquí--dice, volviéndose hacia él y mostrando con
el dedo la puerta del despacho, cuya madera reluce con brillo misterioso
en medio de la semiobscuridad.
La joven aparta los dedos y tiembla.
--¿Nunca te ha dicho nada?--susurra al cabo de un instante inclinándose
hacia su oído.
El menea la cabeza. Se siente intranquilo en la sala húmeda y sombría;
respira penosamente, tiene necesidad de aire y de luz.
Pero Gertrudis se encuentra muy bien en aquella atmósfera cargada de
vapores, en aquel mediodía misterioso; el sol, filtrándose por las
claraboyas, arroja sobre el suelo sus rayos oblicuos, como cintas de
oro, donde miriadas de partículas de polvo danzan una zarabanda.
El estremecimiento que se apodera de ella le causa una sensación
agradable; baja la cabeza y trepa con precaución la escalera, como si
quisiese cazar un fantasma. En lo alto, en la galería, lanza un grito;
Juan, lleno de inquietud, le pregunta qué tiene; ella responde que ha
querido simplemente dilatar el pecho. Sube a una tolva, transpone la
balaustrada y vuelve a bajar deslizándose por la escalera. Después
desaparece en la sombra de las máquinas, en el sitio en que las ruedas
poderosas alzan sus masas gigantescas. Juan la deja hacer; entonces no
hay peligro, entonces todo está inmóvil.
Algunos segundos después, la joven reaparece. Se aprieta contra Juan, y,
echando a su alrededor una mirada temerosa, saca del bolsillo una
llavecita atada a un cordón de negro.
--¿Qué es esto?--pregunta en voz baja.
Juan lanza una ojeada hacia la puerta y mira a Gertrudis como
interrogándola.
Ella hace un signo con la cabeza.
--¡Colócala en su sitio!--exclama él asustado.
La joven balancea la llave en la mano, acariciando con los ojos el metal
que brilla.
--Un día, por casualidad, se la vi ocultar allí--murmura.
--¡Colócala en su sitio!--exclama él, una vez más.
La joven frunce las cejas; después, con una leve risa.
--¡Esto es lo que podíamos hacer!...
Y, al mismo tiempo que habla, le echa de soslayo una mirada inquieta y
trata de leer en su rostro lo que piensa.
El corazón de Juan late violentamente. Surge del fondo de su alma el
presentimiento de que van a cometer una falta.
--La cosa quedará entre nosotros, Juan, dice Gertrudis en tono zalamero.
El cierra los ojos. ¡Qué hermoso sería tener un secreto con ella!
--Y además, ¿qué mal hay en eso?--continúa la joven.--¿Por qué es él tan
misterioso, sobre todo con nosotros, que somos sus más cercanos
parientes, en el mundo?
--Por eso precisamente no deberíamos engañarle.
La joven golpea la tierra con el pie.
--¡Engañarle! ¡qué expresiones usas!
Y en tono enfurruñado añade:
--Vaya, no hablemos más.
Se dispone a llevar la llave a su escondite. Pero le hace dar dos o tres
vueltas entre los dedos, y finalmente, con una alegre explosión de risa:
--¡Qué diablo! no es la misma.
Se acerca a la puerta y compara, meneando la cabeza, el agujero de la
cerradura con el tamaño de la llave; después, con movimiento rápido,
mete la llave en el ojo.
--¡Pues entra!...
Y, fingiendo sorpresa, mira por encima del hombro a Juan, que, de pie
detrás de ella, sigue con ansiedad los movimientos de su mano.
--Hazla girar--dice ella en tono de broma y retrocediendo un paso.
Juan tiembla. ¡Oh, Eva tentadora!
--Hazla girar y déjame asomar la cabeza por la abertura--dice la joven
riendo.--Tú no tienes necesidad de ver nada.
Entonces, cediendo a un violento impulso, Juan hace girar la llave; por
la puerta, abierta de par en par, les llega de la ventana un rayo de
luz ofuscadora.
En el rostro de Gertrudis se pinta el desencanto. Tiene delante de ellos
una pieza muy sencilla, amueblada como el despacho de un comerciante,
con las paredes peladas y blancas. En el centro se ve una gran mesa de
trabajo, toscamente pintada y llena de muestras de granos y de libros de
contabilidad; en una de las paredes están colgadas ropas usadas; en la
otra, hay un estante cargado de cuadernos azules y le libros de
encuadernación modesta. Juan echa a su alrededor una mirada tímida;
después se acerca a los libros y se pone a leer los títulos.
¡Qué biblioteca tan lúgubre! Son obras de medicina, que tratan de las
enfermedades del cerebro, de las lesiones del cráneo y de otros asuntos
del mismo género; disertaciones filosóficas sobre la herencia de las
pasiones: una _Historia de los accesos de cólera y de sus terribles
consecuencias_, un _Tratado del dominio sobre sí mismo_, y una obra de
Kant, _El Arte de dominar por la voluntad los sentimientos mórbidos_.
Hay también libros de literatura, casi todos sobre el fratricidio. Al
lado de novelas lúgubres, como _El fin trágico de toda una familia en
Elsterwerda_, se encuentran: _La novia de Messina_, de Schiller, y
_Julio de Tarento_, de Leisewitz.
También la teología está representada por cierto número de pequeños
tratados sobre el pecado mortal y su perdón. Al lado, en los cuadernos
azules, están compilados cuidadosamente algunos extractos, diferentes
estudios, mezclados con consideraciones melancólicas sobre las
experiencias y los pensamientos personales de Martín.
Juan deja caer las manos.
--¡Pobre, pobre hermano!--murmura, suspirando, con el corazón
entristecido.
Entonces la mano de Gertrudis se posa sobre su hombro. La joven señala
con el dedo un rótulo colocado arriba de la puerta y pregunta en voz
baja y ansiosa:
--¿Qué significa eso?
En el rótulo se lee, en gruesas letras de oro, estas tres palabras:
_¡Piensa en Fritz!_
Juan no contesta. Se deja caer en una silla, oculta el rostro entre las
manos y llora amargamente.
Gertrudis tiembla de pies a cabeza. Lo llama por su nombre, le echa los
brazos al cuello y trata de apartarle las manos del rostro; y, como todo
es inútil, se deshace también en lágrimas.
Al ruido de sus sollozos se levanta Juan lentamente y mira a su
alrededor, con mirada terrible. Ve unas ropas colgadas de la pared;
ropas de niño de una época muy antigua. Las conoce perfectamente.
Su madre las conservaba como reliquias en el fondo del armario; se las
había enseñado un día, diciéndole: «son los vestidos de tu hermanito
muerto.» Desde el día que ella había abandonado el mundo, los vestidos
habían desaparecido. Por lo demás, él no había vuelto a pensar en ellos.
Un frío estremecimiento le recorre todo el cuerpo.
--Ven--dice a Gertrudis, que no ha cesado de llorar.
Abandonan el despacho. Gertrudis quiere salir en seguida del molino.
--Guarda primero la llave--dice él.
Bajan juntos los escalones que conducen a las máquinas; y, cuando han
colgado la llave, se precipitan fuera, como si las Furias los
persiguiesen.