Pasan los días. Juan, como camarada de juegos, ha sobrepujado todas las
esperanzas de Gertrudis. Los dos son inseparables; y Martín se ve
reducido al papel de espectador... no puede, con una sonrisa gruñona,
hacer más que decir amén a todas sus locuras.
Es un encanto verlos atravesar el patio, persiguiéndose uno al otro,
como si tuviesen alas en los talones. Gertrudis corre tan ligera que sus
pies apenas tocan el suelo. Sin embargo, Juan es más ágil; por mucho que
dure la carrera, siempre la alcanza. Viendo que no hay posibilidad de
escapar, la joven se agazapa como un polluelo, asustado; y cuando él,
triunfante, la toma en brazos, su cuerpo esbelto se yergue como si, al
contacto de Juan, la sacudiese una conmoción eléctrica.
David, el viejo criado, observa sus juegos con gran atención, por la
claraboya del granero, donde ha establecido su residencia; rasca su
cabeza gris, y murmura entre dientes toda clase de cosas
incomprensibles.
Gertrudis lo ve un día y se lo muestra a Juan.
--Habrá que hacer una broma a ese viejo cazurro--murmura la joven.
Juan le refiere la mala pasada que jugó a David en otro tiempo, al
descubrir el escondite en que el viejo guardaba la harina que robaba.
--¿Si pudiéramos conseguir hacer hoy lo mismo?--dice Juan riendo.
--Lo buscaremos.
Dicho y hecho, o casi hecho. El domingo siguiente, el molino está
parado; los criados y los molineros han salido. Juan coge el manojo de
llaves colgado de la pared y hace una seña a Gertrudis para que le siga.
--¿Adónde vais?--pregunta Martín alzando los ojos del libro.
--Una gallina está poniendo fuera del gallinero;--dice vivamente
Gertrudis.--Vamos a buscar el nido.
Y ni siquiera se pone colorada.
Hacen entonces una investigación escrupulosa en los establos, en la
granja, en el granero y en el pajar; pero registran sobre todo el
molino, suben y bajan las escaleras, y revuelven el cuarto de los
trastos viejos.
Escudriñan sin ningún resultado, durante dos horas, por lo menos, y de
repente, Gertrudis, que no tiene miedo de meterse en el rincón más
recóndito del granero, anuncia que ha encontrado lo que buscaba. Entre
los haces de leña que se deshacen en polvo, las ruedas de engranaje
inservibles y los restos de los diez últimos años, aparecen varios sacos
de harina y de avena; al lado se ve un buen número de utensilios
pequeños: martillos, tenazas, cepillos, cuchillos de mesa. Con los ojos
brillantes, el rostro lleno de tierra y los cabellos cubiertos de
telarañas, Gertrudis sale del escondrijo lanzando gritos de alegría;
cuando Juan se ha cerciorado de que no hay error, el consejo de guerra
se reúne y delibera.
¿Conviene enterar a Martín del secreto? No; se incomodaría y acabaría
por echarles a perder la broma. Juan tiene una idea. Vierte el contenido
de los sacos en una medida igual, después llena esos sacos de tierra y
de arena, y esparce encima una capa de negro de humo, como el que usan
los cocheros para teñir los arneses. Sumerge por un momento los
instrumentos en el tonel de alquitrán; y, cuando ha vuelto a poner todas
las cosas en su orden primitivo, considera terminada su tarea.
Abandonan el molino penetrados de una alegría profunda; se trasladan a
la balsa para lavarse la cara y las manos, se ayudan mutuamente a
limpiarse las ropas, y entran en la casa esforzándose por adoptar la
expresión más inocente posible. Sin embargo, Martín no tarda en notar en
sus labios leves movimientos que les hacen traición; los amenaza
sonriendo, pero no les dirige la menor pregunta.
Pasan tres días en la más viva impaciencia; después, una mañana, Juan,
sin aliento, corre al jardín en busca de Gertrudis, con el semblante
enrojecido a fuerza de contener las ganas de reír. Al instante, ella
suelta la azada y se precipita con él al patio. Delante de la balsa está
el viejo David furioso y desfigurado, medio blanco, medio transformado
en deshollinador. Tiene el rostro y las manos negras como el carbón, y
sobre sus ropas aparecen enormes manchas de alquitrán. En las ventanas
del molino se ven las caras de los molineros que ríen a carcajadas, y
Martín se pasea delante de la casa vivamente sobreexcitado.
La escena es en extremo cómica, y Juan y Gertrudis creen que van a morir
de risa. David, que sabe muy bien de qué lado debe buscar a sus
enemigos, les lanza una mirada llena de odio. Procura limpiarse, pero el
terrible negro de humo, mezclado con el alquitrán se pega de tal modo,
que parece ser el color natural de su piel. Al fin, Martín, lleno de
lástima por el pobre diablo, lo hace entrar en el cuarto de los criados
y dice a Gertrudis, que de tanto reír tiene los ojos llenos de lágrimas,
que vaya a buscarle un traje viejo de trabajo.
Al mediodía, durante la comida, los jóvenes cuentan a Martín la broma
que tan bien les ha salido. El menea la cabeza desaprobando, y dice que
hubiera sido mejor comunicarle el descubrimiento que habían hecho.
Después al abandonar la sala, se le oye murmurar palabras como
«veintiocho años de servicios» y «bromas de chiquillos».
Gertrudis y Juan cambian una mirada de inteligencia que quiere decir:
«¡Qué aguafiestas!»
Durante tres días más, el suceso es para los jóvenes un manantial de
alegría, que saborean en secreto.