Después de comer, Martín se retira a su escritorio, seguido por las
miradas impacientes de Gertrudis, que espera el momento en que va a
conocer los secretos de «la bella molinera.»
Atraviesan de bracete la pradera, para ir a la presa. La hierba está
húmeda de rocío. El cielo, surcado de bandas rojizas. Sobre el fondo
luminoso resalta, perfectamente recortada, la figura negra del bosque de
abetos, que, triste y silencioso, rodea el llano. A medida que se
aproximan, los mugidos del agua llegan cada vez con más fuerza a sus
oídos... Los rayos del sol poniente se reflejan en los torbellinos de
las ondas, y las gotas de espuma que saltan son otras tantas chispas.
Del otro lado de la presa, el río tranquilo parece un espejo; los
árboles lanzan su sombra y reflejan su imagen en las aguas, demasiado
profundas para ser transparentes.
Se acercan en silencio a la presa.
En esa época, durante los calores del mes de junio, la presa no da gran
trabajo; pero, en los primeros días de la primavera, y en el otoño,
durante las grandes avenidas, cuando es preciso alzar las compuertas
para dar paso a las aguas y a los carámbanos, sin que encuentren
obstáculos, hay que poner un poco de atención y hay que apelar a todas
las fuerzas para no verse arrastrado con las piezas de madera por el
torbellino de las aguas.
Juan alza dos esclusas. Eso basta por el momento. Después suelta la
palanca y apoya el codo en el pretil del puente levadizo. Gertrudis, que
durante todo ese tiempo ha estado contemplándolo sin decir nada, se
lanza por sobre la gran viga que atraviesa la corriente de agua de una
orilla a otra, a algunos pasos de ella.
--Vas a sentir vértigo, Gertrudis--dice Juan echando una mirada inquieta
a la esclusa, por la que las aguas pasan con rapidez espantosa, sobre el
fondo de tablones inclinados, para precipitarse en seguida espumosas en
la corriente.
Gertrudis suelta una risotada y dice que muchas veces ha estado sentada
allí horas enteras, mirando las aguas, sin sentir vértigo alguno.
Además, ¿no está allí entonces por necesidad? Su mirada, en la que se
lee una curiosidad impaciente, está fija en el bolsillo de Juan; y
cuando éste saca su cuaderno de música, la joven exhala un gran
suspiro, encantada ante la idea de los esplendores que presiente, y
junta las manos como una criatura a quien su abuela va a contar una
historia. Juan comienza.
Las palabras conmovedoras del poeta brotan de sus labios como un canto.
Los viajes son la pasión del molinero...
Gertrudis deja oír una alegre exclamación y marca el ritmo dando con el
pie en los montantes de la esclusa.
He oído murmurar un riachuelo...
Gertrudis contiene la respiración, esperando lo que sigue:
He visto brillar el techo de un molino...
En su alegría, Gertrudis palmotea y muestra la granja al otro lado.
¿Es eso lo que quiere decir tu murmullo?
En este pasaje, la bella molinera entra en escena y Gertrudis se pone
seria.
¡Que no tenga mil brazos para golpear!
Gertrudis hace leves signos de impaciencia.
No interrogo a las flores, no interrogo a los astros...
Una sonrisa de satisfacción vaga por los labios de Gertrudis.
Me placía dibujarla en la corteza de los árboles...
Gertrudis lanza un profundo suspiro y cierra los ojos. Y sigue la
lectura, con los sueños del joven molinero ebrio de amor, hasta este
grito de alegría, que domina el canto de los pájaros, el murmullo del
arroyo, el ruido de las ruedas.
¡La hermosa molinera es mía!
Gertrudis abre los brazos, una sonrisa de dulce beatitud pasa por su
rostro, y se mueve su cabeza como diciendo: «¡Dios mío! ¿qué más puede
suceder?»
Entonces la molinera siente de pronto una pasión misteriosa por el color
verde, se oye resonar el coro en la floresta, aparece el fiero cazador.
Gertrudis experimenta inquietud.
--¿Qué viene a hacer ese aquí?--murmura dando con el puño en la viga.
El pobre molinero lo comprende en seguida. Su triste canción dice:
Quisiera partir, perderme en la inmensidad del mundo,
Si todo no estuviera tan verde, tan verde en el bosque y en los campos...
Gertrudis, agitada por el temor y la esperanza, hace en el aire un
ademán. ¡Eso no es posible! ¡es preciso absolutamente que todo concluya
bien!
Y después:
Florecillas que me dio ella,
Que os pongan a todas en mi tumba.
Los ojos de Gertrudis están húmedos de lágrimas, pero la joven sigue
confiando en la desaparición del cazador y en la conversación de la
molinera. No puede, no debe ser de otro modo. El molinero y el arroyo
comienzan su diálogo melancólico; el arroyo quiere consolar al molinero,
pero éste no conoce más que una sola quietud, un solo reposo:
¡Ay! querido arroyuelo; tu intención es buena...
Pero ¡ay! ¿sabes tú acaso el mal que el amor hace?
Gertrudis aprueba vivamente con la cabeza. ¿Qué quiere decir ese
estúpido arroyuelo?... ¿Qué sabe él de amor ni de penas?... En seguida
viene la misteriosa barcarola que cantan las ondas. Sin duda, el joven
molinero se ha dormido a la orilla del arroyo; un beso va a despertarlo,
y, cuando abra los ojos, la molinera se inclinará sobre él para decirle:
«¡Perdóname! ¡siempre te he amado!» Pero no... ¿qué significan esas
extrañas palabras de _cámara de cristal azul_? ¿Por qué es preciso que
duerma allí hasta que el mar haya absorbido la última gota de los
riachuelos? Y puesto que para cerrarle los ojos la mala muchacha tiene
que tirar su pañuelo al agua, eso prueba que el dormido no reposa en la
orilla, sino en el fondo.
Gertrudis oculta su rostro entre las manos y estalla en sollozos
convulsivos; y, como Juan quiere continuar la lectura, le dice:
--¡Basta! ¡basta!
--Gertrudis, ¿qué tienes?
Ella le hace la seña de que la deje. Sus lágrimas son cada vez más
abundantes y su cuerpo tiembla todo; busca un apoyo y se inclina hacia
atrás.
Juan lanza un grito de angustia, y, de un salto, se precipita para
recibirla en sus brazos.
--¡Por el amor de Dios, Gertrudis!--dice con la voz trémula, respirando
con esfuerzo.
Un sudor frío cubre su frente. La joven inclina su cabeza sobre el pecho
de Juan, le echa los brazos al cuello y llora.
Al día siguiente dice Gertrudis:
--Ayer me porté como una chiquilla, Juan, y creo que, a poco más, caigo
al agua.
--Ya habías perdido el equilibrio--dice él.
Y se estremece al recordar el terrible instante.
Una sonrisa sentimental pasa por los labios de Gertrudis.
--Entonces habría concluido para siempre--dice la joven con un profundo
suspiro.
Pero, un instante después, se ríe ella misma de su locura.