En señal de adiós, recibe las quejas de mi corazón,
Transformadas en dulce armonía,
Pero no trates nunca de adivinar lo que estos acentos dicen.
Y esta antigua romanza popular:
Enrique descansaba junto a su reciente esposa,
Rica heredera de las orillas del Rin...
Suena la media-noche, y a través de la cortina,
Pasa de pronto una mano blanca y delicada:
¿A quién vio? A su Guillermina,
Que se erguía ante él envuelta en un sudario.
Al llegar a eso, Gertrudis se estremece; y, llena de angustia, con sus
grandes ojos azorados, mira fijamente delante de ella, a través de la
sombra del crepúsculo... pero su sonrisa pone de manifiesto, al mismo
tiempo, un delicioso éxtasis.
Pero lo maravilloso en ese cuaderno es una composición titulada: _La
bella molinera_.
--¿Dónde has encontrado esto?--pregunta Gertrudis, impresionada por el
título.
--Un camarada, que era músico, tenía estas canciones en un gran
cuaderno. De allí las copié yo. El que las ha hecho se llamaba Molinero
de apellido y creo que ejercía además ese oficio.
--¡Lee, lee, pronto!--exclama Gertrudis.
Pero Juan se niega.
--Es demasiado triste--dice cerrando el libro.--Será otra vez.
Pero Gertrudis le suplica tanto, que tiene que acceder a sus deseos.
--Ven esta tarde conmigo a la presa--dice;--tengo que hacer allá. Nadie
nos incomodará entonces, y te lo leeré siempre que... naturalmente...
Y guiña el ojo en dirección al _despacho_. Gertrudis hace una señal con
la cabeza. Se entienden a maravilla.