Mientras los tres descansan en el emparrado, a la hora del crepúsculo,
Juan, que con la cabeza oculta entre los pámpanos sueña en silencio como
su hermano, siente de pronto una cosa redonda, que no acierta a definir,
chocar contra su frente y caer al suelo. «Quizás sea una cochinilla» se
dice; pero el ataque se repite por segunda y tercera vez.
Entonces lanza una mirada recelosa a Gertrudis, que estatua viva de la
inocencia, canturrea melancólicamente la tonada: _En un fresco valle._
Sin embargo, entretanto fabrica a hurtadillas las bolitas de pan que le
sirven de proyectiles.
Juan reprime un acceso de risa y coge disimuladamente una rama de viña,
de la que penden todavía algunos racimos secos del año anterior. Ella le
lanza un nuevo proyectil; y él le dispara, pronto para la respuesta, un
grano a la nariz. Ella se estremece, lo mira un momento toda
desconcertada; y, al inclinarse el joven hacia ella, con el rostro más
serio del mundo, lanza una ruidosa y alegre carcajada.
--¿Qué pasa?--dice Martín, arrancado violentamente a su somnolencia.
--¡Ha pasado por la prueba!--responde Gertrudis lanzándose a su cuello.
--¿Qué prueba?
--Si te lo digo vas a reñirnos; prefiero callarme.
Martín interroga con una mirada a su hermano.
--¡Oh, nada!--dice éste con tímida sonrisa.--Era una broma... Nos
bombardeábamos.
--Está bien, hijos míos, bombardeaos;--dice Martín, que continúa fumando
en silencio.
Juan está muy avergonzado, y Gertrudis contempla a su nuevo camarada de
juegos con una mirada maliciosa y provocativa.
«Revoltosa». Sí; ese era el nombre que había dado Martín Felshammer a su
mujer...
X
Desde aquel día, se repiten las bromas en las horas tranquilas y
silenciosas del crepúsculo, que Martín ama tanto.
En las apacibles alamedas del huerto suenan gorgeos y risas; sobre el
césped pasan como una tromba dos figuras humanas que se persiguen; se
bromea, se suelta a los perros para que hagan ruido; se caza a los gatos
de la vecindad que se dan las citas amorosas en el molino; se juega al
escondite detrás de los montones de heno y de los setos.
Martín los deja en plena libertad, y contempla esas locuras con la
mirada benévola e indulgente de un padre. En el fondo, preferiría la
calma de antes; pero son tan felices ellos, en su juventud y su
inocencia, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, que sería
un crimen turbar su alegría con observaciones molestas. Después de todo
son unos niños.
Además ¿no hay también horas menos ruidosas? Cuando Gertrudis dice:
«Juan, ven a cantar», se sientan juiciosamente uno al lado del otro en
el emparrado, o cuando se pasean lentamente a la orilla del riachuelo; y
cuando Martín ha encendido su pipa y está dispuesto a escucharlos, sus
voces resuenan claras y vibrantes en la sombra de la noche.
Bien pronto llegan instantes de solemne encanto. Los pájaros, que van a
entregarse al sueño, gorjean en las ramas, una leve brisa sopla en los
pámpanos y el sordo murmullo de la presa sirve de acompañamiento...
¡Cómo ha cambiado su humor de repente! Estaban alegres al empezar; pero
las tonadas que cantan son cada vez más tristes, y el acento de sus
voces cada vez más quejumbroso. Hace apenas unos minutos, sus cabezas se
tocaban; entonces están serios, con las manos juntas y los ojos puestos
en el cielo arrebolado. Sus voces suenan admirablemente unidas. Juan
tiene una voz de tenor clara y suave, que concierta muy bien con las
notas de contralto, llenas y graves, de Gertrudis, y nunca le falta oído
cuando se trata de acompañar de improviso una canción nueva.
Lo extraño es que nunca puedan cantar cuando están solos. Si, mientras
están cantando, tiene Martín que alejarse, llamado por algún asunto, en
seguida sus voces pierden la seguridad y los jóvenes se miran
sonriendo; uno u otro, por lo regular, deja escapar una nota falsa, y la
canción queda inconclusa.
Cuando Martín está ausente de la casa o se encierra en su despacho, lo
que sucede una vez o dos por semana, los dos guardan silencio, como de
común acuerdo; ninguno de ellos se atrevería a invitar al otro a cantar.
En cambio, tienen otras ocupaciones más interesantes, a las que sólo
pueden dedicarse cuando no hay que temer la indiscreción de un tercero.
Mientras estaba en el servicio, Juan se ha hecho un lindo cuaderno de
música, en el que ha compilado las canciones alegres y sentimentales que
más le gustaban. El género sentimental es el que lo entusiasma. Las
desesperaciones de amor, los cantos fúnebres, se alternan allí con las
consideraciones poéticas sobre la vanidad de la existencia, y lo corona
todo el estallido de desesperación de Kotzebue, desbordamiento de
sentimentalismo que ha sido durante medio siglo la más popular de las
poesías alemanas.
Ese cuaderno responde perfectamente al gusto poético de Gertrudis. En
cuanto se ve sola con Juan, le murmura en tono de súplica:
--Ve a buscar las canciones.
Entonces se sientan en un rincón retirado, y juntan sus cabezas; durante
la lectura sienten con delicia que un estremecimiento de voluptuosidad
les recorre el cuerpo.
He aquí, en primer lugar, esa poesía extraña: