Penetran juntos en el jardín que el sol inunda con sus rayos ardientes,
y respiran más libremente bajo la bóveda de verdor que los envuelve en
su fresca sombra.
Gertrudis se echa negligentemente sobre el banco de césped y coloca bajo
su cabeza, a guisa de almohada, sus brazos, bruñidos por el sol.
A través del tupido follaje se deslizan aquí y allá algunos rayos que
adornan sus vestidos con manchas de oro, ruedan sobre su cuello y sus
mejillas, y rozan su frente, poniendo un claro fulgor en su cabellera
obscura y rizada.
Juan se sienta frente de ella y la contempla con una admiración que no
procura disimular.
Está persuadido de que en su vida ha visto tanta gracia. ¡Qué encanto en
la actitud de esa joven cuñada medio tendida! Las palabras de su hermano
le vuelven a la memoria: «¿Me habría sido posible no amarla?»
--No sé, pero hoy siento ganas de charlar--dice Gertrudis con sonrisa
confiada;--y coloca más cómodamente su cabeza.--¿Y tú, estás dispuesto a
escuchar?
Él hace un signo afirmativo.
--Entonces... el pan no era abundante en casa y los pedazos estaban
contados. En cuanto a la manteca para poner en él, inútil es hablar de
ella. Si yo no hubiese cuidado el huerto, cuyos productos se vendían en
la ciudad, nos habría sido imposible vivir. ¿Por qué la gente lleva toda
su harina al molino de agua de los Felshammer, sin pensar que en los
molinos de viento los pobres molineros necesitan vivir también? Esto es
lo que nos decíamos a menudo; y mirábamos con odio vuestra casa... Pero
he aquí que, de repente, llega Martín. Quiere, dice, vivir en buenas
relaciones con sus vecinos. Se muestra amable y cariñoso con el padre,
amable y cariñoso conmigo. Lleva a los muchachos pasteles y azúcar
cande, y todos nos enamoramos de él. Y al fin declara al padre que me
quiere por mujer... «¡Pero si no tiene nada!--dice mi padre.--«Tampoco
quiero yo nada» responde él. Y figúrate... ¡me toma sin un céntimo de
dote!... Ya puedes comprender mi alegría, pues el padre me había
repetido con frecuencia: «Hoy todos los hombres van detrás del dinero;
tú eres pobre, Gertrudis; prepárate para quedar soltera». Y, sin
embargo, me he casado antes de los diez y siete años... Por lo demás, yo
profesaba desde hacía mucho profundo afecto a Martín; porque, aunque era
un poco tímido y avaro de sus palabras yo había leído en sus ojos su
buen corazón. No puede franquearse tanto como quisiera, y eso es todo.
Yo sé cuán bueno es; y a pesar de su talante gruñón, a pesar de las
reprimendas que me echa, no dejaré de amarlo toda mi vida.
Guarda silencio un instante y se pasa la mano por el rostro como para
echar al rayo de sol que le dora las pestañas y hace brillar sus ojos
con colores vivos y tornasolados.
--Mira si es bueno para los míos--continúa con apresuramiento, como si
creyera no poder encontrar bastante afecto para acumularlo sobre la
cabeza de Martín.--Quería darles cada año una pensión, no sé de cuánto;
pero yo no lo he consentido, porque no podía conciliarme con la idea de
que mi padre estuviera reducido a aceptar una limosna en sus últimos
días, aunque se la diese su yerno. Pero me he reservado una cosa:
continuar aquí el cultivo del huerto, al que estaba acostumbrada en
nuestra casa, y quedarme con lo que produzca.
El empleo de ese dinero es cuenta mía.
Se sonríe mirándolo con aire triste, y continúa:
--Tienen verdadera necesidad de él en casa; porque, ya lo ves, hay tres
chicos todavía, que alimentar y vestir sin contar que, desde que yo
partí, tienen que valerse de una criada.
--¿No tienes hermanas?--pregunta Juan.
Ella menea la cabeza y dice, lanzando de improviso una risotada:
--¡Es escandaloso! Ni siquiera una, de la cual pudieras hacer tu mujer.
El ríe con ella y dice:
--No es una mujer lo que necesito ahora.
--¿Entonces, qué?
--Una hermana.
--Pues bien, ya tienes una--dice ella levantándose de un salto y
acercándose a él.
Después, avergonzada sin duda de su vivacidad, se deja caer ruborosa
sobre el banco de césped.
--¿De veras?--dice con los ojos brillantes.
Ella hace un leve mohín y dice vivamente:
--¿Hay que hacer tanto esfuerzo acaso? La mujer de un hermano es casi
una hermana ya.
Y, midiéndolo de pies a cabeza con una sonrisa, añade:
--Creo que, con un hermano como tú, se podría ir a cualquier parte.
--Cinco pies y diez pulgadas, ex hulano de la guardia... ¡si basta
eso!...
--Y en último término, tú serías también un buen compañero de juegos.
--¿Necesitas uno?
--¡Oh sí!--responde ella con un suspiro;--la vida es aquí tan tranquila,
tan seria... No hay nadie con quien pueda uno correr como hacía yo en
otro tiempo con mis hermanos. Con frecuencia he estado a punto de tomar
por el cuello a un mozo del molino; pero ¡la dignidad!... ¡el
respeto!...
--Bueno, pues ahora estoy yo--dice él, riendo.
--Por eso fundo en ti grandes esperanzas.
--Entonces, tómame por el cuello.
--Tienes demasiada harina encima.
--¡Vaya una mujer de molinero, que tiene miedo a la harina!--dice Juan
en tono burlón.
--Deja--concluye ella,--que ya llegará la hora en que ponga a prueba tus
habilidades de jugador.