Pasaron años... Martín acababa de llegar a la mayor edad cuando murió el
molinero. Su mujer no tardó en seguirlo. No tenía consuelo desde la
muerte de su esposo y se extinguió apaciblemente, sin una queja. Se
hubiera dicho que no podía vivir sin las injurias con que su marido la
había colmado diariamente durante veintitrés años.
Desde entonces los dos hermanos se quedaron solos en el molino. Nada
extraño era que se uniesen más estrechamente aún, que tratasen de
confundir sus existencias.
Sin embargo, se diferenciaban mucho en cuerpo y en alma. Martín era un
mozo robusto, de espaldas cuadradas y cuello corto, que se deslizaba
taciturno por entre las personas extrañas. Las cejas espesas que le
caían sobre los ojos daban a su rostro un aspecto sombrío; las palabras
salían penosamente de sus labios, como si el hecho solo de hablar
hubiera sido para él una tortura; sin la franqueza y la profundidad de
su mirada, sin la sonrisa bonachona que iluminaba a veces como un rayo
de sol sus facciones duras y toscamente modeladas, se le habría tomado
por un hombre odioso.
Juan era muy diferente. Dirigía con atrevimiento a todo el mundo sus
miradas alegres; sobre sus labios se leía, en una risa perpetua, la
indiferencia y la malicia. Su figura esbelta tenía todo el encanto de la
juventud. No dejaban de notar esto las muchachas que le lanzaban al
pasar miradas ardientes; y más de un confuso rubor, más de un apretón de
manos expresivo, le decían: «Yo te amaría fácilmente». Juan no se
cuidaba de esas cosas. No estaba aún maduro para el amor; prefería al
salón de baile el ruido y movimiento del juego de bolos, a la amistad de
Rosa o de Margarita la de su hermano, taciturno junto al parapeto de la
esclusa.
Ambos, en una hora solemne, en medio de la paz de la noche se habían
hecho la promesa de no separarse nunca y de no admitir junto a sí a una
tercera persona, que llevaría el amor o el odio entre ellos.
No habían contado con el consejo real de revisión. Llegó el día en que
Juan se vio obligado a hacer su servicio militar; tenía que ir muy
lejos, a Berlín con los hulanos de la guardia. Ese fue para los dos un
rudo golpe. Martín, como de costumbre, ocultó su pesar sin decir nada;
Juan de naturaleza más animada manifestó un dolor inconsolable, hasta el
punto de tener que sufrir, en el momento de la marcha, mil burlas de sus
camaradas.
Pero su dolor no fue de larga duración. Las fatigas de los primeros
ejercicios, el movimiento confuso de la capital, tan nuevo para él, no
le dejaban lugar para abandonarse a sus ideas; solamente cuando estaba
tendido sobre su catre, a la hora tranquila del crepúsculo, la
melancolía y los recuerdos lo asaltaban con una violencia
extraordinaria. Veía brillar entonces en la obscuridad, como un paraíso
perdido, el molino en que había transcurrido su infancia y el tictac de
las ruedas resonaba en su oído como un canto divino. Al sonar la diana
se deshacía el encanto.
Martín era mucho más desgraciado en el molino, donde se había quedado
completamente solo, pues no había que considerar compañeros suyos a los
jornaleros y al viejo David, que su padre le había dejado al morir.
Jamás había tenido amigos, ni en la aldea, ni en ninguna otra parte;
Juan compendiaba para él todas las amistades. Silencioso y concentrado
en sí mismo, vagaba al azar; su espíritu se obscureció cada vez más, se
sumió en ideas tristes, y la melancolía acabó por rodearlo de tales
sombras que el espectáculo de su víctima empezó a asediarlo. Tuvo
bastante juicio para comprender que no podía seguir haciendo esa vida.
Buscó entonces distracciones a toda costa; los domingos frecuentaba los
bailes, iba a las aldeas vecinas, sobre todo para visitar a las gentes
del oficio.
Resultó de esto que un buen día, al comienzo de su segundo año de
servicio, Juan recibió de su hermano una carta concebida en estos
términos:
* * * * *
«Mi querido hermano: Es preciso que te escriba aunque te incomodes
conmigo. Me es imposible soportar por más tiempo la soledad, y he
resuelto casarme. Mi prometida se llama Gertrudis Berling; es hija del
propietario de un molino de viento de Lehnort, a dos leguas de nuestra
casa. Es muy joven todavía y yo la quiero mucho. La boda se efectuará
dentro de seis semanas. Si puedes, pide permiso para venir. Querido
hermano, te suplico que no me guardes rencor. Sabes perfectamente que el
molino será siempre tu hogar, haya o no en él, una mujer. La herencia de
nuestro padre nos pertenece en común. Gertrudis te envía sus saludos.
Una vez os encontrasteis los dos en la fiesta de los cazadores. Tú le
gustaste mucho entonces, pero no te fijaste en ella absolutamente; y me
ruega te diga que eso la contrarió bastante. Adiós. Tu fiel hermano.»
* * * * *
Juan era un niño mimado; para él, puesto que se casaba, Martín hacía
traición al amor fraternal. A Juan le parecía que su hermano lo engañaba
y cometía un atentado contra sus derechos inalienables. En el mismo
lugar donde él había reinado hasta entonces como señor iba a instalarse
una extraña, y su situación, en su propia casa, iba a depender de la
generosidad y de la condescendencia de aquella mujer.
Las muestras de cariño que por adelantado le daba tan familiarmente la
hija del molinero no lograron calmarlo ni hacerle olvidar su despecho.
Cuando llegó el día de la boda no pidió permiso, y se contentó con
enviar un saludo por medio de su antiguo condiscípulo Franz Maas, que
justamente terminaba entonces su servicio.