III

Pasaron años... Martín acababa de llegar a la mayor edad cuando murió el

molinero. Su mujer no tardó en seguirlo. No tenía consuelo desde la

muerte de su esposo y se extinguió apaciblemente, sin una queja. Se

hubiera dicho que no podía vivir sin las injurias con que su marido la

había colmado diariamente durante veintitrés años.

Desde entonces los dos hermanos se quedaron solos en el molino. Nada

extraño era que se uniesen más estrechamente aún, que tratasen de

confundir sus existencias.

Sin embargo, se diferenciaban mucho en cuerpo y en alma. Martín era un

mozo robusto, de espaldas cuadradas y cuello corto, que se deslizaba

taciturno por entre las personas extrañas. Las cejas espesas que le

caían sobre los ojos daban a su rostro un aspecto sombrío; las palabras

salían penosamente de sus labios, como si el hecho solo de hablar

hubiera sido para él una tortura; sin la franqueza y la profundidad de

su mirada, sin la sonrisa bonachona que iluminaba a veces como un rayo

de sol sus facciones duras y toscamente modeladas, se le habría tomado

por un hombre odioso.

Juan era muy diferente. Dirigía con atrevimiento a todo el mundo sus

miradas alegres; sobre sus labios se leía, en una risa perpetua, la

indiferencia y la malicia. Su figura esbelta tenía todo el encanto de la

juventud. No dejaban de notar esto las muchachas que le lanzaban al

pasar miradas ardientes; y más de un confuso rubor, más de un apretón de

manos expresivo, le decían: «Yo te amaría fácilmente». Juan no se

cuidaba de esas cosas. No estaba aún maduro para el amor; prefería al

salón de baile el ruido y movimiento del juego de bolos, a la amistad de

Rosa o de Margarita la de su hermano, taciturno junto al parapeto de la

esclusa.

Ambos, en una hora solemne, en medio de la paz de la noche se habían

hecho la promesa de no separarse nunca y de no admitir junto a sí a una

tercera persona, que llevaría el amor o el odio entre ellos.

No habían contado con el consejo real de revisión. Llegó el día en que

Juan se vio obligado a hacer su servicio militar; tenía que ir muy

lejos, a Berlín con los hulanos de la guardia. Ese fue para los dos un

rudo golpe. Martín, como de costumbre, ocultó su pesar sin decir nada;

Juan de naturaleza más animada manifestó un dolor inconsolable, hasta el

punto de tener que sufrir, en el momento de la marcha, mil burlas de sus

camaradas.

Pero su dolor no fue de larga duración. Las fatigas de los primeros

ejercicios, el movimiento confuso de la capital, tan nuevo para él, no

le dejaban lugar para abandonarse a sus ideas; solamente cuando estaba

tendido sobre su catre, a la hora tranquila del crepúsculo, la

melancolía y los recuerdos lo asaltaban con una violencia

extraordinaria. Veía brillar entonces en la obscuridad, como un paraíso

perdido, el molino en que había transcurrido su infancia y el tictac de

las ruedas resonaba en su oído como un canto divino. Al sonar la diana

se deshacía el encanto.

Martín era mucho más desgraciado en el molino, donde se había quedado

completamente solo, pues no había que considerar compañeros suyos a los

jornaleros y al viejo David, que su padre le había dejado al morir.

Jamás había tenido amigos, ni en la aldea, ni en ninguna otra parte;

Juan compendiaba para él todas las amistades. Silencioso y concentrado

en sí mismo, vagaba al azar; su espíritu se obscureció cada vez más, se

sumió en ideas tristes, y la melancolía acabó por rodearlo de tales

sombras que el espectáculo de su víctima empezó a asediarlo. Tuvo

bastante juicio para comprender que no podía seguir haciendo esa vida.

Buscó entonces distracciones a toda costa; los domingos frecuentaba los

bailes, iba a las aldeas vecinas, sobre todo para visitar a las gentes

del oficio.

Resultó de esto que un buen día, al comienzo de su segundo año de

servicio, Juan recibió de su hermano una carta concebida en estos

términos:

* * * * *

«Mi querido hermano: Es preciso que te escriba aunque te incomodes

conmigo. Me es imposible soportar por más tiempo la soledad, y he

resuelto casarme. Mi prometida se llama Gertrudis Berling; es hija del

propietario de un molino de viento de Lehnort, a dos leguas de nuestra

casa. Es muy joven todavía y yo la quiero mucho. La boda se efectuará

dentro de seis semanas. Si puedes, pide permiso para venir. Querido

hermano, te suplico que no me guardes rencor. Sabes perfectamente que el

molino será siempre tu hogar, haya o no en él, una mujer. La herencia de

nuestro padre nos pertenece en común. Gertrudis te envía sus saludos.

Una vez os encontrasteis los dos en la fiesta de los cazadores. Tú le

gustaste mucho entonces, pero no te fijaste en ella absolutamente; y me

ruega te diga que eso la contrarió bastante. Adiós. Tu fiel hermano.»

* * * * *

Juan era un niño mimado; para él, puesto que se casaba, Martín hacía

traición al amor fraternal. A Juan le parecía que su hermano lo engañaba

y cometía un atentado contra sus derechos inalienables. En el mismo

lugar donde él había reinado hasta entonces como señor iba a instalarse

una extraña, y su situación, en su propia casa, iba a depender de la

generosidad y de la condescendencia de aquella mujer.

Las muestras de cariño que por adelantado le daba tan familiarmente la

hija del molinero no lograron calmarlo ni hacerle olvidar su despecho.

Cuando llegó el día de la boda no pidió permiso, y se contentó con

enviar un saludo por medio de su antiguo condiscípulo Franz Maas, que

justamente terminaba entonces su servicio.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 10 / 48 题