Seis meses más tarde, él también lo había terminado.
Bueno... ¿qué hizo Juan? Lleno de terquedad, no volvió a su pueblo; se
fue primero a probar fortuna en tierras extrañas, viajando a diestro y
siniestro por montes y por valles. Y después, al cabo de tres semanas,
reconociendo que, a pesar de la presencia de la hija del molinero de
Lehnort, la vida era mil veces más bella en el molino de Felshammer que
en cualquier otra parte, emprendió alegremente el camino a su pueblo.
En un espléndido día de mayo, Juan hace su entrada en la aldea de
Marienfeld.
El honrado Franz Maas, que durante el otoño último se ha establecido
como panadero, está plantado delante de su tienda, con las piernas
abiertas, mirando con complacencia como se balancean dulcemente las
rosquillas de hojalata, arriba de su puerta, a impulsos de la brisa del
mediodía. De pronto, ve un hulano que avanza cantando por el camino;
lleva la gorra de cuartel echada atrás y sus espuelas resuenan. El
panadero siente palpitar su corazón de reservista bajo su delantal
blanco; se quita la pipa de la boca y, haciendo una bocina con la mano,
exclama:
--¡Juan! ¡Es Juan, no hay duda!...
--¡Eh! ¡Camarada!
Y caen uno en brazos de otro.
--¿De dónde vienes en esta época del año? ¿Has desertado?
--¡Vaya!... ¡Qué ocurrencia!
Después empiezan las preguntas y las confidencias. El capitán, el cabo,
el cantinero, la muchacha rubia de la panadería, a la derecha del
cuartel, a quien llamaban «Magdalena panecillo»; no se olvida a nadie.
--¿Y tú? ¿Te han reconocido en la aldea?--pregunta Franz, cuya
insaciable curiosidad se dirige entonces al suelo natal.
--¡Nadie!--dice Juan echándose a reír y retorciendo el bigote, cuyas
puntas insolentes amenazan al cielo.
--¿Y en casa?
Juan toma entonces una expresión seria y tiende la mano a su camarada.
--¡Ah sí!... todavía tienes que ir allá. Eso debe hacerte tictac ahí
dentro.
Y le da un golpecito en el pecho para cerciorarse. Una risa fugitiva
pasa por los labios de Juan, que reprime en seguida un suspiro, como
esforzándose por dominar una emoción.
Franz le pone la mano en el hombro:
--Vas a encontrar una linda cuñada...--dice haciendo un chasquido a la
lengua y guiñando el ojo.
Juan, al oír estas palabras, siente despertar en él el despecho y la
cólera. Se encoge de hombros con expresión desdeñosa, tiende otra vez la
mano a su amigo y se aleja haciendo sonar las espuelas.
Tres minutos más de camino y llega al extremo de la aldea. Allá abajo
está la iglesia, un poco desmoronada la pobre vieja. Pero las campanas
hacen oír todavía la querida música que acarició sus tímpanos el día de
la confirmación, como una promesa de ventura... A la izquierda, la
posada... ¡mil truenos!... tiene una puerta cochera nueva tallada de
piedra y en la ventana se ven enormes botellas llenas de líquidos de
color rojo brillante y verde de arsénico. ¡Ha prosperado el posadero de
«La Corona»!
Ese camino baja hacia el río... Y allá, en el fondo, aparece el molino,
el objeto de sus sueños. ¡Cómo brilla el viejo techo de paja por arriba
de los grupos de árboles! ¡cómo hacen resaltar los cerezos en flor su
blancura de nieve en el jardín! ¡Cuán alegremente le grita el tictac de
las ruedas! «¡Bien venido seas, bien venido seas!» ¡Qué dulce canción
murmura la vieja y querida presa, cubierta de musgos verdes!
Echa más atrás aún su gorra de hulano y toma una actitud resuelta, pues
quiere dominar su emoción a todo trance.
Los campos que se extienden a derecha e izquierda del camino pertenecen
todos al molino. A la derecha hay centeno de invierno, como de
costumbre; pero a la izquierda, donde se plantaban en otro tiempo las
patatas, hay entonces una huerta en la que se alinean gravemente, en
filas regulares, los espárragos y los tallos de remolacha.
A unos cinco pasos próximamente del seto aparece una figura femenina, de
talle esbelto y formas juveniles, que, encorvada hacia la tierra,
trabaja con ardor.
¿Quién será? ¿Pertenecerá al molino? Una nueva criada quizás. Pero no;
tiene una figura demasiado elegante; sus zapatos son demasiado
delicados, su delantal demasiado lujoso, y el pañuelo blanco que le
cubre de un modo tan pintoresco es de tela demasiado fina para una
criada. ¡Si no ocultase tanto el rostro!
¡Ah! levanta los ojos... ¡Mil truenos! ¡qué encantadora muchacha!...
¡Qué vivo color el de sus redondas mejillas! ¡qué brillo el de sus ojos
negros! ¡cómo piden besos sus labios finamente dibujados!
Al verlo a su vez, ella deja caer la azada; después lo mira fijamente.
--Buenos días--dice el joven llevando la mano a su gorra con ademán un
poco cohibido.--¿Sabe usted si el molinero está en casa?
--Sí, está en casa;--dice ella sin dejar de mirarlo.
«¿Qué diablos querrá contigo?» piensa el soldado tratando de vencer su
timidez. Después de su estancia en Berlín, Juan tiene algunos motivos
para considerarse un poco conquistador, y es para él una cuestión de
honor aproximarse al seto y trabar conversación con la joven.
--¿Se trabaja?--pregunta, por decir algo.
Y, para disimular su turbación, se lleva la mano al bigote.
--Sí, se trabaja--repite ella maquinalmente, mirándolo siempre.
Después, de pronto tendiendo hacia él la mano y apartando los cinco
dedos como si quisiera señalarlo con todos a la vez, dice en medio de
una explosión de risa:
--Pero ¿no es usted Juan?
El balbucea:
--Sí... soy yo... ¿Y usted?
--Yo soy su mujer.
--¿Qué? ¿usted?... ¿la mujer de Martín?
Ella hace con la cabeza un signo afirmativo, adoptando una expresión de
dignidad, mientras sus ojos se llenan de malicia.
--¡Pero si parece usted una muchacha soltera!
--No hace tanto tiempo que no lo soy--dice ella riendo.
Los dos, uno a cada lado del seto, se contemplan con curiosidad. Pero la
joven reflexionando, se limpia ceremoniosamente en el delantal las
sucias manos de tierra y las tiende a través del cercado.
--¡Bien venido sea usted, cuñado!
El coge las manos que le ofrecen, pero guarda silencio.
--¿Está usted acaso incomodado conmigo?--pregunta ella lanzándole una
mirada maliciosa.
Juan se siente completamente desarmado frente a la joven y lo único que
puede hacer es sonreír con expresión cohibida, diciendo:
--¿Yo... incomodado? ¿Por qué?
--¡Me parecía!
Y alzando el dedo con ademán de amenaza, la joven agrega:
--¡Oh! ¡Tendría que ver!...
Después, con la barbilla hundida en el cuello, deja oír una leve risa.
--Es usted muy graciosa--dice el militar un poco más sereno.
--¿Yo graciosa?... ¡de ningún modo! Continúe usted su camino; entretanto
yo voy a atravesar rápidamente el huerto para avisar a Martín.
Iba a marcharse; de improviso se detiene pero se pone el índice sobre la
nariz y dice:
--Espere; voy a pasar al otro lado para ir con usted.
Antes que el joven tenga tiempo de tenderle la mano para ayudarla, ella
pasa, rápida como un lagarto, por entre las piedras del cerco.
--Ya estoy aquí--dice arreglando con la mano los pliegues de su falda.
Colócase en el cuello el pañuelo que tenía anudado en la cabeza, y sus
cabellos rizados y en desorden, que caen sobre la frente y la nuca, se
ponen a flotar al viento, felices por haber recobrado la libertad.
La mirada de Juan se detiene admirada sobre la belleza fresca y virginal
de aquella joven, que tiene las maneras de una niña sencilla y
traviesa. Ella sorprende esa mirada, y ruborizándose un poco echa para
atrás los indomables bucles.
Caminan un instante en silencio, uno al lado del otro. La joven baja los
ojos y sonríe, como si de pronto se hubiera apoderado de ella la
timidez.
Franquean los dos la gran puerta cochera sin haber reanudado la
conversación.
Juan mira a su alrededor y suelta un grito de admiración. No quiere
creer en sus sentidos. Todo ha cambiado, todo está embellecido. El
patio, que la lluvia en otro tiempo convertía en un horrible pantano y
que durante el verano era un hoyo lleno de polvo, luce entonces un verde
césped y parece una pradera cubierta de flores. Las puertas del granero
y de las cuadras brillan con un hermoso color obscuro y tienen números
pintados de blanco. En medio del patio se alza sobre la hierba un
palomar artísticamente construido, que recuerda los _chalets_ de la
Suiza. Delante de la vivienda sube un emparrado nuevo, cubierto de
pámpanos, que se entrelazan alrededor de las ventanas, brillando al sol,
y que prometen un abundante follaje.
El molino aparece a sus ojos deslumbrados como un asilo donde reina la
paz y la inocencia.
Impresionado cruza las manos y pregunta:
--¿Quién ha hecho esto?
Ella pasea su mirada por el contorno y guarda silencio.
--¿Usted?--pregunta el militar sorprendido.
--He contribuido un poco--responde la joven modestamente.
--¿Pero es usted la que ha tomado la iniciativa?
Ella sonríe. Esta sonrisa le da más años, esparce sobre su rostro de
niña la gracia de la mujer.
--Benditas sean sus manos--dice el joven en voz baja y tímida, y con más
gravedad que de costumbre.
No puede menos de acordarse de su madre muerta, que continuamente estaba
quejándose del polvo insoportable y de que no hubiera en todo el patio
el más pequeño sitio para descansar.
--¡Qué lástima que no pueda ver esto!--dice a media voz, siguiendo su
pensamiento.
--¿La madre?--pregunta ella.
El, sorprendido, la mira. No ha dicho: «_su_ madre»; esto le sorprende
al principio y luego le causa una sensación de bienestar, como no la ha
experimentado nunca en su vida. Se siente penetrado de un dulce calor
que le invade el corazón y no quiere disiparse. Hay, pues, en el mundo,
fuera de la familia, una mujer joven y bella que habla de la madre de él
como de la suya propia, como si ella fuese una hermana, aquella hermana
tan deseada en los años infantiles, cuando sus ojos se fijaban con
admiración secreta en las muchachas de la aldea.
La joven repite dulcemente la pregunta.
--Sí... la madre--responde él dirigiéndole una mirada de reconocimiento.
Durante un segundo la joven sostiene esa mirada; después baja los
párpados y dice, un poco turbada:
--¿Dónde estará Martín?
--En el molino, seguramente.
--¡Ah! sí en el molino;--confirma ella en seguida.
Y añade alejándose prestamente:
--Voy a buscarlo.
Maquinalmente casi, el militar sigue con los ojos la figura de la
muchacha que atraviesa el patio con paso leve. Todo en ella flota y se
agita: sus faldas, las cintas de su delantal, el pañuelo que rodea su
cuello, la masa en desorden de sus rebeldes bucles.
Permanece así un instante, inmóvil, como fascinado, siguiéndola con los
ojos; después menea la cabeza y se dirige hacia el emparrado. La primera
cosa que le llama la atención es una mesita sobre la cual se ve una
canastilla de paja para la labor. De esa canastilla sale un bordado
comenzado, una larga tira blanca donde están trazadas hojas y flores
como las que las mujeres emplean para adornar la ropa blanca. Sin saber
lo que hace, coge la tira y sigue el trabajo complicado de los puntos,
hasta el momento en que resuena en sus oídos la voz jovial de su cuñada.
Bruscamente, como un niño cogido en falta, deja caer el bordado; la
joven aparece en la esquina de la casa conduciendo alegremente a un
hombre de aspecto rollizo, cubierto de harina, que trata de librarse con
ademán torpe de las manitas que lo sujetan, y esparce a su alrededor
densas nubes de polvo blanco. Ese hombre es... no cabe duda es...
--¡Martín! ¡querido Martín!
Y Juan se precipita para caer en sus brazos.
Los torpes miembros del otro se detienen en su movimiento, se arquean
las espesas cejas y una sonrisa tranquila y bondadosa aparece en sus
labios; nuestro hombre siente que recorre su cuerpo un estremecimiento,
y da un paso atrás, tambaleándose, para lanzarse luego al encuentro del
niño querido a quien, al fin, vuelve a ver.
Sin decir una palabra, los dos hermanos se abrazan tiernamente. Después,
al cabo de un momento, Martín toma entre sus manos la cabeza del hijo
pródigo; y, frunciendo las cejas con aire sombrío, mordiéndose el labio
inferior, por largo tiempo clava en silencio sus miradas en los ojos
brillantes y alegres del hermano.
Luego se sienta en el banco del emparrado; y, apoyando los codos sobre
las rodillas, se pone a contemplar el suelo.
--¿Qué piensas Martín?--pregunta Juan con voz cariñosa colocando una
mano en el hombro de su hermano.
--¡Eh! ¿por qué no he de pensar?--replica el molinero con el sordo
gruñido que le es peculiar y que acompaña siempre a sus lacónicos
discursos. ¡Eh pilluelo!--continúa--y la bonachona sonrisa que lo
caracteriza en las horas de buen humor se extiende sobre sus facciones
toscamente trazadas, y las ilumina.--¿Te has incomodado, eh?
Entonces se levanta, y, cogiendo a su mujer de la mano, agrega:
--Míralo, Gertrudis, se ha incomodado... ¡Ven acá, pilluelo!... Es
ella... mírala bien... ¿Es con ella con quien has pretendido
incomodarte?
Se deja caer sobre el banco tan pesadamente, que una nueva nube de polvo
blanco se alza a su alrededor; levanta los ojos hacia Juan, se sonríe, y
acaba por decir a Gertrudis:
--Ve a buscar un cepillo.
Gertrudis lanza una risotada y se va cantando. Cuando vuelve,
blandiendo en el aire el objeto pedido, el molinero le dice en tono de
mando:
--¡Cepíllalo!
--Cuando los molineros y los deshollinadores quieren ser buenos, sucede
siempre una desgracia;--dice Juan bromeando con expresión cohibida.
Y pretende sacar a la joven el cepillo de las manos.
--Por favor, déjeme usted--dice ella defendiéndose y ocultando vivamente
el cepillo debajo del delantal.
Martín golpea en el banco con el puño.
--¿Déjeme usted?... ¡Cómo! ¿No os tuteáis todavía?
Juan guarda silencio, y Gertrudis le pasa fuertemente el cepillo por la
espalda.
--Apuesto cualquier cosa a que todavía no os habéis besado.
Gertrudis deja caer de pronto el cepillo. Juan dice: «¡hum!» y se
entrega afanosamente a la tarea de hacer girar a lo largo del cepillo de
hierro que hay delante de la puerta una de las rosetas de sus espuelas.
--¡Es preciso! ¡Vamos!
Juan da media vuelta rápidamente y se pone a retorcerse el mostacho;
espera salir de tan comprometida situación adoptando aires de
conquistador, pero ni siquiera tiene valor para inclinarse hacia la
joven. Se deja estar tieso como una estaca y espera que ella le presente
la boca y adelante los labios; entonces, por un instante, posa en ellos
los suyos temblorosos y siente un leve estremecimiento en todo el
cuerpo.
Los dos se quedan uno al lado del otro, sonriendo tímidamente, con las
mejillas encendidas.
Martín se golpea las rodillas con los puños y dice que acaba de asistir
a una escena cómica capaz de hacer morir de risa. Después se levanta
bruscamente, y se va a disfrutar de su dicha en la soledad.
V
Por la tarde, los dos hermanos se dirigen juntos al molino. Gertrudis
los sigue con los ojos, desde la ventana; Juan se vuelve, ella sonríe y
oculta su cabeza detrás de la cortina.
Juan se detiene en el umbral; se apoya contra una de las hojas de la
puerta y lanza una mirada de profunda emoción a la penumbra de la vieja
y querida sala, mientras el ruido de las ruedas llega ensordecedor a su
oído, y nubes grises de harina y vapor de agua, llevadas por la
corriente de aire, le azotan el rostro.
Delante de él se alinean en su puesto las diferentes ruedas del molino.
A la izquierda, cerca del muro, el viejo tamiz para la harina; después
el triturador y la muela donde se mezcla el salvado a la harina; después
la muela mondadora, que separa la cebada de su cáscara, y finalmente un
cilindro de sistema completamente nuevo, que durante su ausencia se ha
agregado a los otros. Hay también un tornillo sin fin y un tubo
ascensor, como lo requiere la moda.
Martín, con las dos manos en los bolsillos del pantalón, tranquilo,
satisfecho, mueve su corta pipa en la boca. Después, coge a Juan por la
mano para explicarle los mecanismos nuevos; le muestra la harina fina,
molida por el tornillo sin fin, pasando por el tubo ascensor, donde
pequeños depósitos que suben a lo largo de una correa circular la elevan
a través de dos pisos, casi hasta el techo, para volcarla luego en los
tubos de seda cilíndricos, porque es preciso que pase en polvo fino a
través de esa estrecha trama antes que pueda servir.
Respirando apenas, Juan escucha; caza al vuelo las frases raras, que su
hermano sólo pronuncia en fragmentos, y se admira mucho al ver hasta qué
punto se embrutece uno en el regimiento, pues todo eso es griego para
él.
Los negocios florecen. Todas las ruedas trabajan, y los mozos del molino
tienen bastante que hacer allá arriba, en la galería, echando el grano
en los vertederos, y abajo, vigilando la caída de la harina y del
salvado.
--Ahora tengo tres--dice Martín, señalando a los compañeros, blancos
como la nieve, que tan pronto suben como bajan por la escalera.
--¿Y tienes todavía a David?--pregunta Juan.
--Naturalmente--responde Martín haciendo una mueca.
Se diría que la sola idea de que David pudiese faltar del molino lo ha
llenado de terror. Juan se echa a reír:
--¿Dónde está, pues, ese pícaro viejo?
--¡David! ¡David!
Y la voz potente de Martín resuena a través de la sala, dominando el
ruido de las ruedas.
Entonces, del rincón obscuro de las máquinas, cuya masa gigantesca surge
del suelo detrás del armazón de las ruedas, se adelanta pausadamente una
larga figura vacilante, cubierta de harina de pies a cabeza; aparece un
rostro pálido, en el cual sólo se lee esa especie de estupidez que
producen los años; una nariz ligeramente colorada que baja hasta la
barbilla, unos ojos enfurruñados que se ocultan bajo gruesas cejas, y
una boca que parece agitada por un movimiento eterno de masticación.
--¿Qué me quiere mi amo?--pregunta el viejo colocándose delante de los
dos hermanos, sin soltar la pipa de barro que pende y se balancea entre
sus labios.
--¡Ahí lo tienes!--dice Martín golpeando en el hombro al viejo,
mientras asoma a su rostro una sonrisa de tierno respeto.
--¿No me reconoces, David?--pregunta Juan tendiéndole amigablemente la
mano.
El viejo lanza por entre sus dientes un salivazo negruzco, medita un
instante y murmura:
--¿Por qué no lo he de reconocer?
--¿Y qué tal te encuentras?
El viejo vuelve a meditar, se rasca la cabeza y dice:
--¿Cómo me he de encontrar?
Y comienza a atar y a desatar entre sus dedos nudosos el hilo de un saco
de harina; después, cuando está bien convencido de que no lo necesitan,
vuelve a hundirse en su rincón obscuro.
El rostro de Martín está radiante.
--Tiene un gran corazón. ¡Veintiocho años a nuestro servicio, y siempre
laborioso, siempre fiel a sus deberes!
--¿Qué hace ahora?
Martín no sabe qué contestar.
--Difícil es decirlo... Ocupa un puesto de confianza. ¡Ah! tiene un gran
corazón... un gran corazón...
--¿Ese gran corazón roba todavía un poco de harina de los
sacos?--pregunta Juan riéndose.
Martín se encoge de hombros con disgusto y murmura algo como:
«Veintiocho años de servicios» y «hay que cerrar los ojos.»
--Parece que todavía me guarda algún rencor porque me permití descubrir
el escondrijo donde amontonaba, como la marmota, lo que iba robando.
--Estás prevenido contra él--gruñe Martín;--lo mismo que Gertrudis...
Sois injustos, cruelmente injustos con él.
Juan mueve alegremente la cabeza; y, señalando con el dedo una puerta
que conduce a una habitación de madera, recién construida, pregunta.
--¿Qué es eso?
Martín, un poco cortado, menea dulcemente la cabeza.
--Mi despacho--balbucea al fin.
Y como Juan da un paso para abrir la puerta, lo detiene por el faldón de
la chaqueta.
--Te ruego--refunfuña--que no franquees ese umbral; ni hoy, ni nunca...
tengo mis razones.
Juan lo mira disgustado y está a punto de preguntarle: «¿Desde cuándo
tienes secretos para mí?» Pero la súplica que lee en los ojos de su
hermano le cierra la boca, y los dos salen juntos del molino cogidos del
brazo.