Su muerte habría debido parecer una liberación a todos los de la casa;
sin embargo, hizo derramar lágrimas ardientes. Martín, sobre todo,
parecía inconsolable. En los primeros tiempos, iba todos los días al
cementerio; y a menudo era preciso alejarlo a la fuerza de la tumba.
Pero poco a poco fue calmándose, y esta calma la debió ante todo a la
compañía de Juan, su hermano menor, en el cual pareció querer depositar
desde aquel día el amor infinito que había profesado a su víctima.
Mientras Fritz había vivido, Martín se había ocupado muy poco de Juan;
parecía casi que consideraba entonces un crimen dar a otro la más
pequeña parte de su corazón. Pero cuando la muerte arrebató al
desgraciado, una necesidad irresistible lo inclinó hacia el más pequeño.
Esperaba que su afecto a Juan llenaría quizás el hueco atroz que había
dejado en él la muerte del otro; era preciso reparar beneficiando al
hermano que quedaba, el mal que había hecho al que ya no existía.
Juan era entonces un lindo muchachito de cinco años, sabía ponerse ya
los calzones, e iban a comprarle en la próxima feria el primer par de
zapatos. Parecía no haber heredado nada de la rudeza y de la arrogancia
paternales; participaba más bien de la dulzura y calma de su madre; se
apegaba a ésta en su calidad de benjamín y era el ídolo de ella. Pero la
madre no era la única persona que lo adoraba; todo el mundo lo mimaba...
era la luz y la alegría de la casa.
Bastaba verle para amarlo. Sus largos cabellos de color rubio claro
brillaban como rayos de sol, y en sus ojos límpidos y francos, que se
iluminaban con una llama jovial para tomar en seguida una expresión
soñadora y tranquila, había un mundo entero de ternura y de bondad.
Se unió desde entonces con verdadera pasión, al hermano que durante
tanto tiempo lo había descuidado. Pero la diferencia de edad, pues se
llevaban cerca de nueve años, no permitía que se estableciese entre
ambos una amistad puramente fraternal. Martín estaba ya a punto de salir
de la infancia; su expresión grave y reflexiva y su lenguaje precozmente
serio lo acercaban ya al hombre hecho. Además, al año siguiente iba a
hacer su entrada en la vida activa. ¿No era natural, pues, que emplease
a veces en sus relaciones con su hermano un tono paternal? No se
avergonzaba, sin embargo, de tomar parte en sus juegos infantiles; a
menudo hacía pacientemente el caballo, y se dejaba conducir a través de
los patios y de los campos. Pero siempre había en su conducta más
indulgencia sonriente de maestro que alegría sencilla de camarada
consciente de su superioridad.
El niño cariñoso y tierno se entregó con toda su alma a su hermano
mayor. Le reconocía una autoridad absoluta, quizás en mayor medida que a
su padre y a su madre, que no estaban tan cerca de su corazón infantil.
Cuando llegó el momento de ir a la escuela, encontró en Martín un guía
cuya paciencia no se desmentía nunca, siempre dispuesto, cuando la tarea
era demasiado pesada, a ayudarle con consejos y hasta de más eficaz
manera. Entonces la veneración del pequeño a su hermano no conoció
límites.
El viejo Felshammer era el único a quien esta amistad profunda no
causaba gran alegría. «Eran demasiado empalagosos, se besuqueaban
demasiado, habría sido mejor que pelearan como gatos; hubiera estado
seguro entonces de que tenían su sangre y su carne.» En cambio, la
dulce, la pacífica madre se sentía muy feliz. Todas las mañanas y todas
las noches rogaba a Dios que protegiese a sus hijos y que no dejase
despertar en Martín el fuego de la cólera. Al parecer, su súplica fue
escuchada favorablemente. Martín no tuvo más que un acceso de furor;
pero es cierto que salió del fondo mismo de su alma.
Juan tenía entonces nueve años. Un día estaba jugando con un látigo
cerca de uno de los carros que estaban en el patio, adonde habían ido a
cargar harina. Uno de los caballos se asustó de pronto, y el carretero,
un borracho brutal, arrancó el látigo de las manos del niño y con él le
cruzó a éste la cabeza y el cuello.
En el mismo instante, Martín, saltando fuera del molino, con las venas
de la frente hinchadas y los puños apretados, cogió a su hermano por la
garganta y se la apretó con tanta fuerza que la criatura se puso lívida.
La madre, acudió entonces lanzando un horrible grito:
--¡Acuérdate de Fritz!--exclamó alzando las manos con un ademán de loca
angustia.
Y el enfurecido muchacho, dejando caer sus brazos como si los hubiera
atacado la parálisis, se retiró tambaleándose y se tumbó deshecho en
lágrimas a la entrada del molino.
Desde ese día la cólera pareció extinguirse completamente en él; una vez
lo insultaron en la calle, le pegaron, y sin embargo dejó quieto en el
fondo de su bolsillo el cuchillo que los aldeanos de aquel lugar emplean
de ordinario con gran facilidad.