II

Su muerte habría debido parecer una liberación a todos los de la casa;

sin embargo, hizo derramar lágrimas ardientes. Martín, sobre todo,

parecía inconsolable. En los primeros tiempos, iba todos los días al

cementerio; y a menudo era preciso alejarlo a la fuerza de la tumba.

Pero poco a poco fue calmándose, y esta calma la debió ante todo a la

compañía de Juan, su hermano menor, en el cual pareció querer depositar

desde aquel día el amor infinito que había profesado a su víctima.

Mientras Fritz había vivido, Martín se había ocupado muy poco de Juan;

parecía casi que consideraba entonces un crimen dar a otro la más

pequeña parte de su corazón. Pero cuando la muerte arrebató al

desgraciado, una necesidad irresistible lo inclinó hacia el más pequeño.

Esperaba que su afecto a Juan llenaría quizás el hueco atroz que había

dejado en él la muerte del otro; era preciso reparar beneficiando al

hermano que quedaba, el mal que había hecho al que ya no existía.

Juan era entonces un lindo muchachito de cinco años, sabía ponerse ya

los calzones, e iban a comprarle en la próxima feria el primer par de

zapatos. Parecía no haber heredado nada de la rudeza y de la arrogancia

paternales; participaba más bien de la dulzura y calma de su madre; se

apegaba a ésta en su calidad de benjamín y era el ídolo de ella. Pero la

madre no era la única persona que lo adoraba; todo el mundo lo mimaba...

era la luz y la alegría de la casa.

Bastaba verle para amarlo. Sus largos cabellos de color rubio claro

brillaban como rayos de sol, y en sus ojos límpidos y francos, que se

iluminaban con una llama jovial para tomar en seguida una expresión

soñadora y tranquila, había un mundo entero de ternura y de bondad.

Se unió desde entonces con verdadera pasión, al hermano que durante

tanto tiempo lo había descuidado. Pero la diferencia de edad, pues se

llevaban cerca de nueve años, no permitía que se estableciese entre

ambos una amistad puramente fraternal. Martín estaba ya a punto de salir

de la infancia; su expresión grave y reflexiva y su lenguaje precozmente

serio lo acercaban ya al hombre hecho. Además, al año siguiente iba a

hacer su entrada en la vida activa. ¿No era natural, pues, que emplease

a veces en sus relaciones con su hermano un tono paternal? No se

avergonzaba, sin embargo, de tomar parte en sus juegos infantiles; a

menudo hacía pacientemente el caballo, y se dejaba conducir a través de

los patios y de los campos. Pero siempre había en su conducta más

indulgencia sonriente de maestro que alegría sencilla de camarada

consciente de su superioridad.

El niño cariñoso y tierno se entregó con toda su alma a su hermano

mayor. Le reconocía una autoridad absoluta, quizás en mayor medida que a

su padre y a su madre, que no estaban tan cerca de su corazón infantil.

Cuando llegó el momento de ir a la escuela, encontró en Martín un guía

cuya paciencia no se desmentía nunca, siempre dispuesto, cuando la tarea

era demasiado pesada, a ayudarle con consejos y hasta de más eficaz

manera. Entonces la veneración del pequeño a su hermano no conoció

límites.

El viejo Felshammer era el único a quien esta amistad profunda no

causaba gran alegría. «Eran demasiado empalagosos, se besuqueaban

demasiado, habría sido mejor que pelearan como gatos; hubiera estado

seguro entonces de que tenían su sangre y su carne.» En cambio, la

dulce, la pacífica madre se sentía muy feliz. Todas las mañanas y todas

las noches rogaba a Dios que protegiese a sus hijos y que no dejase

despertar en Martín el fuego de la cólera. Al parecer, su súplica fue

escuchada favorablemente. Martín no tuvo más que un acceso de furor;

pero es cierto que salió del fondo mismo de su alma.

Juan tenía entonces nueve años. Un día estaba jugando con un látigo

cerca de uno de los carros que estaban en el patio, adonde habían ido a

cargar harina. Uno de los caballos se asustó de pronto, y el carretero,

un borracho brutal, arrancó el látigo de las manos del niño y con él le

cruzó a éste la cabeza y el cuello.

En el mismo instante, Martín, saltando fuera del molino, con las venas

de la frente hinchadas y los puños apretados, cogió a su hermano por la

garganta y se la apretó con tanta fuerza que la criatura se puso lívida.

La madre, acudió entonces lanzando un horrible grito:

--¡Acuérdate de Fritz!--exclamó alzando las manos con un ademán de loca

angustia.

Y el enfurecido muchacho, dejando caer sus brazos como si los hubiera

atacado la parálisis, se retiró tambaleándose y se tumbó deshecho en

lágrimas a la entrada del molino.

Desde ese día la cólera pareció extinguirse completamente en él; una vez

lo insultaron en la calle, le pegaron, y sin embargo dejó quieto en el

fondo de su bolsillo el cuchillo que los aldeanos de aquel lugar emplean

de ordinario con gran facilidad.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 9 / 48 题