EL MOLINO SILENCIOSO

I

¿Desde cuándo lleva su nombre el «Molino silencioso»? No lo sé. Desde

que lo conozco es un viejo edificio medio derruido, resto lastimoso de

una época ya desaparecida.

Descascarados y sin techo, sus muros, que los años desmoronan, se alzan

hacia el cielo dejando paso libre a todos los vientos. Dos grandes

muelas redondas, que sin duda trabajaron valientemente en otro tiempo,

han roto el armazón carcomido que las sostenía, y, arrastradas por su

propio peso, se han hundido profundamente en el suelo.

La rueda grande permanece suspendida de través entre los dos soportes

podridos. Las paletas han desaparecido; sólo los rayos se alzan todavía

en el aire, como brazos que se tienden hacia el cielo para implorar el

golpe de gracia.

El musgo y las algas lo han cubierto todo con un manto de verdor a

través del cual el berro muestra sus hojas redondas, de palidez

enfermiza. Un canal medio arruinado vierte dulcemente el agua, que cae

gota a gota con un ruido cuya monotonía adormece, sobre los rayos de la

rueda, que salta hecha polvo y que llena el aire de vapor húmedo.

Oculto bajo una capa de leños grises, el arroyo esparce un olor de agua

corrompida. Todo lleno de algas y de hierbas, ha sido invadido por los

pinos acuáticos y los juncos; en el medio solamente resalta un hilo de

agua cenagosa y negra, en el que se columpia perezosamente la lenteja

acuática, con sus hojas delicadas de color verde claro.

En otro tiempo, el arroyo del molino corría alegremente, la espuma

brillaba blanca como la nieve a lo largo del dique, las ruedas enviaban

hasta la aldea el ruido alegre de su tictac; y, en el patio, los carros

iban y venían en largas filas, mientras resonaba a lo lejos la voz

potente del viejo molinero.

Este se llamaba Felshammer; y bastaba verlo para comprender que merecía

ese nombre[*]. Era todo un hombre. Tenía fuerzas de sobra para hacer

saltar las rocas. Había que evitar con cuidado burlarse de él o

contrariarlo, porque entonces montaba en ira, apretaba los puños, las

venas de las sienes se le hinchaban como cuerdas; y, cuando se ponía a

jurar, todo el mundo temblaba y hasta los perros huían.

[*] _Fels_, roca; _Hammer_, martillo; _Felshammer_, martillo para romper

rocas, maza.--_N. del T._

Su esposa era una mujer dulce, tranquila y sumisa. ¿Habría podido ser

acaso de otro modo? Una criatura dotada de más vigor, que hubiera

querido conservar nada más que un destello de voluntad personal, era

algo que Felshammer no habría tolerado junto a él ni por veinticuatro

horas. En condiciones tales hacían una vida soportable, casi feliz

podría decirse, sólo turbada por aquella cólera fatal, que se encendía y

arrojaba llamas por el menor motivo, y que daba a la pacífica mujer

muchas horas de pesar.

Pero jamás vertió ella tantas lágrimas como el día que la desgracia se

cernió sobre sus hijos. Habían nacido de esa unión tres vástagos, tres

varones lindos y robustos. Los tres tenían los ojos azules y los

cabellos rubios, y sobre todo «un par de puños que prometían mucho»,

como decía el padre con orgullo, aunque el más pequeño, que estaba

todavía en la cuna, sólo podía aprovechar los suyos chupándolos.

Los dos mayores eran ya unos mocetones soberbios. ¡Qué altivez en la

mirada cuando se plantaban, con las piernas abiertas, la cabeza echada

para atrás, y las manos en los bolsillos de los calzones! Uno y otro

parecían decir: «Soy el hijo de mi padre. ¡Venid, pues, a verlo!»

Todo el santo día estaban peleándose entre ellos, y el padre mismo era

quien los excitaba. La madre, llena de inquietud, intervenía para

restablecer la paz, pero se burlaban de ella.

La pobre temblaba sin cesar por sus terribles hijos, pues veía con

espanto que los dos habían heredado el carácter irascible de su padre.

Ya una vez había acudido en momentos en que Fritz, que tenía ocho años,

se abalanzaba con un gran cuchillo de cocina en la mano, sobre su

hermano, dos años mayor que él. Seis meses después llegó, en efecto, el

día en que se justificaron sus tristes presentimientos.

Los dos muchachos se habían peleado en el patio, y Martín, el mayor,

furioso al ver que Fritz era más fuerte, le tiró una piedra, hiriéndolo

tan desgraciadamente en la parte posterior de la cabeza que lo hizo caer

ensangrentado y sin habla.

Púdose sin gran trabajo restañar la sangre, y se cicatrizó la herida,

pero el niño, nunca más recobró la palabra. Siguió inerte, indiferente

para todo, tomando como un animal el alimento que le daban. Se había

vuelto idiota.

Este fue un golpe terrible para la familia del molinero. La madre pasó

noches enteras llorando; él también, el hombre activo y enérgico, anduvo

vagando mucho tiempo, como perdido en un sueño. Pero el que recibió la

impresión más profunda fue el autor del accidente. Ese muchacho tan

altivo, tan turbulento, era casi otro, porque su arrogancia había

desaparecido; se había hecho taciturno, reconcentrado en sí mismo,

obedecía al pie de la letra las órdenes de su padre, evitaba toda vez

que podía las miradas de sus condiscípulos. El cariño que profesaba a su

desgraciado hermano era verdaderamente conmovedor. Estando en la casa,

no lo abandonaba ni un instante. Se plegaba con una paciencia angelical

a los hábitos del idiota, caído en la condición de bestia; aprendía a

comprender los sonidos inarticulados que el enfermo dejaba oír, y lo

miraba sonriendo cuando le rompía el juguete más preciado.

El idiota se acostumbró tanto a esa compañía que no quería pasarlo sin

ella. Cuando Martín estaba en la escuela, gritaba sin descanso y habría

preferido morir de hambre antes de aceptar el alimento de una mano que

no fuese la de su compañero.

Durante tres años, el enfermo arrastró una existencia miserable: después

cayó en cama y murió.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 8 / 48 题