Así se hizo, y don Rodrigo, todavía muy desmejorado con su enfermedad,
echó los brazos al cuello del hermano del marqués, quien estuvo por
ahogarle en ellos, tal era su enojo en aquel momento.
Sentados ambos, el alcalde dijo «que hacía cuatro días que había
regresado del Escorial a Valladolid; pero que, tanto por su enfermedad
cuanto por negocios que le habían ocurrido, había retardado una visita
para él tan agradable como obligatoria».
Don Juan contestó a este cumplimiento con otro equivalente, y preguntó
por su hermano. Estuvo don Rodrigo por decirle que iba él mismo a
hacerle igual pregunta; pero reflexionando instantáneamente que tal
vez el marqués tendría sus razones para ocultar a su hermano su
repentina salida de la corte, y no siendo hombre que con nadie quería
indisponerse, se contentó con responder «que la última vez que había
tenido la honra de ver al señor marqués gozaba este de perfecta salud»;
en lo cual ni mentía, ni se exponía a decir más de lo que debiera.
Su visita fue breve, y don Juan le vio con indecible placer ponerse
en pie para retirarse; pero el alcalde, que no sospechaba la mala obra
que hacía, no quiso dejar de disculparse de no permanecer más tiempo
acompañando a su apreciadísimo amigo.
—Me es fuerza —dijo—, señor don Juan, separarme de vos más pronto de lo
que yo quisiera. Verdaderamente somos dignos de compasión los jueces
a quienes el rey nuestro señor y amo tiene encomendada su justicia.
Ahora, por ejemplo, tengo que dejaros a vos, a quien estimo más allá de
toda comparación (don Juan hizo una cortesía), ¿y para qué? Para ir a
conversar con un solemne ladrón, cuya garganta está pidiendo un dogal
a toda prisa. Y ahora que me acuerdo, tal vez le habréis visto alguna
vez, si es cierto lo que dicen de que ejerce el oficio de pastelero en
Madrigal.
Por fortuna para Vargas, esta conversación tuvo lugar mientras el
alcalde se retiraba ya; don Juan, por cortesía, quiso acompañarlo
hasta su coche, y caminaba en pos de él: gracias a esta circunstancia
no advirtió Santillana la extraordinaria turbación del hermano del
marqués, a quien oyendo tan infausta nueva le pareció que el cielo
entero se desplomaba sobre su cabeza.
—A propósito de Madrigal —continuó don Rodrigo—: supongo que habréis
seguido mi consejo no volviendo más a ver al vicario de Santa María.
El tal fraile no está en muy buen predicamento con Su Majestad, y como
amigo me hubiera pesado que os confundiesen con él. No paséis más
adelante, señor don Juan. ¿Qué es eso? ¿Os sentís indispuesto?
—No sé qué me ha dado; un vahído tal vez.
—Retiraos, pues, y cuidad de una salud tan preciosa para cuantos tienen
la dicha de conoceros. Yo volveré mañana a informarme de vuestro
estado; y si queréis, ahora de paso llamaré al médico.
—No hay necesidad, don Rodrigo; yo os doy las gracias por vuestra
fineza.
—Esta es deuda, don Juan. Vuestro servidor; quedad con Dios.
—Él os acompañe.
«Dos mil demonios carguen contigo —exclamó Vargas ya en su gabinete—,
que me has clavado el puñal en el corazón hasta el cabo».
No será necesario encarecer cuál sería la pena de don Juan. Preso el
rey de Portugal, aunque según el alcalde se le acusaba de robo, delito
de que le sería fácil justificarse, podía sin embargo ser descubierto,
y entonces su muerte era segura. Si por desgracia le sorprendían con
algunos papeles relativos a la conjuración, la pérdida de centenares de
individuos y la del mismo don Juan era infalible.
Huir de España inmediatamente hubiera sido lo que a cualquier otro
hombre le ocurriera, pero no al amante de Inés. La adversidad hacía en
él el mismo efecto que el fuego en la arcilla: al paso que la llama
destruye a los demás cuerpos, los arcillosos en ella se contraen, se
hacen más compactos y resistentes.
«No abandonaré yo al desgraciado don Sebastián —dijo para sí—. Sea
cualquiera su suerte, la misma será la mía».
Tomada esta resolución, don Juan hubiera sido hombre de ejecutarla
temerariamente si una reflexión aterradora no le hubiese detenido:
Inés. ¿Qué sería de Inés, muerto su cuñado y su amante? Sola, sin
amparo y en país extraño, proscrita tal vez hasta en el suyo, la más
espantosa miseria era el menor de los males que tenía que temer.
Pensó don Juan volverse loco, y realmente no le faltaban motivos para
ello.
Lo que en el momento le atormentaba más era tener que ser él mismo
quien anunciase tan tristes nuevas a su amada. Sin embargo, por más
grande que fuese su repugnancia, hubo de decidirse a ello; y tomó en
efecto el camino del convento, no con aquel afán amoroso que otras
veces, sino con el trastorno general, con el desaliento profundo con
que un delincuente marcha al suplicio.
No necesitó Inés más que ver el desencajado rostro y el aire de
consternación de su amante para presagiar algún funesto acontecimiento.
Vargas no hablaba, y su futura esposa no se atrevía a preguntarle,
temiendo su respuesta; pero comenzó a llorar tan amargamente que,
viendo don Juan que la verdad no podría causarle mayor disgusto que el
que con la incertidumbre tenía, puso en su conocimiento lo acaecido con
cuanta brevedad y dulzura alcanzó a hacerlo.
Para formarse una idea de la aflicción de Inés, es preciso recordar que
don Sebastián, además de ser un hombre cruelmente perseguido por la
fortuna, era el esposo de su hermana querida, el padre de Clarita, a
quien había tenido en sus brazos desde que nació, y el rey, en fin, por
quien su padre había sacrificado la vida.
Hay ocasiones en que el querer consolarnos es el más cruel de los
tormentos imaginables. Don Juan conoció que se hallaba precisamente
en uno de ellos: dejó desahogar libremente su dolor a Inés, lloró con
ella, y con esto proporcionó algún alivio a su dolor.
Pasados los primeros arrebatos de este, y cuando ya la bella morena
fue capaz de reflexión, no se le ocultaron las funestas consecuencias
que aquellos sucesos podrían tener para su amante, y le aconsejó que
huyera sin demora.
—Inés —dijo Vargas—, he jurado, no una sino mil veces, vivir y morir
con vos: para mí no ha habido dificultades ni peligros, todo lo he
despreciado para llegar a ser vuestro esposo. Ahora que he obtenido
vuestro consentimiento y el del rey, ¿queréis que huya?... No, Inés,
no: muera yo antes mil veces que separarme de vos.
¿A qué cansarnos? Aquella triste conferencia se pasó entre lágrimas,
protestas de amor y proyectos para saber la manera con que Gabriel
habría sido preso.
Don Juan salió del locutorio para ir a buscar al doctor Serrano, y su
amada se encargó de escribir a fray Miguel.
[Ilustración]
CAPÍTULO V
Ese es golpe de fortuna,
Farfán, que vos no entendéis.
(_Sancho Ortiz de las Roelas_).
Gabriel de Espinosa, o don Sebastián, como mejor se quiera, en medio
de mil cualidades eminentes tuvo siempre una propensión a la especie
de mujeres que, en oprobio de su sexo, abundan y han abundado siempre
demasiado en todos países, que, en fin, le fue funesta.
A excepción de la temporada de sus amores y matrimonio con Clara, por
donde quiera que viajó contrajo relaciones con mozuelas despreciables.
Verdad es que las trataba como merecían. Jamás les confió ni su
nombre, ni aun el que llevaba entonces. Veíalas por momentos, pagaba
generosamente, y las miraba con el desprecio a que eran acreedoras.
Ya hemos dicho que en Valladolid encontró a Violante, a quien en su
primer viaje a Italia, antes de unirse a la hermana de Inés, conoció
con el nombre de Camila.
Visitola de cuando en cuando, y no hubo visita en que no diese muestra
de su acostumbrada liberalidad, prenda que contribuyó no poco a
consolar a la cortesana del contratiempo de haberse encontrado con un
hombre que la conocía.
Sin embargo, siempre conservaba Violante el deseo de deshacerse de
aquel hombre a cualquier precio que fuese, y la casualidad le ofreció
uno digno de ella por lo inicuo.
El mismo día para cuya noche citó el pastelero a don Juan en el Campo
Grande, quiso su mala ventura que se le cayese del bolsillo, en casa de
aquella mujer despreciable, un retrato de Felipe II que la señora doña
Ana de Austria le había regalado.
No lo advirtió Gabriel, pero sí Violante, y su primera idea fue la de
apropiarse sin escrúpulo de aquella alhaja, cuyo valor se echaba desde
luego de ver que era considerable.
Pero el diablo moderó entonces su avaricia para inspirarle otro
proyecto verdaderamente infernal.
«Esta alhaja —dijo para sí— vale mucho para ser de este hombre. Él,
por otra parte, vive con un misterio que nada bueno anuncia. No me ha
querido decir su nombre, ni dónde vive; y si yo sé esto último, es
porque le he hecho seguir por mi criado. Voy, pues, a delatarlo como
sospechoso en virtud de este retrato, y así salgo de él».
Después de este soliloquio tomó su mantilla y rosario, y se fue derecha
a casa del alcalde de su cuartel, que lo era don Rodrigo de Santillana,
quien el día antes acababa de llegar a Valladolid.
Violante, al enterarle de lo ocurrido presentándole la joya, tuvo buen
cuidado de no decirle el motivo de las visitas que le hacía el sujeto
a quien acusaba; y habiendo indicado la casa en que posaba Gabriel, se
retiró, no sin requebrarla el juez, que tampoco era insensible a los
encantos del bello sexo.
Don Rodrigo hubiera dado poca importancia a la delación si la prenda,
que se suponía robada, no fuera el retrato del rey, cuyas severas
palabras resonaban aún en sus oídos. La guarnición de la pintura
era, además, de tal naturaleza que era de presumir perteneciese a un
personaje de la más elevada categoría, y servir a un personaje era
siempre para don Rodrigo cosa urgente.
Tomó, pues, sus medidas de manera que, media hora después de recibido
el aviso, la posada de Gabriel, que era una de las secretas de la calle
de la Esgueva, estaba rodeada de esbirros en todas direcciones.
Gabriel, a la oración, se retiró a su casa con objeto de escribir a
fray Miguel.
Apenas anocheció, don Rodrigo con toda su ronda entró en la posada,
e imponiendo silencio a cuantos encontró, sin obstáculo alguno logró
sorprender al pastelero, que, habiendo concluido de escribir, se había
arrojado sobre el lecho para hacer tiempo hasta la hora de ir al Campo
Grande.
Hallose en defecto, por esta vez, la previsión de Espinosa. El alcalde
lo halló sin jubón ni otro vestido que una camisa de fina holanda, con
cuello y vueltas de cadeneta pegados a ella, y unos calzones también de
la misma tela.
Dos alguaciles que entraron los primeros en su estancia le intimaron,
apuntándole con sus mosquetes, que no se menease, y así lo hizo, por no
ser ya posible en su estancia.
Don Rodrigo procedió en seguida al registro de su maleta, y halló
en ella varias y muy ricas joyas, que según aparece del inventario
entonces formado, eran las siguientes:
«Primeramente: un vaso de unicornio guarnecido en oro.
»It. Un librillo de oro con algunos diamantes. Este fue regalo de la
señora infanta doña Isabel a la señora doña Ana de Austria.
»It. Un anillo de oro con un diamante grande en fondo finísimo.
»It. Unas muy ricas imágenes para la cabecera de la cama.
»It. Una piedra bezoar muy grande engastada en oro.
»Por último: un reloj de oro con diamantes para el pecho, y algunas
otras cosillas de valor».[1]
[1] Copia literal del inventario formado en el mismo acto de
la prisión de Gabriel de Espinosa por don Rodrigo Santillana,
a fines de setiembre de 1595.
En tanto que se inventariaban estas alhajas, Gabriel acababa de
vestirse, y en seguida don Rodrigo le preguntó:
—¿Quién sois? ¿Cómo os llamáis?
—Mi oficio es el de pastelero en la villa de Madrigal; llámome Gabriel
de Espinosa.
—¿Y por qué mudasteis de posada hace dos días?
—Era la huéspeda muy puerca, y gústame la limpieza.
—Mucho escrúpulo es ese para un pastelero, hermano.
—Antes por serlo es menester reparar más en la limpieza.
—¿De dónde os vinieron a vos tantas y tan ricas joyas? Seguramente
habréis tenido buen despacho si haciendo pasteles ganasteis para
comprarlas.
—Esas joyas, señor alcalde, bien conocerá usted que no pueden
pertenecer a un hombre bajo. Diómelas la señora doña Ana de Austria,
monja del monasterio de Santa María la Real en la villa de Madrigal,
para vendérselas en esta ciudad, y a eso solo he venido a ella.
—Para hombre bajo, como vos decís, el lienzo que gastáis me parece un
tantico fino de más.
—¿Las carnes de un pastelero no pueden ser tan blandas y delicadas como
las de un príncipe?
—Muy retórico sois, hermano pastelero: acabad de una vez de decirnos
quién sois.
—Ya, señor alcalde, lo tengo dicho.
—No quisiera que tuviéramos que poneros en cueros para ver con nuestros
ojos la blancura de esas carnes tan bien cuidadas, ni que acudir a un
par de vueltas de cuerda para probar su delicadeza.
—Yo conozco a usted, y sé que es un honrado caballero que no me hará
ese agravio —respondió Espinosa a la atroz alusión de don Rodrigo, con
tanto desembarazo e ironía como si no fuera a su propio cuerpo al que
se amenazaba con el tormento.
Conoció el alcalde que por entonces era inútil insistir en saber más de
aquel hombre, y mandó que lo atasen para llevarlo a la cárcel. A esta
orden la fisonomía de Gabriel dejó ver señales de una violenta cólera;
pero acertando a contenerse, se contentó con decir gravemente al juez:
—Mire lo que hace, y cómo trata a los hombres honrados, que ni a vos
ni a los demás los ha puesto aquí el rey para hacer agravio a los
forasteros.
—Si vos lo fuereis allá parecerá, y os trataremos como a tal. Por ahora
por pastelero os habéis vendido, y así se os lleva y trata —respondió
Santillana; y a una seña suya, arrojándose los alguaciles sobre
Espinosa, lo maniataron mal de su grado.
En seguida lo condujeron a la cárcel de la chancillería, donde lo
metieron en un calabozo, poniéndole un buen par de grillos.
El traje, la manera de hablar y el aire imponente de Espinosa hicieron
su acostumbrado efecto en Santillana. Pero si bien el alcalde se
persuadió de que aquel hombre no podía ser realmente pastelero, se
limitó también a creerle uno de los muchos caballeros de la garra o de
la industria que entonces abundaban en España. Esta creencia hubo de
costarle el no descubrir jamás quién fuese Espinosa.
Lo primero que hizo don Rodrigo fue despachar un correo a Madrigal,
preguntando a la señora doña Ana si en efecto era verdad que hubiese
dado a vender a un pastelero varias de sus joyas.
Antes de referir la respuesta de esta señora, nos es forzoso volver a
la época en que don Sebastián se dio a conocer en Madrigal al vicario
de Santa María.
La escena de la iglesia de que don Juan fue testigo, y hubo de ser
víctima, no dejó duda a fray Miguel de que su monarca vivía y estaba en
Madrigal, y la primera persona a quien comunicó tan fausta nueva fue a
la señora doña Ana.
Pocos días después, Gabriel de Espinosa fue presentado a su augusta
prima. Al principio rehusó cubrirse ni tomar asiento en su presencia,
queriendo negar quién era; pero a fuerza de ruegos de doña Ana, quien
le reconvino tiernamente por no haberla visitado antes, acabó por
declarar su nombre.
La religiosa no podía tolerar la idea de que un monarca viviese
ejerciendo un oficio despreciable, y así trató de que don Sebastián lo
dejase inmediatamente, ofreciendo para sustentarlo cuantas joyas poseía.
Pero no fue posible hacerle admitir la menor cosa. Insistió en que el
oficio servía para encubrirle mejor, y las cosas quedaron en el mismo
pie que antes.
Entonces principió la conjuración para recuperar el trono de Portugal,
próxima a estallar cuando Espinosa fue preso.
Cuando el pastelero salió de Madrigal para Valladolid, doña Ana,
auxiliada por su vicario, introdujo en su maleta, sin saberlo él, las
joyas que tan funestas le fueron, y que el interesado no supo tenía en
su poder hasta que llegó a su destino. Sobre esto escribió a la señora
doña Ana una carta reconviniéndola por su ardid, expresándose en los
términos más delicados sobre su repugnancia en admitir los dones de una
princesa reclusa, y amenazando de que por la primera ocasión devolvería
las joyas. Pero tanto la hija de don Juan de Austria como fray Miguel
contestaron insistiendo con más fuerza que nunca sobre la necesidad de
que se vendiesen aquellas alhajas para aplicar su importe a los gastos
de la guerra. Don Sebastián no quiso disgustarlos por entonces, y
resolvió conservarlas en su poder para devolverlas en su tiempo y lugar.
En este estado se hallaban las cosas, cuando el correo del
alcalde llenó el convento de consternación. Fray Miguel, avisado
inmediatamente, acudió al locutorio y en él halló a la señora doña
Ana llorando amargamente con la niña Clarita, que había querido
absolutamente conservar en su poder, en los brazos.
—¿Qué tiene Vuestra Excelencia, señora? —exclamó el buen fraile
alarmado.
Doña Ana por respuesta le alargó el despacho de don Rodrigo Santillana.
Fray Miguel lo leyó de la cruz a la fecha no sin alguna alteración, y
al devolvérselo a la religiosa dijo con bastante serenidad:
—Este, señora, es un contratiempo, pero no tan grave como a Vuestra
Excelencia le parece, si puedo atreverme a juzgar por sus lágrimas.
Lo que hay que hacer es que Vuestra Excelencia escriba sin pérdida
de tiempo a ese alcalde que es en efecto cierto que ha dado a vender
sus joyas al pastelero, y que le ponga sin demora en libertad. El
testimonio de Vuestra Excelencia bastará sin duda para conseguirlo, y
saldremos de este lance sin otro mal que el del susto.
No se hizo la señora doña Ana repetir dos veces este consejo, sino que
inmediatamente escribió a don Rodrigo, usando de todo el ascendiente
que la concedía su ilustre nacimiento para obtener la libertad del
preso.
No perdió tampoco fray Miguel el tiempo. Trasladose inmediatamente
a la pastelería, cuyas llaves estaban en su poder, y sacó de ella
un escritorio que contenía toda la correspondencia del rey y de él
mismo con los conjurados. El fuego destruyó todos aquellos papeles y
cuantos relativos al mismo asunto pudo el vicario haber a las manos.
El día antes de la prisión de Gabriel le había fray Miguel enviado
al mulato Domingo con una carta; pero esta no le inspiraba inquietud
ninguna, pues habían convenido en que cuantas recibiese las destruiría
inmediatamente después de leídas.
Domingo era fiel, callado y obediente; pero tenía un vicio que le
dominaba, y era el de la embriaguez.
Salió de Madrigal, y en el primer ventorrillo que encontró le pareció
oportuno hacer un sacrificio a Baco. Por desgracia era el vino bueno,
y las libaciones del mulato fueron tantas y tales que al cabo de dos
horas de estancia en el ventorrillo se halló incapaz de dar un solo
paso, y comenzó a decir un sinnúmero de disparates que divirtieron
mucho a los que allí estaban.
Uno de los infinitos bufones de taberna que, borrachos de profesión,
en nada se complacen tanto como en que lo sean también cuantos se les
acercan, tomó a su cargo «rematar», como ellos dicen, al mulato, y para
conseguirlo acudió al aguardiente.
Con esto se completó la obra del embrutecimiento de Domingo, quien cayó
inerte como un tronco debajo de la mesa del ventorrillo.
Largo tiempo hacía que este estaba desierto, y el mulato no daba señal
de vida. Pero el ventero, familiarizado con tales accidentes, cerró su
puerta a la hora de costumbre y se echó a dormir muy tranquilo.
Al amanecer del siguiente día despertó Domingo, y tratando de
levantarse para proseguir su camino, al primer paso cayó redondo al
suelo.
La gran cantidad de vino y de aguardiente que había bebido le causó
una abrasadora calentura que en dos días no le permitió moverse del
durísimo lecho que en la venta le dispusieron. Al tercero salió, en
fin, para Valladolid, y llegó a la posada en que se le dijo encontraría
a su amo.
A la puerta de ella, y sentados en un banco, había dos hombres de
mala traza y peor cara que parecían entretenidos en jugar a la morra.
Caíanles unos sucios y desmesurados bigotes sobre el labio inferior,
que casi ocultaban, y sus puntas retorcidas sobre las mejillas les
prestaban el aire de dos gatos monteses. Cada uno llevaba su espada
de longitud desmesurada, y las empuñaduras eran de hierro mohoso con
grandes gavilanes.
Aquellos dos señores eran dos alguaciles.
Domingo, después de haber examinado con atención las señas de la casa,
y reconocido que convenían en todas sus partes con las que a él le dio
fray Miguel, entró en ella sin curarse de los corchetes ni decirles
palabra.
Los ministros de justicia no le dieron a él tan poca importancia, pues
inmediatamente uno de ellos, levantándose de su asiento, se metió en
seguimiento suyo en la posada, pero con tanto silencio, con pasos tan
cautelosos, que Domingo no advirtió la honra que le hacían.
—¿Gabriel de Espinosa, vive aquí? —preguntó el mulato a la primera
persona que se le presentó delante.
—Ha mudado de posada —contestó el alguacil que estaba a su espalda,
asiéndole al mismo tiempo la garganta con ambas manos y dando un
silbido para llamar a su compañero—. Ha mudado de posada —continuó
diciendo— porque esta no le parecía bastante decente para su merced, y
Su Majestad le hospeda ahora en su casa para más honrarle.
—Y este hidalgo de Guinea —añadió el segundo alguacil, que ya había
llegado— nos hará el gusto de venir a acompañarle.
Durante este ameno diálogo, el pobre Domingo, medio sofocado por la
presión de las manos del robusto ministro sobre su garganta, renegaba
de sus piernas, que a tal posada le habían llevado.
Los alguaciles le pusieron en las muñecas unos anillos, vulgarmente
conocidos con nombre de esposas, y uno de ellos le condujo sin demora
a casa del señor don Rodrigo Santillana, visita harto penosa para la
natural humildad del mulato.
El alcalde, después de haber oído la relación de su ministro, le
preguntó cómo se llamaba.
—Domingo —contestó el preso.
—El apellido.
—Domingo.
—¡Hola!, ¿y Domingo a secas?
—Domingo.
—Sea en buen hora. ¿Buscabais, según parece, a Gabriel de Espinosa?
—Yo no busco a nadie.
—¿Pues a qué fuisteis a la posada?
—A nada.
—¿Y de dónde venís?
—De mi casa.
—¿Dónde está vuestra casa?
—No sé.
—¡Bribón! Veremos si a caballo en un potro callas aún. Registrarle, y
vaya a un calabozo distinto de el del pastelero.
A la orden del registro conoció Domingo que era llegada la hora en
que la carta de fray Miguel caía en poder del alcalde, y, como si con
las manos ligadas pudiera tener esperanzas de evitarlo, comenzó a
defenderse a patadas y mordiscos del alguacil que quería registrarle;
pero sus esfuerzos fueron inútiles: una nube de corchetes se arrojó
sobre él, lo tendieron en el suelo, y desnudándole a su salvo, le
hallaron la carta del fraile metida en la cintura entre la camisa y el
cuerpo.
Leyola don Rodrigo; brilló en sus ojos un rayo de feroz alegría, y
mandó inmediatamente conducir a Domingo a la cárcel y cargarlo de
hierros.
[Ilustración]
CAPÍTULO VI
Al tiempo que esperaba nuestra suerte
Poderse mejorar, la santa mano
Mostró por nuestro mal su furia fuerte.
(Cervantes: _Elegía a la muerte de la reina Isabel_).
La malhadada aventura de Domingo fue causa de la ruina de Gabriel de
Espinosa, del vicario, y de doña Ana de Austria.
Don Rodrigo de Santillana, viendo que en ella se daba al pastelero un
tratamiento de «majestad», inmediatamente coligió que aquel hombre era
o fingía ser el rey don Sebastián.
No pudo haber para el alcalde circunstancia más feliz que la de haber
caído en su mano aquel negocio, pues cabalmente la persona a quien
Felipe II había mandado vigilar era fray Miguel de los Santos, en quien
jamás confió el suspicaz tirano.
Un correo llevó la noticia del descubrimiento al Escorial, y volvió
en breve con la respuesta del rey. Sus órdenes eran terminantes. Don
Rodrigo debía trasladar el preso a Medina del Campo, dejándolo allí,
y pasando a Madrigal a prender al vicario y también a la señora doña
Ana, pero a esta en su celda. Todo se ejecutó con tanta celeridad como
sigilo.
La historia de esta causa célebre está envuelta en un misterio
impenetrable. Verdad es que, poco después de su fallo, se publicó en
Jerez una relación de ella; pero está hecha, como es de presumir, para
publicarse viviendo aún el tirano y acabadas de inmolar las víctimas.
Sin embargo, es de notar que, mal que le pese a su autor, aun en
ella misma la verdad penetra al través de las nubes con que quiere
oscurecerla.