Habíase lisonjeado el marqués de que su pretensión era fácil de

conseguir, y se engañó. Un monarca que, como el reinante entonces,

hacía profesión de los más austeros principios religiosos, un hombre

que jamás había amado ni podía amar, no era de esperar que tolerase y

protegiese los extravíos galantes en nadie, y menos en un título de

Castilla. Los ministros de Felipe tenían, o afectaban tener, la misma

manera de pensar que él, y así el pobre marqués vio malísimamente

recibidas sus primeras insinuaciones.

Pero como si las ideas generales de la corte en la materia no bastaran

a contrariar sus planes, el comendador Hinojosa, presentándose dos días

después que él en el Escorial, acabó de derribar el sonado edificio del

engrandecimiento del hijo de Violante.

Hinojosa, entrando sin ceremonia en la posada de su primo, y

declarándole sin rodeos que él y don Juan estaban perfectamente

enterados de lo ocurrido con respecto al niño don Pedro Alcántara, de

los proyectos que para su fortuna se formaban, y que ambos también

estaban resueltos a no tolerar tamaña afrenta para las familias de los

Vargas, confundió, aterró, aniquiló al marqués y al padre Teobaldo.

No se atrevían ni el uno ni el otro a responder palabra, ni el

comendador les dio lugar a ello, pues concluida la arenga se retiró,

anunciando que iba en aquel mismo instante a verse con el secretario de

Su Majestad y a enterarle de todo el asunto, y que, si necesario fuese,

llegaría a los pies del rey mismo a pedir justicia. Hinojosa era hombre

sobradamente capaz de cumplir lo prometido; el marqués lo sabía, y el

capellán también.

Más de un cuarto de hora se estuvieron mirando el uno al otro con

espantados ojos, sin saber qué hacer ni qué decir, hasta que por fin

el marqués creyó que a él le tocaba romper el silencio, y haciendo un

grande esfuerzo dijo:

—¡Padre Teobaldo!

—Señor marqués —contestó el capellán; y se terminó por entonces la

conversación.

—¡Hem! —dijo de allí a un rato el capellán—. ¿Si habrá ido a ver al

rey?

—¿Si habrá ido? ¿No le conocéis? Ahora mismo tal vez.

—Entonces, _Domine miserere mei_, perdidos somos.

—Padre Teobaldo, ¿y qué hacemos?

—Señor marqués, yo en este asunto _lavabo manus meas_.

—Buen consejo, por cierto. ¿Ahora me abandonáis?... ¿No podríamos acudir

a algunos amigos?

—¡Amigos! _Donec eris felix..._

—Por la Virgen Santísima que dejemos ahora los latines. Si ese hombre

se presenta a Su Majestad y le cuenta el asunto a su modo, somos

perdidos.

—_Nulla est redemptio_. En mala hora dejamos nuestros penates; en

triste día _nos patriæ fines; et dulcia relinquimus arva_.

—Dios me perdone, pero capaz sois de hacer perder la paciencia a un

santo. Consejos son los que yo quiero, y no citas de Virgilio.

—Ese pagano, señor marqués, contiene sin embargo apotegmas filosóficos,

morales, _naturaliter_ hablando, de gran peso y...

—Norabuena, pero ahora no se trata de eso: en lo que hemos de pensar es

en el comendador.

—_Infandum Regina jubes renovare dolorem_.

—En resumen, ¿qué pensáis que debo hacer?

—Es asunto este que exige madura deliberación, y consultar por lo menos

media docena de santos padres y otros tantos autores profanos.

—Y mientras se consultan, revuelve mi primo la corte entera, me pinta

a los ojos de Su Majestad como un libertino escandaloso, a vos como

a un eclesiástico sin costumbres, cómplice en mis extravíos; dan con

nosotros en la Inquisición, y nos queman.

—_Sancta Maria, ora pro nobis_. Huyamos, señor marqués, huyamos, _usque

ad finem_.

—Eso ya es hablar en razón. ¿Conque opináis que huyamos?

—Me parece lo más acertado.

—Y a mí.

—Está entonces aprobado _nemine discrepante_.

Y sin aguardar a más, ni despedirse de alma viviente, tomaron el camino

para Madrid, donde solo pararon un día, saliendo al siguiente no para

Valladolid, sino para una hacienda del marqués, donde se creyeron más

seguros.

No era sin embargo tan grande el peligro como se lo habían imaginado.

Verdad es que el comendador, conociendo la timidez natural de sus

antagonistas, se propuso aterrarlos con tremendas amenazas, y lo

consiguió aun más allá de lo que esperaba. Por lo demás, condujo el

negocio con tino, pintando a su primo como engañado; obtuvo de los

ministros de la cámara la promesa de que no se admitiría la solicitud

del marqués, más una orden de reclusión perpetua contra Violante; y

corrió, ufano con su triunfo, a noticiárselo a don Juan.

Distinto fue el objeto, y distinto también el resultado del viaje a la

corte del alcalde don Rodrigo de Santillana.

Una orden de Su Majestad le mandó presentarse sin la menor dilación en

El Escorial para un asunto del cual ya tenía algunos antecedentes, y se

le daban más en la misma real orden.

El negocio era de tal trascendencia que Santillana se persuadía

con fundamento de que, llevándolo a cabo felizmente, no solo podía

contar con verse en un momento en el más alto grado de su carrera,

sino con ser uno de los favoritos del monarca. Estas reflexiones

le entretuvieron agradablemente en el camino, y sus esperanzas se

corroboraron cuando, presentándose en palacio y declarando su nombre,

se le mandó entrar sin demora en la cámara del rey.

Felipe, ya entonces en el antepenúltimo año de su vida, estaba

sentado en un sillón y atormentado por acerbos dolores. Su semblante,

naturalmente pálido, se asemejaba al de un cadáver. Aquel aspecto

grave, severo, reservado; aquel labio inferior caído sobre la barba,

y aquellos ojos penetrantes, con que parecía escudriñar los más

recónditos senos del corazón de la persona que se hallaba en su

presencia, hicieron en Santillana la profunda impresión que hacían en

cuantos se le acercaban.

Dobló el alcalde ambas rodillas, y besando la descarnada y lívida mano

del rey, esperó, sin mudar de postura, a que se le mandase hablar.

—¿Sois vos —dijo el rey— don Rodrigo de Santillana?

—El más leal y humilde de los vasallos de Vuestra Majestad.

Felipe pareció satisfecho de la concisión y respeto de esta respuesta;

don Rodrigo no añadió una palabra más, pues bien informado del carácter

del rey, sabía que este no toleraba que nadie fuera osado a hablar en

su presencia más de lo necesario para responder a sus preguntas.

—Informado —volvió el rey a decir, después de un breve intervalo— de

vuestra fidelidad y celo en mi real servicio, os dimos la comisión de

vigilar a la persona que es inútil nombrar. ¿Lo habéis hecho?

—Sí, señor; y he tenido la honra de elevar a Vuestra Majestad el

resultado de mis diligencias.

—Que ha sido ninguno, don Rodrigo —exclamó Felipe con amarga severidad.

Aterrado el alcalde con tan inesperada reconvención, bajó los ojos, y

diera en aquel momento cuanto le pidieran por lograr, si posible fuese,

que jamás el rey se hubiera acordado de él para nada.

El monarca, conociendo el efecto que sus palabras habían producido,

contemplaba la turbación, el terror más bien, de Santillana con

un maligno placer, de que era muestra evidente la irónica y apenas

perceptible sonrisa que se advertía en sus labios.

—Ninguno —continuó Felipe—; tal vez yo podré en mi gabinete mismo daros

más noticias de las que vos, señor alcalde, estando al pie de la fuente

habéis sabido adquirir. ¿Qué decís a esto? Responded.

—Señor y rey mío, no me parece milagroso que la alta penetración

de Vuestra Majestad haya descubierto lo que a mi ignorancia se ha

ocultado. Pero me atrevo a protestar a los reales pies de Vuestra

Majestad que jamás vasallo ha deseado con tantas veras merecer al menos

la indulgencia de su señor natural.

—Las obras acreditarán ese celo. Quiero olvidar lo pasado; pero don

Rodrigo, vuestra cabeza me responde del buen éxito de este negocio, y

de que no transpire en el público una sola palabra de él.

Pronunció el rey estas palabras con severidad, pero en la apariencia

con la misma calma que si hablase del asunto más indiferente; la única

señal de agitación que se le descubría era un ligero movimiento de

contracción en los músculos de la fisonomía. Don Rodrigo no estaba tan

tranquilo, pues persuadido de que el rey sabría cumplir la promesa con

la más escrupulosa exactitud, se daba ya por muerto.

En tal estado se hallaban, cuando sonando las doce del día en el reloj

del monasterio, Felipe, aunque no sin trabajo, se hincó de rodillas

delante de un crucifijo de oro que tenía sobre la mesa; y sacando un

magnífico rosario, se puso a rezar devotamente tres avemarías; acto

en que, no solo arrodillado sino encorvado de manera que casi besaba

el suelo, le acompañó el asustado alcalde. Concluidas las oraciones y

persignado el rey, volvió a ocupar su asiento, y ya en él, dijo:

—Buenas tardes, don Rodrigo.

—Dios se las dé a Vuestra Majestad tan felices como su ejemplar piedad

y altas virtudes merecen —contestó Santillana.

—Alabemos al Rey de los reyes, alcalde: Él solo está exento de

imperfecciones; los demás, todos habemos menester de su misericordia.

—Y los humildes vasallos de Vuestra Majestad la esperan igualmente de

su imagen en la tierra.

—Bien está. Volvamos a la comenzada plática; el hombre que sabéis se

mueve ahora más que nunca; ignoramos por qué, y es preciso saberlo.

Esto os toca a vos el averiguarlo: al menor indicio de lo que os tengo

prevenido de antemano, ya sabéis cuál ha de ser su suerte o la vuestra.

—Señor, hasta donde yo alcance...

—Es preciso alcanzarlo todo, todo sin excepción. ¿Me entendéis, don

Rodrigo?

—Sí, señor.

—Retiraos, pues. Mi secretario os dará los informes que hemos

adquirido; y esta debe ser la última vez que yo tenga que ser el

servidor de mis vasallos.

Diciendo así, tendió la mano a don Rodrigo, quien la besó humildemente;

y marchando después con paso atrás, para no volver al rey la espalda,

hasta la puerta de la cámara, salió de palacio tan aterrado como ufano

y glorioso había entrado en él, pocos minutos antes. No hay cosa como

ser vasallo de un rey absoluto para dar gracias a Dios cada día de

hallarse con la cabeza sobre los hombros.

Pero aún no había acabado don Rodrigo de conocer la corte. Si el rey

le había amenazado, su secretario, con más orgullo, con más dureza

aún, le dijo «que era indigno de la magistratura que ejercía; que solo

la extremada piedad de Su Majestad era causa de que no se castigase

ejemplarmente su negligencia; pero que tuviese entendido que si en lo

sucesivo no mostraba más acierto en la delicada comisión puesta a su

cargo, podría darse por muy dichoso si escapaba con vida».

Jamás hubo proceder tan injusto por una parte, ni tan poco merecido por

otra. Don Rodrigo, humilde esclavo del rey y de su propia ambición,

se hallaba dispuesto a ejecutar sin reparo, con refinamiento, cuantas

crueldades le pluguiese a Felipe encomendarle, y más aún si creía que

de ello había de resultarle el menor provecho. Así pues, desde que la

corte de Madrid puso a su cargo el asunto de que se trataba no había

cesado de trabajar en él con extraordinario ahínco; pero las personas a

quienes se quería sacrificar habían tenido maña suficiente para eludir

todo género de pesquisas por parte del alcalde.

La desgracia de este consistió en que Felipe, receloso, como todo

tirano, desconfiaba de sus agentes, juzgando al género humano por su

corazón. De aquí resultaba que cuando por no serle posible hacerlo

todo por sí confiaba una misión a cualquiera de sus esclavos, al

mismo tiempo encargaba a otros que espiasen su conducta; y en muchas

ocasiones, a la orden que elevaba a un sujeto seguía inmediatamente la

que le sumía en una mazmorra, o tal vez le llevaba al cadalso.

Como el asunto confiado a don Rodrigo era a los ojos del rey de la

más alta importancia, varios agentes subalternos fueron comisionados

para inquirir noticias sobre él; y de las que todos ellos dieron sacó

Felipe en consecuencia, con su sagacidad característica, que a pesar

de lo que aseguraba Santillana, había en el negocio más de lo que se

dejaba ver.

Mal lo pasara el pobre don Rodrigo si dos razones no hubieran militado

en su favor. La primera, que el rey sabía el celo que en su comisión

había mostrado; pero esta era de poca importancia. Un déspota no

agradece; los hombres en sus manos son como los instrumentos en las

del artista. ¿Qué importa que sean de buena calidad? Cuando no sirven

para el objeto que en el momento les ocupa, los arroja lejos de sí con

desprecio.

La segunda causa fue la que decidió a Felipe. El sigilo era para

él en todo asunto la más necesaria de las circunstancias, y más

particularmente en aquel: no quiso, pues, confiar a otro juez su

secreto; y reservándose castigar en tiempo y lugar el desacierto de los

primeros pasos de don Rodrigo, resolvió sin embargo que completase la

obra.

No es fácil pintar la terrible impresión que las amenazas del rey

y los insultos de su ministro hicieron en el mismo don Rodrigo. Al

retirarse a su posada se sintió acometido de una violenta calentura

que, a poco de haberse metido en la cama, se desplegó con los síntomas

más alarmantes y un delirio espantoso.

Lo peor del caso fue que llamaron a un médico de los más célebres,

y por consiguiente también de los más endurecidos en su carnicera

profesión, quien empezó prohibiendo que se diese al enfermo, aquejado

por una sed abrasadora, ni una sola gota de agua. No contento con esto,

y a pesar de que por todos los síntomas se conocía evidentemente que

la enfermedad de don Rodrigo era una inflamación cerebral, le atestó

el cuerpo de quina, logrando ponerlo en tres días a las puertas del

sepulcro. Entonces, dando por acabada su obra, se retiró, dejando al

paciente en poder de un robusto fraile jerónimo, que tan desapiadado

como el doctor, daba libre curso a una voz estentórea, pintando con

cruel prolijidad todos los horrores del infierno y la furia de Lucifer.

Quiso, sin embargo, la buena suerte de don Rodrigo que en la cuarta

noche de su enfermedad, en un momento en que el monje, cansado de

gritar todo el día, se retiró de su estancia, conmovido por sus ruegos

el criado que le velaba, y no queriendo negarle lo que pedía a un

hombre que de todos modos iba a morirse, le dio un gran jarro de agua,

que el enfermo apuró sin dejar gota; repitiéronse estas libaciones toda

la noche, y a la mañana siguiente era ya notable la mejoría. En una

palabra, despedidos agonizante y médico, logró el alcalde restablecer

su salud, y hallarse en quince días en disposición de regresar a su

destino, como en efecto lo hizo, después de haber hecho constar al

gobierno que su enfermedad no se lo había permitido.

No dejó Santillana de extrañar el no haber tenido la menor noticia del

marqués ni de su capellán; y habiendo preguntado por ellos a un amigo,

le dijo este «que ambos habían desaparecido de la corte dos días

después de haber llegado a ella, sin haber tenido siquiera la atención

de despedirse de las personas que los habían visitado». Pero el alcalde

estaba harto preocupado con sus propios asuntos para pensar en los

ajenos; así pues, cesó de ocuparse en el marqués tan luego como se

terminó la respuesta de su amigo, y se puso en camino sin más cuidado

que el de convalecer pronto y salir del encargo del rey, ya que no

lleno de honores, como un tiempo pensó, al menos sin un dogal al cuello.

[Ilustración]

CAPÍTULO IV

No; aunque en medio

De esta vil muchedumbre apareciera

Del gran Pelayo el animoso aliento,

En vano a libertad los llamaría;

Ya nadie le escuchara.

(Quintana: _Pelayo_).

Salió Vargas del locutorio contristado a pesar de los esfuerzos que

para serenar a Inés y serenarse él mismo había hecho. Fácilmente

sentimos como la persona amada; y yo no sé qué tiene el pesar, que nos

domina con mucha más facilidad que la alegría. Sin embargo, le fue

preciso a nuestro caballero atender a los negocios de Espinosa y a los

suyos particulares.

Es preciso advertir que don Juan no dependía enteramente del marqués.

El padre de ambos fue un caballero económico, y que amando tiernamente

a sus hijos, cuidó de asegurar una legítima bastante considerable al

menor de ellos. Así don Juan pudo reunir, sin tocar a los bienes

del marqués, una suma de dinero suficiente a asegurarle una decente

subsistencia en caso de que un revés de la suerte le obligara a

expatriarse. Arreglado este primer punto, puso en orden los negocios de

su hermano, cuyos bienes administraba, según ya se ha dicho.

En una entrevista con el doctor Serrano recibió de nuevo la seguridad

de que aquella noche, cuando entregase la real garantía al consistorio,

se pondría en sus manos la cantidad estipulada, y de que los veinte

hombres armados estarían prontos para la mañana siguiente.

Así se pasó aquel día, y llegó la hora de la cita con Gabriel: don Juan

acudió a ella con su acostumbrada puntualidad; pero esperó en vano

hasta pasada la media noche.

Si Vargas estaba descontento con tan inesperada falta, no lo estaba

menos el consistorio protestante, que en sesión permanente aguardaba

al señor duque de Madrigal con una impaciencia poco evangélica a la

verdad, pero muy natural en aquella circunstancia.

Gabriel de Espinosa, que mudaba de posada con frecuencia, jamás dijo

a don Juan dónde vivía, ni este se acordó de preguntárselo; sintiolo

entonces infinito, pero la cosa no tenía remedio. Cuatro horas de

esperar inútilmente le parecieron prueba bastante y sobrada de que don

Sebastián no quería o no podía acudir a la cita. Trasladose, pues,

Vargas al lugar de la reunión de los protestantes, y así que estos le

vieron entrar hubo en la asamblea un movimiento general de satisfacción.

El doctor Serrano, que la presidía, y que con una biblia abierta

delante de sí tenía tal vez intención de leer en ella, pero estaba de

dos horas a aquella parte con los ojos clavados en la puerta, dejó

escapar un profundo suspiro, y detrás de él un «gracias a Dios» tan

sentido, que se conoció que le salía de lo íntimo del corazón.

A esta exclamación del presidente, un matemático que, con la vista

fija en el suelo y el entendimiento ocupado en la teoría de las

paralelas, era acaso el único de los presentes a quien el tiempo no se

hizo largo, preguntó:

—¿Qué es eso? ¿Se resolvió ya el problema?

Mirole con cierto aire de compasión un mercader que estaba a su lado, y

los restantes miembros de la asamblea, atendiendo solo a don Juan, no

le hicieron caso ninguno.

Después de saludar en general, y de haber tomado asiento al lado del

presidente, tomó Vargas la palabra diciendo:

—Tengo el disgusto, señores, de anunciaros que Su Majestad no se ha

presentado en el paraje en que tuvo a bien mandarme le esperase.

—Se eliminó —murmuró entre dientes el matemático.

—¿Y vuecelencia, señor duque, no podrá informarnos de la causa de la

falta de puntualidad de Su Majestad? —dijo el presidente.

—Me es absolutamente desconocida, señores; y os aseguro que conociendo,

como conozco, la escrupulosa exactitud del rey, no dejo de estar con

bastante cuidado.

—En este caso —exclamó uno de los mercaderes—, debemos retirar

nuestros fondos, porque sin la garantía...

—No se os piden tampoco. Pero no debéis olvidar que la causa de don

Sebastián y la vuestra son una misma —replicó Vargas.

—Sin la garantía —dijo el presidente— no hay pacto.

—Doctor Serrano, Su Majestad ha empeñado la real palabra de conceder

esa garantía, y no le haréis la injusticia de creer que sea capaz

de faltar a ella. Pero si un accidente, cuya sola idea me llena de

amargura, hubiera impedido al rey entregarla hoy, y le impidiera

entregarla en algunos días, ¿sería justo por eso que sus auxiliares le

abandonasen?

—Los cristianos reformados de España cumplirán religiosamente el pacto

hecho con Su Majestad el rey don Sebastián, pero no darán un solo paso

en su favor sin tener en su poder el documento que han pedido. ¿Quién

nos asegura de que don Sebastián, cediendo tal vez a las insinuaciones

de algunos de sus consejeros, no trata de eludir su promesa?

—¡Quién!... La palabra de un rey es más sagrada que cuantas escrituras

pueden hacerse.

—Los reyes —interrumpió un mercader— faltan a sus palabras siempre que

les conviene.

—Verdad demostrada —añadió el matemático— como la proposición del

cuadrado de la hipotenusa.

—¿Qué quiere decir esto, señores? ¿Es bastante que Su Majestad no haya

acudido esta noche al paraje convenido, para que el consistorio dude

de su buena fe hasta el punto de revocar sus propias resoluciones, en

virtud de las cuales está obligado a prestarle su auxilio?

—Al contrario —contestó el presidente—: el consistorio no hace más

que persistir en su primer acuerdo. El dinero y los soldados están a

disposición de Su Majestad tan luego como se digne entregar la garantía.

—Soy de la opinión —dijo otro miembro de la asamblea— de que se

fije a don Sebastián un plazo improrrogable para verificarlo. Estas

interminables dilaciones pueden conducirnos a la hoguera; si el rey de

Portugal no nos ha menester, nosotros buscaremos otro protector, más

en estado de protegernos tal vez; pero si ha de hacer uso de nuestros

brazos y dinero, acabe de decidirse.

—Que se fije el plazo, que se fije —dijeron a coro todos los individuos

del consistorio; y el presidente preguntó que cuál sería el que

señalase.

—Mañana —contestó el que había hecho la proposición.

—La manera con que el consistorio se conduce con el rey es, señores,

inconcebible —dijo don Juan, a quien la ira iba dominando—. Sin

embargo, yo tomo sobre mí aceptar esta nueva condición, harto

degradante para Su Majestad; pero fijar el plazo a mañana, cuando aún

ignoramos el motivo de la falta del rey esta noche, me parece el colmo

de la inconsideración.

—Señor duque —le contestó el doctor Serrano—, el consistorio está

pronto a dar a vuecelencia pruebas de los deseos que tiene de servir a

Su Majestad, y la primera será prolongar hasta el cuarto día, contado

desde hoy, el plazo propuesto. Pasado este, cesa toda obligación entre

don Sebastián y nosotros.

No replicó ya más Vargas, por conocer que de hacerlo hubiera sido de

un modo poco conveniente para conciliar los ánimos, y saludando en

silencio al consistorio, salió de aquel paraje y se retiró muy de mal

humor a su casa.

Por la mañana fue al convento y preguntó por doña María de Castro; le

dijeron que aún estaba en cama, que volviese más tarde. Hízolo así,

en efecto, y la primera pregunta que Inés le hizo fue preguntarle por

qué razón Gabriel de Espinosa no había ido a buscarla, según había

anunciado, para llevarla a Madrigal.

—Toda la noche —concluyó— la he pasado en vela haciendo los

preparativos del viaje, y ya mucho después de amanecer, viendo que

nadie parecía, me he arrojado sobre la cama.

—No sé, Inés, qué deciros —contestó Vargas—. Desde que nos separamos

ayer no he visto a vuestro cuñado.

—¿Pues no debíais verlo por la noche? Yo he soñado, o vos me lo

dijisteis.

—Lo dije, en efecto, y así era la verdad. Me citó en el Campo Grande a

las ocho: yo le esperé hasta las doce, pero en vano.

—¡Dios de bondad! Mi funesto presentimiento se ha realizado.

—Inés mía, no hay aún motivo de afligiros. Una leve indisposición,

haberse tal vez dormido, o un asunto de mayor importancia que se

atravesase es bastante para haberle impedido asistir a la cita.

—¡Ah, don Juan, qué ingenioso sois para lisonjear mis deseos!

—Tranquilizaos, señora; vuestro dolor, sin remediar nada, solo

conseguirá hacerme incapaz de pensar en otra cosa que en consolaros.

¿Sabéis por ventura dónde vive Gabriel?

—No, Vargas.

—Ni yo tampoco, y esto es lo peor del caso. Si desgraciadamente

vuestro cuñado está enfermo y su enfermedad se prolonga más de cuatro

días, pueden seguirse gravísimos perjuicios. Por otra parte, esta

incertidumbre en que estamos es verdaderamente intolerable.

De aquí ambos amantes se metieron en una conversación sobre el asunto

que, aunque muy larga, se redujo en extracto a repetir de mil distintas

maneras los mismos temores que llevamos referidos.

La situación de Vargas era penosa hasta no más. No sabía qué hacer, ni

adónde acudir para informarse de Gabriel de Espinosa. El doctor Serrano

le acosaba; y a los temores que no dejaba de tener por su propia

seguridad, se añadían los que sentía por su partido.

Un solo día faltaba para cumplirse el plazo señalado por el consistorio

de los protestantes para la presentación de la garantía. Don Juan se

disponía a salir de su casa para ir al convento de Inés, y no sin harto

disgusto de no haber adquirido noticia alguna con que tranquilizar a su

amada, cuando le anunciaron la visita de don Rodrigo de Santillana.

—¡Pese al alma del alcalde —exclamó Vargas—, y a qué buena hora viene

el señor mío! Decidle que no estoy en casa.

—El mayordomo le había dicho ya que su señoría no había salido

—contestó el lacayo.

Ni rey ni roque (3-4 de 4) · 第 7 / 9 段