Espinosa parece que se complació en burlarse de sus enemigos aun

estando inerme en sus manos. En cada declaración de las infinitas

que le tomaron decía una cosa distinta, y aun en una misma, al

finalizarla, destruía cuanto en su principio dijo. La extraña sutileza

de su oído, su penetración portentosa, le hacían, por decirlo así,

adivinar las intenciones del alcalde, quien de orden del rey actuó en

toda esta causa sin escribano, teniendo que extender por sí todas las

declaraciones.

Sin embargo, el preso perdía algunas veces la paciencia, y exclamaba:

—¿A qué empeñarse en que diga quién soy, si de todos modos he de morir?

Si el rey quiere enterarse de quién yo sea, personas tiene a su lado

que me conocen, y muchas. Que envíe una y saldrá de dudas.

Fray Miguel confesó de plano que aquel hombre era el rey don Sebastián,

y alegó en favor de su aserción notables razones. Entre otras, y además

de las que ya hemos indicado en el curso de nuestra narración, merecen

particular atención algunas que citaremos.

La primera fue la de haber llegado a fray Miguel a Lisboa un hidalgo

portugués la víspera del día en que este religioso debía predicar

las honras de don Sebastián, y haberle dicho que mirase cómo hablaba,

porque sin duda había de oírle el mismo rey, pues había escapado con

vida de la batalla.

Después de esta se refería al dicho de muchos soldados que aseguraban

haber visto retirarse herido a don Sebastián del campo de batalla con

algunos compañeros. Habló también de haber dicho un fraile de los del

Cabo de San Vicente que había confesado y administrado la comunión

al rey en su monasterio muchas semanas después de la batalla. Sería

interminable referir aquí las razones en que el vicario fundaba su

creencia de la vida de don Sebastián antes de presentarse en Madrigal

el pastelero Gabriel de Espinosa; pero no dejaremos de referir cuáles

le asistían para reconocer en este la persona misma de don Sebastián.

El cuerpo no presentaba, cuando fray Miguel le vio en su convento, la

misma gallardía que tenía al salir de Lisboa; ¿pero qué mucho, decía el

fraile, que sus infinitos trabajos le hubiesen agobiado? Las facciones

eran las mismas del rey; el color del pelo, rubio, donde no estaba ya

cano; y el de los ojos, azul, también como don Sebastián.

El sonido de la voz era idéntico, si bien un tanto enronquecido.

Igual la desmesurada fuerza, que bastaba a hacer astillas una lanza

blandiéndola en el aire, o a partir entre sus manos con facilidad

cualquiera pieza de una vajilla de plata.

Gabriel, así como don Sebastián, era irascible, orgulloso y arrojado.

Hablaba el español, el portugués y el italiano.

Estaba al corriente de la política de su época, y no ignoraba una sola

circunstancia, por pequeña que fuese, relativa al tiempo en que don

Sebastián reinó en Portugal.

¿Tan completa semejanza puede existir entre dos distintos individuos?

¿Será posible que la naturaleza haya creado dos seres idénticos, física

y moralmente? ¿Se concibe que el temperamento y la educación de un rey

y de un pastelero sean tan conformes que produzcan en tan distintas

posiciones una igualdad absoluta de hábitos e inclinaciones, de

virtudes y de vicios?

Pero demos de barato, hubiera podido decir el defensor de fray Miguel,

si Felipe II hubiera tenido por conveniente que aquel desdichado

pudiese dar sus descargos antes de morir, demos de barato que puedan

reunirse sin milagro las circunstancias referidas en dos distintas

personas; aún no se le habrá probado al vicario de Santa María que se

engañó.

Fray Miguel, como confesor del rey, estaba enterado de todos sus

secretos, y en sus conversaciones con Espinosa más de una vez hizo

este alusión a lo que en otro tiempo le había confiado. El religioso

no ha podido revelar al juez aquellos secretos que en confesión se

depositaron en su seno, pero sí puede referir hechos que han llegado a

su noticia como particular.

Le pregunta, por ejemplo, a Espinosa si ha tenido alguna visión en su

vida:

—Una sola vez —responde este—, y fue corriendo la posta con el conde

de Medellín. Al pasar un arroyo en que un malvado asesinó a su propio

padre, creí oír un gran ruido, o por mejor decir, lo vi, en efecto.

Dejele al conde de Medellín que pasase adelante, y quedándome solo,

esperé en vano un gran rato, pues nada vi.

El hecho pasó así, y de igual manera lo había referido don Sebastián

antes de irse a la batalla.

Otra vez Gabriel, sin ser interrogado, refiere a fray Miguel que

estando enfermo en su palacio de Lisboa, los médicos le prohibieron

comer pescado, y para mayor seguridad prohibieron el aceite en la

cocina real.

—Entonces —dijo Espinosa—, envié a pedir al cura de mi parroquia un

poco de aceite de la lámpara del Santísimo Sacramento para uno de sus

feligreses; enviómelo, y comí con él pescado, que no me hizo daño

ninguno.

De este modo pudieran citarse infinidad de circunstancias que

confirmaron a fray Miguel en la idea de que aquel hombre era en efecto

el monarca portugués.

La señora doña Ana en todas sus declaraciones se refería a lo que el

vicario le decía, y la única razón que alegó en su defensa fue que ella

no quería que don Sebastián se descubriese hasta después de muerto el

rey, su tío.

El grande argumento de don Rodrigo contra ambos era preguntarles por

qué, si don Sebastián era realmente lo que ellos decían, no se había

dado a conocer en tantos años, o a lo menos desde que estaba preso,

para no verse tan ignominiosamente tratado.

Pero esta objeción, más especiosa que sólida, fue rebatida por los

acusados completamente.

Don Sebastián, dijeron, salió tan corrido de la batalla que no osaba

presentarse en los primeros días después, ni aunque quisiera podía

hacerlo. Hizo, en primer lugar, voto en África de andar peregrino,

y encubierto a su vuelta a Europa. Acudió al pontífice para que le

dispensara de un voto temerario; pero Gregorio XIII se negó a ello

bajo pretexto de que no quería que se turbase el sosiego de los estados

del rey católico; pero aun sin esto, ¿no le sobraban razones a don

Sebastián para permanecer oculto? ¿Acaso no bastaba para ello ver que

se ajusticiaba sin piedad al que se atrevía a asegurar que vivía? ¿Qué

suerte podía prometerse si la fortuna le ponía en manos de Felipe II?

La que tuvo: verse tratado como un infame impostor.

A poco tiempo de empezada esta causa, por ciertas competencias entre

las jurisdicciones real y eclesiástica, fue necesario que el nuncio

de su santidad enviara, como envió, un comisionado con poder bastante

para apremiar y compeler con toda clase de censuras a los eclesiásticos

comprendidos en ella.

Es singular que, en más de ocho meses, no se dio tormento a ninguno

de los reos, por prohibición del rey. Sin duda luchaban un resto de

probidad en el pecho de Felipe con su cruel ambición, pero esta triunfó

al fin.

Fray Miguel, aplicado a la tortura, dijo, como era de esperar, cuanto

le mandaron que dijese.

Dicen que Espinosa hizo otro tanto, y será verdad. ¿A qué había de

sufrir tormentos espantosos, si de todos modos conocía que había de

subir infaliblemente al cadalso?

El resultado fue que Gabriel fue condenado a la pena de ser arrastrado,

ahorcado y descuartizado; a la misma fray Miguel, después de la

competente degradación; y la señora doña Ana de Austria a reclusión

perpetua en una celda de un convento, ayunando todos los viernes a

pan y agua, y tratada los demás días como otra monja cualquiera, sin

servidumbre ni poder jamás aspirar a ser prelada, ni a ejercer cargo

alguno.

El martes 2 de julio de 1596, después de diez meses de prisión, sufrió

la condena en la plaza de Madrigal el desventurado Gabriel, o don

Sebastián.

Sus últimos momentos fueron dignos de un cristiano y de un príncipe.

Oyendo decir al pregonero:

—Esta es la justicia que manda hacer el rey nuestro señor, y el alcalde

don Rodrigo Santillana en su nombre, a este hombre por traidor al rey

nuestro señor, y embustero, y porque siendo hombre vil y bajo se había

querido hacer persona real, le mandan arrastrar, y que sea ahorcado en

la plaza pública de esta villa, y su cabeza puesta en un palo. Quien

tal hace, que así lo pague.

—¡Traidor! —exclamó—. ¡Eso no! Hombre vil y bajo, Dios lo sabe.

Al salir del serón, y ya al pie de la horca, se puso en pie con

reposado continente, y tendiendo la vista alrededor de la plaza

descubrió, en una ventana de la cárcel, a don Rodrigo de Santillana,

que estaba allí con objeto de recibirle la última declaración, si

quería prestársela.

Entonces ardió en cólera, y no pudo menos de gritar:

—¡Ah, señor don Rodrigo, señor don Rodrigo!

El juez, aterrado, bajó los ojos y perdió el color; pero un jesuita

de los que auxiliaban al paciente se le puso delante, y trató de

convertir todos sus pensamientos al cielo. Consiguiose esto por el

momento, y Gabriel, después de reconciliado, subió con firmeza a la

horca.

Parose en el penúltimo escalón, y como el verdugo le dijese que subiera

otro, se volvió a él, y le dijo con desprecio:

—¡Esto nos faltaba!

Sentado ya, volvió la vista una o dos veces hacia la ventana de la

cárcel, y mirando colérico a don Rodrigo le apostrofó con voz de

trueno; pero los agonizantes no le dieron lugar a citarle ante el

tribunal de Dios, que era lo que pretendía hacer, según se había

explicado en la capilla.

Él mismo se arregló el dogal al cuello como si fuera una valona;

repitió en tono firme las palabras del credo, que un jesuita decía,

y murió de la muerte de los malhechores, con el mismo aliento que un

mártir.

Fray Miguel fue llevado a Madrid, y degradado el 16 de octubre en la

parroquia de San Martín por el arzobispo de Bristau. No desmintió el

vicario en tan amargo trance su reputación de varón piadoso y resignado.

Conservó durante la degradación, en el tránsito al suplicio y ya en él,

una entereza humilde, una completa conformidad absoluta con la voluntad

de Dios.

Al pie del cadalso dijo en voz moderada y con firmeza:

—El tormento me ha hecho mentir en contra mía. Gabriel de Espinosa

podrá no ser el rey don Sebastián, pero yo siempre lo tuve por él.

Muero, pues, inocente de este delito que se me supone; pero ofrezco a

nuestro Señor esta muerte afrentosa en descuento de mis muchos pecados,

y espero de su infinita misericordia la remisión de todos ellos.

Antes de acabar de subir la escalera llegó de orden del rey el notario

de la causa, y estuvo haciéndole varias preguntas, a las que el vicario

respondió con mucho desembarazo y brío.

Nadie ha sabido hasta hoy sobre qué punto versase aquella declaración.

Fray Miguel expiró abrazado devotamente con un crucifijo.

La manera con que se verificó la prisión de Gabriel, la previsión del

vicario, y sobre todo una fortuna inexplicable, fueron causa de que

nada pudiese saberse del resto de los conjurados. Hiciéronse varias

prisiones en Portugal y en España, pero por conjeturas, y nada se le

pudo probar a ninguno de los aprehendidos, de los cuales la mayor parte

estaban inocentes.

Domingo, desesperado de haber sido causa de la pérdida de su amo, se

dejó morir de hambre en su calabozo, después de haber sufrido tres

veces el tormento sin proferir una sola sílaba.

[Ilustración]

CAPÍTULO VII

Gracias al cielo doy, que ya del cuello

Del todo el torpe yugo he sacudido,

Y que del viento el mar embravecido

Veré desde la tierra sin temello.

(Garcilaso: _Soneto_).

Lo desagradable de la materia del capítulo que precede nos ha hecho

pasar rápidamente por ella, refiriendo en pocas páginas sucesos que

ocurrieron en diez meses. Preciso nos es, pues, volver a la época de la

prisión del infeliz don Sebastián.

Vargas escribió a fray Miguel una carta enterándole de la desgracia

ocurrida al rey el cuarto día después de ella, es decir, inmediatamente

que la supo. Pedro fue el portador de ella; pero así que llegó a

Madrigal supo la prisión del fraile y la de la señora doña Ana, y

se guardó muy bien de decir que llevaba para ellos mensaje ninguno,

volviéndose inmediatamente a Valladolid a dar cuenta a su señoría de

tan tristes sucesos.

Don Juan penetró sin dificultad que don Sebastián estaba descubierto, y

no pudo serle dudosa la suerte que le esperaba.

Despreciando el peligro que él mismo corría, lo primero en que

pensó Vargas fue en tratar de libertar al monarca portugués del

suplicio. Pero cuantos arbitrios se le ocurrieron para ello fueron

desgraciadamente infructuosos.

El consistorio protestante, cuyos miembros temblaban por sí mismos, se

negó absolutamente a dar ningún paso en favor de don Sebastián; y no

contento con esto, rompió absolutamente toda comunicación con el amante

de Inés.

La traslación del preso a Madrigal, y el haberse comisionado solo para

guardarlo a un alcalde del crimen de la chancillería de Valladolid,

frustraron la esperanza de romper sus grillos a fuerza de oro, y por

último el arbitrio de intimidar al juez con cartas anónimas, en las

cuales unas veces se le amenazaba, y otras se trataba de confundirle

haciéndole creer que Gabriel era don Antonio, prior de Crato, no

produjo tampoco ningún efecto.

Las angustias de Inés durante el curso de aquel largo proceso fueron

inexplicables. La mutación de nombre y el sigilo con que fue conducida

al convento en que se hallaba la libertaron sin duda de la persecución

personal; pero no se vio solo atormentada por la desgracia de su

cuñado, sino que temblaba por la hija de su hermana y por su amante.

Una feliz casualidad quiso que la niña Clarita, que la señora doña Ana

amaba en extremo y tenía en su compañía, no se hallara en su celda en

el momento en que Santillana fue a arrestarla en ella.

La religiosa que entonces la tenía en su celda, movida de compasión

por sus tiernos años, la ocultó, sustrayéndola de este modo a la

persecución del tirano; pero como se ignoraba absolutamente el paraje

que habitaba su tía, no pudo la compasiva monja darle aviso ninguno.

La vigilancia que se ejercía entonces sobre el convento en particular,

y en general sobre toda persona que llegaba a Madrigal, hicieron

imposible pensar siquiera en adquirir noticias de la suerte de la hija

de don Sebastián.

Muerto ya este y fray Miguel, y decidida Inés, a fuerza de ruegos de

Vargas, a casarse con él, pero con la precisa condición de buscar antes

a Clarita, el fiel Pedro partió de Valladolid en hábito de peregrino, y

gracias a aquel traje, que en aquel siglo se miraba con respeto, llegó

sin inconveniente al monasterio de Santa María.

Preguntó en él por sor Magdalena de la Trinidad, religiosa a quien

Inés sabía que la señora doña Ana honró con su amistad, y la entregó

un billete en el cual la bella morena la suplicaba le diese noticias

del paradero de su sobrina. Sor Magdalena era justamente la religiosa

que tenía a Clarita en su poder, y al instante informó de ello al

peregrino, diciendo que estaba pronta a entregarla en manos de Inés.

Con tan feliz nueva volvió Pedro a su amo, y ya este no se ocupó más

que en buscarse un asilo cómodo y seguro en que pasar el resto de su

vida lejos de una corte que aborrecía, y en los brazos de una mujer

adorada.

Necesitaba para ello un confidente, y ninguno le pareció más a

propósito que su primo el comendador. Confiole, pues, exigiendo antes

la solemne promesa de guardar silencio eterno, que iba a unirse con una

señora igual a él en nacimiento, pero que por razones a él conocidas

deseaba vivir en un completo retiro.

Combatió Hinojosa esta resolución hasta que conoció que perdía el

tiempo, y después acabó por entrar completamente en las miras de Vargas.

Compró el comendador todos los bienes que don Juan había heredado de

sus padres, y con parte del producto le adquirió en la Andalucía una

vasta hacienda que, por su posición topográfica, por la fertilidad del

terreno, la ostentación de sus límites y la suavidad del clima, era

tal como se deseaba.

Después de esto proporcionó él mismo un capellán de confianza que hizo

a Inés legítima esposa de Vargas, un año después de la prisión de don

Sebastián.

En seguida partieron para Andalucía después de recoger a Clarita, y en

breves días llegaron al lugar de su destino.

Jamás se borraron de la memoria de Inés los tristes sucesos de la

primera parte de su vida, y el resultado de ellos fue una dulce

melancolía que llegó a hacerse habitual en ella.

No así Vargas. La muerte de don Sebastián hizo en él una profunda

impresión, y siempre que la recordaba era con horror; pero al verse

dueño de su adorada Inés, era el más feliz de los mortales y lo dejaba

ver en una inmensa alegría.

Así que los dos esposos estuvieron establecidos en Andalucía, escribió

Inés a su tía doña Francisca de Alba, quien no tardó en contestarla y

hacerle saber que estaba pronta a entregarle su hacienda, de la que

don Juan entró muy pronto en posesión.

Por la tía de Inés supo el marqués Domiño el lugar de su retiro, y a

él fue a terminar sus días. Poco más de dos años sobrevivió aquel fiel

servidor, aquel anciano venerable, a su amigo y rey; y no pudiendo ya

en ellos hacerle otros servicios, se ocupó en redactar una relación de

sus desgracias, de la cual se ha sacado la que vamos a terminar.

Olvidose Domiño de decirnos cuál fue la suerte de don Carlos, don

Francisco y Abenamal, y así nada podemos decir de ellos. Pero lo que

sí refiere puntualísimamente es que jamás se vio esposo más tierno que

don Juan, mujer tan amante y tan digna de ser amada como Inés; fruto de

su amor fue, a los diez meses de matrimonio, un niño de que el marqués

Domiño fue padrino, poniéndole por nombres Sebastián Miguel de los

Santos.

Por una partida de bautismo existente en un libro antiquísimo de

una parroquia vecina parece que este niño casó, ya hombre y siendo

caballero del hábito de Santiago y maestre de campo de los reales

ejércitos, con doña Clara Contiño, pues tales nombres se dan a los

padres del bautizado.

Es de presumir que esta doña Clara fuese la hija de don Sebastián y

llevase el apellido de su madre, no pudiendo usar el de su desdichado

padre.

El marqués, hermano de don Juan, tuvo el disgusto de que el niño

don Pedro Alcántara muriese de sarampión, y su madre en un hospicio

haciendo verdadera penitencia de sus muchas culpas.

Al fin de la relación de Domiño se encuentra una nota que dice así:

«Es fama que don Rodrigo de Santillana, inmediatamente después

de haber jurídicamente asesinado al infelice don Sebastián (Q.

D. D. G.), marchó al Escorial a dar cuenta a su rey de todas las

circunstancias de aquel suceso. Después de una larga conferencia

con Felipe, en la cual tal vez dejaría ver demasiada convicción

de que el muerto era en efecto don Sebastián, regresó a Madrid, en

donde inmediatamente fue preso. Se asegura que le dieron garrote

secretamente en la cárcel de Corte para sepultar con él tan atroz

misterio».

Si así fue, debemos admirar la sabiduría de la Providencia que castigó

a don Rodrigo, haciendo que el crimen de que para engrandecerse fue

instrumento ocasionara su ruina.

Vargas heredó el marquesado, pero no varió su plan de vida. Las

caricias de su mujer, la educación de su hijo y las distracciones

campestres le parecieron siempre preferibles al bullicio de la corte.

Alguna vez que otra los dos esposos lloraban juntos las desgracias

de don Sebastián; pero muchas más horas eran las que pasaban

deliciosamente enlazados el uno en brazos del otro, contemplando las

gracias infantiles del niño don Sebastián.

Si hay alguna felicidad en la tierra, en la compañía de una mujer

amable y virtuosa es donde aconsejo a mis lectores que la busquen.[2]

[2] Para satisfacer enteramente la curiosidad del lector,

solo nos queda que decirle que la significación de las

iniciales S. R. L., de que se habla en el capítulo 2.º del

tomo 3.º, nos parece debe ser _Sebastianus rex Lusitanæ_;

esto es, Sebastián, rey de Portugal.

FIN DEL TOMO CUARTO Y ÚLTIMO

ADVERTENCIAS

Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que

este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más

gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido

yo contravenir a la orden de la naturaleza, que en ella cada cosa

engendra a su semejante.

(Cervantes: _Prólogo al Quijote_).

Al público nada tengo que decirle: o la obra le agrada, o no. En el

primer caso unos y otros hemos llenado nuestro objeto; los lectores

divirtiéndose; yo saliendo airoso de mi empresa. Si, por el contrario,

no le gustase esta novela, será un mal que sentiré, pero que es

irremediable, y que todas las apologías posibles no bastan a evitar.

Esta advertencia se dirige únicamente a mis amigos, a los que pueden

tener algún interés por mi reputación literaria.

El editor de la colección de que forman parte estos volúmenes,

haciéndome más favor del que merezco, me invitó a unir mi nombre al de

literatos que bajo todos aspectos me son superiores. Muchos de ellos,

que me honran con su amistad, se empeñaron en persuadirme de que la

empresa no era superior a mis fuerzas; y más por complacerlos que por

otra cosa, di principio a la obra que hoy ve la luz. Pero entonces me

hallaba en Madrid, donde me era fácil proporcionarme todo género de

auxilios en libros y consejos, y cuando concluí el capítulo 4.º del

tomo 1.º me hallé, por un golpe de fortuna, confinado en un rincón de

Andalucía. No he tenido, pues, a la vista ni un solo libro de historia,

ni un mapa, ni un amigo a quien consultar.

Es imposible que mi composición no se resienta de este aislamiento

total. A los veintiséis años, después de dos de emigración, seis de

servir en las filas del ejército, y, de estos, tres en la Guardia Real,

donde el tiempo me bastaba apenas para atender a las obligaciones de

mi empleo, no puedo haber adquirido aquellos conocimientos sólidos,

aquella instrucción profunda que hacen capaz a un escritor de componer

sin el socorro de los maestros del arte.

Mi memoria es probable que también me haya sido infiel en algunos

puntos históricos. En una palabra, este escrito, a que le bastaba ser

mío para valer poco, ha tenido además la desgracia de escribirse en

circunstancias tales que le hubieran hecho imperfecto aun siendo parto

de más claro ingenio.

Pido, pues, a mis amigos que me juzguen con indulgencia, y que por lo

menos no se avergüencen de haberme alentado a escribir.

De todos modos, me someto a su censura; doy por justas cuantas críticas

hagan de este escrito, y solo formo empeño en que me conserven el

afecto que me han manifestado en circunstancias bien críticas, del

cual aprovecho con ansia esta ocasión de darles públicamente las más

sinceras gracias. — _P. de la E._

ÍNDICE

Páginas

TOMO III III-I

Capítulo primero III-1

Capítulo II III-30

Capítulo III III-43

Capítulo IV III-90

Capítulo V III-99

Capítulo VI III-118

TOMO IV IV-I

Capítulo primero IV-1

Capítulo II IV-28

Capítulo III IV-45

Capítulo IV IV-62

Capítulo V IV-79

Capítulo VI IV-97

Capítulo VII IV-111

Advertencias IV-121

Ni rey ni roque (3-4 de 4) · 第 9 / 9 段