y auxilio de algunos españoles a quienes la tiranía de su rey obliga a
sustraerse de su dominio. Yo, en nombre de los descontentos, confirmo
esta oferta. En esta misma ciudad existen muchos de ellos, y en
las demás del reino se encuentran a millares. El caballero a quien
Vuestra Majestad se ha dignado confiar el cargo de su caudillo, podrá
cerciorarse por sus propios ojos de la verdad de mis palabras.
»Los que están prontos a tomar las armas dejan a la real munificencia
de Vuestra Majestad el cuidado de señalar recompensas a sus servicios.
Nada estipulan ni quieren estipular en este punto.
»La única condición que ponen, la cláusula _sine qua non_ del tratado
que tienen la honra de hacer con Vuestra Majestad, es que, concluida
la guerra, les será permitido vivir en el reino de Portugal según sus
conciencias, sin que ni el tribunal de la Inquisición ni otro alguno
pueda inquietarles en materias de fe.
»Vuestra Majestad, que en sus diferentes viajes ha recorrido la Europa
entera, y a cuya real penetración no se habrá ocultado ninguna de las
causas de su engrandecimiento o desmejora, habrá sin duda observado que
los cristianos reformados, tan sin piedad perseguidos en España, tienen
acogida en los más florecientes de ellos.
»En apoyo de esta aserción, la Inglaterra, la Escocia, y gran parte de
Alemania, se hallan en este caso.
»Ni este es lugar a propósito, ni da de sí el tiempo lo necesario
para extenderme en largas disertaciones sobre la conveniencia de la
tolerancia religiosa.
»A Vuestra Majestad toca decidir si le conviene o no aceptar en este
caso la alianza de los españoles, cuyo nuncio soy, con la expresada
condición.
Una reverencia todavía más humilde que la primera terminó este
discurso, que don Sebastián y Domiño oyeron impasibles sin dar señales
de aprobación ni descontento, y la asamblea se mostró dividida en
distintos pareceres.
Don Francisco, don Carlos, Abenamal, y algunos otros, pensaban que el
auxilio de los españoles era de la mayor importancia; y que limitándose
los reformados, como se limitaban, a pedir una simple tolerancia en
materias de fe, sin exigir protección ni paridad con el culto católico,
sería desatinado negarse a su propuesta. Pero los portugueses Sousa
y Coello no podían avenirse con la idea de asociarse con herejes
luteranos y calvinistas; y de esta misma opinión no faltaban personas
entre los circunstantes.
Cuando el eclesiástico español cesó de hablar, un rumor sordo se dejó
oír por todo el salón: los que opinaban en su favor se miraban, dando
visibles muestras de aprobación; y los contrarios, hablando entre sí en
voz baja, se preparaban a oponerse sin rebozo a su propuesta.
Coello, poniéndose en pie y saludando al rey, exclamó:
—Los portugueses, señor, se han gloriado siempre de vivir en el gremio
de la santa Iglesia católica, apostólica, romana, única verdadera,
fuera de la cual no hay salvación. Y la condición que los españoles
ponen para tomar las armas en defensa de Vuestra Majestad, si se
acepta, destruirá para siempre nuestra opinión religiosa, manchando el
suelo de los dominios de Vuestra Majestad con el baldón de la herejía.
»¿Por ventura no serán bastantes los vasallos naturales de Vuestra
Majestad a ponerlo en su trono, sin mendigar el apoyo de los españoles
descontentos? Señor: Vuestra Majestad es dueño absoluto de nuestras
vidas y haciendas; pero en la honra y en la religión no puede...
—Sobrado tiempo os he escuchado, Coello: yo resolveré este asunto como
sea de mi real agrado, y os dejo salvo el derecho de hacer de vuestra
persona lo que os parezca conveniente —le interrumpió don Sebastián,
justamente indignado, de que en tan críticos momentos se quisiera
sembrar la división en su partido.
Coello, aterrado, murmuró algunas frases de obediencia, fidelidad,
celo y religión, ocupando confuso su asiento.
Don Sebastián, sin atenderle, se dirigió al eclesiástico, y con notable
afabilidad le dijo:
—Doctor Serrano, don Juan de Vargas os anunciará mañana mi resolución.
Entre tanto podéis dar mis reales gracias a vuestros amigos,
asegurándoles que jamás olvidará don Sebastián el auxilio que en su
infortunio le prestan. Mañana también, señores, se os comunicarán a
todos mis órdenes, y antes de mucho nos habrá visto el mundo triunfar
de nuestros enemigos, o perecer gloriosamente en la demanda.
Concluyendo de hablar hizo seña de haberse terminado la asamblea; y los
que la componían empezaron a retirarse de dos en dos, o de tres en tres
lo más, para no hacerse sospechosos en la calle.
No lo hizo así Vargas, pues se le mandó permanecer en el salón hasta
quedarse solo con el rey y el marqués Domiño.
Entonces, el primero de estos personajes, llamándole, le habló en
estos términos:
—Don Juan, la mano del destino, por caminos bien inesperados, os ha
reunido a mí. Sé que habéis resuelto seguir mi suerte; y sé también que
los hombres como vos no varían nunca su resolución: cuento, pues, con
vos como conmigo mismo.
—Vuestra Majestad —dijo Vargas— me hace justicia: mi espada y mi
persona están ya a su real servicio mientras me dure la vida.
—Lo creo; y os doy una prueba de ello en poneros al frente de mis
auxiliares. No necesito deciros que estos son los españoles que,
habiendo abrazado las herejías de Lutero y Calvino, no hallan en su
patria un palmo de terreno que los sustente con seguridad, un solo
instante, de que las hogueras de la Inquisición no se enciendan
para ellos. Aunque católico, como yo lo soy, por la piedad de
Dios, no podréis menos de conocer que en mi actual posición me es
forzoso prescindir de escrúpulos que acaso me arredraran en otras
circunstancias. Hoy lo que necesito son brazos, y a todo precio debo
comprarlos mientras el honor no padezca.
—Vuestra Majestad, a mi entender, obra en eso con cordura.
—Tal es mi opinión; y yo sabré imponer silencio, eterno si es preciso,
a los que como Coello quieran contrariarla. Desde que la fortuna me
ha condenado a vivir en la última clase del pueblo, he tenido ocasión
de abrir los ojos sobre más de un error, y me he convencido de que el
hierro y el fuego hacen hipócritas, pero no religiosos. Además, don
Juan, el pontífice, a quien en Roma me presenté a pedir dispensa del
voto temerario que en un momento de despecho hice en África de vivir
siempre encubierto, no solo se negó a ello, sino que me despidió con
dureza. Gregorio, esclavo humilde del rey de España, temblaba de tener
un solo día en sus estados al infeliz don Sebastián, y esta ofensa está
para siempre grabada en mi corazón.
»Bastante os he dicho para que comprendáis claramente mi voluntad y sus
fundamentos. El doctor Serrano os presentará mañana a los que habéis de
conducir a la gloria: descanso en vuestra fidelidad y buen talento, y
no volveré a ocuparme en el asunto hasta que os comunique mis órdenes
para marchar.
»La mano de doña Inés es vuestra ya. La categoría a que estará
destinado el esposo de la cuñada del rey no se os ocultará; y para que
desde luego empecéis a recibir pruebas de mi real benevolencia, os
autorizo a usar desde hoy el título de duque de Madrigal.
—Las bondades de Vuestra Majestad y la merced con que me honra estarán
eternamente impresas en mi memoria, y espero dar pruebas de mi
agradecimiento en el campo de batalla.
—Ese es el lenguaje de un noble soldado. Podéis retiraros.
Dobló don Juan la rodilla, besó la misma mano a que había visto hacer
pasteles, y salió del regio desván como el hombre que acaba de tener
un sueño maravilloso, de aquellos que hacen dudar de si se duerme o se
está despierto.
[Ilustración]
CAPÍTULO II
Ciego el califa en su sangriento celo,
Despuebla el mundo por vengar al cielo.
(Meléndez: _Oda a la tolerancia_).
A principios del siglo XVI fueron tantos y tales los abusos de las
facultades espirituales que en materia de bulas e indulgencias hizo
la corte de Roma, que en Alemania, país eminentemente pensador,
dos frailes, Lutero y Calvino, se alzaron contra ella: practicaron
la reforma de la religión cristiana, conocida con el nombre de
protestantismo; y a pesar del emperador, del papa y del concilio,
luchando contra las armas del uno, las excomuniones y los legados del
otro, y contra los cánones y censuras del último, hicieron considerable
número de prosélitos, atrayendo a su creencia príncipes ilustres y
naciones enteras.
Lutero y Calvino dieron al poder de los papas un golpe funesto, que los
progresos de la civilización social prepararon hasta entonces, y en lo
sucesivo hicieron verdaderamente mortal. Desde entonces los sucesores
de San Pedro perdieron aquel poder en virtud del cual daban y quitaban
las coronas. Inglaterra, Suecia, Flandes, gran parte de la Alemania, se
separaron del regazo de la Iglesia católica; la Francia misma rehusó
admitir el concilio tridentino, y la Europa entera empezó a creerse con
derecho a pensar en materias de religión, cosa hasta entonces mirada
como una blasfemia.
Las consecuencias que aquellos sucesos tuvieron en el orden político
son harto conocidas; y aunque esta novela no se ha escrito a propósito
para hablar de ellas, se nos permitirá que observemos que Inglaterra
fue el primer país enteramente protestante, y que en él es en donde la
libertad civil es también más antigua.
Carlos I se declaró protector del concilio de Trento, y persiguió
constantemente a los reformados. Pero en Alemania no pudo extinguirlos:
en España fue donde, auxiliado por la Inquisición, de abominable
memoria, logró que jamás los hubiese a cara descubierta.
Las crueldades del tribunal de la fe no fueron sin embargo durante su
reinado comparables a las que se ejercieron bajo el cetro de hierro de
su hijo Felipe II, cuyo nombre execrado ha llegado a nuestros días, y
pasará a la más remota posteridad, como el baldón de su siglo y de la
patria que le dio el ser.
Todas o la mayor parte de las religiones han debido acaso a la
persecución su mayor incremento; y, a excepción del mahometismo,
ninguna se ha extendido con la rapidez que la protestante. En vano se
le opusieron cuantos diques alcanzaron el poder y la Iglesia dominante;
salvolos todos y, embravecida como un torrente por la resistencia,
llegó a hacerse temible para sus perseguidores.
No eran entonces los españoles un pueblo insignificante, como después
lo fueron gracias a tres siglos de cadenas; ricos, poderosos y
conquistadores, en todo el orbe se veía a los invencibles tercios
castellanos cubriéndose de gloria; sus mercaderes tenían relaciones
comerciales con todas las naciones; y el oro mejicano hacía de nosotros
los banqueros del mundo. Entonces se viajaba; en aquellos viajes había
comunicación con los extranjeros, y de este modo la reforma religiosa
llegó a hacerse partidarios, y no en pequeño número, en el corazón
mismo de Castilla.
Naturalmente, los primeros protestantes fueron eclesiásticos: para
nadie podía tener más interés la cuestión que para ellos; y unos la
examinaban por curiosidad, otros para instruirse. Algunos creyeron
las nuevas doctrinas más conformes al espíritu del Evangelio que las
antiguas; otros, lo contrario; y estos en España fueron en mayor
número. Apoyados los últimos en la ley, y disponiendo de la fuerza,
persiguieron encarnizadamente a los primeros, quienes se refugiaron,
como todo proscrito, en la oscuridad.
No había acaso ciudad en España en que los protestantes, los judíos,
y hasta los mahometanos no tuviesen conventículos secretos que la
Inquisición fue descubriendo sucesivamente. Para llevar legalmente a
la hoguera a los desventurados que los formaban no se necesitaba más
que probarles su diferencia de religión; pero el espíritu de partido,
no contento con aplicarles al tormento y quemarlos después, quiso que
bajasen al sepulcro manchada su memoria con la imputación de crímenes
cuya atrocidad misma los hace absurdos e increíbles.
Los niños degollados bárbaramente, las imágenes del Redentor injuriadas
de una manera abominable eran las más pequeñas de las infamias de que
los inquisidores acusaban a sus víctimas. La pluma se niega a entrar en
pormenores sobre esta materia, y el entendimiento concibe apenas que se
hayan conducido al suplicio millares de infelices pretendiendo haberles
probado que _volaban_ o que tenían en sus casas _a pupilo_ algunos
diablos en figura de sapos, con obligación de vestirlos de terciopelo
y darles a comer huesos de difuntos.
En tal estado se hallaba España bajo la dominación del fanático Felipe,
cuando Gabriel de Espinosa puso a cargo de Vargas el mando de sus
auxiliares españoles.
No se crea, por lo que de las luces naturales de don Juan hemos dicho,
que fuese un hombre de los que hoy llamamos despreocupados. Eran
muy pocos los castellanos que en aquel siglo podían pretender esta
denominación; y seguramente en donde menor número de ellos se hallaba
era en la nobleza, que recibiendo una educación puramente militar,
conservaba la creencia de sus padres, sin imaginar siquiera que en
tal materia era admisible la discusión. Sin embargo, el hermano del
marqués había tenido ocasión de observar en Flandes que los herejes
eran hombres como los demás; que cualquiera que fuesen sus errores en
el dogma, la moral de su religión era exactamente la del Evangelio,
y que en los combates se portaban como el mejor católico, peleando
con valor, y tratando después con humanidad a sus enemigos. Redújose,
pues, a desempeñar la comisión que se había puesto a su cargo, aunque
no sin repugnancia y tal cual escrúpulo de conciencia. Dígase también,
en honor de la verdad, que Inés, a quien vio aquel día en el locutorio,
le pareció tan hermosa, estuvo con él tan fina y le dio tan próximas
esperanzas de su matrimonio que, al separarse de ella, hubiera hecho
alianza no ya con los protestantes, sino con todos los herejes y
cismáticos habidos y por haber, y con el mismo Satanás, por más feo,
cornudo y azufroso que se le presentase.
Tales han sido siempre los hombres vehementes: preocupaciones,
intereses, conveniencias sociales, la honra misma, todo lo han
sacrificado a las miradas de una mujer en los primeros años de la vida;
y en la edad adulta, el ídolo de su juventud, olvidado, menospreciado
tal vez, ha tenido que ceder su lugar a los sueños de la ambición.
Vargas entonces no creía que hubiera nada en el mundo superior a
Inés, ni que el que una vez la había visto pudiera nunca dejar de
amarla; menos aún, ser feliz sin ella. ¿Qué mucho, pues, que todo lo
sacrificase para poseerla?
Ya resuelto a entregarse sin reserva en manos del destino, se preparó a
desempeñar su papel de jefe de segundo orden en aquella conjuración; y
revestido de la gravedad conveniente, se presentó con el doctor Serrano
en el conventículo de los protestantes.
Celebraban estos sus reuniones con todo el misterio y cautela que
su posición exigía, y Vargas halló en juntas a los que formaban el
consistorio directivo en una oculta bodega situada en un extremo de
la ciudad. Algunos letrados, no menos eclesiásticos, tres o cuatro
mercaderes y algún profesor de ciencias exactas fueron las personas
que allí se ofrecieron a su vista: la única de capa y espada, como
entonces se decía, era el mismo Vargas.
Antes de su llegada ya habían los protestantes acordado que no
prestarían a don Sebastián el prometido auxilio sin recibir antes por
escrito su real palabra de que se les tolerase en Portugal el libre
ejercicio de su culto; y el doctor Serrano hizo entender sin rebozo
a don Juan que toda negociación era excusada sin que precediese la
entrega de la garantía pedida.
En el caso de que el destronado rey accediese a lo que se deseaba,
empezarían los protestantes poniendo a su disposición una suma
considerable para empezar la campaña; formarían a su costa, y
auxiliados por sus hermanos de Inglaterra, Francia y Alemania,
un cuerpo franco; y, desde luego, presentarían en breve plazo de
trescientos a quinientos hombres para contribuir al alzamiento.
No dejaron tampoco de presentarse varias dificultades al consistorio
sobre poner los soldados protestantes a las órdenes de un noble
católico; pero todas ellas se desvanecieron con la imposibilidad de
hallar en España hombre de la comunión reformada que lo reemplazase.
Fue, pues, nuestro don Juan, bajo el título de duque de Madrigal,
reconocido por jefe del futuro cuerpo auxiliar, y la reunión se
disolvió después de haber rezado a coro un salmo de David.
Debía don Juan comunicar a Gabriel de Espinosa lo resuelto por el
consistorio, y para ello se le había mandado hallarse aquella noche
a las ocho de ella en el Campo Grande; cita a la que, como se deja
conocer, asistiría con alguna anticipación para no hacerse esperar;
pero fue tanta su puntualidad, que daban las siete cuando entró en el
Campo Grande, que, por ser la noche de las frescas de otoño, estaba
desierto. No le pesó de esta circunstancia, pues en situación semejante
a la suya lo que más se apetece en general es la soledad. Amante y
conjurador a un tiempo, sus pensamientos le sobraban a Vargas para
entretenerse.
La revolución que se preparaba, su éxito y consecuencias eran asuntos
de no pequeña importancia; pero Inés la tenía mayor para él. Dejando
vagar la imaginación a su placer, se veía ya dueño de su amada:
representábasele verla en sus brazos al rayar la aurora, y uno y otro
día, y siempre, en fin, vivir a su lado; pero el colmo de la dicha
para Vargas era tener un hijo de Inés, que su fantasía hizo bello como
Apolo, valiente como Hércules, discreto como Cicerón, y célebre como
Alejandro.
Cuando el hombre cree ser feliz, lo es, ha dicho no sé quién, y con
sobrada razón. Nunca la realidad iguala a los goces que el hombre
dotado de una ardiente fantasía tiene, cuando sus sueños, ya despierto,
ya dormido, le halagan. Y es porque, en la realidad, aun las rosas
tienen espinas; no así en el mundo ideal: lo malo y lo bueno, según
el vidrio que se deja ver en la linterna mágica, se presentan
aisladamente. Prescíndese de la debilidad humana, de la muerte; se
olvida que estamos condenados a padecer, y que cuanto más intenso
sea un dolor, tanto más pronto el órgano que lo sufre perderá la
facultad de sentirlo. Sucédenos, en fin, lo que al mecánico teórico:
calcula una máquina prescindiendo del rozamiento de los cuerpos y de
la elasticidad de las cuerdas, y obtiene en el papel un invento que ha
de inmortalizarle. El mal está en que al poner en práctica su máquina
tiene que emplear hierro, madera y cáñamo.
Dando, pues, libre curso a sus imaginaciones, se paseaba Vargas delante
del convento de recoletos y no advirtió que un hombre le seguía, hasta
que este, tocándole en un hombro, le dijo:
—Muy distraído vais, señor don Juan.
Volviendo entonces la cabeza reconoció a Gabriel de Espinosa.
Diole cuenta de lo ocurrido en el consistorio, y tuvieron sobre ello
una larga conversación, en la cual desplegó el pastelero grandes
conocimientos en política, y dio a Vargas detalladas instrucciones,
previendo las dificultades que podrían ocurrirle en su misión y
facilitando los medios de vencerlas; y por último, prometió la garantía
pedida por los protestantes.
Antes de despedirse supo Vargas que los conjurados portugueses Domiño,
Abenamal, don Carlos y don Francisco, habían ya marchado a disponer
el alzamiento, que debía verificarse tan luego como don Sebastián se
presentase en su reino.
El monarca destronado pensaba ir a Madrigal, salir de allí acompañado
de fray Miguel, don Juan y un corto número de los protestantes
españoles, y entrar con ellos en la Extremadura portuguesa para
descubrirse allí.
Para poner en planta este proyecto solo aguardaba a recoger la suma
prometida por el consistorio, y a realizar algunos otros fondos
indispensables para poder sustentar a sus soldados un mes por lo menos
sin gravamen de los pueblos.
Pero todas estás recaudaciones no pudieron verificarse tan pronto como
se deseaba. El misterio con que hubieron de hacerse, las diversas
personas a quien se tuvo que acudir y otros varios entorpecimientos
inevitables en tales negocios retardaron quince días o más el
suspirado momento de hallarse prontos los fondos. Don Juan no tuvo
la satisfacción de anunciárselo así a Gabriel de Espinosa hasta dos
semanas después de haber tenido con él la conferencia que acabamos de
referir.
En este intermedio sus visitas al locutorio fueron diarias, y la
materia de sus conversaciones con Inés, sus amores y esperanzas. No
estaba la bella portuguesa menos enamorada que el joven castellano;
pero sus continuas desgracias y su condición naturalmente reflexiva no
la permitían entregarse, como Vargas lo hacía, a las más lisonjeras
ilusiones. Una serie no interrumpida de males había acostumbrado a
Inés a no esperar nada bueno; y más de una vez, en los momentos mismos
en que su amante mostraba mayor entusiasmo, más persuasión de ser su
esposo, la imagen del cadalso se presentaba a los ojos de la infeliz
hermana de Clara, y el rostro de Vargas, entonces animado por todo el
fuego del amor, a su parecer mostraba las señales de la muerte. Corrían
entonces por sus mejillas lágrimas amargas, y apenas bastaban el cariño
y la elocuencia de don Juan para calmar su dolor.
La mañana siguiente a la noche en que el hermano del marqués anunció
al cuñado de su futura esposa que los protestantes tenían reunido su
dinero, fue a ver a Inés, y al participárselo le dijo:
—Esta noche entregaré al consistorio la real garantía que Su Majestad
pondrá en mis manos, y me haré cargo del dinero, parte en oro, parte en
letras de cambio. El rey saldrá para Madrigal al amanecer de mañana,
y vos con él. Según sus órdenes, Inés, yo no debo hacerlo, con otros
veinte compañeros, hasta por la noche. Su Majestad se ha dignado
prometerme que fray Miguel nos unirá para siempre en la ermita que bien
conocéis. ¡Ah, Inés! Llegó por fin el suspirado momento de llamarme
esposo de la que adoro. O no me amáis, o vuestro placer debe ser igual
al mío.
—De mi amor, Vargas, no podéis dudar, pues no sabré ocultarlo, aunque
tal vez debiera —contestó la dama—. Un fatal presentimiento me destroza
el corazón; conozco que no tengo para él determinado fundamento, y, sin
embargo, no puedo desecharlo.
—Inés mía, confundís el temor natural en vuestro sexo al aproximarse el
momento de una arriesgada empresa, con un presentimiento que no puede
existir.
—¡Mi don Juan!
Pero no más de lo que va referido hablaron aquella vez los dos amantes,
pues Vargas, en tan críticos momentos, no podía disponer de un solo
instante.
La despedida por su parte fue tierna; por la de Inés, melancólica en
extremo. Parecíale que aquella separación había de ser eterna, y sin
poderlo remediar inundó con sus lágrimas la mano de don Juan, después
de haberla estrechado tiernamente contra su corazón.
—No sé —dijo por último—, no sé en qué consiste; pero jamás ha sido
tanto mi desaliento como ahora. La idea de ser causa, tal vez, de la
desgracia de un hombre a quien adoro, y que si no me hubiera conocido
fuera feliz sin duda, me atormenta, me destroza el corazón.
Quitose en seguida una cadena hecha de su propio pelo, y poniéndosela
al cuello a su amante, continuó:
—Tomad, don Juan, esa prenda, que para vos tendrá algún valor; y si
queréis tranquilizarme algún tanto, decidme que jamás me culparéis en
lo que os suceda.
—¡Nunca, mi vida!
—El destino os hizo conocerme, y el cielo me es testigo de lo que he
combatido por mi amor y el vuestro.
—Y el cielo premiará también vuestra virtud. Señora mía, pasado mañana
seréis mi esposa. Enjugad el llanto, y adiós, que me es fuerza el
partir.
[Ilustración]
CAPÍTULO III
¡Ah! Vanamente discurre mi deseo
Por tus sangrientos fastos y el contino
Revolver de los tiempos; vanamente
Busco honor y virtud: fue tu destino
Dar nacimiento, un día,
A un odioso tropel de hombres feroces,
Colosos para el mal.
(Quintana: _Oda a Padilla_).
Don Rodrigo de Santillana, el marqués y su capellán, habían llegado con
toda felicidad a Madrid, y pasado de allí al Escorial, donde por el
momento se hallaba la corte.
La obra de aquel monasterio, ya entonces muy próximo a su conclusión,
era el único objeto que distraía a Felipe de los negocios políticos y
de sus continuas devociones.