»Poco más de un mes hacía, don Juan, que estábamos en aquel pueblo,

cuando el destino os condujo a él. Llegasteis precisamente el día en

que don Sebastián, habiendo reconocido en el vicario de Santa María la

Real a fray Miguel de los Santos, su antiguo confesor y predicador,

quiso probar si aquel religioso le reconocería también a él. Con este

objeto le esperó y habló cuando se retiraba de decir misa, según

presenciasteis vos mismo. Debería sin duda el supuesto Gabriel no

haberlo hecho en vuestra presencia, atendiendo a que la obstinación

con que seguisteis sus pasos os hacía sumamente sospechoso; pero don

Sebastián no conoce obstáculos a su voluntad, y plegue a Dios que su

inflexibilidad no sea funesta para todos.

»Figuraos cuál sería la sorpresa de fray Miguel oyendo la voz de su rey

que tan conocida tenía, y mirando sus propias facciones. Al principio

dudaba reconocerlas; pero tan prontas y tales fueron las cosas que don

Sebastián le dijo, de aquellas que solo él y su confesor podían saber,

que no le fue posible al vicario negarse a la evidencia.

»Fray Miguel, conservando siempre la esperanza de que don Sebastián

volvería a presentarse, había procurado formar en Portugal un partido

a su favor; y para que sus relaciones con aquel reino fuesen menos

sospechosas, hizo ir a establecerse en Madrigal al médico Juan Méndez

Pacheco, que le servía y sirve de agente.

»Pero lo más interesante que ha hecho el vicario en favor de su rey, ha

sido poner de su parte a la señora doña Ana de Austria, digna hija de

su ilustre padre. Debemos a esta señora singulares beneficios; y es de

presumir, si el cielo protege nuestra causa, que la veamos sentada en

el trono de Portugal.

»He aquí, don Juan, la explicación de todos los misterios que tanto os

han confundido.

—Aún quedan, bella Inés —respondió Vargas—, algunos puntos que aclarar.

La aventura de la ermita, por ejemplo.

—Voy a explicárosla. Los amigos del rey, después de haber recorrido

de nuevo el Portugal y tomado allí sus medidas, vinieron a reunirse

con él, repartiéndose, para no llamar la atención, en diversos pueblos

de las cercanías de Madrigal. No habían venido esta vez solos, sino

acompañados de varios señores portugueses, que, comisionados por los de

su partido, traían el doble objeto de cerciorarse de la existencia de

don Sebastián y de recibir sus órdenes.

»Era, pues, preciso celebrar algunas juntas, y ningún paraje les

pareció más a propósito para ello que la bóveda-panteón de una ilustre

familia que existe debajo de la ermita a cuyas inmediaciones nos vimos.

—¿Y vos —exclamó Vargas, con visibles señales de descontento—, y vos lo

sabíais?

—Sabía que se reunían cerca de Madrigal, pero no en qué paraje. Además

debéis recordar que la elección del lugar de la cita fue vuestra, y no

mía.

»Sucedió, pues, que los conjurados, si tal nombre puede darse a los

que defienden tan justa causa, advirtieron que había gente extraña en

las ruinas; y temiendo ser descubiertos, hicieron lo que no habréis

olvidado.

—No por cierto: ni lo olvidaré en mi vida.

—Fray Miguel fue quien en aquella ocasión os salvó la vida.

—La suya fue entonces la voz que yo creí reconocer.

—Sin duda lo era. Don Sebastián se presentó después, y según parece

estaba enterado de nuestra cita.

—¿Cómo?

—Lo ignoro; no puedo creer otra cosa sino que el mulato Domingo,

viéndome salir sola de casa me siguiera los pasos, y después informara

a su amo de lo ocurrido.

—Así parece probable. ¿Pero y vuestra repentina salida de Madrigal?

—Fue consecuencia de lo acordado en aquella misma junta. Los

portugueses ofrecieron reunir en los montes un número considerable

de soldados tan luego como el rey se presentara en sus dominios a

cara descubierta; y don Sebastián, para quien la triste condición en

que vive ha llegado a ser insoportable, resolvió prestarse a todo.

Pero como para su presentación en Portugal son necesarios grandes

preparativos, pues el rey no quiere entrar pordioseando en sus estados,

se resolvió que se difiriese por algunos meses el alzamiento, para

disponer en ellos lo conveniente. Inútil es deciros que Madrigal no

ofrece recursos ningunos, y que es además demasiado pequeño para que

cuantos pasos se den dejen de ser públicos.

—Ya os entiendo: habéis venido a Valladolid a hacer compras.

—Así es la verdad. He sido recomendada por la señora doña Ana de

Austria a este monasterio bajo el nombre de doña María de Castro,

suponiéndome sobrina de cierto abad: como el pretexto de mi estancia

aquí es un pleito, salgo del convento siempre que lo creo conveniente y

me es forzoso.

—Un solo punto nos resta por aclarar, señora mía.

—¿Cuál es, señor don Juan?

—Cierto lance en el Campo Grande.

—Vamos a él. Cuando os vi en Medina os cité para el primer paraje que

se me ocurrió entonces; pero por un efecto de la fatalidad que nos

persigue desde que nos conocimos, quiso la suerte que las cercanías

del Carmen fuesen precisamente el punto escogido por el dinamarqués

Abenamal para verse en la noche misma que nosotros escogimos con una

dama, o más bien mujer a quien galantea. Acompañado de don Francisco

fue a esperarla; y ya sabéis lo que pasó sobre dejar o no dejar

el campo libre unos a otros. Pero don Francisco, irritado por mi

indiferencia con él y celoso de vos, promovió la pendencia, y el

brutal dinamarqués, olvidándose de las reglas del honor, os atacó

también. ¿Soy culpable, Vargas?

—No, mi bien; no, mi vida. Perdonadme, si merece perdón el que se

atreve a pensar mal de un ángel.

—¡Siempre exagerado; siempre en los extremos! No, don Juan, yo no soy

ni liviana ni intrigante, pero tampoco un ángel; estoy muy lejos de tal

perfección.

—Inés, ya os juro...

—¿Que me amáis? Me complazco en creerlo.

—Si así es, ¿por qué tardáis en ser mi esposa?

—Después de lo que habéis oído, no se puede ocultar a vuestra

penetración que la hermana de Clara, la cuñada del rey don Sebastián,

la que, en fin, ha prometido solemnemente servir de madre a su hija, no

puede separar su suerte de la del infeliz monarca. No creáis, Vargas,

que la ambición me lisonjea con sus ilusiones; acaso soy yo la única

persona que en este negocio no se las hace. Conozco que Portugal,

unido todo, con su rey en el trono, y aun suponiéndolo en sus más

prósperos días, no basta a resistir uno solo al poder del orgulloso

potentado en cuyos dominios jamás se oculta la luz del sol. ¿Qué será,

pues, en las actuales circunstancias? Preveo una sangrienta catástrofe,

y miro la ruina de don Sebastián y los suyos como inevitables. Sin

embargo, estoy resuelta a perecer con él, pues que el destino lo quiere

así. Ved, pues, el tálamo que os ofrezco: mi mano no puede ser vuestra

sin que tiréis la espada en favor de don Sebastián.

—Suyo soy entonces hasta la muerte.

—¡Don Juan!...

—No habléis más, señora. Su causa es justa; y aunque no lo fuera,

conozco que haría lo mismo. Sin vos, ni la vida ni la honra estimo en

nada.

—El rey sabrá hoy vuestra resolución; volved mañana.

—Esposa mía, adiós.

—Él os guarde, mi señor.

FIN DEL TOMO TERCERO

Ni Rey ni Roque

NI REY NI ROQUE

EPISODIO HISTÓRICO

DEL REINADO DE FELIPE II,

AÑO DE 1595

NOVELA ORIGINAL

ESCRITA

POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA,

AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA

TOMO IV

Madrid

Imprenta de Repullés

—

AÑO DE 1835

NI REY NI ROQUE

CAPÍTULO PRIMERO

Sí, yo te seguiré. Deja, Pelayo,

Que a tu diestra valiente una mi diestra;

Que me alboroce viéndote, y contigo

Al moro jure interminable guerra.

(Quintana: _Pelayo_).

Grande era el contento que Vargas sentía en haber salido del estado de

ansiedad en que había vivido durante los últimos meses, pareciéndole

mejor correr los evidentes riesgos que su nueva posición ofrecía, que

estar como antes continuamente en contradicción consigo mismo.

Reflexionando, sin embargo, en el modo con que se hallaba tan

inesperadamente comprometido en la más aventurada de las conjuraciones,

en cuyo éxito favorable o adverso realmente ningún interés personal

tenía, admiraba con razón los caprichos de la fortuna. Dotado, como

lo estaba, de un entendimiento claro, y no siendo por naturaleza

ambicioso, no podía menos de conocer que era lo más descabellado que

podía imaginarse exponer la vida, la fortuna y la honra: ¿y para qué?;

para sustraer a la dominación española el reino de Portugal, que

siempre debería haber formado parte de nuestra nación, la cual tal vez

necesita que toda la península forme un solo cuerpo para ocupar entre

las demás potencias el lugar que le corresponde. Pero a esta reflexión,

y otras de no menos peso, se oponía el amor de Vargas, amor que le

dominaba completamente, y al cual estaba resuelto a sacrificarlo todo

sin excepción.

Con tales disposiciones se presentó de nuevo en el convento de Inés, y

después de una larga conversación con ella, en la cual, al cabo de dos

horas, vinieron a decirse, en resumen, que se querían entonces y se

querrían siempre, salió de allí quejándose de no haber tenido tiempo

para hablar de su amor.

Parecíale tal vez robado el tiempo que Inés tardó en indicarle el

paraje y hora en que podría verse con el que continuaremos llamando

indistintamente Gabriel de Espinosa, o don Sebastián, pues de ambos

nombres usaba, según las circunstancias.

Ya tarde en la noche del día en que nos hallamos, salió Vargas de su

casa con magnífico vestido, una excelente espada, envuelto en una

capa de camino que le cubría enteramente, y para mejor disfrazarse,

con un sombrero de ala ancha. En este equipaje se encaminó por calles

excusadas a cierto callejón del barrio de la Mantería, situado en uno

de los extremos de la ciudad; al ir a entrar en él, un hombre que

apoyado con negligencia a la esquina parecía estar medio borracho, le

dijo tartamudeando:

—Buenas noches, amigo. ¿Se va de ronda?

—Esta noche no rondan más que las brujas —respondió Vargas, quitándose

al mismo tiempo el sombrero, y cubriéndose el rostro con él.

—Adelante —respondió el otro, ya en voz clara y con firmeza—, la

tercera puerta a la derecha.

—No, sino la cuarta —dijo Vargas, y continuó su camino.

Contando entonces cuatro puertas en la acera izquierda, tomó el aldabón

de la que completaba este número, y dio con él dos golpes con tanto

tiento que a pesar de lo corto de la distancia no los oiría sin duda el

de la esquina.

Una voz que parecía de mujer vieja preguntó desde adentro:

—¿Quién anda ahí?

—Amigo —fue la respuesta de don Juan, dando una palmada.

—Yo no tengo amigos —replicó la vieja—; váyase noramala.

—Me iré —replicó don Juan—, pero no sin decirle que la luna no ha

salido aún —y volvió a dar otra palmada.

Entonces se abrió la puerta, y se halló nuestro caballero en un zaguán

mezquino y sucio, en el que una mujer vieja y andrajosa tenía un lecho

de malísima paja. Ya dentro, arrolló Vargas su capa y sombrero, y

poniéndose su capacete, correspondiente al resto de su vestido, pasó

por una puerta que le indicó la vieja a un vestíbulo, en el que halló

dos hombres armados con arcabuces, espadas y dagas.

—¿Qué os trae a este lugar? —dijo uno de los armados.

—El amor de la verdad y el deseo de la honra —le contestó el caballero.

Y hallando el paso franco, después de atravesar aún otra antesala, si

se le quiere dar este nombre, se metió en un granero de no pequeñas

dimensiones, que bien limpio, medianamente adornado, y perfectamente

iluminado por un crecido número de bujías, ofrecía un aspecto mixto

entre salón y desván.

Unos bancos de pino, cubiertos con unas cortinas de damasco anaranjado,

o que tal había sido, corrían alrededor de aquella sala, y en la

cabecera de ella se veía un gran sillón de los que los frailes usan en

sus celdas, también cubierto del mismo modo.

A los pies de la sala, y alrededor de una mesa correspondiente al

resto de los muebles, estaban sentados escribiendo tres o cuatro

personas.

Las que había en el salón cuando entró don Juan serían hasta veinte,

entre ellas tres o cuatro eclesiásticos con manteos: los demás iban

cuál más, cuál menos ricamente vestidos. Algunos llevaban al pecho

diferentes cruces, y uno de los que estaban escribiendo llevaba una

banda roja.

Los demás se paseaban por la sala en grupos de dos a tres personas

hablando entre sí en voz baja.

Al entrar Vargas todos se volvieron hacia él, y contestaron a su saludo

con cortesía; en seguida continuaron sus paseos en todo lo largo del

salón.

El anciano de la banda roja no había reparado en su entrada; pero

habiendo alzado la cabeza y fijado la vista en él, se levantó

inmediatamente de su asiento, y acercándosele con aire cordial, le dijo:

—¿Es el señor don Juan de Vargas a quien tengo la honra de hablar?

—Un criado vuestro —contestó este, satisfecho de que hubiera entre

tantos uno que le hablase.

—Mi nombre —continuó el de la banda— no os será tal vez desconocido,

aunque sí mi persona, por no haber tenido hasta ahora ocasión de

hablaros; yo soy el marqués Domiño.

Reconociendo entonces Vargas que hablaba con el fiel servidor de don

Sebastián, de quien tanta mención se hacía en las memorias de Inés, le

colmó de atenciones, y el marqués por su parte no andaba menos comedido.

—Su Majestad —dijo— no tardará en honrarnos con su presencia; ahora

permitidme que concluya el arreglo de algunos papeles interesantes,

de que me es forzoso darle cuenta esta misma noche, y contad con que

tenéis en mí un verdadero amigo y admirador.

Volviose, acabando de hablar, a la mesa, y dejó a Vargas solo de nuevo,

teniendo por recurso que dedicarse a observar cuanto pasaba en torno de

él.

Desde su llegada no habían cesado de irse presentando nuevos

personajes de todas especies, y en uno de ellos reconoció don Juan a su

rival don Francisco. Debió este conocerle también, pues mudó de color

al verle; pero no dio de ello otra señal, y saludándole pasó a unirse a

otras personas de las que allí estaban.

Así se pasó como una hora, y al cabo de ella, oyéndose en el cuarto

antes del salón dos recias palmadas, el marqués Domiño se levantó de

su asiento, y después de haber dicho en alta voz «el rey, señores», se

encaminó a la puerta de entrada, que abrió de par en par.

Todos los circunstantes, descubiertos, se colocaron entonces alrededor

del salón, observando el más profundo silencio.

Los dos centinelas de la segunda antesala guardaban la entrada con sus

arcabuces, agarrados con la mano derecha por la garganta de la culata,

y dejando descansar la caja sobre el hombro del mismo lado.

Pocos minutos después se deja ver don Sebastián con un vestido negro

completo, y sin más adorno que el de una cadena de oro, de la cual

pendía una medalla, y en ella esculpida la efigie de la Virgen nuestra

Señora.

El puño de la espada era de acero primorosamente labrado, y el del

bastón, de oro, con algunos brillantes.

Cuando entró en el salón, los presentes se inclinaron respetuosamente,

y él, quitándose el bonete, saludó con gracia y desembarazo.

Sentado ya en el sillón que le estaba destinado, mandó que los

circunstantes se sentasen, y dijo:

—Años ha, señores, que la fortuna no me ha concedido un momento tan

grato como el presente, en que me veo rodeado de tantos y tan buenos

servidores. Con su auxilio y el favor de Dios, espero que en breve

lucirá para Portugal el día de la libertad. Vea yo la bandera lusitana

ondear un día en el campo de batalla; séame dado pelear aún al frente

de mis valientes soldados, y muera yo después; habré llenado el más

violento, el más justo de mis votos.

»Os he reunido, señores, para que ilustrado con vuestros consejos pueda

yo decidir lo más conveniente. El momento de obrar es ya llegado. Harto

tiempo hemos gemido en la esclavitud y en la miseria. La historia no

ofrece acaso ejemplo de monarca tanto y tan largamente sujeto al rigor

del destino; permanecer así más tiempo sería cobardía. Morir o vencer

será desde hoy mi divisa.

—Y la nuestra, morir o vencer con nuestro rey —exclamaron entusiasmados

la mayor parte de los conjurados.

—Ese entusiasmo —continuó don Sebastián—, que llena de alegría, es un

feliz presagio de la victoria. Marqués Domiño, podéis hablar.

—Vuestra Majestad —dijo Domiño— me ha mandado poner a la vista de

los ilustres personajes aquí reunidos un cuadro exacto de nuestra

situación, recursos y esperanzas, sin omitir los obstáculos que

se oponen a nuestra justa empresa. Procuraré hacerlo con toda la

concisión, exactitud y claridad que alcance.

»No me cansaré en demostrar la justicia de la causa de Vuestra

Majestad; esta es tan evidente, que no necesita razones en su apoyo.

Por otra parte, los que me escuchan dan en hallarse en este paraje una

prueba incontestable de su fidelidad y decisión por su legítimo rey.

»Nuestro objeto no es otro que el de arrancar de mano del usurpador

Felipe el reino de Portugal. Para conseguirlo contamos con nuestros

amigos, y con los muchos enemigos que dentro y fuera de sus estados

tiene, gracias a su detestable política.

»Vuestra Majestad ha oído ya diferentes veces a los enviados de

Portugal que están presentes, y prontos a confirmar cuanto diré.

Según ellos aseguran, y yo mismo he tenido ocasión de observar, los

portugueses están ya impacientes por romper el yugo de hierro que

los oprime. Apenas hay uno de todos ellos que no haya sufrido alguna

vejación del monarca español. La masa no puede estar mejor dispuesta;

trátase solo de inflamarla, de dar a la indignación pública el

conveniente impulso, y esto lo ha de hacer la presencia de Vuestra

Majestad.

»En vano Felipe se ha esforzado en convencer con el tormento, el fuego

y la cuerda a los portugueses de que su rey ha dejado de existir;

la mayor parte de ellos creen lo contrario, y para convencer a los

restantes la evidencia bastará.

»Hay, sin embargo, hombres en Portugal, y algunos de ilustre

nacimiento, que unidos a la usurpación con los lazos del interés, y

ejerciendo a su sombra una autoridad sin límites, harán los últimos

esfuerzos contra nuestros designios. Estos, los españoles que allí

mandan y los tercios que guarnecen nuestras fortalezas serán los

enemigos que tengamos que combatir, y para hacerles frente es preciso

contar con algunos soldados, desde luego.

»Para este objeto se ofrecen trescientos hidalgos portugueses, en cuyo

nombre han venido los señores Sousa, Coello, Ebora y Renteiro. La

universidad de Coimbra ofrece también a Vuestra Majestad cincuenta

lanzas por medio del doctor Saldaña, respetable eclesiástico, que está

en camino para esta ciudad.

»En una palabra, cualquiera que sea el punto de la frontera que Vuestra

Majestad designe para el alzamiento, puede contar en él con más de cien

caballeros y unos quinientos peones. Esta fuerza es bastante y sobrada

para oponerse a las primeras tentativas de los tercios españoles, y

dar lugar a que se unan a Vuestra Majestad mayor número de sus fieles

servidores, con cuyo auxilio podrá apoderarse de una de las ciudades

principales.

»Conseguido esto, la voluntad de los portugueses se manifestará sin

rebozo; los españoles serán apenas dueños del terreno que pisen, y este

no será mucho, atendido su reducido número en el reino.

»No es tampoco de temer en lo sucesivo el poder de Felipe, por más

colosal que parezca. Flandes absorbe hoy su atención entera; allá van a

consumirse los tesoros de las Indias; allí sus mejores soldados; allí,

en fin, está el principal apoyo de Vuestra Majestad.

»Isabel de Inglaterra verá con gusto desmembrarse el reino de Portugal

de la corona española, y si no me atrevo a asegurar que nos auxilie

abiertamente con sus armas, es, por lo menos, cierto que podemos

contar con grandes socorros de su parte. Los insurreccionados de

Flandes no podrán menos tampoco de prestar la mano a la obra de nuestra

regeneración. Y el rey de Francia y el emperador de Alemania mismo no

dejarán, en cuanto puedan, de contribuir a la minoración del poder del

rey de España, cuyos vastos dominios le hacen el perpetuo objeto de sus

celos.

»He demostrado, a mi entender, que Vuestra Majestad no tiene que temer

por parte de las otras testas coronadas oposición alguna a la justa

recuperación de su trono; que las que no se interesen por Vuestra

Majestad directamente, permanecerán neutrales; y que el rey Felipe,

empeñado en una guerra destructora, y que, por la manera con que se

conduce, se ha hecho interminable, pocos o ningunos esfuerzos podrá

hacer para conservar la corona que usurpa.

»Pero aún hay más. Dentro de España, a la vista misma del tirano,

hay muchos hombres valerosos, de ánimo independiente y heroicos

pensamientos, que pueden apenas soportar los hierros que los agobian.

»Aún humean en Aragón las cenizas de la pasada revolución. La sangre

de Lanuza, que corrió traidoramente derramada en un cadalso, fermenta

sordamente.

»Felipe camina sobre un volcán que una sola chispa basta a incendiar.

Vuestra Majestad tiene en su mano provocar la explosión, y espero

perdonará mi osadía si me atrevo a decirle que debe hacerlo.

»Aragoneses y castellanos están mal contentos con el establecimiento de

la Inquisición. Y Vuestra Majestad se ha dignado prometer protección a

todos los perseguidos por ella, sin más condición que la de tomar parte

en la gloria de restituir a Portugal su independencia.

»En mi mano tengo una humilde súplica que algunos reverendos

eclesiásticos presentan a Vuestra Majestad en nombre de varios otros,

en la cual ofrecen a Vuestra Majestad el auxilio que sus brazos,

personas y haciendas puedan prestar para su empresa, y las condiciones

que por ello reclaman son tan moderadas, tan justas, que Vuestra

Majestad no dejará de concederlas.

»Al frente del cuerpo auxiliar español se pondrá un noble castellano,

de ilustre linaje, valor conocido y notoria pericia en el arte de la

guerra, a quien Vuestra Majestad, convencido de su fidelidad, se ha

servido honrar con este encargo, esperando que sus compatriotas, a sus

órdenes, darán pruebas de su acostumbrada bizarría.

»Tal es, señores, el estado de los negocios de Vuestra Majestad; pero

por más lisonjero que parezca, por más que el triunfo se nos figure

indudable, ahora más que nunca debemos obrar con prudencia y cautela.

»No por anticipar un día al proyecto malogremos para siempre el trabajo

de muchos años. Antes de mucho, solo habremos menester el valor en el

campo de batalla; hoy, la sagacidad y el disimulo para sustraernos a

las continuas pesquisas del enemigo. — _Dixi_.

Este largo discurso, que sin duda estaba no solo preparado, sino

estudiado de antemano, fue oído por toda aquella asamblea con grande

atención e interés. Vargas en particular, que por primera vez pensaba

entonces seriamente en la empresa en que había tomado parte, recogió

hasta la última sílaba; y si bien admiraba la capacidad con que el

marqués Domiño había reunido todas las circunstancias que militaban

a su favor, dándoles el conveniente colorido, disminuyendo al mismo

tiempo el poder de su enemigo, no pudo menos de conocer que, por más

que se dijese, el proyecto ofrecía inmensos peligros.

Sin embargo, don Juan ni quería ni podía ya volver el pie atrás, y

prestándose a lo que en su posición era indispensable, tanto trabajó

en convencerse a sí propio de que don Sebastián podría triunfar, que

casi llegó a creerlo.

Dejó don Sebastián pasar algún tiempo después de haber Domiño cesado de

hablar, y cuando ya creyó que el auditorio estaba preparado a oírle,

dijo:

—Acabáis de oír la fiel pintura de nuestra situación: si alguno de

vosotros tiene algunas observaciones que hacernos, yo le permito y le

mando que hable.

Entonces los circunstantes se miraron todos unos a otros como para

examinar qué efecto habían producido las palabras del rey pastelero, y

al cabo de algunos instantes tomó la palabra uno, en cuya voz reconoció

Vargas la de la persona que le había tomado el juramento en la ermita

de Madrigal, y lo era en efecto.

—Rey y señor mío —dijo—: los fieles vasallos de Vuestra Majestad, en

cuyo nombre tenemos la honra de hallarnos hoy en vuestra real presencia

algunos caballeros portugueses, están prontos a confirmar con las

obras las ofertas tantas veces repetidas de sacrificar sus vidas y

haciendas en defensa de Vuestra Majestad.

»Una súplica es la que se atreven a hacer, humildemente puestos a los

pies del rey y señor natural, que es la de rogarle que apresure el

ansiado momento de tomar las armas. La dilación entibia los ánimos de

unos, expone a los otros a crueles persecuciones, y fortifica a los

enemigos de la justa causa.

»Dígnese, pues, Vuestra Majestad tomar en consideración esta súplica

reverente, y hacer en ello lo que fuere de su real agrado.

—Señor Sousa, ese impaciente ardor de mis leales vasallos —contestó

don Sebastián— es sumamente grato para mí. Yo procuraré no retardarles

mucho la ocasión de darme pruebas de su fidelidad y valor.

Uno de los eclesiásticos, levantándose entonces de su asiento y

haciendo una profunda reverencia, a la que el rey contestó con una leve

inclinación de cabeza y una seña para que hablase, lo hizo de esta

manera:

Ni rey ni roque (3-4 de 4) · 第 5 / 9 段