tranquila el momento de comparecer ante el Padre de las misericordias.
»No manifestó su semblante el menor síntoma de agonía ni de
padecimiento. Estaba, sí, descolorida, pero tan tranquila como si no
fuera a morir. Su alma, que conservó en la tierra toda la pureza de
su ser primero, su alma, centro y depósito de todas las virtudes,
rompió sin esfuerzo los lazos que la unían al cuerpo, y subió
satisfecha a gozar de la recompensa que merecía.
»Al expirar abrió un instante los ojos, los fijó en nosotros, y dando
un suspiro, volvió a cerrarlos para siempre. Una sonrisa indecible se
dejó ver en aquel momento en sus labios.
»El dolor de su esposo fue silencioso, pero terrible. El mío amargo,
y será eterno. No ha pasado desde entonces un solo día sin que
derrame alguna lágrima sobre la memoria de mi hermana.
»Para colmo de mi desventura, el capellán, ya muy anciano, no pudo
resistir a la pena que le causó la muerte de Clara, y la siguió en
breves días al sepulcro.
»La estancia en Lacaune no podía menos de sernos intolerable.
Salimos, pues, de aquel pueblo con el corazón lleno de amargura,
y nos encaminamos a España. Entonces tomó mi cuñado el nombre de
Gabriel Espinosa, y para mejor encubrirse, el oficio de pastelero,
en que el mulato Domingo le dio algunas lecciones, que por cierto
aprovechó muy mal.
»De esta manera hemos vivido, ya en un pueblo, ya en otro, hasta
nuestra llegada a Madrigal, en donde el señor don Juan de Vargas me
conoció.
»Lo demás que me queda que revelar a este caballero es demasiado
importante para que yo me atreva a confiarlo al papel, y aun lo que
lleva escrito le suplico lo queme apenas lo haya leído. — _I. C._».
Concluyó Vargas esta para él tan interesante lectura, más prendado, si
posible era, que antes de empezarla lo estaba de la bella Inés, y lleno
al mismo tiempo de satisfacción. No podía en efecto menos de sentirla
viendo que la mujer a quien tanto amaba era igual a él en nacimiento,
y digna bajo todos conceptos de su estimación.
Solo hubiera deseado saber quien era el misterioso Gabriel, cuyas
desgracias le interesaron también a favor suyo; pero o Inés lo ignoraba
aún, cosa poco probable, o temió escribir su nombre, que era lo más
cierto.
En estas y otras reflexiones estaba entretenido, cuando entró en su
cuarto estrepitosamente el comendador Hinojosa, con muestras de gran
contento por una parte y cierta risa irónica en la boca por otra, que
no se concertaban muy bien.
—Bien hallado, señor don Juan —dijo dándole una palmada en el hombro
con sobrada fuerza—: apuesto mi encomienda a que no adivináis las
nuevas que os traigo.
—Si ellas son de tanto peso —respondió Vargas encogiendo el hombro—,
como vuestra mano, no las digáis, porque sin duda alguna me abrumarán.
—No sé yo si os abrumarán en efecto, pero nunca os serán muy gratas.
El señor marqués ha tratado de engañarme, pero el engañado ha sido él:
Hinojosa es demasiado observador para que se le escapen así las cosas.
No os alborotéis hasta estar al cabo del negocio, que en llegando allá
tal vez no andaréis vos muy comedido con vuestro hermano.
—Sepamos, pues, de qué se trata.
—De una friolera, a la verdad: de vuestra fortuna. Si Dios no lo
remedia, el marquesado, primo y señor, voló.
—¿Habéis soñado esta noche, primo, y venís a referirme vuestros sueños?
—No, a fe mía, aunque a veces tengo mis tentaciones de creer que es un
sueño lo que pasa. Pero escuchadme y oiréis maravillas. ¿Habéis oído
hablar de una dama llamada Violante?
—Violante... Violante... Sí; me parece que hago memoria... Aguardad:
¿no fue dama del marqués?
—Precisamente la misma. Vuestro hermano la sorprendió _in fraganti
delicto_, como diría el padre Teobaldo, con un tal don Rodrigo, de
felice recordación, que después la abandonó también.
—Sea en hora buena.
—No os impacientéis, que ya llegaremos al punto importante. No pudiendo
hacer otra cosa, la dama se metió a beata. Se encontró encinta; y por
medio de un buen fraile dominico, a quien ha embaucado, logró persuadir
al marqués de que sus ojos le habían servido mal; y además, y en
esto estriba la dificultad, le ha convencido de que su señoría es el
progenitor de la criaturita, que Dios sabe a quién debe el ser.
—¿Y el marqués se ha dejado engañar tan groseramente?
—Como un santo varón. Pero no para en esto la historia: ha reconocido
al niño, haciéndolo bautizar con su nombre y apellido, sin quitar
una letra, ha señalado a la madre una pensión, y ahora va a Madrid a
legitimar al ilustre vástago para poder dejarle su título y rentas. No
me interrumpáis, que aún tengo que decir, y no poco. Por si muere antes
de verificarse la susodicha legitimación, ha hecho testamento, dejando
todos sus bienes libres al señorito; pero en honor de la verdad, debo
decir también que se expresa que, en caso de no morir el marqués hasta
después de legitimado su hijo (así lo llama) por Su Majestad, entonces
se entienda que el marquesado pase a este, y los bienes libres a su
hermano el señor don Juan de Vargas.
—Hinojosa, entendámonos: o cuanto decís es una chanza, y para tal
me parece muy pesada, o habláis de veras, y entonces debo saber qué
fundamento tienen tan importantes noticias.
—Y yo no tengo inconveniente en decíroslo. Desde que el dominico
apareció aquí estoy sobre aviso: he observado los pasos del marqués;
me he informado de la vida de Violante, y he sabido que el tal fraile
era su confesor y la visitaba con frecuencia. Esto me ha bastado
para averiguar el resto, para ir averiguando lo demás; pero a mayor
abundamiento, el padre Teobaldo, confidente del marqués, se lo ha
revelado al mayordomo; este al ama de llaves, quien deposita sus
secretos en el despensero; de este pasó a cierta moza de retrete que no
mira con malos ojos a mi lacayo, el cual me lo ha referido punto por
punto. Y por si alguna duda nos pudiese quedar, tenéis al escribano, a
quien he gratificado, pronto a enseñaros la minuta del testamento, que
está, gracias a Dios, claro y terminante.
—Ya veo que no tiene duda.
—Ninguna.
—Así parece.
—¿Y qué pensáis hacer?
—No sé; nada.
—Admirable calma.
—¿Y qué hemos de hacer? La cosa ya no tiene remedio.
—No, en efecto, si tratáis de estaros mano sobre mano. Pero movámonos;
opongamos la fuerza y la razón a las arterías de una ramera: tal vez
lograremos impedir que empañe el honor de nuestra familia un infame
bastardo, hijo acaso de algún caballero de la industria. Nadie más
interesado que vos en este asunto.
—Así es, pero yo no quiero disgustar a mi hermano. Haga ahora lo que
quiera, no por eso dejará de haber sido un padre, y muy buen padre,
para mí.
—Nobles son esos sentimientos, pero intempestivos. El marqués está
engañado, seducido por esa bribona que Dios confunda, y es hacerle un
beneficio evitar que cometa la necedad que intenta. Lo que conviene,
pues, es que sin demora tornéis la posta para Madrid.
—¿Yo dejar a Valladolid ahora? No, por cierto; aunque en ello me fueran
más coronas que las de los innumerables mártires de Zaragoza.
—Voto a Dios —exclamó Hinojosa impacientado— que este tiene menos
juicio aún que su hermano.
Riose Vargas de todo corazón de la cólera de su primo; y después de
haber meditado algunos instantes, dijo:
—Lo que en esto se puede hacer es que vos, en quien tengo toda mi
confianza, toméis a vuestro cargo el negocio. Desde ahora tenéis
poderes amplios y completa aprobación para cuanto dispongáis. Si algo
se ha de hacer ha de ser así, porque por mi parte me es imposible
ocuparme en nada, pues tengo asuntos de más importancia.
—¡De más importancia que un título y grandes rentas!... En efecto, será
preciso que yo tome el negocio a mi cargo, porque si no, sabe Dios en
qué vendrá a parar la familia.
Salió diciendo esto del aposento muy incomodado con el poco juicio de
su primo, y al día siguiente por la mañana tomó la posta para Madrid.
Don Juan no dejó de pensar algo en la singular conducta de su hermano;
pero como Inés, y solo Inés podía ocuparle largo tiempo, a poco se
olvidó de tal asunto para pensar únicamente en la entrevista que para
el día inmediato le había prometido su dama.
[Ilustración]
CAPÍTULO VI
Mas vano ha sido nuestro afán, y en vano
Por el nombre de Dios lidiado habemos:
Él retiró su omnipotente escudo,
Y coronar no quiso nuestro esfuerzo.
(Quintana: _Pelayo_).
Recuerde el lector que en el capítulo 4.º de este tomo le hemos dicho
que, regresando don Juan de Vargas a Valladolid desde Puente-Duero
por el camino de Simancas, había encontrado a Gabriel de Espinosa
acompañado de una bella dama; y lo que no sabe y ahora le diremos es
que aquella mujer era Violante, la querida del marqués.
Espinosa salió de Madrigal para Valladolid el mismo día que tuvo con
don Juan la conferencia en la celda del fraile. Llamábanle sus asuntos
a aquella ciudad hacía tiempo, pero ciertas razones le hicieron
diferir su viaje hasta la época en que nos hallamos.
Fue a aposentarse a una casa de huéspedes, que la casualidad quiso
fuese la que estaba enfrente de la que Violante habitaba. Viola por la
mañana asomarse al balcón, y reconoció en ella una mozuela con quien
había tenido amistad en uno de sus primeros viajes a Italia antes de
casarse con Clara. La curiosidad le movió a ir a visitarla, y no fue
poca su sorpresa al ver la decencia de los muebles y el místico adorno
de las habitaciones.
Así que estuvieron solos la cortesana y el pastelero, le dijo este:
—Camila, ¡tú en España y vestida de hábito del Carmen! Fenómeno es este
que no esperaba ver.
Sorprendiose la taimada hasta no más oyéndose llamar por un nombre
que ya ella misma había olvidado; pero no reconociendo al que la
hablaba, trató de imponerle revistiéndose de una gravedad teatral, y
respondiendo con enojo:
—Señor gentilhombre, usted viene engañado, o trata de insultarme
porque me ve mujer y sola. Ni mi nombre es Camila, ni hay para qué
admirarse de verme vestir este santo hábito: tome, pues, usted la
puerta, que no gusto de recibir en mi casa visitas de gente desconocida.
Estuvo Gabriel mirándola de hito en hito mientras habló, y después,
soltando sin consideración alguna la carcajada, contestó:
—Desempeñas tu papel que no hay más que pedir; pero conmigo, créeme,
es tiempo perdido el que gastes en tratar de engañarme. Y si no, vamos
a cuentas: no puedes haber olvidado que hace algunos años, cuando te
llamabas Camila, por señas, fuiste a Nápoles con cierto alférez de
los tercios españoles que, cansado de tus repetidas infidelidades,
te abandonó a merced del público. También tendrás presente que un
extranjero, a quien conociste con el nombre del señor Álvarez, te tomó
por su cuenta algunos días, hasta que le jugaste una de las tuyas, y
te envió a paseo.
Violante o Camila, que todo es uno, había estado escuchando aterrada
tan circunstanciada relación de una parte de su vida y milagros; pero a
pesar de ello no dejó de examinar atentamente la persona del narrador,
logrando al cabo recordar sus facciones.
—Es el mismo Álvarez —exclamó, no pudiendo contenerse—: es él, o su
sombra.
—Norabuena —contestó siempre riéndose Espinosa—: tú has mudado el
nombre; yo también. Cada uno de nosotros habrá tenido para ello sus
razones; pero no reconocerse amigos tan antiguos, es descortés hasta el
último punto.
Ya no le era posible a la cortesana volverse atrás de lo dicho, aunque
bien lo deseaba: hizo, pues, de la necesidad virtud, y afectando
alegría, se dio enteramente a partido.
A fuerza de preguntar unas cosas y de adivinar otras por los
antecedentes que tenía, se enteró Gabriel, sobre poco más o menos, de
la historia de Violante en Valladolid; pero ella no supo más que lo
que él quiso decirla, que fue poco o nada. En el fondo de su corazón
deseaba la ninfa ver a dos mil leguas de sí al que la había conocido
Camila; pero temiendo que si le descontentaba había de publicar lo que
tanto la interesaba que no se supiese, le llenó de caricias, y a fuerza
de confianzas y agasajos quiso comprometerlo a entrar en sus intereses.
Por parte de Gabriel no hubo designio alguno: la curiosidad le llevó a
verla la primera vez, y su inclinación a las mujeres a volver alguna
otra, y a acompañarla en uno de los viajes que hizo a Simancas a ver a
su hijo.
En tanto que esto hemos referido, don Juan, enterado ya de la historia
de Inés, fue puntualísimo en presentarse en el locutorio, y su dama no
le hizo aguardar.
—¿Habéis leído mi escrito, don Juan? —preguntó la morena.
—Sí, lo he leído; y aunque jamás os hubiera visto, por su lectura
solo os amara, Inés mía. No me digáis ahora que mi amor es una locura:
iguales en nacimiento y fortuna, adorándoos yo, mirándome vos sin
repugnancia, ¿qué se opone a nuestro enlace? Cesen, señora, cesen de
una vez mis penas; vos podéis hacerlo, y yo no espero más que vuestra
resolución.
—Don Juan, si en mi mano estuviera, hoy mismo sería vuestra esposa;
pero no debéis haber olvidado...
—¿Que se me han impuesto condiciones? No, por cierto; pero ya he dicho
mil veces que esta no es una dificultad. Cualesquiera que ellas sean,
por duras que parezcan, yo las acepto desde luego.
—Conviene, sin embargo, que las sepáis. Los riesgos que se os van a
ofrecer son de una naturaleza de los que no estáis acostumbrado a
correr y aun imaginar. ¡Ah, mi don Juan! Si solo se tratara de exponer
el pecho a las balas, de pelear cuerpo a cuerpo con uno o con muchos
enemigos, yo estuviera segura de vos; y si murierais, vuestra gloria me
consolaría del dolor de perderos. Pero ¿querríais vos, qué digo vos,
querré yo misma veros perseguido, cargado de cadenas, en un cadalso tal
vez?...
—¡En un cadalso, Inés! ¿Deliráis?
—Ojalá, don Juan; pero yo no deliro: otro sí, y será causa de vuestra
perdición y de la mía.
—En nombre de nuestro amor, explicaos, señora, de una vez.
—Comprendo vuestra impaciencia; yo misma la tengo, y no pequeña, de
sacaros de dudas, y sin embargo no puedo menos de temblar al abrir los
labios para confiaros este fatal secreto.
Calló Inés, y don Juan también permaneció en silencio. Así pasaron
algunos instantes hasta que la dama, levantándose de su asiento y
cerciorándose de que nadie había escuchando la conversación a la puerta
del locutorio, empezó a decir:
—Ya habréis visto que cuando mi hermana se casó no me dijeron el nombre
de mi cuñado; pero lo que ignoráis es que en Nápoles se me reveló
este secreto. Entonces comprendí cuanto hasta aquel momento me había
parecido oscuro.
»El que vos habéis conocido con el nombre de Gabriel de Espinosa y
ejerciendo el oficio de pastelero, el que en Francia se llamó Fiormino,
es, señor don Juan, el desdichado don Sebastián, rey de Portugal.
—¡Señora!
—Es indudable.
—¿Y por qué permanecer oculto tanto tiempo?
—Eso lo sabréis escuchándome con un poco de paciencia, pues me será
forzoso tomar las cosas de bastante atrás para mayor claridad.
»La suerte de las armas fue adversa, como sabéis, a don Sebastián
en la expedición a África; y el monarca, furioso y desesperado de
ver perdida la flor de la nobleza lusitana, derrotado su ejército, y
su gloria eclipsada, se arrojó, buscando la muerte, en medio de sus
enemigos. Siguiole un escuadrón formado de los más valientes que aún
quedaban con vida, en el cual iba por consiguiente lo más escogido de
Portugal, prefiriendo morir honradamente al lado de su rey, a buscar
su salvación en una fuga afrentosa. Casi todos murieron cubiertos de
la sangre de sus enemigos, y bien vengados: allí dejaron de existir mi
padre don Sebastián de Contiño, y don Cristóbal Tabora, marido de mi
tía.
»El rey y unos cuantos de sus valientes, defendidos por los mismos
cadáveres de los enemigos que acababan de inmolar, pelearon
desesperadamente hasta que sobreviniendo la noche se retiraron los
moros del campo de batalla. Entonces, después de un día entero, cesaron
de dar cuchilladas. Todos estaban heridos, cual más, cual menos
gravemente. La sangre del monarca corría por tres heridas: una de
ellas, la más grave, debajo del brazo derecho, causada por un balazo.
»Seis u ocho compañeros, y estos heridos, era todo lo que le restaba
al desdichado don Sebastián de su aguerrido ejército. Para restaurar
la sangre que corría en abundancia de sus heridas tuvo que aplicarse
un puñado de arena, pues no encontró cosa con que hacerse un vendaje.
Jamás hombre descendió tan rápidamente del solio al colmo de la miseria.
»El anciano de quien tanto he hablado en mi escrito, y que ahora
llamaré el marqués Domiño, fue el único que, habiendo tenido la dicha
de escapar con una sola y leve herida, se conservaba en estado de
discurrir, y propuso alejarse cuanto antes de aquel teatro de horror
y desolación, al que los moros no dejarían de volver por la mañana.
Hiciéronlo así en efecto, metiéndose en un vecino bosque en el cual no
se internaron tanto como quisieran por no permitírselo el cansancio de
los caballos ni el dolor de sus heridas.
»¡Qué noche aquella para don Sebastián! Afligido por acerbos dolores
y reflexiones más amargas aún, extenuado de hambre, abrasado de
sed, rendido por el sueño y sin poder cerrar los ojos un instante,
los lejanos clamores de millares de moribundos en el campo de
batalla eran para él otras tantas y severas reconvenciones por su
imprudente temeridad. “No deseaba ya entonces”, me dijo refiriéndome
estos sucesos, “la corona ni el poder. No eran el hambre, la sed
ni las heridas las que me atormentaban: los remordimientos, sí, me
despedazaban las entrañas; y si Domiño no se hubiera opuesto, aquella
noche habría terminado yo mismo una existencia que los infieles no
pudieron arrancarme”.
»Tres o cuatro días vivieron en el bosque sin otro alimento que el
escaso y desabrido de algunos frutos silvestres, ni más agua que la de
un pozo hediondo. Por fin, resueltos a todo antes que morir de hambre,
salieron una noche de aquel paraje y se encaminaron a la playa, donde
sorprendiendo a unos pescadores en el momento en que iban a entrar en
su barca, se apoderaron de ella y les obligaron a remar, mal de su
grado, en dirección a las costas españolas.
»Ya en alta mar, y próximos a perecer por falta de víveres, encontraron
un buque inglés al cual se acogieron. Preguntando su capitán quiénes
eran, le respondieron que unos soldados del ejército portugués, que a
duras penas habían logrado salvarse del cautiverio en aquella barca.
Los ingleses lo hicieron muy bien con ellos, y como se dirigían a
Lisboa, no tuvieron inconveniente en echarlos a tierra en Lagos, puerto
inmediato al Cabo de San Vicente, pues a don Sebastián no le convenía
presentarse en la capital, en donde suponía, con razón, que todo
estaría muy revuelto.
»Desde Lagos pasó don Sebastián a un convento de descalzos que estaba
en el mismo Cabo de San Vicente, y en cuyo prelado tenía entera
confianza. Allí supo el mal aspecto que para él habían tomado los
negocios de su reino, y se confirmó en la resolución de mantenerse
oculto que ya tenía formada, y de que en la noche después de perdida
la batalla hizo voto inconsideradamente. Pasaron los desdichados
caminantes a Lisboa, y allí oyó don Sebastián predicar el sermón de sus
propias honras a fray Miguel de los Santos. Sus amigos se descubrieron
cada uno a los suyos, iniciándolos en el secreto de la existencia del
rey. El obispo que lo casó con mi hermana fue uno de estos, y asimismo
doña Francisca de Alba, como esposa de don Cristóbal Tabora, persona
que fue muy querida del rey, mereció igual confianza.
»Vagó algún tiempo el monarca por sus propios estados como si fuera un
malhechor; mas ni aun así quiso la suerte dejarle en reposo. La noticia
de que aún vivía empezó a divulgarse, y don Enrique persiguió con
tanto encarnizamiento a cuantos la decían, oían o presumían, que don
Sebastián tuvo que salir de Portugal.
»Ya con un nombre, ya con otro, hora pasando por un mercader, hora
por un artesano, recorrió toda la Europa, y al cabo de ocho años de
trabajos, el amor patrio volvió a llevarle a sus estados.
»Entonces fue cuando habiéndose empeorado una de sus heridas, y
buscando un asilo seguro en donde poder curarse, doña Francisca de Alba
le dirigió al valle que habitábamos Clara y yo. El capellán supo desde
luego quién era nuestro huésped y los que le acompañaban: Clara no,
hasta que viendo el rey que su virtud era inexpugnable, se decidió a
casarse con ella.
»Los compañeros de don Sebastián eran el marqués Domiño; don Carlos,
hijo natural de don Juan de Austria; el príncipe Abenamal de Dinamarca,
y el joven don Francisco, a quien los otros llamaban Francisquito, que
según tengo entendido es hijo ilegítimo del rey. Los tres primeros le
habían seguido a la batalla, como vasallo el primero, y en clase de
voluntarios los otros dos, y todos pasan, igualmente que el rey, por
muertos. Don Francisco se le unió en su segundo viaje a Portugal.
»Desde que este joven me vio, su inclinación a mí se manifestó
claramente; y él mismo, acompañado del dinamarqués Abenamal, fue quien
tuvo con vos el encuentro en el Campo Grande. Pero no anticipemos los
sucesos, y volvamos a don Sebastián.
»Llegó el rey al valle y se enamoró de Clara; pero no podía permanecer
allí mucho tiempo, pues le era forzoso recorrer el país para alentar
a sus partidarios, o por mejor decir, para formar un partido con los
servidores fieles que le quedaban, esparcidos en diferentes puntos.
»Así se pasó el tiempo que medió desde su conocimiento con Clara y
matrimonio con ella hasta el viaje a Nápoles. He aquí la causa que lo
promovió: el licenciado Juan Méndez Pacheco, tanto por el misterio con
que todo aquel asunto se condujo, cuanto por algunas expresiones que
doña Francisca de Alba dejó escapar en su presencia, sospechó que
el herido cuya secreta cura se le había confiado, y magníficamente
remunerado, era el rey don Sebastián. Debía el médico haber guardado
para sí sus conjeturas, cuando por otra cosa no fuera, por amor de su
propia seguridad al menos; pero no lo hizo así, y su imprudencia hubo
de sernos a todos funesta. En cuanto a nosotros, ya sabéis, don Juan,
las consecuencias que produjo: réstame deciros que al médico Pacheco
le prendieron, y logrando a duras penas salvar su vida, fue destinado
algunos años a galeras.
»Cuando volvimos a España después de la muerte de mi amada Clara, nos
aproximamos a las fronteras de Portugal, y en ellas encontramos a
nuestros amigos, según el convenio hecho un año antes. El infatigable
Domiño no había cesado de trabajar, aunque infructuosamente. En los
años transcurridos desde que don Sebastián pasaba por muerto, la
usurpación había echado raíces. A la verdad, la masa del pueblo estaba
descontenta con el yugo español, y la nobleza, abatida y menospreciada,
suspiraba por un trastorno político; pero los tercios españoles tenían
aterrados a unos y a otros. La nación envilecida no se sentía capaz de
sacudir las férreas cadenas que la oprimían; y los magnates, a quienes
se hablaba de ponerse al frente de un movimiento popular, no respondían
más que mostrando temerosos el coloso español, capaz de aniquilarlos
con el menor esfuerzo que para ello hiciese.
»En medio de este desaliento general, había sin embargo algunos
espíritus generosos que, convencidos de la existencia de don Sebastián,
conjuraban para restablecerle en su trono. En vano los satélites de
Felipe descubrían siempre aquellos proyectos, y una muerte pronta e
infamante para sus autores fue el último resultado que produjeron.
»Tal fue el desagradable cuadro que Domiño nos hizo del estado de los
negocios en Portugal, y en su vista difirió el rey entrar por entonces
en aquel país. Domiño y los otros tres caballeros se volvieron a él:
nosotros fuimos a establecernos primero en la Nava de Medina, y después
en Madrigal, que dista de allí tres leguas.