»Poco disfrutó esta por entonces de la compañía de su esposo: a los

quince días de casado se separó de ella. Volvió a poco tiempo, y

permaneció en el valle algunas semanas. Para abreviar diré que en el

primer año de su casamiento mi pobre Clara no vería a su marido más

de cuatro meses.

»Es natural figurarse que yo no dejaría de preguntar cuál era el

nombre de mi cuñado; pero Clara me contestó que no podía decírmelo,

pues había prometido callarlo bajo juramento; que lo que a mí me

bastaba saber, y ella podía revelarme, era que su marido pertenecía

a una casa mucho más ilustre que la nuestra, y que él mismo era

persona de grande importancia; pero que habiéndole ocurrido grandes

desgracias, y sufriendo a consecuencia de ellas una persecución del

gobierno que ponía su vida en peligro, se veía en la precisión de

vivir oculto, errante, y en continuo sobresalto.

»No tuve dificultad ninguna en creer cuanto mi hermana me dijo, pues

todo iba muy conforme con las apariencias.

»La pobre Clara, durante las continuadas ausencias de su marido, no

sosegaba un instante. Llorar, rezar, observar el camino del monte,

eran sus ocupaciones. Si algún consuelo encontraba en mi compañía,

era bien escaso. “¡Qué feliz eres”, me decía muchas veces, “en

conservar tu independencia! ¡Qué dichosa en conservarte hoy como

cuando vinimos a esta choza!”.

»Pasaré por alto nuestras conversaciones. Interesantísimas para

nosotras, serían impertinentes para los demás.

»Dieciocho meses hacía que Clara se había casado cuando una noche,

siendo más de las doce de ella, se presentó su marido en el valle.

Encerrose con ella como cosa de media hora, y al cabo de ella salió

con muestras de grande agitación. Abrazome tiernamente (y esta fue

la primera vez que lo hizo), y montó a caballo, encargándome mucho

que cuidase de la salud de mi hermana y la consolara en su ausencia,

que entonces sería más larga que las pasadas.

»Inútil encargo para quien en nada pensaba más que en la dicha de

Clara. Entré en su cuarto, y la hallé anegada en lágrimas y postrada

de rodillas ante un crucifijo, orando fervorosamente. “Libertadle,

Señor”, decía, “de las manos de sus enemigos. Bastante ha purgado sus

delitos. Misericordia, Señor, de él y de mí”.

»Caí yo también a su lado, también lloré, y también dirigí mis

plegarias al Redentor. Solo aquello podía consolar a Clara entonces.

La mirada que me dirigió viéndome unir mis oraciones a las suyas

pintaba un agradecimiento, una satisfacción que no hay pluma capaz de

describir.

»Después de algún rato me dijo: “Soy muy desdichada, Inés mía.

A pesar de las precauciones con que mi marido vive, los verdugos

españoles han llegado a sospechar su existencia en Portugal, y se

cree que esto se debe a alguna indiscreción del licenciado Juan

Méndez Pacheco, a quien nuestra tía, Dios se lo perdone, dijo más

de lo necesario. Tiene, pues, el desdichado que huir, si puede, del

suelo de su patria; y no quiere llevarme consigo por no exponerme a

mil peligros. ¿Y cuándo, Inés, cuándo tiene que abandonarme? Cuando

antes de muchos meses seré madre tal vez”.

»Al acabar ocultó su rostro en mi seno; corrieron en abundancia las

lágrimas de ambas; y de allí en adelante pocos días se pasaron sin

repetirse la misma escena. Una semana después de la noche de que

acabo de hablar recibimos a Santiago con un billete de mi tía, cuyo

contenido era el siguiente:

“Señora y amada sobrina: vuestro esposo y mi señor se ha embarcado,

con el favor de Dios, el jueves último, dirigiéndose al puerto

de *** para pasar de allí a Roma. Conformaos con la voluntad de

Dios, y confiad en su justicia y misericordia, en tanto que yo

quedo rogándole con todo el fervor de mi corazón tenga en su santa

guardia a vuestro esposo y a vos. Vuestra servidora y tía — _Doña

Francisca de Alba_”.

»Tranquilizose Clara algún tanto con esta noticia, y su vida se hizo

más serena, aunque sumamente melancólica. Penas tan graves en una

persona joven, en extremo sensible, y de constitución delicada no

podían menos de hacer grande impresión; y en efecto, la hicieron.

Unida esta a su embarazo, destruyó para siempre la salud de mi

desdichada hermana.

»Después de seis meses de haberse ausentado mi cuñado nació su hija

Clara, tan parecida a su madre, y a mí en particular, que cuantos la

han visto después la han tenido por hija mía. Nuestro padre capellán

la bautizó; yo fui su madrina: su madre, a pesar de hallarse muy

delicada, no quiso consentir en que nadie diera el pecho a la niña

más que ella misma.

»Pasamos un año después de esto sin tener noticia alguna de mi

cuñado: Clara no le había olvidado, pero la hija la servía de gran

consuelo. El excelente carácter, las gracias inocentes, y las

caricias infantiles de la niña la hacían sonreír a veces. Jamás la

oí formar para su hija proyectos ambiciosos; antes por el contrario,

aseguraba que, si en su mano estuviera, no saldría nunca Clarita

de aquel mismo valle en que ella y yo habíamos pasado momentos tan

apacibles.

»Un día, de que no renuevo nunca la memoria sin amargo dolor, aquel

joven que acompañaba al incógnito la primera vez, y que según he

dicho parecía enamorado de mí, se presentó en la choza con aire tan

abatido y melancólico, que bastaba verlo para presagiar que era

portador de alguna funesta nueva.

»“¿Y mi esposo”, preguntó Clara llena de temor, “vive?”. “Vive,

señora”, contestó gravemente el mancebo. “Dios sea alabado”, replicó

mi hermana con un profundo suspiro; “¿y por qué no viene con vos?”.

»A esto respondió el mensajero refiriéndonos con brevedad cuanto les

había ocurrido desde su marcha del valle, y se reducía a haberse

embarcado en Portugal mudando de hábito y nombres, llegado con

felicidad a ***, pasando de allí a Roma, y al cabo de pocos meses a

Nápoles, por consejo de algunos amigos. Parece que en esta última

ciudad hombres demasiado confiados dejaron entrever el secreto de

mi cuñado a otros que, intimidados por el poder, o seducidos por el

oro de los españoles, lo pusieron en conocimiento del virrey, quien

procedió sin tardanza a la prisión del desventurado, que entonces

quedaba en el _Castell-del-Ovo_. Milagrosamente sus inseparables

compañeros pudieron sustraerse a favor de varios disfraces a la

persecución de los satélites del virrey; y el que entonces nos

hablaba se encargó de venir a poner en nuestro conocimiento tan

triste suceso, exponiéndose, como es de suponer, a peligros inmensos.

»Una revolución completa se obró entonces en Clara: aquella mujer

tímida como la paloma, dulce como el corderillo, se convirtió de

repente en un ser animado del mayor entusiasmo.

»“Corramos”, exclamó, “a Nápoles. No en balde me ha dado el título

de esposa suya: si la fortuna hubiera coronado sus esfuerzos, él

repartiera conmigo su gloria y su esplendor: hoy que le es contraria,

mi deber es participar de sus penas, morir con él si necesario fuese.

Ahora mismo me pondré en camino”. “Y yo contigo, Clara mía; nuestra

suerte será la misma”, dije yo. Clara me dio un estrecho abrazo. El

capellán, que estaba presente, se opuso a este proyecto en vista

de las dificultades y peligros que ofrecía; Marta le apoyó, y el

mensajero mismo de mi cuñado se puso de su parte.

»Clara entonces, revistiéndose de una dignidad nueva en ella, dijo

en tono solemne: “He dicho mi voluntad, y no la revocaré en esta

materia. No se hable más de ello”. Quedámonos todos mudos, y solo

se pensó en hacer los preparativos para el viaje. En dos días todo

estuvo pronto; al tercero salimos del valle; y el quinto Clara, su

hija, el capellán, el desconocido, el mulato y yo nos embarcamos en

Lisboa para Italia».

A este punto del manuscrito de Inés llegaba don Juan, cuando un criado

vino a avisarle que un señor magistrado le buscaba. Suspendió, pues, la

lectura, aunque de muy mala gana, y encerrando los papeles en la cajita

bajó a la sala de estrado.

[Ilustración]

CAPÍTULO IV

Y no os tenéis que cansar;

Que yo sé no me conviene:

Ni daré por cuanto tiene

Un dedo del Castañar.

(_García del Castañar_, comedia).

La persona que interrumpió a don Juan era don Rodrigo de Santillana,

alcalde del crimen de la chancillería de Valladolid. Después de los

cumplimientos de costumbre, don Rodrigo, con la facilidad de un hombre

de mundo, entabló desde luego la conversación sobre el asunto a que iba.

—He sabido, señor don Juan, dijo, que vuestro hermano el señor marqués

piensa salir mañana de esta ciudad para la corte; y habiendo yo

sido llamado a ella por el rey nuestro señor, vengo a suplicaros me

alcancéis la honra de hacer el viaje en su compañía, pues de no ser

así, hasta hallar ocasión de hacerlo con alguna comodidad se pasará

más tiempo del que yo deseara.

Don Juan, a quien no le pesaba hallar ocasión de pagar la cortesanía

con que don Rodrigo le había tratado en el lance del Campo Grande,

pasó sin tardanza al cuarto de su hermano, y consiguió fácilmente la

pretensión del alcalde. En seguida presentó este al marqués, y quedaron

ambos muy satisfechos uno de otro.

Despidiose don Rodrigo; pero don Juan no pudo volver, como deseaba, a

ocuparse en la lectura de la historia de su amada, porque el marqués le

entretuvo hablándole de asuntos de familia y haciéndole varios encargos

para que los desempeñase durante su ausencia. Entre otras cosas le

encomendó muy particularmente que no dejase de visitar a menudo a

cierta condesa viuda, quien tenía una hija única llamada Blanca, que,

sobre ser heredera de inmensos bienes, pasaba por una de las más

hermosas y discretas damas de ambas Castillas.

—Sois mozo —le dijo—, pero no tanto que no debáis ya pensar en

estableceros, y seguramente ningún partido hallaréis tan ventajoso bajo

todos aspectos como el de uniros a doña Blanca.

—Hermano —replicó Vargas, nada complacido con semejante insinuación—,

yo por ahora no pienso en casarme. Además, debéis recordar que solo he

dejado Flandes para vivir en vuestra compañía.

—Sí, es verdad; pero las circunstancias..., quiero decir... En fin,

aunque casado, siempre viviréis en Valladolid, y viene a ser lo mismo.

—No hablemos de eso, hermano, porque es inútil. Yo estoy seguro de que

la madre de doña Blanca jamás se la dará por esposa a un segundón.

—Os engañáis: vos no sois pobre; y en punto a familia, les llevamos

grandes ventajas. Su título es de ayer, y su apellido flamenco; y la

antigüedad del nuestro es tanta como la de la monarquía. Esto es algo;

y además, yo tengo mis razones para creer que no seréis despreciado si

lográis agradar a doña Blanca, cosa que de vos depende.

No quiso Vargas prolongar la discusión, y se calló, pero firmemente

resuelto a no poner los pies en casa de la condesa, y a negarse al

matrimonio en cualquiera ocasión que volvieran a proponérselo.

Toda aquella tarde y gran parte de la noche la pasaron ambos hermanos

en arreglo de papeles, ajustes de cuentas, y combinación de varias

disposiciones relativas a asuntos de interés doméstico. Cuando todo

estaba concluido, el marqués dijo a su hermano:

—Don Juan, somos mortales, y la hora de la muerte es incierta. Yo no

soy aún anciano, y a Dios gracias disfruto de buena salud; pero no por

eso tengo la vida asegurada: he hecho, pues, mi testamento, que cerrado

y sellado queda en poder de nuestro escribano: hago en él por vos lo

que puedo y debo como buen hermano, a quien nunca habéis dado un motivo

de disgusto. Espero que si yo muriere antes de volver de este viaje, os

conformaréis en todo con mi última voluntad, desempeñando fielmente la

comisión que pongo a vuestro cargo.

Vargas respondió que esperaba que no tendría el disgusto de perder

a su hermano mayor, a su segundo padre, en muchos años; pero que

si desgraciadamente el cielo lo ordenaba así, podía el marqués

estar seguro de que sus disposiciones se ejecutarían exactamente,

cualesquiera que ellas fuesen, contando con que él (don Juan) por su

parte las miraría como sagradas.

Ya era más de la media noche cuando los hermanos se separaron, y

Vargas, que para despedir al marqués tenía que levantarse antes del

alba, no pudo entonces continuar la lectura del manuscrito de Inés.

A la siguiente mañana, don Rodrigo, el padre Teobaldo y el marqués,

entraron en el coche de este, y salieron de Valladolid por la puerta

del Carmen, con dirección a la corte. Don Juan, a caballo, los

acompañó hasta un lugar distante dos leguas de la ciudad, que llaman

Puente-Duero. Allí, al separarse, don Rodrigo, sacando la cabeza por la

ventanilla del coche como para despedirse de Vargas, le agarró la mano

y, sonriéndose con aire maligno, le dijo a media voz:

—El temperamento de Madrigal, señor don Juan, es harto malsano; y

la compañía de los frailes poco conveniente para un caballero mozo.

Discreto sois: recibid este aviso amistoso. Cochero, arrea.

Obedeció el cochero, y el carruaje, a pesar de lo arenoso del pinar por

donde pasa el camino, se alejó con velocidad del paraje en que don Juan

dudaba aún de si daría crédito a sus oídos.

«Parece —exclamó por fin— que toda la especie humana se ha empeñado en

mezclarse en mis negocios y obrar misteriosamente conmigo. ¿De dónde

sabe este alcalde que yo voy a Madrigal y visito allí a un fraile, si

yo a nadie se lo he dicho? Dios me tenga de su mano, que bien lo he

menester para no quedarme sin el poco juicio que me resta».

Hecha esta reflexión, para libertarse de las muchas y desagradables que

le asaltaban, arrimó las espuelas al caballo; y el animal, acostumbrado

ya a conocer las intenciones de su amo, salió a la carrera por el

primer camino que se le presentó, que fue no el de Valladolid, sino

el de Simancas, que está poco más o menos media legua a la derecha de

Puente-Duero.

No reparó Vargas en que había errado el camino hasta que alzando los

ojos vio que el sol naciente doraba con sus primeros rayos la cúpula

del torreón del castillo de Simancas, en donde años antes murió mártir

de la libertad el obispo Acuña.

Aunque estaba impaciente por llegar a su casa para concluir la empezada

historia de la bella portuguesa, se consoló con que el rodeo no había

sido muy largo; y volviendo las riendas al caballo echó a andar a

trote largo por la orilla del Pisuerga con dirección a la ciudad.

No muy distante de ella vio caminar por la misma senda que él iba,

pero en sentido contrario, una mujer hermosa montada en una excelente

mula, y acompañada por un mozo de a pie, en el cual reconoció desde muy

lejos la gallardía y destreza del pastelero Gabriel de Espinosa. Tantas

y tales eran las singularidades que don Juan había visto en aquel

hombre, que ya no podía sorprenderle, por más inesperadamente que se le

presentase. Miró, pues, ya que no como natural, al menos como muy poco

maravillosa, su presencia en las cercanías de Valladolid, aun cuando

era de suponer que estuviese entonces en Madrigal, y apresuró algo el

paso para salirle al encuentro.

Poco tardaron nuestros caminantes en hallarse frente a frente.

Gabriel reconoció también a Vargas; pero no conviniéndole, sin duda,

manifestarlo entonces, puso disimuladamente el dedo índice de la

mano derecha sobre sus labios en señal de silencio, mirando a Vargas

significativamente, y fingiendo que el caballo se le había espantado,

pasó a escape por delante del hermano del marqués sin saludarle; este

no trató de estorbárselo y, saludando a la dama, continuó su camino.

Luego que hubo andado algunos pasos volvió atrás la cabeza y vio que

Gabriel iba ya muy tranquilo al lado de la señora de la mula.

«Anda con Dios, hombre incomprensible —dijo para sí—. Hoy no te

conviene conocerme: no me estuviera mal a mí tampoco no haberte visto

jamás».

En estas y otras reflexiones llegó a la puerta de su casa, y allí lo

olvidó todo para volver a ocuparse en la lectura de la historia de la

bella Inés de Contiño.

[Ilustración]

CAPÍTULO V

Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue

depositario de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus

riquezas.

(Cervantes: _don Quijote_, parte 1.ª, cap. 13).

MANUSCRITO DE INÉS

«Al embarcarnos, llevamos con nosotros una suma considerable en

dinero y alhajas, la mayor parte nuestras, y algunas cartas de

recomendación para Nápoles que nos dio doña Francisca de Alba.

Después de una navegación larga, pero sin contratiempos de otra

especie, llegamos por fin a Nápoles, donde nos alojamos lo más cerca

que pudimos del _Castell-del-Ovo_, en una casa que tomamos por

nuestra cuenta, diciendo que íbamos a Italia a cumplir cierta promesa

hecha a san Genaro.

»La misma noche de nuestra llegada fue a vernos el anciano que

siempre iba en compañía de mi cuñado, avisado por el joven que fue

a buscarnos al valle. Alabó sobremanera la heroica resolución de

Clara, cuya mano besó; y nos dijo que su marido continuaba preso y

custiodiado con la mayor vigilancia.

»“Han estado a verle”, añadió, “el virrey y algunos otros grandes:

el primero no se cubrió hasta que el preso se lo mandó expresamente;

y a todos nos ha inspirado compasión y respeto la nobleza y dignidad

con que soporta su infortunio; trátanle por ahora con las mayores

consideraciones; pero han escrito a España; se está esperando por

momentos la respuesta, que ya debía haber llegado, y la hora en que

venga será la de su muerte”. “¿Y podrá Felipe cometer tal infamia?”.

“Podrá, señora, porque el monarca español no conoce freno. El

príncipe de Egmont, degollado en un cadalso; Orange, proscrito; su

propio hijo, bárbaramente asesinado os dicen bastante cuál es la

suerte que aguarda a vuestro esposo, si no logramos sacarlo de la

prisión antes que el tigre se aperciba que puede imprimir en él su

garra”.

»Esta perspectiva espantosa y cierta afligió, pero no desalentó, a

Clara, que jamás perdió la esperanza de salvar a su esposo.

»Pero prodigamos el oro, y conseguimos corromper a un carcelero,

estableciendo por su medio una correspondencia seguida con el preso,

quien en su primera carta no hallaba expresiones con que encarecer su

agradecimiento y amor a su adorada Clara. Nosotros le informábamos

sucintamente de los pasos que se daban en favor suyo, y de nuestras

esperanzas, exagerándolas; pero no de nuestros temores, que no eran

pocos, ni de pequeña importancia.

»El carcelero que habíamos ganado no era más que el llavero que

le llevaba la comida y le servía; pero para entrar y salir en el

castillo era menester pasar en su interior por dos o tres puertas,

guardadas cada una por distinto portero, y en lo exterior por medio

de la guardia, que daban los tercios españoles que guarnecían la

ciudad. Además, el gobernador del fuerte iba en persona todas las

mañanas y noches a cerciorarse de la presencia del preso en su

encierro. ¿Cómo, pues, ponerlo en libertad?

»Cada día se nos ocurría un nuevo proyecto, y cada noche nos

acostábamos con el desconsuelo de haberse conocido la imposibilidad

de ponerlo en práctica. Mi cuñado nos escribía que estaba resignado

con su suerte, que cesáramos de exponernos por él a nuevos peligros,

y que nos volviéramos a nuestro retiro. Pero Clara ni oír hablar de

tal cosa quería, y yo no supe nunca pensar más que como ella. En todo

este tiempo nos visitaron muchas veces los compañeros del esposo de

mi hermana, que bajo diferentes disfraces, y confundidos con la clase

ínfima del pueblo, permanecían en Nápoles.

»Todos ellos se ocupaban sin cesar en el mismo objeto que nosotros,

pero tan infructuosamente también. Por fin, el más anciano de

nuestros amigos formó un proyecto que, aunque complicado y difícil,

ofrecía sin embargo más probabilidades de buen éxito que cuantos se

habían imaginado.

»Un médico francés establecido en Nápoles fue quien intentó los

primeros pasos de nuestra empresa, merced a una considerable

gratificación. Por medio del carcelero sobornado, enviamos al marido

de Clara una bebida que a poco tiempo de tomada no solamente le

aletargó, sino que también le prestó todas las demás apariencias

cadavéricas. Cuando por la mañana fue el mismo carcelero a llevarle

el desayuno, fingiendo gran sorpresa de hallarle en aquel estado,

corrió a dar parte al comandante del fuerte. Trasladose este en

seguida a la prisión y, creyendo muerto a mi cuñado, lo puso sin

tardanza en conocimiento del virrey, quien también pasó en persona

a cerciorarse del hecho. Pero el brebaje del francés produjo tan

maravilloso efecto que, convencidos todos de que el preso había

dejado de existir, mandaron que encerrado en un ataúd se le

trasladase inmediatamente a una capilla próxima al castillo, para

hacerle allí algunos sufragios, con el mayor secreto.

»Prevista esta circunstancia por los amigos de mi cuñado, aquel mismo

día, después de anochecer, se fueron aproximando por distintas partes

a la capilla; se hicieron abrir la puerta, no sé con qué pretexto, y

amarrando al sacristán a uno de sus pilares, envolvieron al supuesto

muerto en algunas mantas que llevaban a prevención, y salieron con

él a la calle. De allí se dirigieron inmediatamente al puerto, y se

embarcaron en un buque francés que habíamos fletado enteramente por

nuestra cuenta: sin detenernos levantamos el ancla, y al vernos en

alta mar nuestro gozo fue indefinible.

»Veinticuatro horas completas permaneció el esposo de Clara

aletargado. Al cabo de ellas volvió en sí, y habiéndole administrado

la bebida que a prevención llevábamos por disposición del médico,

cuando llegamos a Marsella iba ya completamente bueno.

»En Marsella, después de una larga conferencia entre mi cuñado y sus

amigos, se decidió que convenía por entonces separarnos por algún

tiempo, y así se verificó en efecto, señalando el término de un año

para reunirnos en España.

»Clara, su esposo, su hija, el capellán y yo nos internamos en

Francia, y fijamos nuestra residencia en un pueblecillo de las

montañas del Languedoc, llamado Lacaune. Su situación, en medio de

una sierra de las más agrias, los gigantescos peñascos que en todos

sentidos le rodean, y los torrentes que en la estación del invierno

parece que van a inundarle, no se me olvidarán jamás; pero tampoco se

borrará de mi memoria la hospitalidad y atenciones de sus habitantes.

»Para establecernos allí tomó mi cuñado el nombre italiano Fiormino,

y se dio por un particular emigrado a causa de su aversión a los

españoles que entonces dominaban su país: esto bastó para hacernos

el objeto de la solicitud de todo el pueblo. Visitonos cuanto en él

había de familias nobles, que eran bastantes, y procuraron en cuanto

estuvo a su alcance hacernos olvidar nuestras desgracias. Pero nada

bastó para que mi pobre Clara recobrase su salud.

»Durante la prisión de su marido sufrió mi infeliz hermana tormentos

indecibles, y le sucedió entonces lo mismo que al que padece una

fiebre inflamatoria, que mientras esta le dura parece animado y

vigoroso, pero en desapareciendo le faltan las fuerzas. Así Clara

hasta que vio seguro a su esposo mostró un valor, una energía

verdaderamente heroicos; pero ya en Francia no pudo más y empezaron a

ser demasiado visibles los efectos de sus penas.

»El más indiferente hubiera visto sin dificultad que aquel cuerpo tan

bello caminaba a pasos agigantados a su disolución. ¿Qué haría una

hermana que la adoraba? ¿Qué un esposo de los más tiernos?

»Ella misma no ignoraba su estado, y pensando aun entonces más en

nosotros que en sí, no cesaba de prepararnos con sus discursos a

soportar con resignación la irremediable calamidad de su muerte.

»Yo no sé si me engaño, pero esa filosofía que nos hace soportar

estoicamente la pérdida de los que amamos, la he considerado siempre

como una máscara de la insensibilidad.

»Si hubiera de referir las lágrimas, los suspiros que entonces

exhalé, sería este escrito interminable. Pero permítaseme pasar

rápidamente sobre aquel amargo trance.

»Clarita no había aún cumplido dos años cuando su madre, atacada de

una consunción ya en su último período, cayó en cama. Desde aquel

instante al de su muerte, que se verificó un mes después, ni su

marido ni yo nos apartamos un instante de su lado.

»El médico a quien llamamos movió tristemente la cabeza, y nos dijo

sin rodeos que Dios solo podía ya hacer algo en aquel caso.

»“Ya lo sabía yo”, dijo la enferma; “que su voluntad se cumpla”.

Nuestro capellán, que desde su infancia la había acompañado, fue

quien la prestó los últimos auxilios espirituales.

»Un cuarto de hora antes de morir quiso ver a su hija, la bendijo,

y después de apretar tiernamente la mano de su esposo, tomó la mía

diciéndome: “Inés mía, en tus brazos deposito a Clarita; sé para ella

lo que fuiste para mí; sírvela de madre”.

Ni rey ni roque (3-4 de 4) · 第 3 / 9 段