no exponerse a que la confiscasen sus bienes, no atreviéndose
a visitarnos sino muy de tarde en tarde, y con las mayores
precauciones, para que no se descubriese nuestro retiro. Tampoco se
nos había ocultado que nuestro capellán estaba allí para sustraerse
a la proscripción que le amenazaba. En una palabra, estábamos
convencidas de que el descubrimiento del valle en que vivíamos sería
seguido infaliblemente de nuestra ruina.
»Con estos antecedentes es fácil de concebir cuál sería nuestro
sobresalto viendo aquellos cinco hombres que descendiendo del monte
se aproximaban a paso largo a nosotras.
»Yo me arrojé en los brazos de Clara, a quien estaba acostumbrada a
mirar como mi natural protectora, y conocí que, aunque procuraba
serenarme, no estaba tampoco muy tranquila.
»“¿Qué hacemos?”, le dije. “Huyamos a la choza”, me respondió, “tal
vez no nos habrán visto”.
»Tomamos inmediatamente este partido, y llegamos, casi sin aliento,
a la pieza en que el capellán, leyendo, y Marta, en sus labores, nos
vieron entrar de aquella manera, con no poca sorpresa. Pero nosotras,
sin darles lugar a que nos preguntasen cosa alguna, les referimos lo
que habíamos visto.
»El capellán, creyendo ya verse en poder de los jenízaros de Felipe,
y de allí sepultado en un calabozo de la Inquisición, se quedó
petrificado; y Marta no pensó más que en tratar de escondernos a
mi hermana y a mí. Pareciome bien aquella resolución, pero no así
a Clara. Esta dijo que si eran gentes enviadas por el rey las que
venían, sin duda estarían bien informados de cuántos y quiénes fuesen
los habitantes de la cabaña, y que ocultarse cualquiera de ellos
solo serviría para darles lugar a cometer mayores tropelías sin
fruto alguno para el escondido, a quien irremediablemente habían de
encontrar por fin.
»Estaban Marta y el capellán combatiendo aquella opinión, cuando se
vieron interrumpidos por dos o tres golpes dados con fuerza a la
puerta, que nosotras al entrar habíamos cerrado.
»Cuál sería nuestro temor, se deja comprender. Quedémonos por algún
tiempo inmóviles como estatuas: llamaron segunda vez a la puerta, y
fue preciso pensar en lo que se había de hacer.
»“Es necesario responder”, dijo Clara. “¿Y quién se atreve?”, replicó
Marta, “yo no”. “Ni yo”, exclamó el capellán. “Pues yo iré”, dije yo
entonces. “Vamos las dos”, añadió Clara; y así se hizo.
»Acercámonos en efecto a una ventana, desde la cual vimos que el
que llamaba a la puerta era el mozo de confianza que mi tía solía
enviarnos con las provisiones y otras cosas necesarias. Ambas
hermanas nos echamos a reír del gran miedo que sin causa habíamos
pasado, y abrimos al bueno de Santiago, que así se llamaba el mozo,
quien nos manifestó que también se había sorprendido y asustado con
nuestra tardanza en responderle.
»El capellán y Marta creo que mientras esto pasaba en la puerta
estarían encomendándose a todos los santos del cielo, pues cuando
entramos en su cuarto con Santiago los hallamos de rodillas,
blancos como la pared, cruzadas las manos, y clavados los ojos en
el cielo. Costonos algún tanto convencerlos de que nada ocurría que
pudiera justificar sus temores; pero por fin acabaron cediendo a la
evidencia, y el buen eclesiástico preguntó a Santiago cuál era el
objeto de su venida. Respondiole este, que lo vería por la carta de
doña Francisca de Alba que puso en sus manos.
»Nunca he visto pasar a un hombre con tanta rapidez del exceso de la
aflicción al colmo de la alegría, como pasó entonces el capellán con
la lectura de aquella carta, que contra su costumbre de hacerlo en
voz alta, reservó entonces para sí.
»Brilló en su rostro un contento inexplicable; y como si le hubieran
quitado por encanto veinte años de encima, se levantó de su asiento
con indecible agilidad, y frotándose las manos, dio dos o tres paseos
por la sala antes de decirnos una palabra.
»Esperábamos las tres, con la ansiedad que tan natural es en nuestro
sexo, la explicación de todo aquello, pero por entonces lo que
supimos servía más para irritarla que para satisfacerla.
»“Hijas mías, los hombres que habéis visto a caballo no son lo que
pensabais. Vienen aquí, pero como amigos. Bien me lo daba a mí el
corazón: por eso no me he asustado tanto como vosotras”.
»Esto nos dijo el capellán; y Clara y yo, oyendo su intempestiva
fanfarronada, nos miramos, faltando poco para que soltáramos la
carcajada.
»“Son”, continuó él sin advertirlo, “sujetos de distinción. Uno de
ellos viene enfermo, y es menester disponerle una cama. Vamos, señora
Marta, no perdáis el tiempo. Y vosotras, hijas mías, supongo que no
tendréis inconveniente en ceder vuestro aposento para un desgraciado.
¿No es verdad?”. “Y con mil amores”, respondió Clara, cuyo tierno
corazón compadecía ya al hombre de quien se le hablaba.
»Marta, mi hermana y yo volamos a nuestro cuarto. En un instante
hicimos desaparecer nuestras costuras y bordados: dispusimos una
cama que no le hubiera parecido mal a un príncipe, y salimos a
anunciárselo al capellán, pero ya no le encontramos en la choza.
Supusimos, con razón, que habría salido al encuentro de nuestros
huéspedes, pues a poco rato le vimos llegar acompañado de cinco
hombres montados en muy buenos caballos. Traían todos unos antifaces
negros, cosa que nos sorprendió, pues, viviendo en aquella soledad,
ignorábamos que los caminantes, en verano, suelen usarlos para
libertar el rostro del ardor del sol y de la incomodidad del polvo.
Sus vestidos no eran ni tan buenos ni tan malos que llamasen la
atención. Los sombreros, de ala ancha; pero lo que más atrajo las
miradas de Clara y las mías fueron las cotas de malla que llevaban
encima de unos coletos de gamuza. Tal vez ellas y las armas, tanto
blancas como de fuego, de que iban provistos, me hubieran hecho
tenerlos por ladrones a haberlos visto algunos años después. Entonces
el vicio y el delito eran para mí palabras incomprensibles.
»Mientras mi hermana y yo observábamos todo esto, se habían apeado
cuatro de los jinetes, y llegándose con muestras de respeto al
quinto, que permanecía montado a caballo, recibieron sus armas, que
él mismo fue dándoles. Luego que estuvo desembarazado, trató de
apearse; pero viendo los otros que no podía hacerlo, se encargaron
de ello, haciéndolo con brevedad, pero con tanto cuidado que nos
persuadió de que aquel hombre era el enfermo. Ya en el suelo, fue
menester que se agarrara de los brazos de dos de sus acompañantes
para entrar en la choza, y aun así andaba con suma dificultad.
»“Ese infeliz”, me dijo Clara, “parece que está muy malo”. Marta y yo
también pensábamos lo mismo, pero era tal nuestra curiosidad, que no
nos daba lugar por entonces a compadecerlo.
»Sin detención ninguna el capellán condujo a los desconocidos a la
habitación preparada, y allí el enfermo se metió inmediatamente en
la cama. Al cabo de una media hora salió nuestro preceptor; comunicó
a Marta sus disposiciones para la cena, y la orden de arreglar, lo
mejor que pudiese, en la sala que nos servía de biblioteca y cuarto
de estudio, tres camas para aquellos señores, pues uno de ellos
había de velar continuamente a la cabecera del enfermo.
»Cuando estuvo dispuesto todo, avisamos; y se nos previno que Domingo
llevase la ligera colación preparada para el doliente hasta la
puerta de su habitación. Allí la tomó uno de los que le acompañaban,
y después se presentaron los cuatro en el comedor para cenar con
nosotras, ya sin antifaces, pero con las cotas de malla, espadas y
dagas.
»Vimos entonces que de aquellos cuatro sujetos uno era anciano, dos
jóvenes, y el otro niño, que no llegaría a diecisiete años. Estaban
todos tan tostados que más parecían mulatos que europeos; y mostraban
en lo enjuto de los rostros, lacio de los cabellos y gravedad en
el mirar, que la vida que llevaban no era ni cómoda, ni exenta de
peligros.
»Saludáronnos cortésmente, excusándose de la molestia que nos
causaban con la inevitable necesidad de hacerlo. A la mesa se
condujeron con la más perfecta urbanidad, pero hablaron poco: no se
nombraron jamás unos a otros; y aunque comieron con buen apetito, no
mostraron en ello gran placer. Acabada la cena, que no fue larga, nos
retiramos, ellos a descansar, y nosotras a hacer conjeturas sobre
quiénes serían.
»A la mañana siguiente, después de habernos vestido para ello
con algo más de cuidado que solíamos hacerlo diariamente, fuimos
conducidas por nuestro preceptor al cuarto del enfermo, a quien
hallamos en la cama sin antifaz ni otra cosa que impidiese verle el
rostro.
»“Señor”, le dijo el capellán, “aquí tenéis a las dos sobrinas de mi
señora doña Francisca de Alba”. “Bellas niñas”, contestó con una voz,
aunque entonces débil, bastante sonora. “¿No me habéis dicho que eran
hijas de Sebastián Contiño?”. “Y muy servidoras vuestras”, respondí
yo, que como de menos edad, estaba también menos cortada que Clara.
»“¡Pobre Contiño!”, continuó el doliente como si no me hubiera oído:
“lo hizo bien; se portó como un valiente; y no fue solo. Pero todo
fue inútil: Dios quiso castigar nuestra arrogancia. Que su voluntad
sea hecha. Hijas mías, vuestro padre era un buen soldado, un completo
caballero; espero que algún día recibiréis la recompensa de sus
servicios en la tierra, porque él años ha que disfruta de ella en
mejor vida”.
»Estas palabras arrancaron nuestras lágrimas. El enfermo, sintiendo
al parecer habernos afligido, varió de conversación, y empezó a
hacernos a ambas, aunque con más frecuencia a Clara, diversas
preguntas, a las cuales tuvimos la dicha de responder acertadamente.
Aquella conversación duró una hora. Yo salí ya un poco cansada; pero
como Clara parecía muy satisfecha, no quise decirle una palabra.
»Todo aquel día no cesó mi hermana de hablarme del enfermo.
Ponderaba su figura, que a mí, a la verdad, no me parecía gran
cosa; la sonoridad de su voz, que a mí me amedrentaba; y sobre todo,
aquel tono grave y majestuoso que le hacía suponer, y en esto íbamos
conformes, que aquel hombre debía ser un gran personaje.
»La enfermedad que el tal padecía era una herida en una pierna
que por falta de cuidado estaba en muy mal estado. Agravose
considerablemente, le entró calentura; y sus cuatro compañeros y
el capellán decidieron unánimemente que era indispensable ya la
asistencia de un facultativo. Con este objeto escribieron a mi tía, y
el fiel Santiago fue como siempre el portador del mensaje.
»Según después he sabido, la elección de doña Francisca de Alba
recayó en el licenciado Juan Méndez Pacheco, médico de una aldea
vecina a Lisboa, que tenía fama de hábil y de poco afecto a los
españoles.
»Avisole que fuera a Guimaraes a ver un enfermo en quien se
interesaba. Hízolo así Pacheco, y cuando ya iba a entrar en el lugar,
Santiago, sacándolo del camino, lo condujo a lo más áspero del monte,
en donde le aguardaban ocultos dos de los incógnitos de nuestra
choza. Después de asegurarle que nada tenía que temer, le taparon el
rostro para que no viese el camino por donde iba, y lo trajeron así
hasta el cuarto mismo del paciente.
»Reconoció Pacheco la llaga, que dijo haber sido hecha por una bala
que pasó de soslayo; la curó, y en quince días que permaneció allí
sacó al enfermo de peligro y lo puso en disposición de poderse
levantar, declarando que ya no creía necesaria su asistencia. Con
esto, y con sustituir al ungüento que en una caja de plata llevaban
los incógnitos para curar la herida por otro más eficaz, se le
despachó del mismo modo que vino, con una carta para mi tía, quien
no solo le recompensó liberalmente, sino que tuvo la debilidad de
confiarle tal vez cosas que no debiera. Debo advertir que Pacheco
no vio jamás el rostro del enfermo, quien siempre que el médico iba
a entrar en su cuarto se ponía unos grandes anteojos pardos que le
desfiguraban enteramente. A los demás los vio, pero a ninguno pareció
conocer, ni ellos a él.
»Durante la estancia del médico en la choza, nuestras relaciones con
el enfermo se hicieron más íntimas. Gustaba de nuestra compañía, y el
capellán, encantado de ello, lejos de poner obstáculo alguno, apenas
nos dejaba salir un instante de su estancia. Marta, que no había
recibido una educación descuidada, sabía tocar el arpa medianamente,
y nos había dado lecciones a Clara y a mí: en breve supe yo tanto
como mi maestra, y mi hermana mucho más. Pulsada el arpa por sus
manos, producía sones que arrebataban: parecía que las cuerdas,
animándose, adquirían la sensibilidad de aquella angelical criatura;
y nada distraía tanto al enfermo como que Clara tocase algunas de
sus composiciones favoritas en aquel instrumento.
»Yo no me apartaba de mi hermana; es decir, que no salía del cuarto
en que ella estaba; pero como mi edad ni mi carácter permitían que
me estuviese mucho tiempo quieta, no cesaba de juguetear, ya en una
parte, ya en otra. Clara, por el contrario, siempre sentada a la
cabecera del enfermo, ora leía, ora tocaba el arpa, o bien conversaba
con él; y si era grande el placer de este en tenerla a su lado, no
era menor el de ella en acompañarle.
»Podría tener aquel hombre entonces de treinta y cuatro a treinta y
cinco años de edad, y aunque llevaba en el rostro visibles señales
de grandes trabajos, lejos de ofrecer nada de repugnante, no dejaba
de tener bastante gracia. Su conversación era bastante amena.
Había corrido, al parecer, gran parte de la Europa, y observando
detenidamente sus costumbres, pues describiéndolas con viveza y
maestría, nos tenía escuchándole horas enteras. No había en Portugal
familia ilustre cuya historia no conociese perfectamente; y según
hablaba, no solo parecía que había estado en relaciones con ellas,
sino con cuantos personajes había en dicho reino. De todo hablaba
con calma, y acaso con indiferencia; pero si la casualidad hacía
que se mencionase al rey de España, se hubiera dicho que una chispa
eléctrica le inflamaba. Sus ojos brotaban llamas al solo nombre de
Felipe; murmuraba entre dientes algunas imprecaciones, y variaba al
instante de conversación.
»Siempre que esto ocurría, mi miedo era inexplicable; y daba señales
tan claras de tenerlo que algunas veces, conociéndolo el enfermo,
me llamaba para hacerme caricias y desimpresionarme. Sin embargo,
siempre miré a aquel hombre con cierta especie de temor que jamás he
podido desterrar.
»Clara también se afligía en tales casos, mas no se asustaba: si
existe en efecto la simpatía entre los humanos, en nadie se ha
explicado con más prontitud ni fuerza que en mi hermana y el enfermo.
Yo entonces veía sin comprender; pero reflexionando después muchas
veces sobre aquellos sucesos, me he convencido de que muy desde el
principio se enamoró Clara del incógnito, y este de ella.
»Una sola circunstancia, que por cierto me afligió bastante, hubiera
sobrado hoy para revelarme aquel amor naciente.
»En nuestros paseos Clara no hablaba una palabra, y apenas respondía
a mis continuas preguntas. Siempre distraída, no cesaba de suspirar,
y hubo días en que, aprovechándose de la primera ocasión favorable,
se salía fuera de la choza.
»Ya he dicho de mi cariño a ella que era una verdadera idolatría.
Sentime de su proceder, y se lo dije con las lágrimas en los ojos.
Clara me estrechó tiernamente entre sus brazos, me acarició, y se
disculpó. Yo la creí, y dos días después volvió a suceder lo mismo
que antes.
»Mes y medio pasaron los incógnitos en la choza. De los cuatro que
acompañaban al enfermo, los tres de más edad casi siempre estaban
conferenciando en secreto con el capellán: el otro gustaba más de
acompañarnos a paseo a mi hermana y a mí; para su edad era demasiado
formal, y yo le hacía por ello muchísima burla: él lo sufría
pacientemente, pero no variaba de conducta. Muchas veces me dijo que
era muy hermosa: yo me reía. Parece que ya en aquel tiempo se enamoró
de mí; por mi parte entonces no sabía ni podía saber qué cosa era el
amor; y cuando en lo sucesivo me hallé en edad de amar, jamás sentí
por aquel joven la menor inclinación».
Respiró don Juan leyendo esta declaración, pues hubo un momento en que
tembló no ser el primero que hubiera sabido conmover el corazón de
Inés.
«Anunciáronnos, al cabo de este tiempo, que trataban de irse. Yo
recibí esta noticia con indiferencia: no así Clara, que sintió
despedazarse su corazón. Al montar a caballo el incógnito, sacándose
de un dedo un precioso anillo, se lo puso a mi hermana diciéndola:
“Tomad, hija mía, esta memoria de un hombre cuyos dones fueron en
otro tiempo muy estimados, y hoy solo cuenta con algunos corazones
fieles; séalo el vuestro también, que del mío jamás se borrarán esas
facciones, ni el agradecimiento por vuestros cuidados”.
»Los sollozos de Clara respondieron por ella. No perdió de vista a
los caminantes hasta que la distancia y la espesura del monte se los
ocultaron; suspiró entonces, y puedo asegurar que en muchos días ni
aun sonreírse la vi.
»No prolongaré más esta relación con minuciosos pormenores. Baste
decir que, desde la marcha de los desconocidos, pasamos un tristísimo
año hasta su vuelta, que se verificó inesperadamente.
»El herido venía ya enteramente bueno de salud, pero más caído de
espíritu. La vista de Clara le animó algún tanto, y mi hermana
no pudo disimular el gozo que en verle sentía. Ella misma me ha
confesado después todo lo que voy a referir.
»A pocos días del regreso de aquellos hombres, saliendo Clara a paseo
una tarde sin mí, que, no sé cómo, me quedé en la choza, y estando
sentada a la orilla del lago, el incógnito se ofreció a sus ojos
cuando menos lo esperaba. Saludola, sentose a su lado, y estuvo algún
tiempo pensativo, hasta que por fin dijo:
»“Mi edad y mis trabajos, hermosa Clara, parece que debían haberse
puesto a cubierto de las pasiones; pero vuestros ojos han sido más
poderosos que los años y la experiencia. Yo os amo con delirio, y
la reflexión ni más de un año de ausencia han podido borrar de mi
memoria vuestra imagen seductora, y el amor me ha vuelto a traer a
este valle, solo para ofreceros mi corazón y oír de vuestra boca si
mi suerte ha de ser en todo adversa, o me reserva el cielo aún alguna
felicidad”.
»Clara decía que esta declaración, aunque hecha en tono apasionado,
también lo fue con entereza y dignidad. No me ha dicho lo que
respondió; pero es de inferir que el incógnito no quedaría muy
descontento de su respuesta, cuando los paseos solitarios se
repitieron tantas veces cuantas lo permitió la impertinentilla
hermana Inés.
»A poco los incógnitos volvieron a marchar; pero su regreso fue
también en breve, y en todo el año siguiente repitieron sus visitas
con frecuencia.
»En este intermedio la melancolía y distracción de Clara iban en
aumento. El incógnito y ella tenían frecuentes conferencias secretas;
pero ni debían versar sobre materias alegres, ni salir ambos muy
satisfechos, pues los ojos de mi hermana estaban inflamados de
llorar, y el entrecejo de su amante hacía temblar.
»Un día los dos se presentaron a la mesa, si no alegres, por lo
menos no tristes. Después de comer, el desconocido se encerró con
el capellán, y estuvieron hablando como dos horas; salió el buen
eclesiástico de la tal conversación como loco de contento. Santiago
fue despachado en toda diligencia con una carta para mi tía. Dos
días después volvió a venir acompañando a la misma doña Francisca
de Alba. Esta, así que vio al incógnito, se echó a llorar, y quiso
arrodillarse; mas él, recibiéndola en sus brazos, lo impidió.
»Clara al parecer comprendía todo aquello: yo estaba como quien ve
visiones, y no poco resentida de la reserva de mi hermana. La noche
misma de la llegada de mi tía, así que estuvimos solas, Clara,
abrazándome tiernamente, me dijo que se casaba con el incógnito.
Jamás ha habido sorpresa igual a la mía ni mayor aflicción, pues creí
que casarse Clara y separarme de ella sería todo uno.
»No le costó poco trabajo consolarme, convenciéndome de que jamás se
apartaría de mí; y yo, que solo a aquello atendía, ni me acordé de
preguntarle el nombre de su esposo.
»Veinticuatro horas después, como a las once de la noche, vestidas mi
tía, Clara, Marta y yo de toda gala, y escoltadas por el incógnito,
sus cuatro acompañantes, el capellán, Santiago y Domingo, montamos
a caballo; y habiendo andado dos o tres horas por veredas ocultas,
y muchas veces por lo más enmarañado del monte, llegamos, acabada
de sonar la una de la madrugada, a corta distancia de una ermita
dependiente de cierto monasterio de San Agustín. En sus inmediaciones
encontramos a otras cuatro personas embozadas en grandes capas,
quienes sin duda nos esperaban, pues así que echamos pie a tierra, y
uno de los nuestros habló con ellos algunas palabras, se dirigieron
con nosotros a la ermita.
»Santiago se adelantó solo a llamar a la puerta de esta, y el
religioso que la habitaba no dejó de tardar bastante en responder.
Hízolo por fin, preguntando con harto desabrimiento quién era el que
llamaba tan a deshoras. Respondió Santiago que un labrador que vivía
en una cabaña no distante de allí, en paraje que nombró y ahora no
recuerdo, se había puesto repentinamente enfermo de tanto peligro,
que se temía expirase de un instante a otro, por lo cual le suplicaba
fuese sin tardanza a administrarle los últimos auxilios espirituales.
»Preguntó el fraile que cómo se llamaba el enfermo, y nuestro mozo,
que llevaba bien estudiada la lección, respondió que era un tal
Pedro Trebiños, labrador muy conocido del religioso, y que en efecto
habitaba el paraje que Santiago había dicho. Con tales señas no le
quedó duda al ermitaño; y diciendo que iba a abrir la puerta de la
ermita, se retiró de la ventana a que primero se había asomado.
Inmediatamente que lo hizo, y a una seña de Santiago, se aproximaron
dos de los incógnitos, y con las dagas desnudas se arrojaron sobre
el pobre fraile cuando abrió la puerta, e imponiéndole silencio bajo
pena de la vida entraron con él en el vestíbulo de la ermita. Así
que Santiago nos avisó fuimos también a ella nosotras, los que nos
acompañaban y los que habíamos encontrado esperándonos; todos, en
fin, a excepción del mismo Santiago y el mulato, que se quedaron en
guarda de los caballos.
»Yo no sé quiénes pensaría el fraile que éramos; pero lo cierto es
que aunque no hablaba palabra se le conocía que estaba muriéndose de
miedo. Dijéronle que nos condujese a la sacristía, y ya en ella que
nos franquease los mejores ornamentos que para decir misa tuviese.
Hízolo todo apresurado y temeroso, así como a ir a encender todas las
velas del altar mayor, y en seguida encerráronle en su propia celda,
dejando en su guarda a uno de la comitiva.
»Así que el fraile se retiró, arrojó su capa una de las personas
que se nos habían reunido a las inmediaciones de la ermita, y vi
con la mayor admiración que era un venerable anciano, un obispo con
todas sus vestiduras. Nuestro capellán y otros que le acompañaban le
ayudaron a revestirse, y ellos mismos lo hicieron también.
»Mandáronnos retirar a todos de la sacristía para que el obispo
confesase al incógnito: Clara se confesó en seguida también con él, y
luego el prelado nos dijo una misa, asistido por los dos capellanes.
»Concluido aquel sacrificio, Clara, apoyada en mí, pues tal era
su turbación que apenas podía andar, se encaminó al altar, como
asimismo el incógnito. Todos los asistentes se aproximaron también,
y el obispo principió la lectura del rito matrimonial. Concluida la
lectura, y al hacer las preguntas de costumbre a los desposados, y
oyendo que al incógnito le decía: “Vos, varón, queréis por esposa,
etc., a la señora doña Clara Contiño, Sotomayor, Álvarez de Castro”,
esperé que al hacerle a mi hermana igual interpelación sabría el
nombre de su esposo. Engañeme empero. El obispo empezó en efecto
a decir si quería por esposo al señor don... Pero el incógnito lo
interrumpió: “Es inútil que me nombréis. Ella sabe quién soy y vos
también: esto basta; las paredes oyen”. No replicó el obispo, y
la ceremonia se concluyó, con harta mortificación mía, sin que yo
tuviese el gusto de saber quién era ni cómo se llamaba mi singular
cuñado.
»Antes de retirarnos firmamos todos un papel, que se nos dijo ser
el que en cualquier tiempo haría constar la legitimidad de aquel
matrimonio. Besamos en seguida el anillo del obispo, y recibiendo
su bendición salimos de la ermita. Poco antes de amanecer estábamos
en nuestro valle. Mi hermana se retiró a la estancia de su marido,
y yo, que jamás había dormido sino en su compañía, me fui sola y
despechada a mi lecho, maldiciendo de todo corazón al que me había
robado el cariño y la sociedad de Clara.